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25 octubre 2014

San Juan Stone

Pietro Bellini (OSA)

San Juan Stone (+1539)

El 3 de noviembre de 1534 el parlamento inglés declaraba que el rey era la cabeza suprema de la iglesia en Inglaterra. Resultaba así oficializado, ejecutado y obligatorio para todos los súbditos de la corona el cisma entre la iglesia anglicana y la católica. A los religiosos les quedaba una de estas tres posibilidades: jurar fidelidad al rey y abandonar la vida religiosa, refugiarse en el extranjero o afrontar la cárcel con gran probabilidad también de muerte.
El Padre John Stone, del convento agustiniano de Canterbury, tomó la decisión  más coherente con su fe. El 14 de diciembre de 1538, un agente regio se presentó a la puerta del convento con la orden de cerrar la casa religiosa y hacer firmar a los miembros de la comunidad el prescrito juramento de fidelidad. Algunos se sometieron por temor. El P. John, no.
Encarcelado, compareció ante el primer ministro Thomas Cromwell. Se intentó persuadirlo pero nada ni nadie consiguió convencerlo. Es más, durante los doce meses de prisión que siguieron a su captura, por su voluntad añadió nuevas penitencias a los sufrimientos que le eran infligidos, para así tener la fuerza de permanecer fiel a Cristo en el momento del testimonio supremo. La sentencia con la que se cerró el proceso era apremiante: el “papista” fue condenado a sufrir la pena capital.
El 27 de diciembre de 1539 una procesión lenta y lúgubre se movió por las calles de Canterbury. El Padre John, atado sobre un enrejado movido por un caballo, fue conducido a través de la ciudad hasta una colina fuera de las murallas, y allí fue ahorcado. A continuación, siguiendo la inhumana costumbre del tiempo, fue despedazado y sus restos cocidos en una caldera.
En el libro contable del camarlengo de Canterbury, aparece la lista de los gastos, a cargo de la caja común, efectuados para pagar la madera utilizada en la construcción del patíbulo y la adquisición de la cuerda: “Pagado por media tonelada de madera para una horca en la cual ajusticiar al fraile Stone: 2s 6d.”
Beatificado por León XIII en 1886, Pablo VI, el 25 de octubre de 1970, lo canonizaba junto con otros treinta y nueve mártires ingleses, sacerdotes, religiosos y laicos, hombres y mujeres, todos ellos sacrificados por la defensa de la verdad y de la unidad de la Iglesia.
Oración
Oh Dios,
que concediste al presbítero san Juan
la fortaleza para sellar con el martirio
su vida consagrada a ti;
Concédenos, por su intercesión,
dar testimonio con la vida, de la fe que profesamos.

Por N.S. JC.

30 junio 2014

Meditación sobre la confesión de Pedro

Benedicto XVI

Estos textos dicen claramente que la integridad de la fe cristiana se da en la confesión de san Pedro, iluminada por la enseñanza de Jesús sobre su "camino" hacia la gloria, es decir, sobre su modo absolutamente singular de ser el Mesías y el Hijo de Dios. Un "camino" estrecho, un "modo" escandaloso para los discípulos de todos los tiempos, que inevitablemente se inclinan a pensar según los hombres y no según Dios (cf. Mt 16, 23). También hoy, como en tiempos de Jesús, no basta poseer la correcta confesión de fe:  es necesario aprender siempre de nuevo del Señor el modo propio como él es el Salvador y el camino por el que debemos seguirlo.
En efecto, debemos reconocer que, también para el creyente, la cruz es siempre difícil de aceptar. El instinto impulsa a evitarla, y el tentador induce a pensar que es más sabio tratar de salvarse a sí mismos, más bien que perder la propia vida por fidelidad al amor, por fidelidad al Hijo de Dios que se hizo hombre.
¿Qué era difícil de aceptar para la gente a la que Jesús hablaba? ¿Qué sigue siéndolo también para mucha gente hoy en día? Es difícil de aceptar el hecho de que pretende ser no sólo uno de los profetas, sino el Hijo de Dios, y reivindica la autoridad misma de Dios. Escuchándolo predicar, viéndolo sanar a los enfermos, evangelizar a los pequeños y a los pobres, y reconciliar a los pecadores, los discípulos llegaron poco a poco a comprender que era el Mesías en el sentido más alto del término, es decir, no sólo un hombre enviado por Dios, sino Dios mismo hecho hombre.

Claramente, todo esto era más grande que ellos, superaba su capacidad de comprender. Podían expresar su fe con los títulos de la tradición judía: "Cristo", "Hijo de Dios", "Señor". Pero para aceptar verdaderamente la realidad, en cierto modo debían redescubrir esos títulos en su verdad más profunda: Jesús mismo con su vida nos reveló su sentido pleno, siempre sorprendente, incluso paradójico con respecto a las concepciones corrientes. Y la fe de los discípulos debió adecuarse progresivamente. Esta fe se nos presenta como una peregrinación que tiene su origen en la experiencia del Jesús histórico y encuentra su fundamento en el misterio pascual, pero después debe seguir avanzando gracias a la acción del Espíritu Santo. Esta ha sido también la fe de la Iglesia a lo largo de la historia; y esta es también nuestra fe, la fe de los cristianos de hoy. Sólidamente fundada en la "roca" de Pedro, es una peregrinación hacia la plenitud de  la  verdad  que el pescador de Galilea profesó con convicción apasionada:  "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16).

Fragmento de la Homilía de Benedicto XVI en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, 29 de junio de 2007.

05 mayo 2014

A la Purísima Concepción de Nuestra Señora

Luis de Góngora y Argote

"Virgen pura, si el sol, luna y estrellas"

Si ociosa no, asistió naturaleza
Incapaz a la tuya, oh gran Señora,
Concepción limpia, donde ciega ignora
Lo que muda admiró de tu pureza.

Díganlo, oh Virgen, la mayor belleza
Del día, cuya luz tu manto dora,
La que calzas nocturna brilladora,
Los que ciñen carbunclos tu cabeza.

Pura la Iglesia ya, pura te llama
La Escuela, y todo pío afecto sabio
Cultas en tu favor da plumas bellas

¿Qué mucho, pues, si aún hoy sellado el labio,
Si la naturaleza aun hoy te aclama
Virgen pura, si el sol, luna y estrellas?


02 mayo 2014

Comunicado del 1º de Mayo de la HOAC y JOC

HOAC 

Ante un nuevo 1º de mayo, día internacional de los trabajadores  y las trabajadoras, fiesta del movimiento obrero mundial, la HOAC y la JOC, movimientos de Acción Católica especializada en el mundo obrero, queremos ofrecer nuestra reflexión.
Recordamos en este día a tantos trabajadores y trabajadoras que sufrieron y continúan sufriendo a lo largo de la historia condiciones precarias e inseguras de trabajo, lo que les ha llevado a perder la salud e incluso la vida. Trabajadores explotados por la usura de los empresarios, o de grupos multinacionales o financieros, que especulan y no dudan, en poner como centro de la actividad económica el beneficio y el dinero.
Así la persona y sus familias, son mercancía que se compra a cambio de un salario cada día menor. También recordamos a quienes, siendo un ejemplo de resistencia y lucha, han permitido que el colectivo obrero y la sociedad en general, avanzáramos hacia un mundo de justicia, igualdad, paz y desarrollo y nos implicáramos en la construcción de un mundo más fraterno.
Denunciamos que el Mundo obrero está sufriendo las consecuencias de una desigualdad cada vez mayor, entre países y dentro de cada país. El trabajo convertido en un factor más de la producción y al servicio del capital, está dejando de ser un elemento esencial para que las personas y las familias puedan vivir con dignidad. Un escenario nefasto para el desarrollo de la vida de tantas personas ¿Por qué no podemos vivir sin trabajo, y si trabajamos perdemos la vida? puede parecer exagerado… ¡pero no! Actualmente en España nos encontramos  con una escalofriante tasa de desempleo del 26% (5.896.300 de personas) [1],  del 56% si hablamos de jóvenes. Quienes encuentran trabajo, casi en su totalidad, obtienen empleos precarios e inestables [2] que también nos van quitando la vida, a veces incluso con salarios que no permiten salir de la pobreza.
Hay un ataque planificado y dirigido a redistribuir la riqueza desde la mayoría humilde obrera y trabajadora  hacia un grupo dominante minoritario, aplicando la despiadada ideología neoliberal en un mundo con fronteras para las personas, pero no para el dinero.
El reciente Informe Foessa “Precariedad y cohesión social”, presentado por Cáritas y cínicamente cuestionado por el gobierno, constata el empeoramiento de la situación laboral y social que se extiende a amplios sectores de la población.
En España la fractura social entre los más pobres y los más ricos se ha ensanchado un 45%. Cinco millones de personas se encuentran afectadas por situaciones de exclusión severa, un 82,6% más que en 2007, en su mayoría familias trabajadoras. Las diferencias son mucho más claras según la edad: los jóvenes menores de 29 años representan el 44% de las personas excluidas, y la exclusión social en la infancia se está convirtiendo en un problema de primer orden.
Es evidente el empobrecimiento acelerado del mundo obrero, que día a día encuentra más dificultades en el acceso a sus necesidades y derechos más básicos (alimentación, salud, vivienda, educación…) Esto contrasta con el creciente enriquecimiento de las élites económicas y financieras.
Ante la situación de insolidaridad estructural que se vive en todo el mundo respecto a los trabajadores, y más si cabe respecto a jóvenes que quieren y no pueden trabajar, observamos que las condiciones de vida que ofrece nuestra sociedad no son decentes porque humillan a grandes cantidades de personas abocándolas al desempleo o a trabajos precarios permanentes y mal remunerados que no garantizan una vida digna; a la pobreza que impide un mínimo proyecto de vida personal y familiar sostenible y duradero.
¿Tiene sentido seguir hablando de trabajo digno? ¿Cómo mirar desde una perspectiva cristiana la realidad del trabajo? ¿Puede ser hoy Buena Noticia nuestra manera de comprender el trabajo a la luz del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI)?
Ofrecemos la reflexión de la DSI, que establece el trabajo como la clave de la cuestión social. El Papa Francisco se ha referido repetidamente a la importancia del trabajo para tener una vida digna: “Donde no hay trabajo, falta la dignidad. Y esto (…) es consecuencia de una elección mundial, de un sistema económico que lleva a esta tragedia; un sistema económico que tiene en el centro un ídolo, que se llama dinero.” [3]
La persona  debe ser y estar en el centro de la actividad económica, de la política, de las relaciones laborales, del trabajo. La forma en que se está organizando el trabajo y la sociedad nos deshumaniza, nos impide el desarrollo personal, familiar, social y nos condena, a vivir para trabajar, dispuestos a aceptar cualquier condición laboral. Se supedita al ser humano y a la familia a esta lógica.
Reconocemos que a pesar de esta situación, amigos, vecinos y familiares, voluntarios anónimos, movimientos y entidades sociales, organizaciones obreras, colectivos de Iglesia como Cáritas o Manos Unidas y otros muchos están ofreciendo experiencias de apoyo mutuo, de resistencia pacífica, de alegría en el compartir lo que no sobra. Experiencias que rechazan el individualismo, que mantienen viva la esperanza en que el tiempo dará la razón a los que ahora son olvidados por las estructuras.
Proponemos la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, que sigue teniendo una extraordinaria fuerza profética y revolucionaria, pues la escala de valores que nos propone subvierte de raíz el orden establecido. El Evangelio anuncia que la vida humana no tiene otro sentido que dar vida, gastarse en la tarea de hacer posible que otros tengan vida. Por eso hoy debemos “convertir en actores a los que sólo son espectadores”, como decía Guillermo Rovirosa, promotor de la HOAC, o recordar nuevamente que “un joven trabajador vale más que todo el oro del mundo” como afirmaba Cardjin, fundador de la JOC.
Nos sentimos llamados y llamadas a repensar la economía y la política desde el carácter humanizador que tiene el trabajo, y sabiendo que el empleo fijo y para toda la vida probablemente ya no volverá, mientras perdure este sistema capitalista. Hemos de trabajar por garantizar una renta básica para que todas las personas tengan los mínimos para vivir con dignidad, sin renunciar a la defensa de un trabajo digno. Debemos poner nuestra mirada en los que no pueden esperar, no podemos conformarnos con que nuestro modelo de vida se caracterice por la precariedad vital que la crisis ha generado.
Reivindicamos seguir luchando por la defensa y extensión de los derechos sociales y por la necesaria renovación y fortalecimiento del movimiento sindical. Es hora de seguir construyendo pequeñas alternativas en lo económico y en lo relacional, basadas en el incremento del compartir, a veces incluso lo que no sobra, a contracorriente y en contraposición de la cultura falsa e inhumana del “tener más para vivir mejor”. Pequeñas, pero imprescindibles experiencias para imaginar e ir viviendo desde ya un futuro mejor posible frente al “único” pretendido por los que nos han traído hasta la situación actual. Es imprescindible que los cristianos y cristianas trabajemos activamente, junto a nuestros hermanos de trabajo, en la radical “defensa del pueblo deshumanizado, empobrecido y crucificado” en palabras de Ignacio Ellacuría.
Animamos a seguir construyendo esa nueva sociedad, de relaciones humanas, sociales, laborales, que sean  camino de humanización, de fraternidad y vida de comunión.
Anunciamos que las tristezas y las angustias de los trabajadores y trabajadoras, sobre todo de quienes más sufren, son también las  tristezas y angustias de quienes seguimos al Cristo obrero, al carpintero de Nazaret, que proclamó el Reino de Dios y su justicia. Continuamos celebrando la lucha obrera y mientras, tenemos el reto de seguir mostrando el amor al mundo obrero  y la fuerza solidaria  que tiene Jesucristo.
1 de mayo de 2014
[1] Datos de la EPA (1Trim.2014)

29 diciembre 2013

Renovación eclesial

Papa Francisco

La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad. Aunque ciertamente no es la única institución evangelizadora, si es capaz de reformarse y adaptarse continuamente, seguirá siendo «la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas». Esto supone que realmente esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos. La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración. A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización. Es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero. Pero tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión

Capítulo I, 28 Evangelii Gaudium

24 noviembre 2013

¡Aleluya!

Hoy celebramos tres acontecimientos importantes: Cristo, Rey del Universo, que nos ofrece un reino de amor, paz y justicia; el final del año litúrgico, que coincide también con el término del Año de la fe, acontecimiento que nos ha brindado la oportunidad a todos de reflexionar acerca de nuestra fe, dándole así un nuevo ímpetu; y, finalmente, uno de los eventos más esperados y deseados por  los padres agustinos que rigen la parroquia y por todos los feligreses: la reinauguración del templo, momento de acción de gracias y de renovación espiritual de la comunidad, pues se nos emplaza a construir la auténtica Iglesia de Cristo, al servicio de todos los hombres y especial de los más pobres. Con este espíritu de alegría e ilusión por el inicio de esta nueva etapa, presentamos el Aleluya de Haendel, interpretado por la Orquesta Sinfónica de Londres.

19 octubre 2013

Ofrenda pura y auténtico sacrificio

San Agustín

Verdadero sacrificio es toda obra que se hace con el fin de unirnos a Dios en santa sociedad, es decir, toda obra relacionada con aquel supremo bien, mediante el cual llegamos a la verdadera felicidad. Por ello, incluso la misma misericordia que nos mueve a socorrer al hermano, si no se hace por Dios, no puede llamarse sacrificio. Porque, aun siendo el hombre quien hace o quien ofrece el Sacrificio éste, sin embargo, es una acción divina, como nos lo indica la misma palabra con la cual llamaban los antiguos latinos a esta acción. Por ello, puede afirmarse que incluso el hombre es verdadero sacrificio cuando está consagrado a Dios por el bautismo y está dedicado al Señor, ya que entonces muere al mundo y vive para Dios. Esto, en efecto, forma parte de aquella misericordia que cada cual debe tener para consigo mismo, según está escrito: Ten compasión de tu alma agradando a Dios.

Si, pues, las obras de misericordia para con nosotros mismos o para con el prójimo, cuando están referidas a Dios, son verdadero sacrificio, y, por otra parte, sólo son obras de misericordia aquellas que se hacen con el fin de librarnos de nuestra miseria y hacernos felices (cosa que no se obtiene sino por medio de aquel bien, del cual se ha dicho: Para mí lo bueno es estar junto a Dios), resulta claro que toda la ciudad redimida, es decir, la congregación o asamblea de los santos, debe ser ofrecida a Dios como un sacrificio universal por mediación de aquel gran sacerdote que se entregó a sí mismo por nosotros, tomando la condición de esclavo, para que nosotros llegáramos ser cuerpo de tan sublime cabeza. Ofreció esta forma esclavo y bajo ella se entregó a sí mismo, porque sólo según ella pudo ser mediador, sacerdote y sacrificio.

Por esto, nos exhorta el Apóstol a que ofrezcamos nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable, y a que no nos conformemos con este siglo, sino que nos reformemos en la novedad de nuestro espíritu. Y para probar cuál es la voluntad de Dios y cuál el bien y el beneplácito y la perfección, ya que todo este sacrificio somos nosotros, dice: Por la gracia de Dios que me ha sido dada os digo a todos y a cada uno de vosotros: No os estiméis en más de lo que conviene, sino estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno. Pues así como nuestro cuerpo, en unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio de los otros miembros. Los dones que poseemos son diferentes, según la gracia que se nos ha dado.

Éste es el sacrificio de los cristianos: la reunión de muchos, que formamos un solo cuerpo en Cristo. Este misterio es celebrado también por la Iglesia en el sacramento del altar, del todo familiar a los fieles, donde se demuestra que la Iglesia, en la misma oblación que hace, se ofrece a sí misma.

La Ciudad de Dios Libro 10,6


23 septiembre 2013

En Pedro permanece lo que Cristo instituyó

San León Magno, papa

También nosotros recibimos alivio en nuestro ministerio apostólico de su especial y constante protección, y nunca nos vemos desprovistos de su ayuda. Es tal, en efecto, la solidez de los cimientos sobre los que se levanta el edificio de la Iglesia que, por muy grande que sea la mole del edificio que sostienen, no se resquebrajan.
La firmeza de aquella fe del príncipe de los apóstoles, que mereció ser alabada por el Señor, es eterna. Y así como persiste lo que Pedro afirmó de Cristo, así permanece también lo que Cristo edificó sobre Pedro. Permanece, pues, lo que la Verdad dispuso, y el bienaventurado Pedro, firme en aquella solidez de piedra que le fue otorgada, no ha abandonado el timón de la Iglesia que el Señor le encomendara.
Pedro ha sido colocado por encima de todo, de tal forma que en los mismos nombres que tiene podemos conocer hasta qué punto estaba unido a Cristo: él, en efecto, es llamado: piedra, fundamento, portero del reino de los cielos, árbitro de lo que hay que atar y desatar; por ello, hay que acatar en los cielos el fallo de las sentencias que él da en la tierra.
Pedro sigue ahora cumpliendo con mayor plenitud y eficacia la misión que le fue encomendada, y, glorificado en Cristo y con Cristo, continúa ejerciendo los servicios que le fueron confiados.
Si, pues, hacemos algo rectamente y lo ejecutamos con prudencia, si algo alcanzamos de la misericordia divina con nuestra oración cotidiana, es en virtud y por los méritos de aquel cuyo poder pervive en esta sede cuya autoridad brilla en la misma.
Todo ello es fruto, amados hermanos, de aquella confesión que, inspirada por el Padre en el corazón de Pedro, supera todas las incertidumbres de las opiniones humanas y alcanza la firmeza de la roca que no será nunca cuarteada por ninguna violencia.
En toda la Iglesia, Pedro confiesa diariamente: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, y toda lengua que confiesa al Señor está guiada por el magisterio de esta confesión.

21 septiembre 2013

Entrevista al Papa Francisco

El Papa Francisco ha concedido al periodista jesuita Antonio Spadaro una larga entrevista en la que afronta los más diversos asuntos, sin eludir cuestiones personales. En ella expresa ideas firmemente ancladas en una rica vivencia personal, engarzadas por el hilo conductor de la visión de una Iglesia humilde y comprensiva, autocrítica y abierta al diálogo. La riqueza de su contenido, del que se han hecho eco los medios de comunicación, hace difícil entresacar un contenido especialmente significativo, pues eso implica que, contra nuestra voluntad, estamos relegando otros a un segundo término. No obstante, nos ha parecido oportuno correr el riesgo y reproducir algunas de sus palabras.

Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Yo tengo esto por una clave importante. Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él. Quiere decir que es un falso profeta que usa la religión en bien propio. Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda. Tenemos que hacer espacio al Señor, no a nuestras certezas, hemos de ser humildes. En todo discernimiento verdadero, abierto  a la confirmación de la consolación espiritual, está presente la incertidumbre.

El riesgo que existe, pues, en el buscar y hallar a Dios en todas las cosas, son los deseos de ser demasiado explícito, de decir con certeza humana y con arrogancia: ‘Dios está aquí’. Así encontraríamos solo un Dios a medida nuestra. La actitud correcta es la agustiniana: buscar a Dios para hallarlo, y hallarlo para buscarle siempre. Y frecuentemente se busca a tientas, como leemos en la Biblia. Esta es la experiencia de los grandes Padres de la fe, modelo nuestro. Hay que releer el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos. Abrahán, por la fe, partió sin saber a dónde iba. Todos nuestros antepasados en la fe murieron teniendo ante los ojos los bienes prometidos, pero muy a lo lejos... No se nos ha entregado la vida como un guion en el que ya todo estuviera escrito, sino que consiste en andar, caminar, hacer, buscar, ver… Hay que embarcarse en la aventura de la búsqueda del encuentro y del dejarse buscar y dejarse encontrar por Dios.

Quien desee leer la entrevista completa puede pulsar sobre el siguiente enlace: http://www.abc.es/gestordocumental/uploads/Sociedad/Entrevista_completa_Papa_Francisco.pdf

29 junio 2013

Vivir la propia vocación

 Pablo VI, Encíclica Ecclesiam suam I, La conciencia, 20

La Iglesia tiene necesidad de reflexionar sobre sí misma, tiene necesidad de sentirse vivir. Debe aprender a conocerse mejor a sí misma si quiere vivir la propia vocación y ofrecer al mundo su mensaje de fraternidad y de salvación. Tiene necesidad de experimentar a Cristo en sí misma, según las palabras del apóstol Pablo: Habite Cristo por la fe en vuestros corazones ( Eph 3, 17). Es de todos  conocido que la Iglesia está inmersa en la humanidad, forma parte de ella, de ella saca sus miembros, de ella deriva preciosos tesoros de cultura, sufre sus vicisitudes históricas, favorece sus éxitos. Ahora bien, es igualmente conocido que la humanidad en este tiempo está en vía de grandes transformaciones, trastornos y desarrollos, que cambian profundamente no sólo sus maneras exteriores de vivir, sino también sus modos de pensar. Su pensamiento, su cultura, su espíritu, se ven íntimamente modificados, ya por el progreso científico, técnico y social, ya por las corrientes del pensamiento filosófico y político que invaden y atraviesan. Todo ello, como las olas de un mar, envuelve y sacude a la propia Iglesia. El espíritu de los hombres que a ella se confían está fuertemente influenciado por el clima del mundo temporal; de tal manera, que un peligro como de vértigo, de aturdimiento, de extravío, puede sacudir su misma solidez e inducir a muchos a aceptar los más extraños pensamientos, como si la Iglesia debiera renegar de sí misma y adoptar novísimas e impensadas formas de vida.



19 abril 2013

El Buen Pastor

San Agustín

Sobre el Evangelio de San Juan (c.10) donde se habla del pastor, del mercenario y el robador

“Vuestra fe no ignora, carísimos, y sabemos lo habéis aprendido del Maestro, que desde el cielo nos adiestra, y en quien habéis colocado vosotros la esperanza, cómo nuestro Señor Jesucristo, que ya padeció por nosotros y resucitó, es Cabeza de la Iglesia, y la Iglesia Cuerpo suyo; y que la salud de este Cuerpo es la unión de sus miembros y la trabazón de la caridad. Si se resfría la caridad, sobreviene, aun perteneciendo uno al Cuerpo de Cristo, la enfermedad. Cierto es, sin embargo, que aquel que ha exaltado a nuestra Cabeza puede sanar a sus miembros, siempre a condición de no llevar la impiedad a términos de haber de amputarlos, sino de permanecer adheridos al Cuerpo hasta lograr la salud. Porque, mientras permanece un miembro cualquiera en la unidad orgánica, queda esperanza de salvarle; una vez amputado, no hay remedio que lo sane. Siendo El, pues, Cabeza de la Iglesia, y siendo la Iglesia su Cuerpo, el Cristo total es el conjunto de la Cabeza y el Cuerpo. El ya resucitó; por tanto, ya tenemos la Cabeza en el cielo, donde aboga por nosotros. Esa nuestra Cabeza, sin pecado y sin muerte, está ya propiciando a Dios por nuestros pecados, para que también nosotros, resucitados al fin y transformados, sigamos a la Cabeza a la gloria celeste. Adónde va, en efecto, la cabeza, van también los otros miembros. Siendo pues miembros suyos no perdamos mientras aquí estamos, la esperanza de seguir a nuestra Cabeza.
Ponderad, hermanos, a dónde llega el amor de nuestra Cabeza. Aunque ya en el cielo, sigue padeciendo aquí mientras padece la Iglesia. Aquí tiene Cristo hambre, aquí tiene sed, y está desnudo, y carece de hogar, y está enfermo y encarcelado. Cuanto padece su Cuerpo, El mismo ha dicho que lo padece El; y, al fin, apartando ese su Cuerpo a la derecha y poniendo a la izquierda a los que ahora le pisan, dirales a los de derecha mano: Venid, benditos de mi Padre, a recibir el reino que os está apercibido desde el principio del mundo. Y esto, ¿por qué? Porque tuve hambre, y me disteis de comer; y continúa por ahí, cual si Él en persona hubiera recibido la merced. Y en tal extremo es ello así, que, no entendiéndolo, han los de la derecha de responderle diciendo: ¿Cuándo Señor, te vimos con hambre, sin hogar o encarcelado? Él les dirá: Lo que hicisteis con uno de mis pequeñuelos, a mí lo hicisteis. A este modo, en nuestro cuerpo está la cabeza encima, los pies en la tierra; sin embargo, cuando en algún apiñamiento y apretura de la gente alguien te da un pisotón, ¿no dice la cabeza: 'Estás pisándome? Nadie te ha pisado ni la cabeza ni lengua; están arriba, y a buen recaudo; nada malo les ha sucedido; mas, porque de la cabeza a los pies reina la unidad, fruto de la trabazón que produce la caridad, la lengua no se desentiende del interés común, Antes bien, dice: 'Estás pisándome.” A esta manera dijo Cristo, la Cabeza a quien nadie pisa: Tuve hambre, y disteisme de comer. ¿Cómo terminó? Entonces aquéllos irán al fuego eterno, y los justos a la vida eterna.
En las palabras recién oídas presentasenos el Señor, a la vez, como  pastor y puerta. Ambas cosas las tiene allí: Yo soy la puerta y Yo soy el pastor. Es puerta en relación a la Cabeza visible de la Iglesia; es pastor en relación al Cuerpo, a la Iglesia misma. En efecto, a Pedro, único sobre quien organiza la Iglesia, le dice: Pedro, ¿me amas? El respondió: 'Señor, te amo.' Apacienta mis ovejas. Y habiéndole dicho por tres veces: Pedro, ¿me amas?, entristecióse Pedro a la tercera interrogación, como si quien había visto la intimidad del negador no viese también ahora la fe del confesor. Habíale conocido siempre; habíale conocido aun al tiempo en que Pedro se desconocía a sí mismo. No se conocía éste cuando dijo: A tu lado estaré hasta morir. ¡Qué poco sabía él lo grave de su enfermedad! No de otro modo ignoran frecuentemente los enfermos qué les pasa, y sábelo el médico; no lo sabe quien lo tiene, y sábelo quien no lo tiene. .A la sazón, el enfermo era Pedro, y médico el Señor. Aquél decía tener fuerzas, cuando, en realidad, no las tenía; mas el Señor, tomándole el pulso, decía que había de negarle tres veces. Y sucedió a la letra como el Doctor se lo había pronosticado, no como adelantó, jactancioso, el enfermo. Si, pues, le pregunta el Salvador después de la resurrección, no es porque ignorase la gran sinceridad del afecto que Pedro tenía por El, sino para que una triple confesión de amor borrase la triple negación del temor. Qué se le exige a Pedro. Luego demandar el Señor a Pedro si le ama.: Pedro, ¿me amas?, es como decirle: ¿Qué me darás, qué harás por mí en prueba de tu amor?' ¿Qué había Pedro de hacer en provecho del Señor ya resucitado y a punto de subir a los cielos para sentarse a la diestra del Padre? Era, pues, como decirle: 'Lo que me darás, lo que harás por mí, si me amas, es apacentar mis ovejas; es entrar por la puerta y no encaramarte por otro lado.' Oísteis cuando se leía el Evangelio: Quien entra por la puerta, ése es el pastor; mas el que sube por otra parte, es ladrón y salteador, y su intención desunirlas, desperdigarlas y llevárselas. ¿Quién entra por: la puerta? Quien entra por Cristo. Y ¿quién es éste? Quien imita la pasión de Cristo, quien conoce la humildad de Cristo; y, pues Dios se hizo por nosotros hombre, bien claro está que no es Dios el hombre, sino hombre. Quien, en efecto, quiere dárselas de Dios no siendo más que hombre, no imita ciertamente al que, siendo Dios, se hizo hombre. A ti no se te dice: 'Sé algo menos de lo que eres', sino: 'Conoce lo que eres.' Conócete enfermo, conócete hombre, conócete pecador, conoce ser Dios quien justifica, conócete manchado. Pon al raso en la confesión la mancha de tu corazón, y pertenecerás al rebaño de Cristo; la confesión de los pecados suscitará en el Médico ganas de sanarte. El enfermo que dice: 'Yo no tengo nada', no se preocupa del médico. ¿No habían subido al templo el fariseo y el publicano? El primero se ufanaba de tener salud, el segundo mostrábale al Médico las llagas; el primero decía: Dios, yo te doy gracias porque no soy como el publicano este. Tomaba pie del vecino para remontarse; por donde, a estar sano el publicano, le hubiera el fariseo mirado de reojo, porque no habría tenido sobre quién empinarse. Mas ¿cómo llegó al templo aquel rostrituerto? Desde luego, no estaba sano; mas, como se decía sano, no bajó curado. Al revés, el otro, la vista en el suelo, sin atreverse a levantarla al cielo, hería sus pechos diciendo: ¡Oh Dios!, sé propicio conmigo, pecador que yo soy. Y ¿qué dijo el Señor? Digoos de verdad que bajó éste justificado del templo, y no el fariseo. Porque todo el que se ensalza será humillado, y quien se humilla será ensalzado. Luego los que se empinan quieren subir al aprisco por otro lado que por la puerta; por la puerta entran en el redil los que se humillan. De ahí que éste entra y el otro sube. Subir, como veis, es buscar las alturas, quien sube no entra, sino que cae; mas quien se agacha para entrar por la puerta, ése no cae, sino que es pastor.
Habla el Señor en el evangelio este de tres suertes de personas, que debemos estudiar: el pastor, el mercenario y el ladrón; y entiendo que, al sernos leído, advertisteis las características con que designó al pastor, las del mercenario y las propias del ladrón. Del pastor dijo que daba la vida por sus ovejas y entraba por la puerta; del salteador o ladrón, que subían por otra parte; del mercenario afirmó que, en viendo que ve al lobo o al ladrón, huye, porque no tiene amor a las ovejas: es mercenario, no pastor verdadero. Entra éste por la puerta, por ser pastor; el ladrón sube por otra parte, por ser ladrón; el mercenario, viendo a los que tratan de llevarse las ovejas, teme y escapa, por ser mercenario, porque le tienen sin cuidado las ovejas: al fin es mercenario. Si diésemos con estas tres personas, habría vuestra santidad hallado a quiénes ha de amar, a quiénes tolerar y a quiénes esquivar. Ha de ser amado el pastor, tolerado el mercenario, esquivado el ladrón. Hay en la Iglesia hombres que, según decir del Apóstol, anuncian el Evangelio ex occasione,  buscando de los hombres su propia medra, ya en dinero, ya en honores, ya en alabanzas humanas. Buscando a toda costa sus personales ventajas, no miran, al predicar, tanto a la salud de aquellos a quienes predican como a sus particulares emolumentos. Mas quien oye la salud a quien no tiene salud, si creyere en aquel a quien ese tal anuncia, sin poner la esperanza en aquel por quien la salud le es anunciada, quien anuncia, saldrá perdiendo; aquel a quien se anuncia, saldrá ganando.

Sermón 137 (San Agustín, Obras X, B.A.C (2ª Ed.) Madrid: 1965, pp. 649-655)

21 marzo 2013

Agradecimiento de Cáritas a Benedicto XVI

Cáritas agradece a Benedicto XVI su luminoso magisterio sobre la caridad

Ante la noticia de la renuncia a su ministerio como Obispo de Roma hacha pública el pasado 11 de febrero por el Papa Benedicto XVI, Cáritas Española expresa su profundo agradecimiento al Santo Padre por estos casi ocho años de fructífero Pontificado en el que ha situado la caridad como uno de los ejes de su magisterio.
Si ya en la primera de sus encíclicas, Deus caritas est, Benedicto XVI señala con claridad meridiana el amor de Dios como el corazón mismo de la fe cristiana y la opción fundamentas de la vida del cristiano, en su tercera encíclica, Caritas in veritate, va más allá al exclamar que "el amor _ "caritas"_ es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz".
Esa misma enseñanza, que no ha dejado de expresarse en los distintos espacios donde el Papa ha propuesto su rico magisterio, se ha manifestado de manera específica, en lo que supone para la identidad de la acción de Cáritas, tanto en sus sucesivos Mensajes para la Cuaresma como en los encuentros anuales con los miembros del Pontificio Consejo "Cor Unum", del que forma parte el presidente de Cáritas Española, Rafael Río Sendino.
La Confederación Cáritas en España, al tiempo que comparte el sentimiento de orfandad por esta decisión manifestado por el  cardenal Antonio Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal, acoge también "con reverencia filial" la voluntad del Santo Padre y expresa su confianza plena en la fuerza del Espíritu para que bendiga al futuro Papa y a toda la Iglesia.
El luminoso camino mostrado por Benedicto XVI acerca del ejercicio de la diakonia de la caridad será siempre fuente de inspiración para Cáritas en el desafío ue nos lanza la opción preferencial y evangélica por los pobres, una misión especialmente urgente en esta encrucijada de la historia.
En estos momentos en los que millones de hermanos siguen sufriendo las consecuencias de los injustos sistemas que rigen la economía, la moral, la política y la sociedad, Cáritas agradece la visión y la denuncia clara de todas las injusticias a lo largo del magisterio pontificio de Benedicto XVI, así como su cercanía al sufrimiento de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Cuando la Iglesia afronta una nueva etapa en el gobierno de la barca de Pedro, oramos por el nuevo pontífice, al tiempo que intensificamos nuestros esfuerzos en el trabajo por alcanzar la justicia y la dignidad para todas las personas en la confianza de que la Buena Nueva de Jesucristo alcance a todos, aporte consuelo, luz y esperanza en los momentos de mayor turbación.

Cáritas, nº 544, febrero 2013, año LXII

04 marzo 2013

Oración al Espíritu Santo por la Iglesia


Espíritu Santo que siempre has preparado
el camino al sucesor de Pedro,
te pedimos que guardes en tu amor
al papa Benedicto XVI
para que siga sirviendo de todo corazón
a la Santa Iglesia
con su oración y su enseñanza.

Ayúdanos en este tiempo de gracia,
a orar con fervor y acoger en el amor
a quien el Señor nos quiera dar.

Te pedimos especialmente 
que derrames tu gracia, tu luz y tu amor
sobre todos los Cardenales que han de elegir
al nuevo Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro.

Que el nuevo Papa nos presida
en la unidad y en la caridad,
sirva con ardor, con gran celo por las almas
y con vigilante dedicación pastoral.

Unidos con María, Madre de la Iglesia,
colocamos bajo su maternal amparo,
el camino de quien guiará
a la comunidad cristiana
desde un nuevo Pontificado. Amén

Delegación de Pastoral Vocacional
Diócesis de Getafe

22 enero 2013

Resistencia, profecía y utopía en la Iglesia hoy



Recopilación de información efectuada por Paco Alcalá, como reconocimiento, agradecimiento y admiración hacia quien fue mi profesor y amigo.

Nicolás Castellanos Franco publicó:

"Resistencia, profecía y utopía en la Iglesia hoy"


Una invitación a creer que otra Iglesia y otro mundo son posibles… 



Fecha de aparición del libro: 5/09/2012  - 120 pág. - (Editorial Herder)

Nicolás Castellanos es un destacado religioso agustino español que alcanzó notoriedad en 1992 cuando dimitió como obispo de Palencia para dedicarse a la labor misionera en Bolivia, país en el que reside desde entonces. Su labor le valió en 1998 el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y la Medalla al Mérito Municipal por el Honorable Concejo Municipal de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Asimismo ha recibido la Medalla de Oro al Trabajo (2006)…, entre otros reconocimientos.

Reseña del editor:
Frente a esa dinámica que Juan Pablo II definió proféticamente como «ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres», el texto que el lector tiene en sus manos muestra que otra Iglesia y otro mundo son no solo posibles sino necesarios.
Como el autor señala con coraje, la Iglesia podría tener mucho que decir en la actual crisis si se mantuviese fiel al Evangelio y no quebrantase la voluntad de Dios apelando a tradiciones humanas, por lo que esta institución debería adoptar una actitud caracterizada por la resistencia, la profecía y la utopía; una utopía que se haga creíble «en pequeños gestos liberadores», en medio de tanta mentira, frustración y desesperación. Como el propio Castellanos sugiere, citando a Albert Camus, «ya que no tenemos poder contra el dolor, hagamos algo para solucionar la miseria».

“No sé por qué la Iglesia española guarda silencio; es el momento de denunciar como los profetas”.

Nicolás Castellanos es uno de los últimos profetas que nos quedan. Tanto, que llegó a abandonar su palacio episcopal en Palencia para vivir con los más pobres. El obispo Nicolás Castellanos sigue creyendo en la utopía, mucho más en una Iglesia, y en una sociedad, marcadas por la crisis y la apatía. Fruto de este convencimiento es “Resistencia, profecía y utopía en la Iglesia hoy”.
Se trata de toda una invitación a creer que otra Iglesia y otro mundo son posibles.
El libro cuenta, además, con dos joyas añadidas: Un prólogo de Pedro Casaldáliga y un epílogo de José Ignacio González Faus.
"Una Iglesia que sea más hogar que cárcel, que sea más tienda de campaña que torreón defensivo. Creo en una Iglesia que se aleje del poder, del tener y del saber como armas de opresión, y que en actitud de despojo comparta con los más pobres, al estilo de Jesús, lo que tiene y lo que sabe", manifestó Castellanos en la presentación de su libro, quien también reivindicó la necesidad de "recuperar el espíritu, la letra, la mística del Concilio Vaticano II".
Nicolás aseguró haber escrito este libro pretendiendo alentar tres grandes actitudes: "resistencia, sin claudicaciones, sin amarguras, sin miedo a todo aquello que se opone al Reino y a la Iglesia como signo y sacramento del Reino; profecía en el anuncio, denuncia en consolación y en ejercicio multiplicado de misericordia, compasión y solidaridad; utopía, la Iglesia como espacio del sueño del Dios de Jesús”.Una Iglesia crítica consigo misma, como dijera antes de morir el cardenal Martini, sin miedo y con coraje, abierta a los interrogantes y a una "Iglesia siempre reformada", movida por "la pasión por Jesús, por la Iglesia y por la justicia social y la opción por los pobres”.
En la presentación del libro en el ICAI de Madrid, Nicolás estuvo acompañado, además del editor, por destacadas personalidades, quienes se expresaron, sobre la obra y su autor, en los siguientes términos:
"Nos convendría ser de los de Nicolás", argumentó José Bono, quien afirmó que Castellanos "es un punto de referencia", y su libro "una denuncia". "Pertenezco a la Iglesia porque hay gente como tú", apuntó el ex presidente del Congreso, quien agradeció al autor que fuera "testimonio para los que estamos entristecidos. No estamos solos y queremos seguir perteneciendo a esta Iglesia, que no da lecciones sino testimonio".
Por su parte, el vicepresidente del Senado, Juan José Lucas, recordó cómo la tarea de hombres como Nicolás Castellanos "está transformando la realidad", frente al ejemplo de otras entidades, incluida la propia jerarquía eclesiástica, donde "no siempre detectamos que la humildad sea una de sus grandes virtudes".
Otro de los presentadores fue un gran amigo de Castellanos, el padre Ángel. El fundador de Mensajeros de la Paz declaró que "soy de los tuyos, y también soy de los otros, de los de Bono y de los de Lucas, y creo en la iglesia aunque a veces sea incómodo o me sienta incómodo". "Amo a la Iglesia de Nicolás, a la que representas, a la Iglesia de Vicente Ferrer, la de Pedro Casaldáliga (Autor del prólogo del libro. El epílogo, es de González Faus), la de Yunus o la del doctor de la lepra Joaquín Sanz", añadió el sacerdote, quien recordó sus visitas a la "catedral" de Castellanos en Bolivia.
Por su parte, el director de Religión Digital, José Manuel Vidal, apuntó que el libro de Castellanos "no sólo es el libro de un obispo (que también), sino el de un profeta. De los que predican con el ejemplo. De los buenos samaritanos, que nunca condenan y bendicen siempre. De los que cumplen la doble función profética de anunciar y denunciar. Y, a la hora de denunciar, dejan palacios y mitras y se van al altiplano boliviano".
Sobre el libro, Vidal destacó que "es más que un 'Indignaos' eclesial. Es un libro para espolearnos a salir de la indiferencia; para ayudarnos a dejar ya el camino de la mística de la resistencia pasiva; para pasar a la resistencia activa y, desde ella, luchar por la utopía del Reino que exige una Iglesia mejor, con menos poder y más entrañas de misericordia".
                                                                                              ¡¡¡ Gracias por todo, Nicolás !!!

19 diciembre 2012

Iglesia y ciencia


NICOLAU POUS, Francesc, Iglesia y Ciencia a lo largo de la historia. Ediciones SCIRE, Barcelona, 2003, 13  x 20, 277 pp.

Francisco Javier Bernad Morales

Entre los muchos lugares comunes que integran el bagaje intelectual de lo que pudiéramos llamar lectores semicultos —aquéllos que incluso en caso de que posean un título universitario jamás se han planteado la más ligera duda sobre la validez del pensamiento único progresista— ocupa un lugar destacado la convicción de que la Iglesia Católica ha sido a lo largo de la historia enemiga declarada de la ciencia y, por ende, del progreso. Se trata de una noción que hunde sus raíces en el enciclopedismo y en el positivismo —recordemos las tres etapas comtianas del desarrollo del conocimiento— y que, pese a carecer del más leve apoyo empírico, con una insistencia digna de Goebbels, se ha repetido hasta la saciedad, de tal modo que, como enseñó el gran propagandista nazi, para muchos ha terminado por ser verdadera. A desmentirla viene el libro de Francesc Nicolau Pous. Repasa para ello este sacerdote una larga, aunque no exhaustiva, nómina de eclesiásticos que en todas las épocas han ocupado un lugar destacado en las más variadas ciencias, con particular, y para los tiempos más modernos casi exclusiva, atención a las naturales. El volumen se completa con una reflexión en torno al lugar respectivo de la ciencia y de la fe, que el autor considera como nunca opuestas, toda vez que la primera conduce al conocimiento de la Creación. Otra cuestión es la aplicación de los descubrimientos científicos que, como tarea práctica, precisa de una guía ética a fin de evitar aberraciones incompatibles con la dignidad humana.
            Nos encontramos, por otra parte, ante un libro de agradable lectura, en el que el rigor en la aportación de datos corre parejo con la claridad de la exposición. 

07 noviembre 2012

La fe nace en la Iglesia. Audiencia 31 de octubre de 2012


Benedicto XVI

Proseguimos nuestro camino de meditación sobre la fe católica. La semana pasada he mostrado que la fe es un don, porque es Dios quien toma la iniciativa de venir a nosotros, y es una respuesta con la cual lo recibimos como verdad y cimiento estable de nuestra vida. Es un don que transforma la vida, porque nos hace penetrar en la misma visión de Jesús, que obra en nosotros y nos abre al amor a Dios y a los demás.
Hoy me gustaría dar un paso más en nuestra reflexión, empezando de nuevo con algunas preguntas: ¿la fe tiene un carácter sólo personal e individual? ¿Interesa sólo a mi persona? ¿Vivo mi fe por mi cuenta? Por supuesto, el acto de fe es un acto eminentemente personal, que tiene lugar en lo más profundo de mi ser y que marca un cambio de dirección, una conversión personal: es mi vida la que recibe un cambio de ruta. En la liturgia del Bautismo, en el momento de las promesas, el celebrante pide manifestar la fe católica y formula tres preguntas: ¿Creéis en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?; ¿Creéis en Jesucristo? y, por último, ¿Creéis en el Espíritu Santo? Antiguamente, estas preguntas se dirigían personalmente al que iba a recibir el Bautismo, antes de sumergirse tres veces en el agua. Y aún hoy, la respuesta es en singular: "Creo". Pero mi creer no es el resultado de mi reflexión solitaria, no es producto de mi pensamiento, sino que es el resultado de una relación, de un diálogo en el que hay un escuchar, un recibir y una respuesta, es la acción de comunicar con Jesús la que me hace salir de mi "yo", encerrado en mí mismo, para abrirme al amor de Dios Padre. Es como un renacer, en el que me encuentro unido no sólo a Jesús, sino también a todos aquellos que han caminado y caminan por el mismo camino, y este nuevo nacimiento, que comienza con el Bautismo, continúa a lo largo de toda la vida. No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque Dios me dona la fe a través de una comunidad creyente, que es la Iglesia y me inserta en una multitud de creyentes, en una comunión, que no es sólo sociológica, sino que tiene sus raíces en el amor eterno de Dios, que en Sí mismo es comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es Amor trinitario. Nuestra fe es verdaderamente personal, solo si es comunitaria: puede ser mi fe, sólo si vive y se mueve en el "nosotros" de la Iglesia, sólo si es nuestra fe, la fe de la única Iglesia».
Los domingos, en la Santa Misa, rezando el Credo, nos expresamos en primera persona, pero confesamos comunitariamente la única fe de la Iglesia. Ese "Creo", pronunciado de forma individual, nos une al de un inmenso coro en el tiempo y en el espacio, en el que cada uno contribuye, por decirlo así, a una polifonía armoniosa en la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume claramente así: «"Creer" es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la Madre de todos los creyentes. "Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre" (San Cipriano de Cartago Catecismo de la Iglesia Católica n. 181). La fe nace en la Iglesia, conduce a ella y vive en ella. Esto es importante recordarlo.
En los comienzos de la aventura cristiana, cuando el Espíritu Santo desciende con su poder sobre los discípulos en el día de Pentecostés -como se relata en los Hechos de los Apóstoles (cfr. Hch 2, 1-13)- la Iglesia naciente recibe la fuerza para llevar a cabo la misión que le ha confiado el Señor Resucitado: difundir en todos los rincones de la tierra el Evangelio, la buena noticia del Reino de Dios, y guiar así a cada hombre al encuentro con Él, a la fe que salva. Los Apóstoles superan todos los miedos al proclamar lo que habían oído, visto, y experimentado personalmente con Jesús. Por el poder del Espíritu Santo, comienzan a hablar lenguas nuevas, anunciando abiertamente el misterio del que fueron testigos. Los Hechos de los Apóstoles nos narran luego el gran discurso que Pedro pronuncia, precisamente, en el día de Pentecostés. Comienza con un pasaje del profeta Joel (Joe 3, 1-5), refiriéndolo a Jesús, y proclamando el núcleo central de la fe cristiana: Aquel que había beneficiado a todos, que había sido acreditado en Dios con prodigios y grandes signos, ha sido clavado en la cruz y matado, pero Dios lo ha resucitado de entre los muertos, constituyéndolo Señor y Cristo. Con Él entramos en la salvación definitiva anunciada por los profetas y el que invoque su nombre será salvado (cfr. Hch 2,17-24). Al escuchar las palabras de Pedro, muchos se sienten interpelados personalmente, se arrepienten de sus pecados y se hacen bautizar, recibiendo el don del Espíritu Santo (cfr. Hch 2, 37-41).
Así comienza el camino de la Iglesia, como comunidad que lleva este anuncio en el tiempo y en el espacio, comunidad que es el Pueblo de Dios fundado sobre la nueva alianza, gracias a la sangre de Cristo, y cuyos miembros no pertenecen a un determinado grupo social o étnico, sino que son hombres y mujeres provenientes de toda nación y cultura. Es un pueblo ‘católico’, que habla lenguas nuevas, universalmente abierto para acoger a todos, más allá de todo confín, demoliendo todas las barreras –como afirma san Pablo: "Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino solo Cristo, que es todo y está en todos". (Col 3,11).
La Iglesia, por tanto, desde el principio, es el lugar de la fe, el lugar de la transmisión de la fe, el lugar en el que, mediante el Bautismo, estamos inmersos en el Misterio Pascual de la Muerte y Resurrección de Cristo, que nos libera de la esclavitud del pecado, nos da la libertad de hijos y nos lleva a la comunión con el Dios Trinitario. Al mismo tiempo, estamos inmersos en la comunión con los demás hermanos y hermanas en la fe, con todo el Cuerpo de Cristo, sacados de nuestro aislamiento. El Concilio Vaticano II lo recuerda: "Dios quiere salvar y santificar a los hombres, no individualmente y sin ningún vínculo entre ellos, sino que quiere hacer de ellos un pueblo, que Lo reconozca en la verdad y fielmente Lo sirva" (Constitución dogmática Lumen gentium, 9). Recordando aún la liturgia del Bautismo, notamos que, en la conclusión de las promesas en las que expresamos la renuncia al mal y repetimos "creo" a las verdades centrales de la fe, el celebrante dice: "Esta es nuestra fe, ésta es la fe de la Iglesia y nosotros nos gloriamos de profesarla en Cristo Jesús Señor nuestro". La fe es la virtud teologal, es decir, dada por Dios, pero transmitida por la Iglesia a lo largo de la historia. El mismo San Pablo, escribiendo a los corintios, afirma haber comunicado a ellos el Evangelio que a su vez también él había recibido (cf. 1 Cor 15, 3).
Hay una cadena ininterrumpida de la vida de la Iglesia, de anuncio de la Palabra de Dios, de celebrar de los Sacramentos, que llega hasta nosotros y que nosotros llamamos Tradición. Ella nos da la seguridad de que lo que creemos es el mensaje original de Cristo, predicado por los Apóstoles. El núcleo primordial del anuncio es el acontecimiento de la Muerte y Resurrección del Señor, de donde mana todo el patrimonio de la fe. Dice el Concilio: "La predicación apostólica, que se expresa de un modo especial en los libros inspirados, debía ser entregada con sucesión continua hasta el fin de los tiempos". (Dei Verbum, 8). Por lo tanto, si la Sagrada Escritura contiene la Palabra de Dios, la Tradición de la Iglesia la conserva y la transmite fielmente, para que los hombres de todas las épocas tengan acceso a sus vastos recursos y puedan enriquecerse con sus tesoros de gracia. Por eso la Iglesia, cito una vez más el Vaticano II, "en su doctrina, en su vida y en su culto transmite a todas las generaciones todo lo que ella es y todo lo que ella cree" (DV 8).
Por último, quisiera destacar que es en la comunidad eclesial que la fe personal crece y madura. Es interesante observar como en el Nuevo Testamento la palabra "santos" se refiere a los cristianos en su conjunto, y ciertamente no todos tenían las cualidades para ser declarados santos por la Iglesia. ¿Qué es lo que se quería indicar, con este término? El hecho de que los que tenían y vivían la fe en Cristo resucitado estaban llamados a convertirse en un punto de referencia para todos los demás, poniéndolos, así, en contacto con la Persona y con el Mensaje de Jesús, que revela el rostro de Dios vivo. Esto vale también para nosotros: un cristiano que se deja guiar y poco a poco configurar por la fe de la Iglesia, a pesar de sus debilidades, sus limitaciones y sus dificultades, se convierte como una ventana abierta a la luz del Dios vivo, que recibe esta luz y la transmite al mundo. El Beato Juan Pablo II en la Encíclica Redemptoris missio afirma que "la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones ¡La fe se refuerza donándola!"
La tendencia, hoy generalizada, de relegar la fe al ámbito privado contradice su propia naturaleza. Tenemos necesidad de la Iglesia para confirmar nuestra fe y experimentar juntos los dones de Dios: su Palabra, los Sacramentos, el sostén de la gracia y el testimonio del amor. Así nuestro "yo" en el "nosotros" de la Iglesia podrá percibirse, al mismo tiempo, destinatario y protagonista de un acontecimiento que lo sobrepasa: la experiencia de la comunión con Dios, que establece la comunión entre los hombres. En un mundo donde el individualismo parece regular las relaciones entre las personas, haciéndolas cada vez más frágiles, la fe nos llama a ser Iglesia, portadores del amor y de la comunión de Dios para toda la humanidad (cf. Constitución Pastoral. Gaudium et Spes, 1).