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30 mayo 2013

El paganismo en el Imperio Romano (IV)

Francisco Javier Bernad Morales

La radical incompatibilidad entre un paganismo inmanentista y un monoteísmo trascendente queda con lo anterior suficientemente expuesta. Sin embargo, nada se ha dicho acerca de las razones que pudieron impulsar a tantas personas a abandonar los dioses de sus antepasados para adherirse a una nueva religión. Nos asalta de inmediato una primera consideración señalada en repetidas ocasiones: el paganismo, al contrario del monoteísmo judío o cristiano, no ofrece ninguna esperanza escatológica. Sus ritos fortalecen la cohesión de la comunidad y tienen un carácter propiciatorio, pues con ellos se pretende conseguir que las fuerzas de la naturaleza actúen de manera favorable, asegurando la fertilidad tanto de los seres humanos, como de la tierra, y la estabilidad política que haga posible la prosperidad. El individuo queda totalmente subsumido dentro de la comunidad, ya sea esta la familia, la polis o el imperio; que es la única que se relaciona realmente con la divinidad. Por el contrario, el monoteísmo, sin desechar los rasgos comunitarios, ya que el culto solo tiene sentido dentro de la sinagoga o de la iglesia, es decir, de la asamblea, llama a una relación personal con un Dios que asimismo es persona y que, al revelarse de manera gratuita, ofrece una salvación que no consiste simplemente en la perpetuación del cuerpo político, sino que se dirige también a cada uno de los fieles. Todo esto es cierto, pero no parece suficiente, para explicar la desafección a la religión naturalista. Si tenemos en cuenta que esta persistió con fuerza durante siglos en las zonas rurales de las que solo muy lentamente fue desarraigada, e incluso que algunos de sus elementos informan múltiples supersticiones que aún forman parte de la religiosidad popular; no parece descabellado afirmar que el punto más débil del paganismo se encontró en la fragilidad de la construcción ideológica edificada sobre la religión política.

Hemos de considerar que la pax romana, esto es, la estabilidad traída por la conquista y sobre la que se alzó el culto imperial, encubría una situación de dominación de la que se beneficiaba no solo Roma, sino también las diversas élites locales aliadas con aquella; y que justificaba una profunda injusticia social, de la que la esclavitud es el aspecto más popularmente conocido, aunque no el único [1]. De hecho, jamás existió esa paz universal que permitía cerrar el templo de Jano. Las zonas con importante población judía, sobre todo Judea y Galilea, vivieron en una situación de permanente inestabilidad en que, pese al colaboracionismo de las autoridades saduceas, se sucedían actos de resistencia que, si hubiéramos de calificarlos con arreglo a las categorías de nuestra época, habríamos de considerar lucha de guerrillas, por más que en los textos antiguos  prorromanos sean tachados invariablemente de bandolerismo [2]. Eso, cuando no se llegaba a situaciones de guerra abierta como las señaladas en entregas anteriores.

El hecho de que sean las más conocidas, no significa que las revueltas judías fueran las únicas. Entre otras, podemos recordar la encabezada por Julio Civil en Germania en el año 69 d. C. Era este un bátavo que había combatido en las tropas auxiliares romanas y que aprovechó la inestabilidad subsiguiente a las sublevaciones contra Nerón para intentar liberar los territorios situados en la margen izquierda del Rin. Este año marca un punto crítico en el desarrollo de la ideología imperial. Ya en el 68 se inicia la fracasada sublevación de Vindex, seguida de manera inmediata por la triunfante de Galba, quien, tras entrar en Roma a la cabeza de sus legiones, cae poco después asesinado por los partidarios de Otón, que a su vez es derrotado por los de Vitelio. Pero el poder de este último será efímero, ya que pronto las tropas de Vespasiano controlan la situación. No se trata ya de combates periféricos desarrollados en tierras fronterizas, sino de que los ejércitos romanos se enfrentan entre sí en Italia e incluso en el interior de la ciudad, reviviendo una situación a la que Augusto parecía haber puesto fin. ¿Dónde queda el ser divino garante de la paz y de la estabilidad, bajo cuyo benévolo mandato ha renacido la Edad de Oro? La inseguridad no amenaza tan solo a los pueblos sometidos o a la plebe romana. Uno tras otro, los momentáneos vencedores depuran el Senado en un vano intento de desarticular toda oposición. Nadie, ni siquiera los más poderosos (ya Calígula y Nerón, entre otros, habían condenado a muerte y confiscado las propiedades de senadores poco adictos), puede estar tranquilo. Obviamente, la pax no es más que un deseo, una imploración a unos dioses que parecen desentenderse del destino de los mortales.





[1] ÁLVAREZ CINEIRA, David, Pablo y el Imperio Romano, Sígueme, Salamanca, 2009, p. 26.
[2] Recordemos que Barrabás (en arameo Hijo del Padre) ostenta un título mesiánico, por lo que no hemos considerarlo como un simple delincuente, sino como un zelote, esto es, un opositor violento a la dominación romana.

14 abril 2013

Poncio Pilato (y 2)

Francisco Javier Bernad Morales


Los Evangelios presentan a Pilato de tal manera que a un lector superficial puede antojársele relativamente favorable. En todo caso sería un hombre débil que, tras intentar salvar a quien considera inocente, se ve obligado a ceder a presiones externas. Es una caracterización que no encaja bien con lo que nos transmiten Flavio Josefo y Filón de Alejandría. Como del primero me he ocupado con cierta extensión en el artículo anterior, recordaré ahora que el segundo lo califica de hombre inflexible, arrogante, rencoroso y colérico[1]. De todas maneras, una lectura atenta desdice esa primera imagen que a menudo ha sido cultivada por gentes que desean exculpar de la muerte de Jesús a las autoridades romanas, para hacer caer la responsabilidad sobre el pueblo judío. Quienes así proceden encuentran cierto apoyo en el Evangelio de Juan, donde se designa genéricamente como judíos a los acusadores ante Pilato. Sin embargo, como bien señala Benedicto XVI, debemos entender que con esta expresión el evangelista se refiere a la aristocracia del templo[2], ya que otra cosa sería totalmente absurda cuando Jesús y todos sus discípulos, incluido el mismo Juan, eran judíos. También leemos que Nicodemo, calificado como uno de los principales de los fariseos (Jn 3,1) había intervenido en el Sanedrín en defensa de Jesús (Jn 7,50). Lo dicho basta para señalar la falta de unanimidad entre los dirigentes judíos. Lógicamente, nos preguntaremos quiénes constituían esa aristocracia a la que Juan se refiere de manera tan general. Sabemos que el templo estaba bajo el control de los saduceos, un grupo que, en oposición a los fariseos, negaba la resurrección y rechazaba la tradición para atenerse de manera exclusiva a la ley escrita. Además, pertenecían a las clases acomodadas y mantenían una estrecha relación con las autoridades romanas a las que, si por un lado prestaban apoyo, por otro les hacían sentir que sin su colaboración el país les resultaría ingobernable. Debemos considerar, pues, a los saduceos como los acusadores de Jesús.

Examinemos ahora los comportamientos del sumo sacerdote Caifás y del prefecto Pilato durante el proceso de Jesús. Juan menciona una reunión del Sanedrín en la que Caifás hace prevalecer su opinión de que uno debe morir por el pueblo para evitar que toda la nación perezca (Jn 11,50). Independientemente del contenido profético de sus palabras, recalcado a continuación por el mismo evangelista, es evidente que él no las pronuncia en el sentido en que los cristianos podemos entender un anuncio de la Redención. Simplemente, ha llegado a la conclusión de que Jesús es un dirigente mesiánico que puede poner en peligro un statu quo de por sí sumamente frágil y que, por ello, es conveniente darle muerte a fin de evitar males mayores. Sin duda tiene en mente el futuro de su pueblo, aunque no sea capaz de deslindar esa preocupación del mantenimiento de su situación personal de poder. De alguna manera, su actuación obedece a lo que más tarde se denominará razón de Estado.

Otro es el caso de Pilato. Nada le ata al judaísmo, una religión exótica que no alcanza a comprender y que ni siquiera suscita su interés. Tampoco le importa el turbulento pueblo judío, permanente fuente de problemas para Roma. Por eso, cuando interroga a Jesús, una vez convencido del carácter pacífico de su mensaje, no ve nada que lo haga merecedor de un castigo. Sabe en conciencia que condena a un inocente, y no lo hace, como Caifás, invocando un interés más alto, sino amparándose en un escepticismo que niega la posibilidad de la verdad (Jn 18,38). Se manifiesta en él una concepción relativista de la moral, que le impulsa a diluir la responsabilidad de su decisión haciéndola recaer sobre la multitud. Si no hay verdad, solo la voluntad de la mayoría determina lo que es justo. De hecho, cuando presenta a Jesús junto a Barrabás está claro que ya lo ha condenado, pues de otra manera no solicitaría que se le indultara[3]. Busca simplemente un refrendo para una decisión que sabe injusta.

Detengámonos ahora un momento en Barrabás. A menudo los cristianos tendemos a imaginarlo como un vulgar ladrón y asesino. Sin embargo, Marcos (15,7) y Lucas (23,18) indican que había participado en una rebelión, mientras que Mateo (27,16) dice que su nombre era Jesús  Barrabás. Nos hallamos con toda probabilidad ante un zelote, un resistente violento contra la ocupación romana. Recordemos que Flavio Josefo se refiere a ellos comúnmente como bandidos. Además, Barrabás, en arameo Hijo del Padre, no es su nombre, curiosamente también Jesús, sino un título mesiánico. Pilato presenta, pues, ante la muchedumbre dos conceptos diferentes de mesías. Es obvio que ambos tenían partidarios entre los judíos. Solo cabe concluir que los de Jesús, aquellos que lo habían recibido triunfalmente días atrás durante el Domingo de Ramos, desconcertados y asustados como el mismo Pedro, no estaban presentes ante el pretorio.

Queda por señalar un último rasgo del comportamiento de Pilato. Según Juan, cuanto titubeaba sobre la conducta a seguir, le gritaron: “Si sueltas a ese no eres amigo del emperador” (Jn 19,12). Pese a lo escueto de la referencia, a los oídos del prefecto aquellas palabras hubieron de resonar como una amenaza muy real. En el artículo anterior mencioné que su caída se produjo debido a las quejas presentadas ante Lucio Vitelio, legado de Siria, por una delegación de judíos y de samaritanos; pero ya tiempo atrás, quizá antes del proceso de Jesús, había visto como los dignatarios judíos le amenazaban con enviar una embajada al César para protestar por “su venalidad, sus insolencias, sus pillajes, sus ultrajes, sus atropellos, sus constantes ejecuciones sin juicio previo, su incesante y penosísima crueldad”[4]. Si a esto añadimos que había obtenido el gobierno gracias al apoyo de Sejano, para entonces ejecutado por traición, nos haremos una idea de lo precaria que pudo antojársele su posición. Al escepticismo se une el afán por mantener el poder. No importa que el precio a pagar sea la vida de un inocente.



[1] Filón de Alejandría, Sobre la embajada a Cayo, 301-303.
[2] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Madrid, Encuentro, 2011, p. 217.
[3] Ibidem, p. 230.
[4] Filón de Alejandría, op cit. 302.

24 marzo 2013

La dinastía asmonea (y III)

Francisco Javier Bernad Morales

El reino judío se vio envuelto de manera forzosa en las guerras civiles romanas. En la que enfrentó a Julio César con Cneo Pompeyo,  Antípatro maniobró de manera muy hábil, pues consiguió que, tras el asesinato en Egipto del segundo (48 a. C.), el vencedor les ratificara en sus puestos, tanto a él como a Hircano II. Tras este éxito nombró a su hijo menor Herodes, gobernador de Galilea, en tanto que el mayor, Fasael, quedaba como prefecto de Jerusalén. Hircano II parece haber sido un hombre de carácter débil, poco dotado para las tareas de gobierno. En otro sentido, era un admirador de la cultura griega, hasta el punto de que la ciudad de Atenas le obsequió  con una corona de oro y erigió una estatua de bronce en su honor[1].

Muerto ya Antípatro por envenenamiento, tanto Herodes como Fasael, tomaron partido por Marco Antonio en su lucha contra Octavio, por lo que aquel los nombró tetrarcas, conservando a Hircano en el puesto de sumo sacerdote (41 a. C.). Poco después, los partos invadieron Judea y capturaron a Fasael, a quien dieron muerte, y a Hircano. En estas circunstancias, Herodes obtuvo de Marco Antonio el título de rey de Judea. Dado que no pertenecía a la familia asmonea, en un intento de legitimar su posición, contrajo matrimonio con Mariamne (38 a. c.), nieta de Hircano II y de Aristóbulo II.

No se sintió, sin embargo, seguro en el trono, por lo que intrigó hasta conseguir que Antonio hiciera matar a Antígono, hijo de Aristóbulo II (37 a. C.).  A lo largo de su reinado, por temor a que conspiraran para arrebatarle la corona, eliminó a los asmoneos supervivientes, entre ellos su suegra, su cuñado (el sumo sacerdote Aristóbulo III), Hircano II, la propia Mariamne (29 a. C.) y dos de los hijos varones que había tenido con esta (el otro había muerto en Roma). Digno émulo de su padre, tras la derrota y muerte de Antonio (30 a. C.) logró que Octavio, en lugar de darle muerte como todos esperaban, le confirmara como rey.

Pese a que restauró y amplió el templo, no consiguió ganarse las simpatías de los judíos, que siempre vieron en él a un idumeo converso, advenedizo y cruel. Además prosiguió una política de helenización como ponen de manifiesto la fundación de la ciudad de Cesarea o la edificación de teatros. Introdujo incluso algunas costumbres romanas repugnantes al judaísmo, tales como juegos en honor de Augusto o ejecutar a los condenados arrojándolos a las fieras en el anfiteatro[2].

A su muerte (4 a. C.)[3], sus territorios, que además de Judea, comprendían Galilea, Samaria, Idumea, Traconítide, Gaulanítide y Perea, fueron divididos por Augusto entre tres de sus hijos, Herodes Antipas, Arquelao y Filipo[4].

Al narrar los acontecimientos del reinado de Herodes, Josefo menciona por primera vez a los esenios, una secta judía que debemos añadir a las de saduceos y fariseos ya citadas en la entrega anterior. Sus doctrinas las resume brevemente más adelante: creen en la inmortalidad del alma y no ofrecen sacrificios en el templo, viven en comunidad, practican el celibato y rechazan la esclavitud[5]. A ellos habría que sumar los zelotes, quizá aparecidos durante el reinado de Arquelao (4 a. C. – 6 d. C.), a quienes caracteriza como próximos a los fariseos, aunque a diferencia de estos se oponían con las armas a la dominación romana, y diversos grupos bautistas, entre los que alcanzaría notoriedad en la tradición cristiana el surgido en torno a Juan, presentado en el Evangelio de Lucas como primo de Jesús. Más adelante me ocuparé de todos ellos con mayor detenimiento. Baste por ahora señalar la amplitud de tendencias que presentaba la religión judía en los tiempos del cambio de era.




[1] JOSEFO, Flavio, Antigüedades de los judíos, XIV, VIII, 5.
[2] Ibídem, XV, VIII, 1
[3] En el siglo VI el monje Dionisio el Exiguo realizó el cálculo que sirve de fundamento a la era cristiana, pero dató erróneamente el reinado de Herodes el Grande. Lo más probable es que Jesús de Nazaret naciera hacia el 7 a. C.
[4] Herodes contrajo matrimonio con diez mujeres que le dieron numerosos hijos. Además de a Aristóbulo y Alejandro, nacidos de Mariamne, hizo matar a otro de ellos, Antípatro. A Arquelao y Herodes Antipas, los tuvo con la samaritana Malthace, en tanto que Filipo nació de Cleopatra de Jerusalén.
[5] Ibidem, XVIII, I, 4.