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01 septiembre 2012

Un Rokosovski decente

Francisco Javier Bernad Morales

De manera obvia, algunos de los elementos utilizados por Vasili Aksiónov para dibujar el personaje de Nikita Borísovich Grádov, en la trilogía Una saga moscovita (Barcelona, La otra orilla, 2010), están tomados de la vida de Konstantin Rokosovski. Al igual que este, Nikita, tras ocupar un alto cargo militar, es arrestado en 1938, durante la purga que costó la vida entre otros muchos al mariscal Tujachevski, y enviado a un campo de trabajo, del que solo saldrá cuando la ofensiva alemana sobre Moscú, fuerce a Stalin a recurrir a los mandos represaliados. Parece, al menos eso sostiene Aksiónov, que fue el general Zhúkov, quien en el momento más difícil de la guerra, convenció a Iósif Vissarionóvich de la necesidad de recuperar a militares experimentados. Así, directamente desde el gulag, estos oficiales, tras un breve período de convalecencia, pasan a ocupar el mando de los ejércitos que se enfrentarán victoriosamente al invasor. Es difícil entender lo que pudo pasar por la mente de aquellos hombres súbitamente rehabilitados.

En el caso del personaje ficticio, es, sin duda, el patriotismo lo que le empuja a aceptar el mando. Alistado muy joven contra la voluntad de su padre en el ejército Rojo, hace tiempo que perdió la fe en la Revolución; cuando, infiltrado como espía escuchó y comprendió las razones de los marineros sublevados en Krondstadt y, sobre todo, cuando contempló la extrema crueldad de una represión que, conviene recordarlo, no fue dirigida por Stalin, sino por Trotski. Si Nikita, tras eso, continuó en el ejército, lo hizo por fidelidad a su país, y por ese mismo sentimiento ahora aceptaba el mando; soñando, en su interior que la victoria puede llevar a la caída del régimen soviético. Pese a haberse formado en los combates revolucionarios, viven en él los viejos conceptos del honor, transmitidos por su madre Mary y por su padre, el eminente médico Borís Grádov.

No me parece que ese sea el caso de su paredro Rokosovski. Este, aunque lejano descendiente de la nobleza polaca, carece del sólido anclaje familiar de Nikita Grádov. Huérfano en la adolescencia, se ha visto, antes de que el torbellino revolucionario lo arrasara todo, obligado a ganarse la vida como aprendiz en la construcción. Ni siquiera su nacionalidad está fuera de duda. Como al parecer comentó en una ocasión: “Soy ruso para los polacos y polaco para los rusos.” No es seguramente el patriotismo lo que le mueve, sino con más probabilidad, la lealtad al ideal revolucionario; quizá incluso la fidelidad a Stalin. Muchos testimonios, entre ellos el de Evgenia Guinzburg, la madre de Aksiónov, nos indican que muchos deportados, pese a las injusticias y a las vejaciones, mantenían intacta la confianza en el líder de los trabajadores, en el faro de los pueblos.

Antes de continuar, un inciso acerca de Borís Grádov nos permitirá entender el tipo de valores prerrevolucionarios que conforman esa manera especial de situarse en el mundo, de la que participa toda la familia, incluidos Kiril, el hijo menor, comunista convencido, que reencontrará el cristianismo en el campo de trabajo, y la sensible Nina, valerosa trotskista en los años veinte y escritora de éxito. En razón de su prestigio, en 1925 Borís, es convocado para dictaminar sobre el tratamiento que debe seguirse con el general Frunze. Los dirigentes del Partido, instigados por Stalin, sostienen que es necesaria una intervención quirúrgica, algo que a él le parece innecesario y peligroso. Pese a las presiones mantiene su dictamen, pero no puede evitar la claudicación del resto del equipo y, relegado en el quirófano, es testigo del asesinato. No siente ninguna simpatía por Frunze al que sabe culpable de numerosas muertes, pero para su conciencia se trata de un paciente al que como médico debe hacer lo posible por salvar. Durante el resto de su vida a Boris le atormentará el recuerdo de ese momento en que sus compañeros faltaron al más sagrado de los deberes y él no fue capaz de oponerse. Por eso, ya anciano, poco antes de la muerte de Stalin, cuando se inicie la campaña de persecución de los médicos judíos, tomará la palabra y defenderá públicamente la honradez, la inocencia y la valía profesional de los acusados. Al proclamar la verdad, a sabiendas de que puede perder la vida, se redime del silencio mantenido treinta años atrás.

Volvamos ahora a Nikita. Lo encontramos junto a los más altos mandos militares en una reunión presidida por Stalin y a la que también asisten Beria, Molotov y Malenkov. El autócrata expone los planes de ataque de la que será conocida como Operación Bagration, y, ante el estupor general, Grádov osa contradecirle. Con tranquilidad explica que hay otra forma más eficaz de desarrollar la ofensiva. Stalin insiste y le exige que se retire a recapacitar. Hasta tres veces, Nikita se enfrentará con el todopoderoso Secretario General, quien, contra todo pronóstico, y cuando todos aguardan una destitución fulminante, quizá seguida de fusilamiento, lo felicita por su firmeza y adopta sus ideas. Se trata de un hecho real, aunque el protagonista fue Konstantin Rokosovski. De nuevo encontramos que las motivaciones del personaje ficticio son más claras que la de su trasunto real. Nikita Borísovich no aspira tan solo a la victoria, sino que desea que esta se alcance con el menor coste en vidas humanas. Nada tiene que ver esta doctrina con la imperante en el ejército soviético y de la que, mientras no se demuestre lo contrario, participaba Rokosovski: una versión actualizada de aquella máxima que se atribuye a Federico II de Prusia, según la cual el soldado debe temer más a sus oficiales que al enemigo. Una práctica que llevaba a que tras las tropas, avanzaran comisarios del NKVD, con la misión de disparar contra quienes flaquearan, y que condenaba a muerte o al gulag a los que habían tenido la desgracia de caer prisioneros de los alemanes.

Cuando el avance victorioso llega a Polonia, de nuevo surge el paralelismo entre los generales Rokosovski y Grádov. Sabemos que al aproximarse las tropas soviéticas al Vístula, el Armia Krajowa, la mayor y mejor organizada fuerza de resistencia de la Europa ocupada, se adueña de una parte de Varsovia. Durante semanas los partisanos combaten a los nazis, mientras que las fuerzas de Rokosovski, por orden de Stalin, se detienen a la orilla derecha del río. Transcurren dos meses, durante los cuales el general de origen polaco contempla como las SS terminan con los sublevados y destruyen la ciudad. En tanto, en la retaguardia, en las tierras liberadas, el NKVD se encarga de liquidar a los guerrilleros del Armia Krajowa. Se dice que Rokosovski desaprobaba en su fuero interno la decisión de Stalin, pero no hay ninguna prueba de ello. No podemos conocer sus pensamientos, solo sus acciones.

En contraste, su paralelo en la ficción, no solo castiga a los soldados soviéticos que cometen excesos contra la población civil, sino que incluso ofrece a una división del Armia Krajowa la posibilidad de huir a Suecia sin siquiera entregar las armas. Para él son combatientes, compañeros de armas, y no está dispuesto a colaborar con una indignidad. Traspasa así todos los límites y solo el hecho fortuito de que le destroce una bomba alemana impide que sea el NKVD quien le dé muerte. Naturalmente, el general, héroe de la Unión Soviética, es enterrado en Moscú con todos los honores.

Rokosovski, independientemente de cual hubiera sido su juicio sobre la actuación de Stalin ante Varsovia, continuó su carrera. Colaboró eficazmente en la represión contra el Armia Krajowa, y aún en 1956 ordenó a sus tropas que dispararan contra la multitud para sofocar los disturbios de Poznan.

29 agosto 2012

Totalitarismo y relativismo moral


Francisco Javier Bernad Morales

En nuestras modernas sociedades democráticas occidentales, se extiende progresivamente la idea de que cada sociedad o cada cultura genera sus propias normas morales y no existe ninguna escala axiológica que permita  determinar la superioridad de unas sobre otras. De ahí se sigue el corolario de que es absurdo interrogarse por los principios éticos que informan la moral; lo cual tiene como consecuencia práctica que, olvidados los grandes principios, tendamos a regir nuestro comportamiento por un tibio hedonismo, y que renunciemos a juzgar los ajenos en tanto no nos afecten directamente. En parte se trata de una reacción, en su inicio saludable, contra el agobiante normativismo de épocas pasadas y contra la arrogancia con que los europeos nos hemos relacionado tradicionalmente con el resto de las culturas. Curiosamente, el eurocentrismo que de esta manera creíamos superar, se cuela por la puerta de atrás. Abrumados por un sentimiento de culpabilidad histórica, suponemos que nuestra cultura judeocristiana es la causante de los males del mundo y, sin proponérnoslo, aceptamos que los seres humanos ajenos a ella, meras víctimas de nuestra soberbia, no son responsables de sus actos, con lo que, a nuestros ojos, quedan convertidos en buenos salvajes, cuyo estado de inocencia es necesario preservar.

El relativismo moral, aunque a menudo se presente como condición de la democracia, es una consecuencia de las ideologías que conciben a la humanidad como segmentada en colectivos étnicos, culturales o religiosos netamente definidos y excluyentes, siendo la pertenencia a uno de estos grupos, lo que determina los derechos y las obligaciones de los individuos, así como su sistema de valores. En ese sentido conecta con la pesadilla totalitaria del siglo XX. La idolatría de la raza condujo al nazismo no tan solo a una jerarquización de los grupos humanos, sino a la exclusión de algunos de ellos -judíos, gitanos-, rebajados a la categoría de alimañas a las que se debía exterminar. Pero, por el momento, aunque su ascenso resulta preocupante, el totalitarismo nazi tan solo seduce a grupos marginales muy alejados de la sensibilidad progresista generalmente abrazada por los partidarios del relativismo. Estos se hallan, en cambio, influidos por la otra gran corriente totalitaria: el marxismo.

Al contrario del nazismo, el marxismo no recurre a la genética para justificar la escisión de la humanidad, sino a una argumentación más sutil y, al menos en apariencia, intelectualmente respetable. Quizá, sea esto lo que, unido al papel de la Unión Soviética en la II Guerra Mundial, explique que aún persista su influencia, aunque en los actuales tiempos de pensamiento débil, esta no presente ya el carácter de una ideología cerrada y omnicomprensiva.

El ataque de Marx a la universalidad de los principios éticos se fundamenta en una concepción de la naturaleza humana, expresada con claridad en el Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859):

No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es el que determina su conciencia.

El ser social a que se refiere se edifica a partir de las relaciones necesarias e involuntarias que los hombres establecen en el proceso de producción. Ahora bien, en la sociedad capitalista, la estructura económica implica la existencia de dos grupos opuestos: los explotadores, propietarios de los medios de producción, y los explotados, poseedores tan solo de su fuerza de trabajo y obligados para subsistir a ponerla al servicio de los primeros. Puesto que toda la superestructura jurídica y política nace de esta distinción radical, las normas son instrumentos destinados a perpetuarla. Dicho de otra manera, no existe la posibilidad de unos principios éticos de aplicación universal en tanto que la humanidad continúe escindida en clases sociales. Ya en 1847, había formulado tal idea en La miseria de la filosofía:

Los mismos hombres que establecen las relaciones sociales conforme a su productividad material producen también los principios, las ideas, las categorías, conforme a sus relaciones sociales.
Así, estas ideas, estas categorías resultan tan poco eternas como las relaciones que expresan. Son productos históricos y transitorios.

La humanidad solo comenzará a existir como tal en sentido universal, una vez la abolición de la propiedad privada haya puesto fin a la lucha de clases. Hasta ese momento, frente a la moral de los explotadores, los explotados deben esgrimir la acción revolucionaria, aquella que ponga fin a la situación presente. Para ellos no tiene sentido interrogarse por los principios éticos que rigen sus actos, pues estos se justificarán en función de si contribuyen o no a acelerar el advenimiento de la nueva sociedad. El gulag no es una desviación aberrante de la praxis revolucionaria, sino una consecuencia lógica de sus presupuestos ideológicos, en la misma medida en que la Shoá es la culminación coherente del pensamiento hitleriano.

Del formidable ataque lanzado en los dos siglos anteriores contra las concepciones universalistas judeocristianas, no queda, tras el hundimiento de las grandes ideologías que lo sustentaron, más que una extendida convicción de que no existen principios absolutos. Se trata, por decirlo de alguna manera, de un concepto huérfano, desligado de los sistemas que constituyeron su razón de ser, pero no por eso resulta menos peligroso, pues al aniquilar la capacidad de discernimiento moral, deja a la sociedad inerme ante nuevas amenazas totalitarias.