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09 marzo 2026

Comunicado de Justicia y Paz ante los ataques de EE. UU. e Israel a Irán

Justicia y Paz , fiel a su apuesta por los derechos humanos y la Doctrina social de la Iglesia se reafirma en su apuesta por la Paz y los Derechos Humanos en coherencia con los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y condena el ejercicio de esta violencia injustificable que vulnera la soberanía de los países, y la dignidad de toda persona.

La Comisión General de Justicia y Paz España considera que el marco multilateral en el ámbito de las Naciones Unidas es el espacio adecuado para dirimir los conflictos entre los pueblos. En este sentido defendemos el diálogo sobre las bases del mutuo respeto para alcanzar una Paz desarmada y desarmante.

Finalmente queremos hacer una llamada especial a las Naciones Unidas, a los gobiernos de todos los países y en especial la Unión Europea para que asuman con valentía y responsabilidad y alcen la voz contra hechos lamentables como los que estamos denunciando, porque ningún país, por poderoso que sea, puede arrogarse la misión de imponer su voluntad a otros países, por injusto que sea su régimen, causando dolor y muerte a personas inocentes.

Comisión General Justicia y Paz


Ante los ataques de EE. UU. e Israel a Irán

02 marzo 2026

León XIV: La paz no se construye con amenazas mutuas ni con armas

León XIV, en sus saludos tras el Ángelus, expresa su preocupación por lo que está sucediendo en Oriente Medio y pide que se evite un «abismo irreparable» actuando con diplomacia y promoviendo el bien de los pueblos «que anhelan una convivencia pacífica».

Información en Vatican News

07 octubre 2025

El cardenal Parolin habla sobre Gaza

"El secretario de Estado habla con los medios de comunicación vaticanos en el segundo aniversario del «inhumano» ataque de Hamás contra Israel, que desencadenó la destrucción de la Franja: pedimos la liberación de los rehenes y el fin de la espiral de violencia. En Gaza, las consecuencias son «inhumanas», no basta con que la comunidad internacional diga que lo que está ocurriendo es inaceptable y luego permita que siga ocurriendo. Me impresiona la participación en las manifestaciones por la paz".

Andrea Tornielli y Roberto Paglialonga

Enlace a la entrevista



22 mayo 2025

Llamamiento de León XIV por Gaza

"Es cada vez más preocupante y dolorosa la situación en la Franja de Gaza. Renuevo mi apremiante llamamiento para que se permita la entrada de digna ayuda humanitaria y se ponga fin a las hostilidades, cuyo precio desgarrador lo pagan los niños, los ancianos y los enfermos". 

Más información

30 agosto 2013

El rey David (5)

Francisco Javier Bernad Morales

Si la historia del ascenso de David está llena de elementos novelescos, la de sus años de madurez rebosa tensión dramática. Pasaremos por alto la narración de sus victorias militares sobre ammonitas, moabitas, idumeos, filisteos y arameos, para centrarnos en los conflictos familiares que ensombrecieron sus últimos años. Todo empieza cuando David se enamora de Betsabé, esposa de Urías el hitita, mientras este se halla lejos, combatiendo a los ammonitas. Cuando el rey se entera de que ella ha quedado embarazada, su primera idea es llamar al marido para hacerle creer que es suyo el niño que ha de nacer. A tal fin, solicita a Joab, general al mando en la campaña y de quien ya hemos hablado a propósito de la muerte de Abner, que con el pretexto de informarle de la suerte de los combates, le envíe a Urías. Sin embargo, cuando tras entrevistarse con David, este le da permiso para ir a su casa con su mujer, el hitita responde:

-El Arca, Israel y Judá moran en tiendas, y Joab, mi señor, y los oficiales de mi señor acampan en campo raso, y ¿voy yo a ir a mi casa a comer y a beber y a dormir con mi mujer? ¡Por mi vida y por vida de tu alma, yo no haré tal cosa! (2 Samuel 11, 11).

Ante esta negativa, David, tras agasajarle, envía a Urías de vuelta al campamento con una carta para Joab. En ella ordena que se situe al hitita en lo más comprometido del combate y que en lo más recio de la lucha, lo abandonen sus compañeros, a fin de que sea muerto por el enemigo. Desaparecido así Urías, David se desposa con Betsabé.

Provoca así el rey, el desagrado de Yahveh, quien le envía al profeta Natán para recriminarle la acción. Este recurre a una hermosa parábola, en la que presenta a un hombre rico dueño de grandes rebaños y a uno pobre que no tiene más que una corderilla. Ocurrió que el rico recibió una visita y no queriendo sacrificar uno de sus animales para el banquete, hizo matar al del pobre. Al escuchar esto, David estalla indignado contra quien ha obrado tan vilmente, pero Natán le hace ver que es así como él mismo se ha comportado:

-¡Tú eres ese hombre! Así ha dicho Yahveh, Dios de Israel: Yo mismo te ungí rey sobre Israel, te salvé de las manos de Saúl y te entregué la casa de tu señor, coloqué en tu seno las mujeres de tu amo e hícete dueño de la casa de Israel y de Judá; y por si fuera poco, te habría agregado tales y cuales cosas. ¿Po qué has menospreciado la palabra de Yahveh, haciendo lo que parece mal a sus ojos? Has hecho perecer a espada a Urías el hitita y a su esposa te has cogido por esposa, asesinándole mediante la espada de los ammonitas. Ahora bien, la espada no se va a apartar de tu casa en castigo de haberme tú menospreciado y haber tomado a la mujer de Urías el hitita para que venga a ser tu mujer” (2 Samuel, 12, 7-10).

Una escena como la aquí relatada, hubiera sido inconcebible en cualquier otra monarquía no ya de la época, sino incluso de tiempos muy posteriores. Ningún sacerdote o profeta de cualquiera de los reinos vencidos por David, habría osado censurar a su rey de una manera tan dura por un crimen, cometido además contra un extranjero. Las exigencias éticas de la religión de Israel superan con mucho las de los cultos naturalistas cananeos. La denuncia de los abusos cometidos por los poderosos no es una excepción, sino un componente esencial de la actividad profética.

La temprana muerte del hijo nacido de Betsabé es solo el inicio de un cúmulo de desgracias, que se desarrollarán en un crescendo trágico en los capítulos siguientes, hasta conformar un cuadro que en nada desmerece de la historia de los Átridas o de las desventuras de la casa de Edipo.

20 enero 2012

El ángel de Budapest

Francisco Javier Bernad Morales
Director: Luis Oliveros

Guión: Ángel Aranda
Intérpretes: Francis Lorenzo, Anna Allen, Ana Fernández, Manuel de Blas y Asier Etxeandia.

Creo obligado comenzar este artículo con una aseveración solo en apariencia contradictoria: no me ha gustado la película y me alegra que se haya producido en España. Comenzaré por explicar la segunda parte de mi aserto. Para ello, nos situaremos en el marco espacial y temporal de la acción. En 1944, ante la proximidad de las tropas soviéticas, Alemania ocupa Hungría, gobernada por su aliado el regente Miklós Horthy, quien acepta nombrar un nuevo gobierno más próximo al nazismo. Desde ese momento se recrudece la política antisemita y Adolf Eichmann se traslada a Budapest para organizar la deportación a los campos de exterminio. Cuando meses después, Horthy intenta firmar un armisticio con los soviéticos a espaldas de Alemania, es depuesto y reemplazado por el dirigente de los Cruces Flechadas, Ferenz Szálasi, con quien el nazismo adquiere el completo control del país.
Es en estos momentos convulsos cuando el joven diplomático Ángel Sanz-Briz, encargado de Negocios, queda al frente de la legación española, después de que, por presiones alemanas, el embajador Miguel Muguiro sea llamado a Madrid. Desde su nueva responsabilidad no solo continúa, sino que incluso intensifica las labores de protección a los judíos iniciadas por su predecesor. Contará en tan difícil y arriesgada tarea con la colaboración del italiano Giorgio Perlasca, a quien, para ponerlo al abrigo de la persecución nazi, proporciona documentación española, amparándose en que había combatido como voluntario en el bando franquista durante la guerra Civil. Escudándose en un decreto de la dictadura de Primo de Rivera, Sanz-Briz consiguió que las autoridades húngaras aceptaran que doscientos sefardíes quedaran bajo protección española. Luego, simplemente amplió el número de doscientos individuos a doscientas familias, y finalmente emitió pasaportes y salvoconductos duplicando números a fin de no superar nunca los doscientos. De esta manera, unos cinco mil doscientos judíos húngaros, solo en un ínfimo porcentaje sefardíes, quedaron bajo el amparo español. Para acogerlos, con ayuda de Perlasca, alquiló diversos inmuebles en Budapest en los que hizo colocar placas que los señalaban como anexos a la embajada y en los que ondearon banderas españolas. Incluso utilizó su dinero personal para sobornar a funcionarios alemanes. Sin embargo, esta labor estuvo a punto de venirse abajo, cuando en noviembre, ante la inminente caída de Budapest en poder del ejército soviético, recibió la orden de cerrar la embajada y trasladarse a Suiza. Fue entonces cuando Perlasca se autoproclamó cónsul de España y, engañando a húngaros y alemanes gracias a las dificultades de comunicación con el exterior en la ciudad sitiada, mantuvo abierta la legación y las casas de acogida.
La protección de los judíos húngaros fue un trabajo heroico en el que también participaron, entre otros, el nuncio, monseñor Rotta y el embajador sueco, Raoul Wallenberg. Si recordamos que la Misná (Sanhedrín 4, 40) afirma que quien salva a un hombre salva al mundo, entenderemos que todos ellos hayan obtenido en Israel la consideración de Justo entre las naciones.
Es motivo de satisfacción que España recuerde a hombres como Ángel Sanz-Briz que, en medio del horror, antepusieron a la comodidad o a cualquier ventaja personal el deber de ayudar al prójimo y tuvieron el valor de arriesgarlo todo para salvar al hermano perseguido.
Decía, sin embargo, que la película no me ha gustado. Al guión le falta tensión dramática, algo que resulta aún más patente si la comparamos con la italiana El cónsul Perlasca, dirigida por Alberto Negrin en 2002. Tampoco resulta afortunada la interpretación de Francis Lorenzo, que en ningún momento modifica una expresión facial a medio camino entre la sorpresa y el alelamiento.
No puedo terminar sin una breve referencia el destino último de aquellos hombres que osaron desafiar los designios criminales del nazismo. Monseñor Rotta tras la guerra desempeñó algunos puestos en el Vaticano;  peor fue la suerte de Raoul Wallenberg, detenido por el ejército soviético y, aunque no existe certeza absoluta al respecto, posiblemente fusilado en la Lubianka, la sede del NKVD en Moscú; Giorgio Perlasca quedó arruinado tras algunas desafortunadas iniciativas empresariales; en cuanto a Ángel Sanz-Briz, que nunca alardeó de su labor, ocupó numerosos cargos en diferentes legaciones españolas, llegando a ser en 1973 el primer embajador español en China y terminando sus días en 1980 como representante de nuestro país ante El Vaticano.
Pero aún no puedo terminar. Si se me permite añadiré una escueta referencia personal: en un acto organizado por Casa Sefarad he tenido la estremecedora oportunidad de escuchar el testimonio de gratitud de Jaime Vandor, uno de los niños judíos salvados de la muerte por Ángel Sanz-Briz y Giorgio Perlasca.

07 octubre 2011

Los samaritanos (y IV)

Francisco Javier Bernad Morales
Debemos remontarnos a la época en que se produjo la separación de los dos reinos. Como cabía esperar, la centralización del culto en Jerusalén desde la construcción del Templo por Salomón, no podía ser fácilmente aceptada por las tribus del norte, dado que eso hubiera supuesto asumir la supremacía religiosa del sur. Así, al menos, lo expresa el libro de los Reyes.
Entonces dijo Jeroboam en su corazón: “Ahora podría volver el reino a la casa de David. Si este pueblo sube a celebrar sacrificios en la Casa de Yahveh, en Jerusalén, el corazón de este pueblo puede tornar a su señor, a Roboam, rey de Judá,y me matarán y se volverán a Roboam, rey de Judá” (I Re 12, 27).
Para conjurar este riesgo, Jeroboam hizo construir dos santuarios, uno en Dan y otro en Betel. De este modo, la disidencia política y la religiosa marchan de la mano. Ambos reinos hubieron, por otra parte de hacer frente a uno de los peligros que, junto al exterminio físico, siempre han amenazado al pueblo judío: la asimilación. El reino del Norte, más rico y próximo a las ciudades fenicias, estuvo más expuesto a las influencias extranjeras. En vano los pofetas Elías, Elíseo, Amós y Oseas clamaron por un retorno al culto de Yahveh. Los reyes y en general la clase dirigente, adoptaban a las divinidades extranjeras o al menos las toleraban. En la voz de los profetas, el abandono de Yahveh es tanto la ruptura de la Alianza como la quiebra de la justicia social. Una y otra aparecen indisolublemente unidas:
Escuchad esta palabra, ¡oh vacas de Basán1 queestáis sobre la montaña de Samaria!,las que oprimís a los pobres, las que maltratáis a los indigentes,las que decís a vuestros señores: “¡Traed para que bebamos!”Adonay Yahveh ha jurado por su santidad que os sobrevendrán díasen que se os conduzca mediante ronzal y vuestra posteridad con ganchos sea destruida,y por las brechas saldréis una a unay seréis arrojadas al Hermón -oráculo de Yahveh (Am 4, 1,3)
Los profetas hablan a los poderosos y les reprochan (como siglos después haría San Juan Bautista) sus iniquidades. Ni siquiera David escapó a ellos. Después de ordenar el asesinato de Urías a fin de desposarse con Betsabé, tuvo que escuchar las durísimas palabras de Natán (II Sam 12). Algo similar le ocurrió a Ajab, quien tras haber consentido la muerte de Nabot de cuya viña deseaba apoderarse, hubo de sufrir que Elías le echara en cara su delito (I Re 21).
Ya hemos hablado en el artículo anterior de la suerte corrida por el reino del Norte, destruido por los asirios, y hemos señalado cómo, muy probablemente, la deportación no fue total, sino que una parte de sus habitantes quedó en el país y se mezcló con nuevos pobladores llegados de Mesopotamia. En las líneas anteriores, hemos puesto, por otro lado, de relieve que incluso antes de su destrucción, el reino del Norte había iniciado la ruptura religiosa con Judá.
Sea cual fuere la suerte corrida por las tribus del Norte, de lo que no cabe duda es de que las gentes que ocuparon su territorio, quedaron al margen de dos grandes experiencias que marcaron la evolución del judaísmo: la reforma religiosa de Josías y el exilio en Babilonia.

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1Se refiere a las damas de Samaria

23 septiembre 2011

Los samaritanos (III)

Francisco Javier Bernad Morales

Como se cuenta en los libros de los Reyes y de las Crónicas, a la muerte de Salomón, las tribus del norte rechazaron como monarca a su hijo Roboam y eligieron en su lugar a Jeroboam (I Re 12 y II Cr 10). El reino del Norte, conocido como reino de Israel, cuya capital estableció el rey Omri en la ciudad de Samaria, susbsistió hasta su conquista por los asirios, quienes deportaron a sus habitantes (721 a C.). En su lugar repoblaron en territorio con gentes prodecentes de Kutah y otros lugares de Mesopotamia (II Re, 17,24). Ahora podemos entender que cuando Flavio Josefo se refiere a los habitantes de este territorio con el término cuteos, lo hace con intención de subrayar su carácter extranjero y negar así que tuvieran alguna relación con los samaritanos antiguos. Según el relato de II Reyes, los nuevos habitantes elevaron altares a sus dioses, por cuyo motivo el Señor envió contra ellos leones que los pusieron en tal peligro que el rey de Asiria ordenó el regreso de un sacerdote judío para que los instruyera en el culto de Yahveh. El episodio concluye con una dura condena de los samaritanos:

Así, pues, reverenciaron a Yahveh y también sirvieron a sus propios dioses, con arreglo al uso de las gentes de donde los habían trasladado. Hasta el día presente han venido obrando según las costumbres antiguas, sin reverenciar a Yahveh y sin obrar conforme a sus propios ritos y ordenanzas, y según la ley y el mandato que Yaveh había prescrito a los hijos de Jacob, a quien puso por nombre Israel (II Re 17, 33,34).

Hay testimonios, sin embargo, de que la deportación no fue completa. Así en II Crónicas se cuenta que el rey Ezequías de Judá invitó a los habitantes de Israel, incluidos Efraím y Manasés1, a que celebrasen la Pascua en Jerusalén (II Cr 30, 1). La idea de que quedan judíos en el antiguo reino del Norte se expresa poco más adelante de manera inequívoca.

Partieron, pues, los correos con las cartas de parte del rey y de sus príncipes, por todo Israel y Judá, conforme a la orden real diciendo: “Israelitas, volved a Yahveh, Dios de Abraham, Isaac e Israel, y Él se tornará al residuo que de vosotros ha escapado de la mano de los reyes de Asiria...” (II Cr 30, 6).

En Flavio Josefo encontramos, asimismo, una exhortación de Josías a los israelitas que no han sido reducidos al cautiverio por los asirios, para que abandonen a los dioses extraños y sean fieles al Dios de sus antepasados (Antigüedades judías, libro X, cap. IV, 5).

Podemos aventurar a la vista de lo expuesto, que no todos los habitantes del reino del Norte fueron expulsados por los asirios. Aparte de que con toda probabilidad muchos buscarían refugio en el reino del Sur, la deportación debió afectar fundamentalmente a la élite política y sacerdotal, así como a los artesanos cuyo trabajo fuera especialmente útil a los conquistadores. Quedaría, pues, un remanente escasamente instruido, que, pese a las invitaciones de Ezequías y de Josías, se mezclaría con los nuevos pobladores llegados de Mesopotamia y adoptaría en parte sus usos y creencias. Sin embargo, aunque sugerente, esta idea no despeja todas las dificultades, pues si bien explica el rechazo de Zorobabel, y su consideración como extraños al pueblo de Israel, no aclara cómo la religión samaritana, tal como se deduce de los Evangelios y permanece en la actualidad2, mantiene, al igual que la judía, un riguroso monoteísmo, en lugar de consistir en un sincretismo con elementos paganos.

En el siguiente artículo intentaré profundizar en el sentido de los textos desde la convicción de que estos nos permiten afinar la respuesta.

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1Efraím y Manasés eran las más fuertes tribus del reino del Norte.

2Aún existe un pequeño grupo samaritano en Israel.

15 septiembre 2011

Los samaritanos (II)

Francisco Javier Bernad Morales

Pienso que lo más adecuado para entender la hostilidad entre judíos y samaritanos es situarnos en el momento en que el rey persa Ciro, tras conquistar Babilonia, permite a los primeros regresar a Jerusalén, bajo el mando de Sesbasar, príncipe de Judá (538 a.C.). Aunque ahora solo nos interesan los retornados, no podemos olvidar que fueron muchos los que decidieron permanecer en Mesopontamia, y que allí se desarrolló durante siglos, incluso milenios, una rica cultura judía, cuyo más resplandeciente fruto fue el Talmud de Babilonia.

A los recién llegados debió ofrecérseles un panorama desolador: un país apenas poblado, una ciudad destruida y el magnífico templo edificado por Salomón arrasado. Pero animados por el fervor religioso y por la alegría de encontrarse de nuevo en la Tierra Prometida emprendieron de inmediato la reconstrucción, bajo la dirección de Zorobabel1. En este momento, se presentaron, según el libro de Esdras, unos enemigos de Judá y Benjamín, a quienes más adelante se identifica como samaritanos, y se ofrecieron a colaborar en el trabajo:

“Permitid cooperemos con vosotros en la construcción, ya que al igual que vosotros, seguimos a vuestro Dios y a él ofrecemos sacrificios desde los tiempos de Esar-Hadón2, rey de Asiria, que nos trajo aquí” (Esd 4,2).

Zorobabel rechazó su ayuda, ya que, como respondió, tal obra le estaba reservada de manera exclusiva a su pueblo. Flavio Josefo, que compartía con el resto de los judíos la animosidad hacia los samaritanos, a quienes por razones que más adelante explicaré, suele llamar cuteos, indica que Zorobabel únicamente se negó a que participaran en la edificación, pero sí admitió que, una vez concluida esta, adoraran allí a Yahveh, Dios único (Antigüedades judías, libro XI, cap. IV, 3-9).

A partir de este momento, comienzan las intrigas samaritanas ante las autoridades persas a fin de obstaculizar las obras (Esd 4, 6-33 y Neh 3, 33-38). Josefo, que a este respecto sigue estrechamente a Esdras y Nehemías, aunque al abarcar un período más largo, narra también ulteriores conflictos, asegura, refiriéndose ya a la época de Alejandro Magno, que los samaritanos pretendían ser judíos cuando la suerte favorecía a estos, pero negaban todo parentesco, cuando les era adversa (Antigüedades judías, libro XI, cap.VII, 6).

Para nuestro objetivo, debemos tener presente que los judíos consideraron extranjeros a los samaritanos y que estos, pese a adorar al Dios único, reconocieron, al menos en su primera comparecencia ante Zorobabel, no pertenecer al pueblo de Israel.

En el siguiente artículo intentaré arrojar alguna luz sobre el origen de los samaritanos y la naturaleza de su relación con el pueblo judío.

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1Una discusión sobre los papeles respectivos de Zorobabel y Sesbasar en el retorno, así como sobre las dificultades para identificarlos en un solo personaje, como han pretendido diversos autores desde Flavio Josefo, en ABADIE, Philippe. “El libro de Esdras y de Nehemías”. Cuadernos Bíblicos, nº 95. Verbo Divino. Estella. 2001,

2Como suele ocurrir con los nombres semíticos, lo podemos encontrar transcrito de diferentes maneras, siendo Asaradón y Assarhaddon las más frecuentes.

03 septiembre 2011

Los samaritanos (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Todos estamos familiarizados con las menciones a los samaritanos en el Evagelio: la parábola en que uno de ellos auxilia a un viajero herido, al que previamente han desasistido un sacerdote y un levita (Lc, 10, 25,37); el diálogo junto al pozo entre Jesús y la samaritana (Jn. 4, 1,30), o la orden a los Doce de que prediquen sin dirigirse a los gentiles ni entrar en ciudades samaritanas (Mt, 10, 5,6). Claramente se percibe que nos hallamos ante un grupo mirado con desdén por los judíos y con el que estos evitan en lo posible relacionarse. Temo, sin embargo, que las causas de esta animadversión no sean suficientemente conocidas, por lo que aventuraré un somero intento de explicación.
Comencemos por las respectivas creencias y prácticas religiosas tal como habían llegado a fijarse en la época de Jesús. Judíos y samaritanos comparten la creencia en el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y de Moisés, el Dios de la Alianza, el Señor único, Creador de todo lo existente, que liberó a su pueblo de Egipto; e igualmente aguardan la venida del Mesías. A partir de aquí comienzan las diferencias. Los samaritanos solo reconocen carácter sagrado a la Torá (lo que los cristianos llamamos el Pentateuco) en tanto que no aceptan que el resto del Tanaj (la Biblia hebrea, para nosotros el Antiguo Testamento) tenga esta categoría. Rechazan asimismo la centralización del culto en Jerusalén y sitúan su lugar santo en el monte Gerizim. Por eso dice la mujer en la conversación aludida:
“Nuestros antepasados adoraron [a Dios] en este monte, pero vosotros decís que el sitio donde hay que adorar está en Jerusalén.” (Jn. 4, 20).
Utilizando un término un tanto anacrónico diríamos que los judíos consideran herejes a los samaritanos, en tanto que estos se ven a sí mismos como los auténticos depositarios de la ley dada a Moisés.
En posteriores artículos expondré las circunstancias que llevaron a la ruptura entre ambos grupos.