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27 febrero 2013

La verdad

Benedicto XVI

Está a la vista que el concepto de verdad ha caído bajo sospecha. Por supuesto, es cierto que se ha abusado mucho de él. En nombre de la verdad se ha llegado a la intolerancia y a la crueldad. En tal sentido se tiene temor cuando alguien dice que tal cosa es la verdad o hasta afirma poseer la verdad. Nunca la poseemos; en el mejor de los casos, ella nos posee a nosotros. Nadie discutirá que es preciso ser cuidadoso o cauteloso al reivindicar la verdad. Pero descartarla sin más como inalcanzable ejerce directamente una acción destructiva.

Gran parte de la filosofía actual consiste realmente en decir que el hombre no es capaz de la verdad. Pero, visto de este modo, tampoco sería capaz de la ética. No tendría parámetro alguno. En tal caso habría que cuidar del modo en que uno más o menos se las arregla, y el único criterio que contaría sería, en todo caso, la opinión de la mayoría. Pero qué destructivas pueden ser las mayorías nos lo ha demostrado la historia reciente, por ejemplo, en sistemas como el nazismo y el marxismo, los cuales han estado particularmente en contra también de la verdad […] es preciso tener la osadía de decir: sí, el hombre debe buscar la verdad, es capaz de la verdad. Es evidente que la verdad necesita criterios para ser verificada y falsada. También ha de ir acompañada de tolerancia. Pero la verdad nos muestra entonces aquellos valores constantes que han hecho grande a la humanidad. Por eso hay que aprender y ejercitar de nuevo la humildad de reconocer la verdad y de permitirle constituirse en parámetro.

El contenido central de Evangelio de Juan consiste en que la verdad no puede imponer su dominio mediante la violencia, sino por su propio poder: Jesús atestigua ante Pilato que es la Verdad y el testigo de la verdad. Defiende la verdad no mediante legiones, sino que, a través de su pasión, la hace visible y la pone también en vigencia.

BENEDICTO XVI, Luz del mundo. Una conversación con Peter Seewald. Barcelona, Herder, 2010, p. 63-64.

29 agosto 2012

Totalitarismo y relativismo moral


Francisco Javier Bernad Morales

En nuestras modernas sociedades democráticas occidentales, se extiende progresivamente la idea de que cada sociedad o cada cultura genera sus propias normas morales y no existe ninguna escala axiológica que permita  determinar la superioridad de unas sobre otras. De ahí se sigue el corolario de que es absurdo interrogarse por los principios éticos que informan la moral; lo cual tiene como consecuencia práctica que, olvidados los grandes principios, tendamos a regir nuestro comportamiento por un tibio hedonismo, y que renunciemos a juzgar los ajenos en tanto no nos afecten directamente. En parte se trata de una reacción, en su inicio saludable, contra el agobiante normativismo de épocas pasadas y contra la arrogancia con que los europeos nos hemos relacionado tradicionalmente con el resto de las culturas. Curiosamente, el eurocentrismo que de esta manera creíamos superar, se cuela por la puerta de atrás. Abrumados por un sentimiento de culpabilidad histórica, suponemos que nuestra cultura judeocristiana es la causante de los males del mundo y, sin proponérnoslo, aceptamos que los seres humanos ajenos a ella, meras víctimas de nuestra soberbia, no son responsables de sus actos, con lo que, a nuestros ojos, quedan convertidos en buenos salvajes, cuyo estado de inocencia es necesario preservar.

El relativismo moral, aunque a menudo se presente como condición de la democracia, es una consecuencia de las ideologías que conciben a la humanidad como segmentada en colectivos étnicos, culturales o religiosos netamente definidos y excluyentes, siendo la pertenencia a uno de estos grupos, lo que determina los derechos y las obligaciones de los individuos, así como su sistema de valores. En ese sentido conecta con la pesadilla totalitaria del siglo XX. La idolatría de la raza condujo al nazismo no tan solo a una jerarquización de los grupos humanos, sino a la exclusión de algunos de ellos -judíos, gitanos-, rebajados a la categoría de alimañas a las que se debía exterminar. Pero, por el momento, aunque su ascenso resulta preocupante, el totalitarismo nazi tan solo seduce a grupos marginales muy alejados de la sensibilidad progresista generalmente abrazada por los partidarios del relativismo. Estos se hallan, en cambio, influidos por la otra gran corriente totalitaria: el marxismo.

Al contrario del nazismo, el marxismo no recurre a la genética para justificar la escisión de la humanidad, sino a una argumentación más sutil y, al menos en apariencia, intelectualmente respetable. Quizá, sea esto lo que, unido al papel de la Unión Soviética en la II Guerra Mundial, explique que aún persista su influencia, aunque en los actuales tiempos de pensamiento débil, esta no presente ya el carácter de una ideología cerrada y omnicomprensiva.

El ataque de Marx a la universalidad de los principios éticos se fundamenta en una concepción de la naturaleza humana, expresada con claridad en el Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859):

No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es el que determina su conciencia.

El ser social a que se refiere se edifica a partir de las relaciones necesarias e involuntarias que los hombres establecen en el proceso de producción. Ahora bien, en la sociedad capitalista, la estructura económica implica la existencia de dos grupos opuestos: los explotadores, propietarios de los medios de producción, y los explotados, poseedores tan solo de su fuerza de trabajo y obligados para subsistir a ponerla al servicio de los primeros. Puesto que toda la superestructura jurídica y política nace de esta distinción radical, las normas son instrumentos destinados a perpetuarla. Dicho de otra manera, no existe la posibilidad de unos principios éticos de aplicación universal en tanto que la humanidad continúe escindida en clases sociales. Ya en 1847, había formulado tal idea en La miseria de la filosofía:

Los mismos hombres que establecen las relaciones sociales conforme a su productividad material producen también los principios, las ideas, las categorías, conforme a sus relaciones sociales.
Así, estas ideas, estas categorías resultan tan poco eternas como las relaciones que expresan. Son productos históricos y transitorios.

La humanidad solo comenzará a existir como tal en sentido universal, una vez la abolición de la propiedad privada haya puesto fin a la lucha de clases. Hasta ese momento, frente a la moral de los explotadores, los explotados deben esgrimir la acción revolucionaria, aquella que ponga fin a la situación presente. Para ellos no tiene sentido interrogarse por los principios éticos que rigen sus actos, pues estos se justificarán en función de si contribuyen o no a acelerar el advenimiento de la nueva sociedad. El gulag no es una desviación aberrante de la praxis revolucionaria, sino una consecuencia lógica de sus presupuestos ideológicos, en la misma medida en que la Shoá es la culminación coherente del pensamiento hitleriano.

Del formidable ataque lanzado en los dos siglos anteriores contra las concepciones universalistas judeocristianas, no queda, tras el hundimiento de las grandes ideologías que lo sustentaron, más que una extendida convicción de que no existen principios absolutos. Se trata, por decirlo de alguna manera, de un concepto huérfano, desligado de los sistemas que constituyeron su razón de ser, pero no por eso resulta menos peligroso, pues al aniquilar la capacidad de discernimiento moral, deja a la sociedad inerme ante nuevas amenazas totalitarias.

14 junio 2012

El balcón de Sócrates

Francisco Javier Bernad Morales

Hace ya tiempo, publiqué esta recensión en Estudio Agustiniano

BARRIO, José María, El balcón de Sócrates, Rialp, Madrid, 2009, 19 x 12, 136 pp.

Nos encontramos ante una breve, pero intensa reflexión sobre la educación, en torno a un argumento expresado con toda claridad desde la introducción: “es imposible educar desde la actitud del relativismo escéptico” (p. 11). Desarrolla el autor la idea, basada en el modelo socrático, que ve la educación como fruto de un diálogo significativo, que permite un acercamiento a la verdad. En contraposición, las actitudes relativistas, conciben el diálogo como una transacción entre diferentes posturas en que cediendo cada uno en sus posiciones, se puede llegar a determinados compromisos. Es fácil objetar que si no existe una verdad objetiva, si no hay ningún criterio externo con el que determinar que unos conceptos son más correctos que otros, se destruye no solo la posibilidad de una educación en el sentido socrático, sino que incluso el pretendido compromiso resulta imposible, pues este no será otra cosa que la imposición de los prejuicios del más fuerte, del que con mayor firmeza y determinación se aferre a sus ideas. El balcón de Sócrates a que se refiere el título, queda así sustituido por el balcón de Pilato, aquel al que se asomó el procurador de Judea para lavarse las manos tras haberle preguntado a Cristo: “¿Qué es la verdad?”. Si no hay una verdad que descubrir, solo existen opiniones, y no es posible aseverar que la del maestro valga más que la del alumno, ya que ni siquiera cabe imaginar que la vida del justo sea más preciosa que la del criminal: la multitud, con su griterío, queda como único juez.