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01 marzo 2015

El primer hereje (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Aunque ya he tratado sobre Marción (ca 100 d.C.- ca 165) en este blog, me ocupo nuevamente de él tras la lectura del excelente estudio que le dedica el teólogo alemán Sebastian Moll[1]. Combate este, de manera muy documentada, la tradicional interpretación de Adolf von Harnack, según la cual, el famoso hereje vendría a ser un precursor de la Reforma. A juicio de Moll, lo que hace Harnack no es otra cosa que proyectar hacia el pasado su propio rechazo de las raíces judías del cristianismo y, para conseguirlo, pasa por alto importantes aspectos de la doctrina marcionita.

Marción, puntualiza Moll, no rechaza el Tanaj, nuestro Antiguo Testamento, sino que lo erige en la piedra de toque con la que esclarecer lo que hay de auténtico en el Nuevo. Marción hace una lectura literal de aquel y lo acepta como verdadero. Es la revelación del Dios malvado que ha creado el mundo. No cabe, por tanto, pensar que en Cristo, el Mesías enviado por el Dios bueno, se cumplan sus profecías. Al contrario, para hallar el genuino mensaje cristiano, se hace preciso expurgar el Evangelio de todos los añadidos judaizantes introducidos por Pedro, Juan y Santiago. Para ello hay que examinarlo en relación con el Antiguo Testamento y rechazar todo aquello en que concuerde. Elabora con este método un canon extremadamente reducido compuesto por el Evangelio de Lucas y determinadas epístolas de Pablo: Gálatas, Primera y Segunda a los corintios, Romanos, Primera y Segunda a los tesalonicenses, Efesios, Colosenses, Filipenses y Filemón. Pero ni siquiera admite estos textos en su integridad, ya que suprime en ellos todo lo que le suena a interpolación judía. Así, por poner algunos ejemplos, los dos últimos capítulos de Romanos o, en el Evangelio de Lucas, todo lo concerniente al nacimiento e infancia de Cristo, al Bautista, la genealogía de Cristo, sus tentaciones, algunos episodios de la predicación en Galilea, las referencias al Dios Creador y al juicio y, en fin, muchas otras cuya enumeración sobrecargaría en extremo este artículo.

Indica Moll que Marción detesta de modo radical la Creación y odia ferozmente a su autor. En consecuencia, predica la abstención de todo lo mundano, pero no al modo de los ascetas, en tanto que procedimiento de purificación, sino como expresión de resentimiento y como modo de lucha contra el Creador. Es significativo que en su interpretación del milagro de la hemorroísa, no achaque la curación a la compasión de Jesús por la enferma, sino a su deseo de quebrantar la ley que prohíbe el contacto con una mujer impura. Llegamos así a la paradoja de que quien denuncia la inhumanidad de la ley de Moisés, en su opinión fruto de una mente malvada que impone a los humanos preceptos imposibles de cumplir, exija a sus seguidores que se abstengan absolutamente de las relaciones sexuales, para así desobedecer el mandato de “Creced y multiplicaos”. Asimismo, la amplia presencia de los sacrificios animales en el Antiguo Testamento, le llevará, en otro acto consciente de rebeldía, a una total prohibición de la carne.



[1] MOLL, Sebatian, Marción, el primer hereje, Salamanca, Sígueme, 2014. Primera edición en alemán Tübingen 2010.

01 abril 2013

Los hijos de Herodes (y 2 Herodes Antipas)

Francisco Javier Bernad Morales

Herodes Antipas heredó los territorios de Galilea y Perea sobre los que gobernó como tetrarca  entre el 4 a.C.. y el 39 d.C. Al inicio de su gobierno, al igual que su hermano Arquelao hubo de hacer frente a importantes disturbios a los que puso fin la intervención del legado de Siria, Publio Quintilio Varo. Restablecida la calma tras una dura represión, pudo entregarse a la reconstrucción de las ciudades más dañadas, Séforis y Emaús, y a la edificación de una nueva capital, Tiberíades, a orillas del mar de Galilea.

Antipas dio muerte a Juan el Bautista, según Josefo, porque temía que la influencia de este sobre la multitud produjera una revuelta[1]. No vincula, al contrario del Evangelio, este episodio con el escándalo del matrimonio con Herodías, aunque sí presenta a Juan como un hombre justo que predicaba la virtud, además de indicar que realizaba un bautismo de purificación. Sí menciona, en cambio, que algunos judíos interpretaron la derrota del ejército de Antipas ante Aretas IV, como un castigo divino por el crimen cometido con el Bautista.

Conviene que examinemos los hechos con algún detenimiento. Antipas se había casado con una hija del rey nabateo Aretas[2], pero de camino a Roma se enamoró de Herodías, esposa de su medio hermano Herodes Filipo[3] e hija de Aristóbulo[4], otro medio hermano. Era, pues, a la vez su sobrina y su cuñada. Ambos quedaron de acuerdo en abandonar a sus cónyuges y contraer matrimonio cuando él regresara  a Galilea. Esta conducta fue ampliamente desaprobada por los judíos piadosos, entre los que se contaría Juan. Por otra parte, Aretas, cuya hija se había refugiado junto a él, decidió vengar la afrenta e invadió el territorio de Antipas, ocasionándole una grave derrota. La intervención de Lucio Vitelio[5], legado de Siria, le obligó, no obstante, a retirarse. Por Josefo sabemos que Herodías había tenido de su anterior matrimonio una hija llamada Salomé. Sería esta la que, según el Evangelio, danzó ante Herodes y pidió la cabeza de Juan. Posteriormente, se casó con su tío abuelo, el tetrarca Filipo.

El Evangelio de Lucas, menciona el interés de Antipas por ver a Jesús:

A Juan lo decapité yo: ¿quién es este, del que oigo esas cosas?
E intentaba verlo (Lc 9, 9).

El contexto parece indicar que Herodes Antipas teme que la muerte de Juan no haya bastado para conjurar el peligro de una sedición. Algo más adelante, se precisan las intenciones del tetrarca:

En aquella hora se le acercaron algunos fariseos [a Jesús] a decirle: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte” (Lc 13, 31).

Por último, Antipas está presente en Jerusalén en el momento del prendimiento de Jesús y, dado que este es galileo, Pilato lo hace comparecer ante él, quien, tras someterlo a un interrogatorio en el que no obtiene respuesta, se enfurece  y, tras insultarlo, lo devuelve al prefecto[6] (Lc 23, 8-12).

La caída de Antipas se produjo, según Josefo, como consecuencia de desavenencias familiares.  Herodes Agripa, hermano de Herodías, tras pasar la juventud en Roma, había vuelto agobiado por las deudas, y su cuñado lo había acogido de manera un tanto displicente, como a un pariente pobre, por lo que pronto retornó a Roma, donde se hizo amigo íntimo de Cayo[7], el sobrino de Tiberio.  Al acceder este al imperio, tras la muerte de su tío, Agripa se vio colmado de honores, lo que motivó los celos de Herodías, quien convenció a su marido de que se presentara ante el nuevo emperador para solicitar el título real. Se encontraron, sin embargo, conque Agripa había enviado una carta a Cayo en que acusaba a Antipas de haber participado años atrás en la conjuración de Sejano contra Tiberio y de estar en connivencia con los partos. Por ese motivo, Cayo depuso a Antipas y lo desterró a Lugdunum (Lyon) en la Galia (39 d. C.), donde murió al poco tiempo. Sus territorios pasaron a Agripa, quien además en el 41, sería nombrado rey de Judea por Claudio.

Agripa aparece en los Hechos de los Apóstoles, como autor de la muerte de Santiago el de Zebedeo (Hch 12, 2). En el 44 enfermó de manera repentina y murió a los pocos días[8]. Ante este hecho, el emperador Claudio hizo que Judea pasara de nuevo a ser administrada de manera directa por Roma.




[1] JOSEFO, Flavio, Antigüedades de los judíos, XVIII, V, 2
[2] Los nabateos constituían un reino árabe vasallo de Roma, con capital en Petra.
[3] No debemos confundirlo con otro hermano, Filipo, tetrarca de Traconítide, Auranítide, Gaulanítide y Batanea.
[4] Hijo de Herodes el Grande y de Mariamne, muerto por su propio padre.
[5] Padre del emperador Aulo Vitelio.
[6] Como señalé en la entrega anterior, el título que en aquel momento corresponde al gobernador romano de Judea, es el de prefecto. Solo a partir del 44 d. C., ya bajo Claudio, se le da el de procurador.
[7] Conocido como Calígula.
[8] Hechos de los Apóstoles 12, 22 y JOSEFO, Flavio, op. cit. XIX, VIII, 2. Ambos textos sitúan el hecho en Cesarea después de que la multitud le hubiese aclamado como un dios, aunque difieren al describir la enfermedad, cubierto de gusanos en Hechos y afectado por fuertes dolores abdominales en Josefo.