Mostrando entradas con la etiqueta utopía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta utopía. Mostrar todas las entradas

24 febrero 2013

El sueño de la razón

Francisco Javier Bernad Morales

En el retrato que le hiciera Goya en 1798 vemos a un Jovellanos pensativo y fatigado. No lee el papel que, con gesto desmayado, sostiene en la mano derecha, su cabeza reposa sobre el brazo izquierdo, y su mirada se dirige hacia el espectador como si quisiera comunicarle la causa de su cansancio y de su pesadumbre. Algo en el cuadro, quizá las ropas, quizá los muebles, recuerda el Capricho 43, cuyo dibujo preparatorio es de 1797. En éste el personaje, incómodamente recostado, parece vencido por el agotamiento, ajeno al animal de aspecto gatuno que le contempla y a los seres alados con apariencia de búhos y murciélagos que se aproximan amenazadores. Podemos imaginar que en el grabado se materializan los motivos de la preocupación que embarga a Jovellanos y que su mirada no alcanza a transmitir. Puede que los monstruos sean deseos oscuros e inconfesables mantenidos a raya durante la vigilia, pero que, tan pronto como se relaja el control de la conciencia, afloran prestos a derramarse por el mundo como los males encerrados en la caja de Pandora; pero es también posible que no sean sino el producto de una razón que, 
olvidada de todo límite, se sueña omnipotente. Jovellanos y Goya han sido testigos de los extravíos de una razón deificada, de los crímenes cometidos por idealistas embriagados de virtud y dispuestos a sacrificarlo todo por el bien del género humano. En el año terrible de 1794, Jovellanos había escrito a Alexander Jardine:

Jamás concurriré a sacrificar la generación presente por mejorar las futuras [...] Alabo a los que tienen valor para decir la verdad, a los que se sacrifican por ella; pero no a los que sacrifican otros entes inocentes a sus opiniones, que por lo común no son más que sus deseos personales, buenos o malos [1].

Nobles y hermosas palabras que todos deberíamos grabar en nuestro corazón.  Jovellanos supo hacerles honor. Por amor a la verdad arrostró la indigna y cruel persecución del Príncipe de la Paz, y rechazó con ejemplar dignidad los requerimientos que, en nombre de José I, le hicieran viejos amigos, ministros del último monarca ilustrado:

La causa de mi país, como la de otras provincias, puede ser temeraria; pero es a lo menos honrada, y nunca puede estar bien a un hombre que ha sufrido tanto por conservar su opinión, arriesgarla tan abiertamente cuando se va acercando el término de su vida [2].

            Después, nuevos sinsabores. Los patriotas españoles afilaban contra los franceses los cuchillos con que pronto se degollarían entre sí, y ya nadie podía escuchar, cegado el entendimiento por llamaradas de odio, los prudentes consejos del valeroso pensador asturiano. Napoleón, legítimo vástago de la Revolución, conducía hacia la muerte a los jóvenes franceses por los caminos de Europa y escarnecía la nueva idea de soberanía nacional, al repartir cetros y coronas entre hermanos y cuñados. La libertad y la igualdad, fervorosa y esperanzadamente invocadas en 1789, han devenido en uno de esos gigantescos potlatchs destructivos a que intermitentemente nos entregamos los europeos. Goya, de nuevo, nos muestra el horror de la matanza, el abismo de crueldad por el que los humanos parecemos siempre dispuestos a despeñarnos. Su testimonio es el de un sufrimiento concreto y a la vez eterno, el que padecen los seres humanos cuyas vidas, truncadas para siempre, se ofrecen en el altar insaciable de la felicidad pública. Años antes, Thomas Paine había defendido la Revolución francesa ante las críticas de Burke:

Las revoluciones que han ocurrido en otros países europeos se han visto impulsadas por el odio personal. La ira se dirigía contra el hombre, que se convertía en la víctima. Pero en el caso de Francia asistimos a una revolución regenerada en la contemplación racional de los derechos del hombre, y que distingue desde el comienzo entre las personas y los principios [3].

Es realmente lamentable que los principios y las ideas carezcan de cuello, debió pensar el débil y bondadoso Luis XVI camino del cadalso, aunque quizá le confortara el pensamiento de que a sus verdugos no les guiaba ningún resentimiento personal, y que se limitaban a aplicar de manera rigurosa los dictados de la razón y a defender los derechos del hombre. 

Por aquellas mismas fechas el abate Marchena, arrastrado quizá por la emoción, quizá llevado por la incontinencia retórica, había proclamado:

el gobierno del Pueblo es la verdadera teocracia, el verdadero gobierno de Dios [4].        

            El pueblo ocupa en la mente de estos revolucionarios empapados en Rousseau el lugar que antaño correspondiera a Dios en el delirio de los anabaptistas de Münster. Rubín de Celis se refiere al pueblo en términos que parecen reservados a la divinidad:

Sí, ciudadanos, el pueblo es siempre el dueño, siempre el poderoso, siempre el justo, siempre infalible cuando decide por sí mismo [...] [5]

            En el momento en que con énfasis un tanto grandilocuente se afirman los derechos de los individuos, surgen el pueblo y la nación como entes colectivos a los que toda individualidad debe sacrificarse. Los franceses, recién creados libres e iguales, corren a dar la vida no ya para liberar de la tiranía al resto de los hombres, sino para mayor gloria de Napoleón. La energía con que España se opone a la agresión napoleónica es del mismo tipo que la que sacudió a Francia contra la intervención extranjera en tiempos de la Convención. Recordemos una vez más a Jovellanos:

España no lidia por los Borbones ni por Fernando; lidia por sus propios derechos, derechos originales, sagrados, imprescriptibles, superiores y independientes de toda familia o dinastía. España lidia por su religión, por su Constitución, por sus leyes, sus costumbres, sus usos, en una palabra por su libertad, que es la hipoteca de tantos y tan sagrados derechos [6].

            La Revolución ha desencadenado una fuerza poderosa e incontrolable. Sus pretensiones de universalidad han echado la simiente del odio entre las naciones europeas. Si en las palabras de Marchena o de Rubín de Celis aun alienta el espíritu cosmopolita de la Ilustración, y el pueblo, ese pueblo sacralizado y revestido de atributos divinos, aun puede representar al conjunto de la Humanidad; pronto pasará a hablarse de pueblo francés o español o alemán, concebidos cada uno de ellos en oposición a los demás. Si los revolucionarios de la primera hora hallaron su inspiración en la Grecia clásica y en la República Romana, sus epígonos la buscarán en los tiempos medievales e incluso prerromanos, y así, mientras que los primeros crearon un pasado universal, los segundos inventarán uno particular; cada cual a la medida del futuro deseado. El sujeto de la historia no serán los seres humanos, tampoco la Humanidad, sino las naciones, las patrias, un nuevo ídolo ávido de sangre.

            La visión ha cambiado, se ha hecho más estrecha, pero la enajenación persiste inalterada: el individuo, tal como lo expresa Rousseau, queda en todo sometido a la colectividad:

Así como la naturaleza ha dado al hombre un poder absoluto sobre todos sus miembros, el pacto social da al cuerpo político un poder absoluto sobre todos los suyos [7].

            Este poder alcanza a privarle de la vida:

El que quiere conservar su vida a expensas de los demás, debe también exponerse por ellos cuando sea necesario. En consecuencia, el ciudadano no es el juez del peligro a que la ley lo expone, y cuando el soberano le dice: ‘es conveniente para el Estado que tú mueras’, debe morir, ya que bajo esa condición ha vivido en seguridad hasta entonces, y su vida no es ya solamente un beneficio de la naturaleza, sino un don condicional del Estado [8].

            La voluntad general, que encuentra su forma de expresión en el Estado, es diferente de las voluntades individuales en tanto que éstas se refieren a intereses particulares y aquélla al interés común[9]. Como señala María José Villaverde:

El poder absoluto de la colectividad se ejerce así sin misericordia contra aquél que disiente, contra todo aquél que no acepte la voluntad general, que no es la voluntad de todos ni la voluntad de la mayoría, sino un ente abstracto y metafísico que se sitúa por encima de los individuos reales y que decide por ellos [10].

Abre así Rousseau, aunque seguramente sin ser consciente de ello, una perspectiva inquietante. Aunque para él parezca que la única manera de determinar cuáles sean las necesidades y deseos colectivos consiste en la deliberación libre de todos los componentes del cuerpo político y en la sumisión a lo decidido por la mayoría, no quedan claramente establecidos los derechos de las minorías y sobre todo de los individuos. Es más, cabe pensar que no todos los seres humanos son igualmente conscientes del interés general, e incluso que algunos no lo son en absoluto, en tanto que otros, por su ciencia, intuición o algún tipo de genialidad, están especialmente capacitados para percibirlo, lo que les convierte en naturales guías de los demás. En nada de esto pensaba el filósofo ginebrino, pero eso no obsta para que sus ideas abrieran el camino a los caudillos carismáticos de tan funesto recuerdo. En ellos se ha encarnado en algún momento la voluntad general, en ellos han tomado cuerpo las aspiraciones de las masas, ese deseo de todos al que confusamente se refería Campanella. La frase “L’État c’est moi”, atribuida a Luis XIV, no alcanza pleno significado más que si la suponemos en boca de Hitler, Mussolini, Stalin o algún otro de los dictadores totalitarios de nuestro siglo.  A la postre, el totalitarismo se revela como un efecto secundario de la democracia  Así lo percibió Ortega en el momento en que la barbarie lanzaba su más feroz asalto contra la civilización europea, cuando la libertad parecía ahogarse en un desprestigio casi universal, relegada al triste papel de instrumento oxidado e inservible, años después de que Lenin espetara a Fernando de los Ríos el célebre exabrupto “libertad ¿para qué?”:

La vieja democracia vivía templada por una abundante dosis de liberalismo y de entusiasmo por la ley. Al servir a estos principios, el individuo se obligaba a sostener en sí mismo una disciplina difícil. Al amparo del principio liberal y de la norma jurídica podían actuar y vivir las minorías. Democracia y ley, convivencia legal, eran sinónimos. Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de materiales presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. Es falso interpretar las situaciones nuevas como si la masa se hubiese cansado de la política y encargase a personas especiales su ejercicio. Todo lo contrario. Eso era lo que antes acontecía, eso era la democracia liberal. La masa presumía que, al fin y al cabo, con todos sus defectos y lacras, las minorías de los políticos entendían un poco más de los problemas públicos que ella. Ahora, en cambio, cree la masa que tiene derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia [11]

En una intrascendente película de la Disney, un chimpancé es el infalible indicador de las preferencias del telespectador medio. Hitler, Stalin, Mussolini, Franco o Pétain, con su mediocridad, su grosería, sus prejuicios, su estrechez de miras y su crueldad fueron los depositarios de las inquietudes y deseos de las masas que creyeron dirigir. Durante algún tiempo en ellos se expresó de la manera más inequívoca la voluntad general.




[1]  JOVELLANOS, Gaspar Melchor. Carta a Alexander Jardine. Epistolario. Barcelona. Labor. 1970. p. 90.
[2]  JOVELLANOS, Gaspar Melchor. Carta a José Mª. Mazarredo. Ibidem. p 170.
[3] PAINE, Thomas. Derechos del Hombre. Madrid. Alianza Editorial. 1984. p. 44. Es preciso hacer notar que Paine se opuso a la ejecución de Luis XVI.
[4]  MARCHENA, Abate. Improvisación de un español, admitido por aclamación y con unanimidad, en el Club de los Amigos de la Constitución de Bayona. En Pan y toros y otros papeles sediciosos del siglo XVIII. De. Antonio ELORZA. Madrid. Ayuso. 1971. p. 36.
[5]  RUBÍN DE CELIS, M. Discurso sobre los principios de una constitución libre. Ibidem. p. 54.
[6] JOVELLANOS, Gaspar Melchor. Carta a Francisco Cabarrús. Op. cit. p. 175.
[7] ROUSSEAU, J. J. El contrato social. Libro II, Capítulo IV. Madrid. Edaf. 1981. p. 74.
[8] Ibidem. Libro II. Capítulo V. p. 79 - 80.
[9]  “lo que generaliza la voluntad no es tanto el número de votos como el interés común que los une”. Ibidem. Libro II. Capítulo IV. p. 76.
[10] VILLAVERDE, Mª. José. “Cosmopolitismo y patriotismo”. Claves de razón práctica. Nº 90. Marzo de 1999. p. 74.
[11]  ORTEGA Y GASSET, José. La rebelión de las masas. Madrid. Espasa Calpe. 1995. p. 79.

20 febrero 2013

Marxismo y teología

Jospeh Ratzinger recuerda en este texto la época de finales de los años sesenta, cuando él enseñaba en la universidad de Tubinga. Son los años del mitificado mayo del 68, un tiempo de protesta y de ilusiones, que dejó tras de sí, como lamentable herencia, un sinfín de grupúsculos izquierdistas, muchos de los cuales terminaron por recurrir al terrorismo o al menos simpatizaron con él. Aquella famosa primavera, tan ensalzada por tantos que no la conocieron, no fue sino la antesala de los años de plomo, los de las Brigadas Rojas, el IRA Provisional,  ETA, el FRAP o los GRAPO, los del asesinato de Aldo Moro y los atentados contra policías, militares, empresarios o simples trabajadores que pasaban por allí; cuyas muertes, como siglos antes las de los pecadores en el Münster enloquecido de Jan Bockelson, no eran sino un sacrificio necesario, un paso adelante en el camino de Utopía (Francisco Javier Bernad Morales).

La acogida del existencialismo en la teología, tal y como había llevado a cabo Bultmann, no había dejado incólume la teología. Como he recordado ya, en mi curso de cristología había intentado reaccionar a la reducción existencialista y aquí y allá -sobre todo, en el curso sobre Dios que había impartido inmediatamente después- había intentado ponerle contrapesos extraídos del pensamiento marxista que, precisamente por sus orígenes judeo-mesiánicos, conserva elementos cristianos. Pero la destrucción de la teología que tenía lugar a través de su politización en dirección al mesianismo marxista era incomparablemente más radical, justamente porque se basaba en la esperanza bíblica, pero la destrozaba porque conservaba el fervor religioso eliminando, sin embargo, a Dios y sustituyéndolo por la acción política del hombre. Queda la esperanza, pero el puesto de Dios es reemplazado por el partido y, por tanto, el totalitarismo de un culto ateo que está dispuesto a sacrificar toda humanidad a su falso Dios. He visto sin velos el rostro cruel de esta devoción atea, el terror psicológico, el desenfreno con que se llegaba a renunciar a cualquier reflexión moral, considerada como un residuo burgués, allí donde la cuestión era el fin ideológico. Todo esto es de por sí suficientemente alarmante, pero llega a ser un reto inevitable para los teólogos cuando se lleva adelante la ideología en nombre de la fe y se usa la Iglesia como su instrumento.

RATZINGER, Joseph. Mi vida. Madrid, Encuentro, 2005.p. 136-137. 

22 enero 2013

Resistencia, profecía y utopía en la Iglesia hoy



Recopilación de información efectuada por Paco Alcalá, como reconocimiento, agradecimiento y admiración hacia quien fue mi profesor y amigo.

Nicolás Castellanos Franco publicó:

"Resistencia, profecía y utopía en la Iglesia hoy"


Una invitación a creer que otra Iglesia y otro mundo son posibles… 



Fecha de aparición del libro: 5/09/2012  - 120 pág. - (Editorial Herder)

Nicolás Castellanos es un destacado religioso agustino español que alcanzó notoriedad en 1992 cuando dimitió como obispo de Palencia para dedicarse a la labor misionera en Bolivia, país en el que reside desde entonces. Su labor le valió en 1998 el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia y la Medalla al Mérito Municipal por el Honorable Concejo Municipal de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Asimismo ha recibido la Medalla de Oro al Trabajo (2006)…, entre otros reconocimientos.

Reseña del editor:
Frente a esa dinámica que Juan Pablo II definió proféticamente como «ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres», el texto que el lector tiene en sus manos muestra que otra Iglesia y otro mundo son no solo posibles sino necesarios.
Como el autor señala con coraje, la Iglesia podría tener mucho que decir en la actual crisis si se mantuviese fiel al Evangelio y no quebrantase la voluntad de Dios apelando a tradiciones humanas, por lo que esta institución debería adoptar una actitud caracterizada por la resistencia, la profecía y la utopía; una utopía que se haga creíble «en pequeños gestos liberadores», en medio de tanta mentira, frustración y desesperación. Como el propio Castellanos sugiere, citando a Albert Camus, «ya que no tenemos poder contra el dolor, hagamos algo para solucionar la miseria».

“No sé por qué la Iglesia española guarda silencio; es el momento de denunciar como los profetas”.

Nicolás Castellanos es uno de los últimos profetas que nos quedan. Tanto, que llegó a abandonar su palacio episcopal en Palencia para vivir con los más pobres. El obispo Nicolás Castellanos sigue creyendo en la utopía, mucho más en una Iglesia, y en una sociedad, marcadas por la crisis y la apatía. Fruto de este convencimiento es “Resistencia, profecía y utopía en la Iglesia hoy”.
Se trata de toda una invitación a creer que otra Iglesia y otro mundo son posibles.
El libro cuenta, además, con dos joyas añadidas: Un prólogo de Pedro Casaldáliga y un epílogo de José Ignacio González Faus.
"Una Iglesia que sea más hogar que cárcel, que sea más tienda de campaña que torreón defensivo. Creo en una Iglesia que se aleje del poder, del tener y del saber como armas de opresión, y que en actitud de despojo comparta con los más pobres, al estilo de Jesús, lo que tiene y lo que sabe", manifestó Castellanos en la presentación de su libro, quien también reivindicó la necesidad de "recuperar el espíritu, la letra, la mística del Concilio Vaticano II".
Nicolás aseguró haber escrito este libro pretendiendo alentar tres grandes actitudes: "resistencia, sin claudicaciones, sin amarguras, sin miedo a todo aquello que se opone al Reino y a la Iglesia como signo y sacramento del Reino; profecía en el anuncio, denuncia en consolación y en ejercicio multiplicado de misericordia, compasión y solidaridad; utopía, la Iglesia como espacio del sueño del Dios de Jesús”.Una Iglesia crítica consigo misma, como dijera antes de morir el cardenal Martini, sin miedo y con coraje, abierta a los interrogantes y a una "Iglesia siempre reformada", movida por "la pasión por Jesús, por la Iglesia y por la justicia social y la opción por los pobres”.
En la presentación del libro en el ICAI de Madrid, Nicolás estuvo acompañado, además del editor, por destacadas personalidades, quienes se expresaron, sobre la obra y su autor, en los siguientes términos:
"Nos convendría ser de los de Nicolás", argumentó José Bono, quien afirmó que Castellanos "es un punto de referencia", y su libro "una denuncia". "Pertenezco a la Iglesia porque hay gente como tú", apuntó el ex presidente del Congreso, quien agradeció al autor que fuera "testimonio para los que estamos entristecidos. No estamos solos y queremos seguir perteneciendo a esta Iglesia, que no da lecciones sino testimonio".
Por su parte, el vicepresidente del Senado, Juan José Lucas, recordó cómo la tarea de hombres como Nicolás Castellanos "está transformando la realidad", frente al ejemplo de otras entidades, incluida la propia jerarquía eclesiástica, donde "no siempre detectamos que la humildad sea una de sus grandes virtudes".
Otro de los presentadores fue un gran amigo de Castellanos, el padre Ángel. El fundador de Mensajeros de la Paz declaró que "soy de los tuyos, y también soy de los otros, de los de Bono y de los de Lucas, y creo en la iglesia aunque a veces sea incómodo o me sienta incómodo". "Amo a la Iglesia de Nicolás, a la que representas, a la Iglesia de Vicente Ferrer, la de Pedro Casaldáliga (Autor del prólogo del libro. El epílogo, es de González Faus), la de Yunus o la del doctor de la lepra Joaquín Sanz", añadió el sacerdote, quien recordó sus visitas a la "catedral" de Castellanos en Bolivia.
Por su parte, el director de Religión Digital, José Manuel Vidal, apuntó que el libro de Castellanos "no sólo es el libro de un obispo (que también), sino el de un profeta. De los que predican con el ejemplo. De los buenos samaritanos, que nunca condenan y bendicen siempre. De los que cumplen la doble función profética de anunciar y denunciar. Y, a la hora de denunciar, dejan palacios y mitras y se van al altiplano boliviano".
Sobre el libro, Vidal destacó que "es más que un 'Indignaos' eclesial. Es un libro para espolearnos a salir de la indiferencia; para ayudarnos a dejar ya el camino de la mística de la resistencia pasiva; para pasar a la resistencia activa y, desde ella, luchar por la utopía del Reino que exige una Iglesia mejor, con menos poder y más entrañas de misericordia".
                                                                                              ¡¡¡ Gracias por todo, Nicolás !!!

12 octubre 2012

Desordenado paseo por el tiempo


Francisco Javier Bernad Morales

Corría el año 1534 y Europa se agitaba en el torbellino de la revolución religiosa. Ya Lutero había desautorizado a los extremistas que, so pretexto de seguir sus pasos reformadores, se lanzaban contra las autoridades temporales, dispuestos a edificar el Reino de Dios sobre la tierra. Vientos de jacquerie soplaban sobre Alemania y avivaban rescoldos de viejas herejías. De nuevo se escuchaba la pregunta nunca contestada: cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿dónde estaba el señor? Los príncipes católicos y protestantes olvidaban momentáneamente sus rencillas y se unían para ahogar en sangre la revuelta campesina.

Pero la historia no ha terminado. Münster, una pequeña ciudad de Westfalia, es presa de la exaltación. La muchedumbre sigue con fervor a los predicadores anabaptistas y termina por entregar el poder a uno de ellos, Jan Matthys. Los disidentes, católicos y protestantes, tanto da, son expulsados, y comienza la construcción del Reino de Dios. Se presiente la inmediata venida de Cristo, pero esta solo se producirá si los justos terminan con los malvados. Matthys decreta la propiedad común de todos los bienes y ordena que los libros, excepto la Biblia, sean quemados. Cuando muere en combate contra las tropas del obispo, le sucede su discípulo Jan Bockelson, antiguo sastre de Leiden, quien se proclama a sí mismo rey y profeta, y establece la poligamia. Sus seguidores luchan con ardor, convencidos de ser los únicos justos sobre la tierra y de que pronto dominarán el mundo, pero su valor y su entrega no logran romper el cerco de la ciudad. El Reino de Dios se sumerge más y más en la locura, hasta que finalmente sucumbe en una orgía de muerte y destrucción ante el asalto de católicos y protestantes.

Retrocedamos unos años. Lutero acaba de publicar sus tesis en Wittemberg, pero la tormenta aún no devasta Europa. Las querellas entre príncipes y la amenaza turca proyectan algunas sombras sobre un panorama que, visto con los cosmopolitas ojos de los humanistas, se antoja risueño. Colón ha mostrado a los europeos un mundo ignorado, un nuevo escenario donde cabe toda fantasía. Erasmo y Vives abanderan una pacífica cruzada contra el fanatismo y la superstición. Moro, inspirado en Platón, esboza la sociedad perfecta.

Su obra, titulada Utopía, es un libro breve, elegante y delicioso. Como un exquisito veneno seduce el gusto para mejor oscurecer el discernimiento; como una ponzoña espiritual apela a los buenos sentimientos para justificar la más despiadada tiranía. En la sociedad utópica, el bien de la colectividad se alcanza mediante el sacrificio de los individuos.

Utopía no es el Reino de Dios imaginado por Matthys  y Bockelson. Moro conscientemente la sitúa en un lugar impreciso, quizá fuera del espacio y del tiempo, en el mundo perfecto e inmutable de las ideas. El mismo autor se desdobla: de un lado Moro, es decir, el auténtico, con su verdadero nombre; de otro Rafael Hitlodeo, el viajero que ha vivido en Utopía. El artificio permite al autor mantener la distancia entre lo real y lo ideal. Moro podrá escuchar con interés y hasta apasionamiento la exposición de Hitlodeo y, acto seguido, manifestar sus reservas. Hitlodeo, por su parte, se resistirá a las exhortaciones de Moro para que utilice su sabiduría para mejorar el mundo. No hay puente posible entre lo ideal y lo real, entre Hitlodeo y Moro. Utopía nunca existirá sobre la tierra. Hitlodeo proseguirá sus viajes y describirá Utopía a todo aquel que se muestre dispuesto a escucharle. Moro continuará su labor como consejero del rey. No aspirará en tanto que político a construir esa sociedad perfecta que le ha sido revelada, pero tampoco será un acomodaticio oportunista. Llegado el momento dará una lección de suprema dignidad, al preferir la muerte antes que secundar una decisión que estima injusta. Münster cayó en junio de 1535. A principios de julio, el hacha del verdugo segó la cabeza de Santo Tomás Moro.

Utopía no es Münster. El ensueño de un humanista cultivado, amigo de Erasmo, de Vives y de Budé, elegante latinista, conocedor del griego y admirador de Platón, santo de la iglesia católica, ha de ser por fuerza distinto de la pesadilla mesiánica y milenarista de Matthys y Bockelson. No faltan, sin embargo, puntos de contacto. En Utopía todo es común, incluso las viviendas se asignan por sorteo y por un número limitado de años[1]. No hay poligamia, pero las leyes señalan con claridad el número de miembros de cada familia. El hecho natural de que unas mujeres sean más prolíficas que otras halla fácil remedio mediante la cesión del exceso de hijos[2].

En la sociedad perfecta, según cuenta Hitlodeo, nadie posee nada propio, todos portan ropas sencillas e idénticas, comen siempre juntos y cada cierto tiempo deben dedicarse durante un año a la agricultura[3]. Quizá al lector actual todo esto le suene curiosamente familiar, como si hace poco hubiera visto algo parecido. Se trata, sin embargo, de ideas que ya fueron expuestas por Platón hace unos dos mil cuatrocientos años.

En 1602 el dominico Tommaso Campanella concluye en prisión una nueva visión de Utopía, a la que pone por título La Ciudad del Sol. Poco añade su obra a la de Moro fuera de unas plúmbeas disquisiciones astrológicas y de una curiosa insistencia, una vez más inspirada en Platón, en una estricta regulación de las relaciones sexuales. En la ciudad perfecta de nuestro fraile no existe la familia, sino que unos magistrados, imbuidos, claro está, de una alta sabiduría, determinan qué mujer debe aparearse con qué hombre y en qué momento. Se consiguen así dos objetivos: de una parte, sólo procrearán quienes se hallen en óptimas condiciones para engendrar hijos sanos, robustos y de ingenio despejado; de otra, como ningún hombre sabrá quién es su padre o quién es su hijo, todos se tratarán con tierno amor filial. No se piense, empero, que Campanella es un rígido moralista. Comprende que en ocasiones los varones, aunque por edad u otras circunstancias no se encuentren en el momento adecuado para procrear, sienten determinadas necesidades, cuya falta de satisfacción podría afectar negativamente a su serenidad de espíritu. Para aliviarlas, previa autorización del correspondiente magistrado, copularán con mujeres grávidas o estériles[4].

La última parte del libro la dedica Campanella a rebatir previsibles objeciones. Invoca en su favor la autoridad de Platón y de Moro, así como la de diversos padres de la Iglesia. La Ciudad del Sol, al contrario que Utopía, se presenta como posible. De un lado se proyecta en el pasado como la sociedad anterior a la expulsión del Paraíso; de otro se ofrece como promesa de un futuro por todos deseado.

... diremos que de nuestra parte se encuentra el ejemplo de Tomás Moro, recientemente martirizado, quien escribió su imaginaria República, denominada ‘Utopía’, la cual nos ha servido de ejemplo para las instituciones de la nuestra. Asimismo Platón presentó una idea de República que, aunque no puede íntegramente ponerse en práctica a causa de la corrupción de la naturaleza humana (como dicen los teólogos) muy bien habría podido subsistir en el estado de inocencia[5].

El mito clásico de la Edad de Oro se empareja en la mente del dominico con la narración bíblica del pecado original y de la consiguiente expulsión del Paraíso. Mas la Redención ha hecho posible la existencia de la República ideal:

... su posibilidad se demuestra con la vida de los primeros cristianos, entre los cuales la comunidad de bienes se estableció en tiempos de los Apóstoles[6].

Si no supiéramos que el autor permaneció veintisiete años en la cárcel y que sólo se libró de la pena de muerte gracias al oportuno fingimiento de un ataque de locura, algunos de sus razonamientos nos sorprenderían por lo atrevido:

Afirmo que semejante República es deseada por todos como el siglo de oro. Todos se la piden a Dios al suplicarle que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo. Si, a pesar de esto, no se practica, debe atribuirse a la malicia de los gobernantes quienes, en vez de someter a sus pueblos al imperio de la razón suprema, los tienen sujetos a ellos mismos. Además el uso y la experiencia demuestran que es posible cuanto hemos dicho, del mismo modo que (según San Juan Crisóstomo) es más natural vivir conforme a la razón que con arreglo al afecto sensual; y virtuosamente, más que viciosamente. Una prueba de esto son los monjes, sobre todo los anabaptistas, que viven en comunidad y, si profesaran los verdaderos dogmas de la fe, aprovecharían más en este género de vida. ¡Pluguiera al Cielo que no fuesen herejes y practicasen la justicia, como nosotros lo hacemos! Serían un ejemplo de su verdad. Mas no sé por qué necedad rechazan lo mejor[7].

Casi con seguridad se puede afirmar que Campanella no se refiere al anabaptismo violento de Matthys y Bockelson, sino a la corriente pacífica inspirada por Menno Simmons y David Joris. En cualquier caso, queda la imagen de un futuro consistente en la recuperación del estado de inocencia, es decir, en la construcción de un paraíso en que la conciencia individual quedaría anulada, anegada por la omnipotencia de lo colectivo; un mundo en el que no sólo no existirían las palabras “tuyo” y “mío”, sino en el que incluso “tú” y “yo” habríamos desaparecido sustituidos por “nosotros”. Da por sentado Campanella que tal futuro es deseado por todos y que además responde a la voluntad de Dios. Solo la maldad de los gobernantes impide la felicidad del género humano. Parece que solo un corto paso le separa de la afirmación de que existe una voluntad colectiva que trasciende y anula las voluntades individuales.




[1]  MORO, Tomás. Utopía.  Madrid. Alianza Editorial. 1984. p. 118
[2]  Ibidem. p. 128.
[3]  Ibidem. p. 114
[4]  CAMPANELLA, Tommaso. La Ciudad del Sol. En Utopías del Renacimiento. México. F.C.E. 1975.
    p. 160-161
[5]  Ibidem. p. 205
[6]  Ibidem. p. 208
[7]  Ibidem. p. 210

26 septiembre 2012

Escenas del Quijote


Francisco Javier Bernad Morales

Se aproxima la noche. Unos humildes cabreros comparten su cena con Don Quijote y Sancho. Tasajo de cabra, queso y bellotas, y,  para alegrar el ánimo, un cuerno de vino que sin tregua pasa de uno a otro. El caballero es feliz. No lo fuera tanto si le agasajaran reyes o príncipes con las viandas más escogidas. Saciado el apetito, habla con voz pausada y clara a sus rústicos compañeros que no osan interrumpirle. El amable convite de los que apenas nada tienen ha traído a su memoria viejas lecturas que ahora refiere en obsequio de sus anfitriones. Hubo un tiempo en que no existían las dos palabras de tuyo y mío, en que los hombres todo lo poseían en común y no habían de preocuparse del mañana, pues la tierra generosa proveía a todas sus necesidades. Reinaba entonces la inocencia y no existían agravios ni rencillas. Pero aquellos felices siglos concluyeron y hoy por doquier imperan la ambición y la malicia. Por eso fue necesario instituir la caballería andante: para proteger a los débiles de las crueles asechanzas de los poderosos, para amparar a viudas y doncellas amenazadas siempre por el engaño y la lascivia y, en fin, para restablecer la justicia.

Embobados y suspensos escucharon la arenga los cabreros. Quizá nunca antes oyeran hablar así, o quizá las palabras del hidalgo les recodaran algún sermón en que el cura evocara la vida en el Paraíso antes del pecado original. Es posible que en sus sencillos y generosos corazones brotara una sincera simpatía por los anhelos de Don Quijote. Algo es cierto. Les sonara el discurso extraño o familiar, muy lejos anduvieron de escarnecer al autor; al contrario, uno de ellos entonó, acompañado por el rabel, una canción para deleitarle. Así, durante unas horas al comienzo de la noche, en unas míseras chozas perdidas en el monte volvió a existir la Edad de Oro.

Ha pasado el tiempo y Don Quijote es un caballero famoso más por sus locuras que por sus hazañas. Unos ociosos duques le toman como bufón u hombre de placer, o, por mejor decir, como simple hazmerreír. En una de sus burlas discurren hacer a Sancho gobernador de una pretendida ínsula Barataria. A solas en su estancia, el caballero alecciona al escudero sobre el modo de conducirse en su nueva posición. Nada hay de arrebatado o de quimérico en sus palabras. Ninguna mención a la Edad de Oro o a la andante caballería. Acomodado a las circunstancias, expone Don Quijote un breviario de sabiduría práctica, unas reglas fáciles de entender, pero harto complicadas de seguir, siempre con la justicia como norte y la modestia como báculo. No se trata de que Sancho altere la vida o las instituciones de la ínsula, de que introduzca nuevas leyes, sino de que en todo momento se comporte como un gobernador honrado y digno, justo sin severidad, antes bien inclinado a la misericordia. Y Sancho, consciente de las responsabilidades que va a contraer, vacila y está a punto de renunciar. Su amo no le anima, no le pinta un camino sencillo, sino que le hace ver sus limitaciones, eso sí, siempre en buen tono, mostrándoselas como manchas cuya limpieza, si no fácil, es siempre posible. En el momento más hermoso dice el escudero: “más me quiero ir Sancho al cielo, que gobernador al infierno”. Don Quijote, emocionado, abandona toda reserva: “por solas estas últimas razones que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas”.

Retorna Don Quijote a su aldea derrotado por el caballero de la Blanca Luna. Un año de reposo le ha impuesto el vencedor con la piadosa esperanza de que el descanso le alivie la mente de desvaríos. Mas ya durante el camino, la fantasía de nuestro hidalgo esboza una nueva locura. Apartado por fuerza del ejercicio de la caballería imagina crear junto a sus vecinos y amigos una suerte de cofradía de pastores y pasar el tiempo en componer y entonar endechas y canciones. Sueña de nuevo la Edad de Oro no como mítico recuerdo de un tiempo perdido, sino como horizonte posible de una Arcadia poética.

Edad de Oro, Arcadia, mitos clásicos que fingen un tiempo en que los seres humanos fueron felices, en que no tuvieron que preocuparse del sustento ni de emular a sus vecinos, en que cada uno podía mirar confiado a todos los demás, sin temor a asechanzas o traiciones. También el bíblico Jardín del Edén, el Paraíso del que irremisiblemente nos sentimos expulsados, pero que siempre añoramos, que una y otra vez nos esforzamos en construir sobre la tierra. Muere finalmente Don Quijote con la razón recuperada. Consciente de su locura abomina de fantasías caballerescas y pastoriles y así, reconciliado consigo mismo, entrega el alma envuelto en el afecto de los suyos. Dichosa muerte que evoca la de otro caballero, la del maestre Don Rodrigo. En el instante supremo, desechadas las vanas quimeras que nublan el entendimiento, el hidalgo no está solo, le conforta el amor de sus parientes y amigos.

Muchos otros antes y después de Don Quijote han sentido la nostalgia de una perdida Edad de Oro y han fabulado sobre la manera de recuperarla, pero a menudo les ha faltado ese fondo de bondad que en nuestro héroe cautiva y enternece, también ese destello de buen sentido que acota los extravíos de la locura.  Esa luz cuyo resplandor, en ocasiones oculto bajo el delirio caballeresco, se muestra en toda su pureza cuando Don Quijote cree a Sancho llamado a gobernar a otros seres humanos. El hidalgo puede tomar por gigantes a los molinos de viento o entablar feroz combate con unos odres de vino,  pero, al contrario que muchos cuerdos, sabe que el mundo real está poblado por personas, por individuos de carne y hueso, quizá en ocasiones egoístas o hasta depravados, pero también a menudo generosos y compasivos. Don Quijote no cree en la Edad de Oro, por más que fantasee sobre ella, pues aunque haya perdido la razón, su corazón es noble y le dice que Utopía, por más que se nos pinte con colores seductores, se asemeja no al Jardín del Edén, sino al lecho de Procusto.

No faltan, en cambio, quienes se han creído capacitados para diseñar la sociedad perfecta. Algunos, muy pocos, lo han hecho con el genio literario y filosófico de Platón o de Moro, otros, como Campanella, de forma más pesada o más pedante; unos y otros han mutilado a los hombres y a las mujeres para encajarlos en su comunidad ideal. Nada grave ocurre mientras el filósofo se limita a plasmar sus ideas en libros más o menos voluminosos, más o menos amenos. Unos estudiosos le rebaten y otros le apoyan, y al cabo del tiempo su obra puede engendrar numerosa descendencia, pero los seres humanos, ajenos a tales lucubraciones continúan viviendo y muriendo, amando y odiando en este imperfecto mundo. Utopía solo revela su siniestra faz cuando alcanza el poder un iluminado, no un loco inofensivo y en realidad apacible como Don Quijote, sino un auténtico demente, un ser convencido de que cualquier sacrificio  es válido si se encamina a edificar la sociedad perfecta soñada por los filósofos. Cuando para nuestra desdicha ocurre esto, Teseo suele estar ocupado o distraído y sólo acude cuando el hedor de los cadáveres se le hace insoportable.

20 junio 2012

La ética ante las víctimas

Francisco Javier Bernad Morales

Pienso que a pesar del tiempo transcurrido desde que escribí esta recensión para Estudio Agustiniano, su contenido no ha perdido actualidad.

MARDONES, José M., REYES MATE (Ed.), La ética ante las víctimas. Anthropos, Barcelona, 2003, 20 x 13 cm, 271 pp.

Recoge este libro un conjunto de artículos cuyo denominador común es el intento de ofrecer, en una línea inspirada básicamente en Levinas y en Adorno, una fundamentación heterónoma de la ética. Frente a la tradición kantiana, propugnan los autores una ética desarrollada a partir de la experiencia del mal. Un mal cuya expresión arquetípica es el Holocausto, simbolizado en Auschwitz —de donde el imperativo categórico formulado por Adorno: “Que Auschwitz no se repita”—, pero cuya realidad informa toda la historia humana, edificada sin excepción sobre el sufrimiento de las víctimas y sobre su olvido. Los relatos de los supervivientes de los campos coinciden en la dificultad para comunicar su experiencia a los que han permanecido fuera y en la incapacidad de estos para escucharlos. No se trata simplemente de que el horror resulte inasimilable, sino de que, tras la catástrofe, es preciso restaurar el mundo, reintroducir  en él la racionalidad. Para eso basta el castigo de los culpables, pero este no es capaz de reparar el sufrimiento infligido a las víctimas, que continúan, con su mera existencia, poniendo en cuestión la justicia de los vencedores. Sobre aquellas pesa una nueva condena: la de ser borradas de la memoria, la de ser de nuevo sacrificadas, para impedir que su mirada turbe nuestro recobrado sosiego. No es necesario retroceder en el tiempo para comprobar la incomodidad generada por unas víctimas a las que a menudo se intenta responsabilizar de su desgracia o reducir al nivel de efectos secundarios o, en expresión de moda, daños colaterales del proceso histórico.
            Si bien el libro mantiene una gran unidad, al tratarse de una colección de artículos de diferentes autores, son inevitables desniveles en calidad e interés entre las distintas aportaciones. Destacan sobre el conjunto los firmados por Mardones, Reyes Mate, Bárcena y Mèlich, todos ellos dotados de una gran claridad expositiva y una rigurosa fundamentación. Otros, como el de Sirio López Velasco, parecen más cuestionables, por cuanto en ellos se percibe un aliento utópico que no deja de ser inquietante en un mundo en el que sabemos, pues lo hemos experimentado, que nada causa tantas víctimas y tanto sufrimiento como la convicción de que es posible edificar Utopía —no un mundo mejor, anhelo en el que todos coincidimos, sino una sociedad perfecta— y la voluntad de construirla.