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21 enero 2014

Bienaventuranzas

Santo Tomás Moro

Felices los que saben reírse de sí mismos,
porque nunca terminarán de divertirse.
Felices los que saben distinguir una montaña de una
piedrecita, porque evitarán muchos inconvenientes.
Felices los que saben descansar y dormir sin buscar
excusas, porque llegarán a ser sabios.
Felices los que saben escuchar y callar,
porque aprenderán cosas nuevas.
Felices los que son suficientemente inteligentes como para
no tomarse en serio, porque serán apreciados por quienes los rodean.
Felices los que están atentos a las necesidades de los
demás, sin sentirse indispensables, porque serán distribuidores de alegría.
Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas
cosas y con tranquilidad las cosas grandes, porque irán lejos en la vida.
Felices los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un
desprecio, porque su camino será pleno de sol. 
Felices los que piensan antes de actuar y rezan antes de
pensar, porque no se turbarían por lo imprevisible.
Felices vosotros si sabéis callar y ojalá sonreír cuando se
os quite la palabra, se os contradice o cuando os pisen los
pies, porque el Evangelio comienza a penetrar en vuestro
corazón.
Felices si son capaces de interpretar siempre con
benevolencia las actitudes de los demás aun cuando las
apariencias sean contrarías.
Pasarán por ingenuos: es el precio de la caridad.
Felices sobretodo, ustedes, si saben reconocer al Señor en

todos los que encuentran, entonces habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría.

15 julio 2013

Bienaventuranzas del misionero

Hna. María Virginia Ciette, SSpS

Bienaventurado el misionero que vive enamorado de Cristo, que se fía de Él como lo más necesario y absoluto, porque no quedará defraudado.
Bienaventurado el misionero que cada mañana dice “Padre nuestro”, llevando en su corazón todas las razas, pueblos y lenguas, porque no se conformará con una vida mezquina.
Bienaventurado el misionero que mantiene su ideal e ilusión por el Reino y no pierde el tiempo en cosas accidentales, porque Dios acompaña a los que siguen su ritmo.
Bienaventurado el misionero con un corazón puro y transparente, que sabe descubrir el amor y la ternura de Dios sin complicaciones, porque Dios siempre se le revelará.
Bienaventurado el misionero que reconoce y acepta sus limitaciones y debilidades y no pretende ser invencible, porque Dios se complace en los humildes.
Bienaventurado el misionero que sabe discernir con sabiduría lo que conviene callar y hablar en cada circunstancia, porque nunca tendrá que arrepentirse de haber ofendido a un hermano.
Bienaventurado el misionero que no puede vivir sin la oración y sin saborear las riquezas de la Palabra de Dios, porque esto dará sentido a su vida.
Bienaventurado el misionero que anuncia la verdad sobre Jesucristo y denuncia las injusticias que oprimen a los hombres, porque será llamado profeta de los signos de los tiempos.
Bienaventurado el misionero que sabe asumir y valorar la cultura de los pueblos, porque habrá entendido el misterio de la Encarnación.
Bienaventurado el misionero que tiene tiempo para hacer felices a los demás, que encuentra tiempo para los amigos, la lectura, el esparcimiento, porque ha comprendido el Mandamiento del Amor y se conoce humano y necesitado.


20 julio 2012

Felices los que provocan la esperanza

Antonio Alonso
Felices los que provocan la esperanza porque no se encontrarán con calles ciegas. Felices los que no aceptan el miedo, porque al otro lado del miedo está el futuro. Felices los que esperan cuando la desilusión crece a su lado, porque su ilusión dará vigor a los que siguen caminando.
Sí,
provocadores de la esperanza.
comadronas de fe,
en la mañana,
en la fuerza del hombre,
en la ayuda de Dios,
en la mano del amigo,
en la gente de cualquier país y toda raza.
Hacer nacer una esperanza cada vez que el alba resbala sobre el rocío mañanero. Decir sí a las horas venideras, a pesar de todo. Dar pasos hacia adelante. Y para provocarla hay que soñar con ella. Hacerla posible en la imaginación. decirse muchas veces a sí mismo.
siempre es posible más,
siempre más alto,
siempre queda algo por hacer,
siempre hay un corazón que espera,
siempre...
Y es que sucede así.
El que espera anda con los ojos abiertos.
Por eso encuentra lo que busca.
Esperar no es vender sueños baratos, sino crear condiciones para que algo sea. Dar a acicates para resistir el viaje. Impulsar el mañana cuando el hoy termina.
Y mantener esa esperanza con paciencia.
Mantenerla. Que hacerla nacer es fácil, pero no tanto conservarla. Mantenerla,
para no cansarse la rutina diaria,
para creer en ella cuando "se está viendo" lo contrario,
para despegar contra toda esperanza,
para correr con paciencia,
para no defender murallas sino abrir puertas y tomar la brújula,
para darse la mano y defenderse;que las ilusiones y las desilusiones no pasan siempre por el mismo paralelo...
Sabiendo que habrá que vencer muchos miedos. Y no dejarse sobornar por embaucadores. Y creer en el más allá de cada uno.
Porque cada uno tiene su propio "más allá" y así debe aceptarse, y prevenir la angustia y el miedo del hermano, porque el miedo es libre, como siempre se ha dicho. Pero creando estímulos para confiar en el paso siguiente a fin de poder dar el nombre de hoy a lo que aún es mañana.
Ante el miedo no os asustaréis.
Pero ante el miedo tampoco os crearéis complejos. Porque solo "pasan" del miedo
los estúpidos ante una auténtica dificultad,
los aventureros ante el peligro razonable,
los calculadores ante el riesgo que supone andar.
Vosotros seréis de los que no tiemblan a solas ni alardean en público, de los que no crearéis pánico ni haréis de agoreros impenitentes. Simplemente seréis los que esperáis porque creéis. Y entonces...
Solo entonces sabréis que provocar esperanzas os alejará de encontraros en vías ciegas. Y no habrá ya muros imposibles.
Porque la esperanza hace saltar las vallas.
está por encima de la rutina y los intereses,
sale de la prisión de lo ya hecho y de la copia,
deja huellas por si hace falta retornar,
inventa soluciones para los imposibles,
hace caminos y "ve" atajos que nadie más adivina,
sabe que "más allá" del muro y de las nubes de la noche y la tormenta,
renacen los días y hay panorama sin estrenar para que siga caminando.
Felices vosotros.
Todo irá caminando a su vera.


ALONSO ALONSO, Antonio.Bienaventuranzas y lamentos para tiempos difíciles Colección Nueva Alianza..nº 96 Ediciones Sígueme, Salamanca, 1986 

12 mayo 2012

Felices los que luchan por los demás

Antonio Alonso

Muchos son los que se lamentan y son pocos los que luchan; muchos son los que desesperan y se entregan al fatalismo negativo y pocos los que promueven la esperanza activa; muchos los agoreros y pocos los madrugadores del mañana. Pero los hay. Y alguien tiene que seguir su senda. Y ese alguien somos tú y yo. Aunque sólo fuese porque se trata de una manera segura de ser felices. Sí felices los que no se contentan con hablar ni lamentarse; los que no se quedan en gabinetes con moqueta haciendo gráficos; los que no dictan discursos desde salas con calefacción central y aire acondicionado; los que no se satisfacen con discutir sobre la marcha de las ideas; los que, antes de ver lo que es bueno para defenderlo, no miran qué ventajas les puede reportar o qué fastidios. Si con eso se contentaran No pudieran ser felices así. No podrían estar en la verdad que dicta la realidad y el compromiso. Tendrían el complejo de ideólogos y caerán fácilmente en el radicalismo de quien no ha mirado a los ojos al soldado de la acera de enfrente. Pero no. No son así. Por lo tanto, son felices los que llegan hasta aguantar a los explotadores los que dan la cara y llaman ladrón a quien lo sea. los que se hacen liberadores incluso cuando los esclavos no comprenden de tan oprimida que tienen la libertad; los que se atreven contra la cobardía y las excusas de los claudicadores, que se adaptan y ceden; los mártires del pueblo, aunque nadie les canonice; Los que no aceptan ni la injusticia legal como razón ni la costumbre de explotar como derecho, ni el poder como brújula humana ni el odio como alimento revolucionario. Porque sobre su tumba nacerán hombres libres. Sí. Estos son los hombres que tienen de veras descendencia; estos son los que mueren con una historia y un camino; los que dejan senderos iniciados y atajos de derechos a conquistar y nuevos proyectos a convertir en realidad y libertad. Estos serán felices, porque la lucha les hará aprender la pedagogía para dar las largas batallas que tendrán que ganarse hasta lograr peldaños nuevos de libertad; porque vivirán en la memoria de la gente como ejemplo, porque engendrarán hechos nuevos de liberación porque serán espigas que rinden hasta el cien por uno, porque en su tumba nacerán los pueblos nuevos. porque su corazón será una esponja de osadía buena. Anda el corazón de los hombres desolado y sin metas. Y todo es porque les domina el egoísmo. Bastaría que la vela de la esperanza en el hermano y en el mundo se hinchará un poco y las redecillas del corazón se esponjarían con el prometedor aliento de los días nuevos. Se erguirían muchas espaldas, se enderezarían muchas rodillas débiles; muchos ojos se transformarían en estrellas rutilantes. Felices si lucharan… Felices los que luchan .

Tomado del libro ALONSO ALONSO, Antonio.  Bienaventuranzas y lamentos para tiempos difíciles colección Nueva Alianza nº 96. Ediciones Sígueme, Salamanca, 1986. P. 88

11 enero 2012

Felices los que cantan a la vida porque sus días serán azules

Nos parece oportuno publicar este texto, pues los tiempos que corren, ciertamente, son difíciles… Está tomado del siguiente libro:

ALONSO ALONSO, Antonio Bienaventuranzas y lamentos para tiempos difíciles. Col. Nueva Alianza, nº 96 Ediciones Sígueme, Salamanca 1986.

“Y cantarán con hechos. Y cantarán con risas. Y cantarán a veces con dolor sostenido y mártir. Lo harán con una vida que puede parecerles rutina pasajera. Pero darán un testimonio de que la vida es buena, de que la tierra es don, de que el hombre vence el caos, de que lo bueno triunfará.
Sí.
Felices los que cantan a la vida; los que dicen: Aún es posible;
los que gritan: Existe el mañana; los que rezan con fe: Sálvanos;
los que recuerdan: Dios es más grande que nuestro corazón;
los que amanecen murmurando: ¡Señor, bendito seas!
Sí.
Felices. Felices los poetas esperanzados; los creadores del arte, porque ven lo bello. Los empresarios que se lanzan a la aventura de crear economía y puestos de trabajo. Los políticos que sueñan con una nueva sociedad. Los obreros que se sienten sembradores de un mundo nuevo en el surco de su quehacer diario. Las madres que acunan a sus hijos cantando nanas. Las Hermanas que sonríen en el Hospital a quien se queja sin agra­decer... Todos los que cantan a la vida que Dios hizo. Sí, felices: los ojos sin intenciones, la boca sin prejuicios, el corazón sin peso, la mente sin caminos retorcidos, los pies sin cadenas para encontrarse. A veces no se enteran ellos mismos.
Juzgan tan natural llevar en los labios la sonrisa y dar la cara al sol de mayo como al sol de otoño. Pero se enteran siempre sus vecinos; lo saben sus compañeros de trabajo. Y adivinan que detrás de su alegría está la fe. Porque, sépase o no se sepa, nadie puede sonreír si la fe falta. Pero, felices, lo sepan o lo ignoren. Porque ellos,
tienen el optimismo como actitud, tienen la esperanza como base,
tienen la apertura como norma, tienen la canción como expresión,
tienen la mirada limpia como condición, tienen la fraternidad como meta,
tienen el más allá como promesa... Y… por eso, por todo eso, sus días serán azules.
Y habrá un florido mayo ensortijado en su interior; y nidos nuevos aunque sea invierno. Y sorpresa admirada en cada luna nueva.
Claro que sí. Sus días serán azules:
incluso cuando haya nubes, su cielo tendrá soles y estre­llas. Y sabe que la aurora volverá y el mal perece;
incluso cuando llueva, sus ríos seguirán siendo de agua clara; y saben que esa lluvia hará crecer el trigo que da pan;
incluso cuando el rayo queme, su luz iluminará por un momento de belleza el mundo. Y saben que su llama purifica la sombra antes llorada;
incluso cuando el sol calcine todo habrá cerca un manan­tial sonreídor. Y saben que a su lado buscarán todos una ayuda animosa y refrescante. Ay, ¡qué falta nos estáis haciendo, los que cantáis con fe a la vida!
Pero…
¡AY DE VOSOTROS, LOS QUE MIRÁIS CON ASCO LA TIERRA, PORQUE EL CIELO QUE IMAGINÁIS NO EXISTIÓ JAMÁS!
Sí.
Ay de los que ven con asco la tierra y dramatizan sobre el barro que enloda a los humanos; los que desconfían de la her­mosa materia; los que no quieren molestarse en salvar la crea­ción y la condenan de una vez y a la primera; los que esconden prejuicios, complejos de posesión frustrada y ansias fracasadas de dominio.
Ay de vosotros, acaso con asco en el corazón, porque con asco les han mirado alguna vez; acaso porque con asco se miran a sí mismos; acaso porque tienen miedo a lo que se corrompe, sin comprender que tan sólo con la muerte nace vida.
Ay de vosotros, que dividís el universo en dos mitades, atribuyéndoos el atre­vimiento de juzgar cuál es la buena. Habéis olvidado que en esta tierra que pisó Jesús se da la salvación; que al otro lado la acera está llena de hermanos; que estáis condenando lo que no habéis conocido ni habéis amado nunca.
Ay de vosotros, porque habéis entregado el presente de Jesús a cambio de un futuro imaginario y resentido donde la vida no sería humana, ni el gozo fraternal, ni el amor cósmico. Donde la gracia de la salvación terminaría convirtiéndose en concierto de violines para espíritus desencarnados y atontados.
Ay de vosotros, porque no sabéis crear el mundo que Dios quiere; porque parecéis detestarlo, pero tratáis de apoderaros en exclusiva de sus bienes, y su materia calculada en dinero es lo que más os interesa; porque decís acaso subordinarlo todo a Dios, pero lo ponéis en la primera fila de intenciones... y en eso queda solamente; porque el cielo que imagináis no existió jamás; porque en vuestro cielo no caben los pobres que oprimis­teis si estáis los opresores; porque no es de recibo la compra-venta de tranquilidad eterna a cuenta de avemarías e indulgencias.
Ay de vosotros; en el cielo que imagináis no pueden entrar los rayos de sol, ni los besos de quienes aman, ni la belleza del humano cuerpo, ni un cantar de ronda. Imagináis un cielo aburridísimo donde imperaría quizás vuestro querer, como asesores de Dios... para que hubiera «orden».
Ay de vosotros, los que miráis con asco cuanto Dios ha hecho con orgullo; el mundo por el cual murió, la causa de la tierra donde el hom­bre ama y cree y espera.
Aprended a amarlo de una vez, a cantar la mañana y el sol. Pedidle un consejito a san Francisco. Y acaso terminaréis aprendiendo a cantar. Porque si no ¡Qué chasco, Dios! ¡Qué chasco el que os espera!"