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29 noviembre 2012

Un tiempo pasado

Francisco Javier Bernad Morales

Ya en anteriores ocasiones he citado a Imre Kertész, el húngaro, superviviente de Auschwitz, premio Nobel de Literatura en 2002. Una vez más, deseo referirme a él. En esta ocasión, copiando literalmente uno de sus textos, un fragmento del Ensayo de Hamburgo, publicado por Herder, Barcelona 2002, en un volumen titulado Un instante de silencio en el paredón:

Ha pasado una época, y cierta actitud humana parece ya irrecuperable, como los años, como la juventud. ¿En qué consistía esa actitud? Era el asombro del ser humano ante la creación; la admiración fervorosa por el hecho de que esta materia que se descompone -el cuerpo humano- vive y tiene alma; ha desaparecido el asombro ante la existencia del mundo y con él, de hecho, el respeto, la devoción, la alegría, el amor por la vida. El asesinato que ha ocupado el lugar de esa época pasada -no como mal hábito, como exceso, como "caso", sino como forma de vida, como actitud "normal" que se adapta y se adopta ante la vida y los otros seres vivos-, el asesinato como modo de ver la vida, la actitud propia del asesinato suponen sin duda una transformación radical; da igual si es el síntoma de una era o un síntoma final. Podría objetarse que el exterminio de seres humanos no es precisamente un invento moderno; pero la eliminación continua de seres humanos, practicada durante años y décadas de forma sistemática y convertida así en sistema mientras transcurren a su lado la vida normal y cotidiana, la educación de los hijos, los paseos amorosos, la hora con el médico, las ambiciones profesionales y otros deseos, los anhelos civiles, las melancolías crepusculares, el crecimiento, los éxitos o los fracasos, etcétera; esto, sumado al hecho de habituarse a la situación, de acostumbrarse al miedo, junto con la resignación, la indiferencia y hasta el aburrimiento, es un invento muy reciente. Lo nuevo en él es, para ser concreto, lo siguiente:está aceptado. Se ha demostrado que la forma de vida del asesinato es posible y vivible: por tanto, puede institucionalizarse. la misión del ser humano en la tierra tal vez consista en destruir la tierra y la vida. De ser así, habrá actuado como Sísifo: por un momento se escabulló de su tarea, de su misión, se escapó de las garras de la muerte y se maravilló de aquello que debía devastar: la vida. Debemos, pues, a esta renuencia todas los formas y pensamientos de rango superior creados por el hombre: el arte, la filosofía, las religiones son el producto de ese frenazo del hombre, de su vacilación ante su auténtica tarea: el exterminio (p. 42).

Son palabras terribles en que se resume la tragedia de nuestra época, pero no hemos de creer que representen las convicciones de Kertész. Él, a pesar de esta lacerante lucidez, conserva la esperanza. Describe los males del mundo para que seamos capaces de precavernos frente a ellos. Otros, como Jean Améry, Primo Levi o Paul Celan, no pudieron a la larga soportar el peso de haber sobrevivido y terminaron por quitarse la vida, Algunos, como Kertész o Viktor Frankl encontraron motivos para seguir adelante, pese a haber sufrido en su propia alma el vértigo de un mal insondable.

18 noviembre 2012

La legitimación social de la pobreza

Francisco Javier Bernad Morales

MORELL, Antonio, La legitimación social de la pobreza. Anthropos, Barcelona, 2002, 20 x 13, 286 pp. 

El tiempo transcurrido desde su publicación no ha hecho que este libro pierda actualidad. Mas bien, las circunstancias económicas mandan, ha currido lo contrario. Reflexiona en él Antonio Morell sobre la forma en que la concepción de la pobreza ha evolucionado a lo largo de los últimos siglos en las sociedades occidentales. El paso de una sociedad concebida orgánicamente en la que cada cual por nacimiento pertenecía a un determinado grupo y tenía, por tanto, determinadas obligaciones y derechos, y en la que los lazos personales de fidelidad y dependencia eran el elemento fundamental de cohesión, a la actual sociedad  conformada —hablamos en el plano de la ideología— por individuos iguales entre sí, ha sido un proceso largo y doloroso, en cuyo transcurso se han modificado radicalmente no sólo las relaciones sociales, sino también las ideas que sobre ellas nos forjamos. Así, la pobreza, nos muestra Morell, deja de ser vivida como expresión de un orden eterno, en que la miseria de los humildes es una apelación a la conciencia de los poderosos, obligados a aliviarla, so pena de perder el alma, para ser entendida como una presencia ominosa y desestabilizadora. Así, durante el siglo XVI, en una Inglaterra en que los cercamientos de tierras y los cambios en los sistemas de explotación agraria expulsan del campo a grandes contingentes de población, se promulgan las primeras leyes de pobres. Sin entrar en detalles, por otro lado muy bien analizados en el libro, baste decir que la asistencia a los pobres, hasta entonces exclusivamente en manos de la Iglesia y financiada gracias a los donativos de los fieles, comienza a ser regulada por el Estado. El desarrollo industrial introducirá posteriormente amplios cambios en una legislación que, si en un primer momento se había orientado a evitar el vagabundeo, ligando las ayudas a la permanencia en el lugar de origen, dará ahora paso a medidas liberalizadoras que facilitarán el éxodo de los campesinos empobrecidos a los nuevos centros fabriles. En paralelo, se produce una dignificación del trabajo, que acabará por trazar una nueva división que segregará a los obreros, pronto encuadrados en organizaciones sindicales y políticas, de la masa de marginados que no pueden acceder al mercado laboral. Analiza Morell la contribución de los economistas y filósofos liberales ingleses al estudio de los problemas derivados de la industrialización, así como las respuestas —siempre menos individualistas que las británicas— dadas en Francia. Se centra, por último, en el desarrollo del Estado del bienestar, inspirado en las políticas keynesianas, y en los ataques que contra él han lanzado los ideólogos neoliberales, para quienes una protección social que juzgan excesiva no ha hecho sino agravar los males que pretendía remediar. Toma en este caso el autor claramente partido por la posición socialdemócrata, a favor de una redistribución de la renta —esto es, del excedente generado en el proceso de producción— a fin de asistir a los necesitados.

Quizá sea este el momento de preguntarnos si no nos hallaremos ante una nueva situación, en que la reaparición de la pobreza, a una escala hace tiempo desconocida en nuestras sociedades occidentales, nos fuerza a profundizar en el análisis de sus causas. Hemos de ser conscientes de que el aumento del paro y el empobrecimiento de las clases medias, no son fenómenos estadísticos, sino que tras ellos alientan multitud de dramas humanos. Una honda insatisfacción, teñida a menudo de angustia y de desesperanza, se extiende entre un número creciente de personas para quienes el futuro se muestra cada día más incierto. En circunstancias así, la responsabilidad de los políticos es enorme. El terreno se encuentra abonado para que fructifiquen propuestas populistas de cariz xenófobo y totalitario, tal como ocurre en Grecia con Amanecer Dorado. El camino de la recuperación será lento y doloroso, pero debemos evitar que quienes señalan culpables y proponen soluciones sencillas, nos desvíen de él y nos precipiten al abismo. Por otro lado, la salida de la crisis no debe consistir tan solo en una vuelta al crecimiento económico. Tiene que ir acompañada de un rearme moral de la sociedad, que nos haga menos vulnerables a la tentación del enriquecimiento rápido y sin esfuerzo, más exigentes con la honorabilidad de los políticos, y, sobre todo, menos indiferentes hacia la suerte de los demás.


08 octubre 2012

Verdad, valores, poder

Francisco Javier Bernad Morales


RATIZNGER, Joseph, Verdad, valores, poder. Piedras de toque de la sociedad pluralista. Rialp, Madrid, 2012, 12 x 18,5 cm 109 pp.

Recoge este pequeño libro tres artículos publicados a principios de los años noventa del pasado siglo por el entonces cardenal Ratzinger, cuya unidad viene dada por el elemento común que les sirve de motivo de reflexión: la idea, expuesta por tratadistas políticos como Hans Kelsen y Richard Rorty y ampliamente difundida en la actualidad, de que la democracia está íntimamente ligada al relativismo moral y es, por tanto, incompatible con la existencia de valores absolutos. Excluidos estos, se alza la opinión de la mayoría como único criterio para deslindar entre justicia e injusticia en un mundo en que nociones como verdad y bien carecen de significado. La pregunta retórica de Pilato ¿qué es la verdad?, que le sirve como justificación para apelar a la multitud y así condenar a muerte a quien sabe inocente, se convierte, recuerda el autor, en paradigma de esta forma de entender la democracia. Es obvio que en esta concepción, la libertad carece de todo fundamento moral y se reduce a la mera exigencia de un derecho a disfrutar de bienes inmediatos. Se trata, en definitiva, de una libertad huera y trivial, que reposa en el nihilismo.
Tampoco, insiste Ratzinger, se puede fundamentar la moralidad de los actos en la propia conciencia de quien los ejecuta, dado que esta puede ser errónea. Es posible que Hitler obrara siguiendo el dictado de su conciencia, pero eso no lo convertiría en inocente. Se hace, pues, preciso recuperar el lugar central de la verdad y del bien, como condición de la libertad y de la democracia.
Estas reflexiones conducen al autor a ocuparse de la misión del Estado. No consiste esta en traer la felicidad a los seres humanos ni en crear hombres nuevos o edificar el paraíso sobre la tierra, sino, como indicó Schlier, en “mantener la convivencia humana en orden”. La noción de que la verdad y el bien existen de manera objetiva priva al Estado de toda pretensión de convertirse en absoluto, con lo que cierra el paso al totalitarismo y se convierte en la auténtica salvaguarda de la libertad.

29 septiembre 2012

Responsabilidad ante las víctimas


Francisco Javier Bernad Morales

Ya me he referido en otras ocasiones a la magnífica novela de Vasili Grossman, Vida y destino. En ella, la batalla de Stalingrado constituye el eje sobre el que se articula un magnífico despliegue de personajes, que luchan, aman, mueren o sobreviven, enfrentándose y adaptándose a la cotidiana presencia del horror; no solo del ligado de modo inevitable a toda guerra, sino aún más, al del totalitarismo, al de la aniquilación de la conciencia por el miedo y la desconfianza. Las reacciones son múltiples y no siempre excluyentes: heroísmo, abyección, rebeldía... Pero hay una que me ha llamado poderosamente la atención: la de Ikónnikov-Morzh, el prisionero ruso a quien sus compañeros del campo consideran poco menos que un loco extraviado por la mística tolstoiana. Nada mejor que copiar sus palabras cuando descubre que lo que los presos están construyendo para los alemanes son cámaras de gas:

"-Sí, eso es lo que dice Míjail Sidorovich, pero yo no quiero la absolución de mis pecados. No digas que son culpables los que te obligan, que tú eres un esclavo, y que no eres culpable porque no eres libre. ¡Yo soy libre! Soy yo el que está construyendo un Vernichtungslager, yo el que responde ante la gente que morirá en las cámaras de gas. Yo puedo decir: ¡No! ¿Qué poder puede prohibírmelo si encuentro dentro de mí la fuerza para no tener miedo a la muerte?"

Frente al viejo comunista Mijaíl Sídorovich, ocupado en organizar dentro del campo una red de resistencia, pero que no se siente concernido por el trabajo forzado que realiza, Ikónnikov alza el grito de una libertad íntima, ante la que el totalitarismo es enteramente impotente. Entre la vida y la libertad, elige esta última y con ella la dignidad. Se niega a fingir que no es responsable ante las víctimas, pues sabe que estas son seres humanos que tienen rostros y sentimientos y que frente a su mirada no cabe escudarse en una obediencia debida o impuesta. Ejerce así la rebeldía suprema de rechazar una orden impía. Se niega a ser esclavo, pues su conciencia no puede aceptar la participación en una obra inicua. Aún en el Lager es libre, pues mantiene la voluntad de decidir su destino. Sabe que así se condena a morir, pero también que hay males mucho peores que la muerte.

Al obrar así, Ikónnikov nos interroga a todos. Nos fuerza a mirar en nuestro interior y a examinar nuestra conciencia en una dolorosa introspección en la que a menudo no encontraremos más que las mil y una excusas con las que intentamos justificar lo que no es otra cosa que cobardía. Pero el cobarde, nos recuerda, ahondando en nuestra miseria, no es inocente. Queda siempre la posibilidad de rechazar la infamia, de negarse a ser esclavo.

12 septiembre 2012

Todo por la Revolución


Francisco Javier Bernad Morales

Generación Mao (Barcelona, Planeta, 2009), escrito por Xinran, constituye un testimonio estremecedor del espejismo totalitario. Al modo de Los que susurran, de Orlando Figes, la obra se construye a partir de una serie de entrevistas; en este caso, no con supervivientes del Gulag, sino con veteranos que vivieron las grandes transformaciones de la China del siglo XX. Son relatos diversos, aunque podríamos aislar algunos rasgos compartidos. Llama sobre todo la atención, la dificultad, casi imposibilidad, que estos ancianos encuentran para comunicar a sus hijos y nietos aquello que han vivido. De no ser por Xinran, que les obliga a bucear en el recuerdo, su memoria se desvanecería y pronto un heroísmo y un sufrimiento que forman parte de la base de nuestro mundo caerían en un absoluto olvido. Son vidas obviamente distintas, pero unidas conforman un poliedro en el que se encierran las ilusiones, espejismos y atrocidades del siglo XX. No es hoy mi intención entrar en un análisis pormenorizado del libro. Me limitaré a llamar la atención sobre una de las historias tan trágicas como entrañables que contiene. La de quienes, según la propia autora, constituyen un matrimonio distinguido: el señor y la señora You.

Hablemos primero de él. Estudiante aventajado de Física opta, a instancias del Partido, por la Geofísica, y marcha a completar su formación a Moscú. Son los años inmediatamente posteriores al triunfo de la Revolución y las relaciones sinosoviéticas aún son buenas. Al regreso le esperan importantes puestos como encargado de las prospecciones petrolíferas en diversas regiones a cual más inhóspita. Es un hombre tenaz e inagotable, hasta el punto de que recibe el título de Héroe del trabajo, algo que supone un magnífico premio: la colección de las obras completas de Mao. Su vida es dura. Se aloja en barracones o tiendas de campaña y, pese a su prestigio y a su capacidad, apenas obtiene la ración de alimentos necesaria para mantener la vida. El único combustible son boñigas de vaca. Y, sin embargo, You es un privilegiado, un cuadro dirigente del Partido, un científico famoso, no uno de esos miserables condenados a la rehabilitación mediante el trabajo.

Ocupémonos ahora de su esposa. Apenas adolescente, marcha a cientos de kilómetros del hogar para proseguir los estudios y luego se alista voluntariamente en un destacamento de prospección petrolífera. No juzga necesario visitar a sus padres para despedirse o siquiera informarlos de su decisión. Allá, en el lejano Xian, conocerá a quien pronto será su marido. Las costumbres han cambiado y el matrimonio ya no se concierta en la infancia mediante acuerdo entre las familias. Los activistas solo precisan la autorización del Partido. Aún casados, los esposos duermen separados: él en el pabellón de los hombres; ella en el de las mujeres. Hay una habitación que durante unas horas pueden compartir tras solicitarlo y esperar a que les llegue el turno. Así los You engendran a tres hijos, que son enviados rápidamente junto a los abuelos, pues las tareas revolucionarias les impiden ocuparse de ellos.

Y, sin embargo, se diría que son felices. Se han entregado en cuerpo y alma a la revolución y no precisan otra recompensa. Pero un día el señor You se convierte repentinamente en sospechoso: ha estudiado en la Unión Soviética y posee un receptor de radio. Los Guardias Rojos lo acosan como contrarrevolucionario. Pierde sus puestos de responsabilidad y se ve obligado a trabajar como mecánico. A sus hijos, que viven a miles de kilómetros y a los que apenas conoce, se les prohíbe la asistencia a la escuela. Luego, tras la muerte de Mao, vendrá la rehabilitación. De nuevo, los cargos importantes. Ahora incluso el dinero. Pero una barrera infranqueable se alza entre los You y sus hijos. Esos niños a quienes ignoraron, absorbidos como estaban en la edificación del mundo socialista; esas criaturas confiadas al sacrificio de unos abuelos silenciosos, a las que imaginarios pecados de sus padres privaron del acceso a la educación. En su vejez, los You sienten un inmenso remordimiento. Saben ahora que entre la Revolución y los hijos se equivocaron al elegir y entienden que causaron un mal que ya no pueden remediar.

01 septiembre 2012

Un Rokosovski decente

Francisco Javier Bernad Morales

De manera obvia, algunos de los elementos utilizados por Vasili Aksiónov para dibujar el personaje de Nikita Borísovich Grádov, en la trilogía Una saga moscovita (Barcelona, La otra orilla, 2010), están tomados de la vida de Konstantin Rokosovski. Al igual que este, Nikita, tras ocupar un alto cargo militar, es arrestado en 1938, durante la purga que costó la vida entre otros muchos al mariscal Tujachevski, y enviado a un campo de trabajo, del que solo saldrá cuando la ofensiva alemana sobre Moscú, fuerce a Stalin a recurrir a los mandos represaliados. Parece, al menos eso sostiene Aksiónov, que fue el general Zhúkov, quien en el momento más difícil de la guerra, convenció a Iósif Vissarionóvich de la necesidad de recuperar a militares experimentados. Así, directamente desde el gulag, estos oficiales, tras un breve período de convalecencia, pasan a ocupar el mando de los ejércitos que se enfrentarán victoriosamente al invasor. Es difícil entender lo que pudo pasar por la mente de aquellos hombres súbitamente rehabilitados.

En el caso del personaje ficticio, es, sin duda, el patriotismo lo que le empuja a aceptar el mando. Alistado muy joven contra la voluntad de su padre en el ejército Rojo, hace tiempo que perdió la fe en la Revolución; cuando, infiltrado como espía escuchó y comprendió las razones de los marineros sublevados en Krondstadt y, sobre todo, cuando contempló la extrema crueldad de una represión que, conviene recordarlo, no fue dirigida por Stalin, sino por Trotski. Si Nikita, tras eso, continuó en el ejército, lo hizo por fidelidad a su país, y por ese mismo sentimiento ahora aceptaba el mando; soñando, en su interior que la victoria puede llevar a la caída del régimen soviético. Pese a haberse formado en los combates revolucionarios, viven en él los viejos conceptos del honor, transmitidos por su madre Mary y por su padre, el eminente médico Borís Grádov.

No me parece que ese sea el caso de su paredro Rokosovski. Este, aunque lejano descendiente de la nobleza polaca, carece del sólido anclaje familiar de Nikita Grádov. Huérfano en la adolescencia, se ha visto, antes de que el torbellino revolucionario lo arrasara todo, obligado a ganarse la vida como aprendiz en la construcción. Ni siquiera su nacionalidad está fuera de duda. Como al parecer comentó en una ocasión: “Soy ruso para los polacos y polaco para los rusos.” No es seguramente el patriotismo lo que le mueve, sino con más probabilidad, la lealtad al ideal revolucionario; quizá incluso la fidelidad a Stalin. Muchos testimonios, entre ellos el de Evgenia Guinzburg, la madre de Aksiónov, nos indican que muchos deportados, pese a las injusticias y a las vejaciones, mantenían intacta la confianza en el líder de los trabajadores, en el faro de los pueblos.

Antes de continuar, un inciso acerca de Borís Grádov nos permitirá entender el tipo de valores prerrevolucionarios que conforman esa manera especial de situarse en el mundo, de la que participa toda la familia, incluidos Kiril, el hijo menor, comunista convencido, que reencontrará el cristianismo en el campo de trabajo, y la sensible Nina, valerosa trotskista en los años veinte y escritora de éxito. En razón de su prestigio, en 1925 Borís, es convocado para dictaminar sobre el tratamiento que debe seguirse con el general Frunze. Los dirigentes del Partido, instigados por Stalin, sostienen que es necesaria una intervención quirúrgica, algo que a él le parece innecesario y peligroso. Pese a las presiones mantiene su dictamen, pero no puede evitar la claudicación del resto del equipo y, relegado en el quirófano, es testigo del asesinato. No siente ninguna simpatía por Frunze al que sabe culpable de numerosas muertes, pero para su conciencia se trata de un paciente al que como médico debe hacer lo posible por salvar. Durante el resto de su vida a Boris le atormentará el recuerdo de ese momento en que sus compañeros faltaron al más sagrado de los deberes y él no fue capaz de oponerse. Por eso, ya anciano, poco antes de la muerte de Stalin, cuando se inicie la campaña de persecución de los médicos judíos, tomará la palabra y defenderá públicamente la honradez, la inocencia y la valía profesional de los acusados. Al proclamar la verdad, a sabiendas de que puede perder la vida, se redime del silencio mantenido treinta años atrás.

Volvamos ahora a Nikita. Lo encontramos junto a los más altos mandos militares en una reunión presidida por Stalin y a la que también asisten Beria, Molotov y Malenkov. El autócrata expone los planes de ataque de la que será conocida como Operación Bagration, y, ante el estupor general, Grádov osa contradecirle. Con tranquilidad explica que hay otra forma más eficaz de desarrollar la ofensiva. Stalin insiste y le exige que se retire a recapacitar. Hasta tres veces, Nikita se enfrentará con el todopoderoso Secretario General, quien, contra todo pronóstico, y cuando todos aguardan una destitución fulminante, quizá seguida de fusilamiento, lo felicita por su firmeza y adopta sus ideas. Se trata de un hecho real, aunque el protagonista fue Konstantin Rokosovski. De nuevo encontramos que las motivaciones del personaje ficticio son más claras que la de su trasunto real. Nikita Borísovich no aspira tan solo a la victoria, sino que desea que esta se alcance con el menor coste en vidas humanas. Nada tiene que ver esta doctrina con la imperante en el ejército soviético y de la que, mientras no se demuestre lo contrario, participaba Rokosovski: una versión actualizada de aquella máxima que se atribuye a Federico II de Prusia, según la cual el soldado debe temer más a sus oficiales que al enemigo. Una práctica que llevaba a que tras las tropas, avanzaran comisarios del NKVD, con la misión de disparar contra quienes flaquearan, y que condenaba a muerte o al gulag a los que habían tenido la desgracia de caer prisioneros de los alemanes.

Cuando el avance victorioso llega a Polonia, de nuevo surge el paralelismo entre los generales Rokosovski y Grádov. Sabemos que al aproximarse las tropas soviéticas al Vístula, el Armia Krajowa, la mayor y mejor organizada fuerza de resistencia de la Europa ocupada, se adueña de una parte de Varsovia. Durante semanas los partisanos combaten a los nazis, mientras que las fuerzas de Rokosovski, por orden de Stalin, se detienen a la orilla derecha del río. Transcurren dos meses, durante los cuales el general de origen polaco contempla como las SS terminan con los sublevados y destruyen la ciudad. En tanto, en la retaguardia, en las tierras liberadas, el NKVD se encarga de liquidar a los guerrilleros del Armia Krajowa. Se dice que Rokosovski desaprobaba en su fuero interno la decisión de Stalin, pero no hay ninguna prueba de ello. No podemos conocer sus pensamientos, solo sus acciones.

En contraste, su paralelo en la ficción, no solo castiga a los soldados soviéticos que cometen excesos contra la población civil, sino que incluso ofrece a una división del Armia Krajowa la posibilidad de huir a Suecia sin siquiera entregar las armas. Para él son combatientes, compañeros de armas, y no está dispuesto a colaborar con una indignidad. Traspasa así todos los límites y solo el hecho fortuito de que le destroce una bomba alemana impide que sea el NKVD quien le dé muerte. Naturalmente, el general, héroe de la Unión Soviética, es enterrado en Moscú con todos los honores.

Rokosovski, independientemente de cual hubiera sido su juicio sobre la actuación de Stalin ante Varsovia, continuó su carrera. Colaboró eficazmente en la represión contra el Armia Krajowa, y aún en 1956 ordenó a sus tropas que dispararan contra la multitud para sofocar los disturbios de Poznan.

29 agosto 2012

Totalitarismo y relativismo moral


Francisco Javier Bernad Morales

En nuestras modernas sociedades democráticas occidentales, se extiende progresivamente la idea de que cada sociedad o cada cultura genera sus propias normas morales y no existe ninguna escala axiológica que permita  determinar la superioridad de unas sobre otras. De ahí se sigue el corolario de que es absurdo interrogarse por los principios éticos que informan la moral; lo cual tiene como consecuencia práctica que, olvidados los grandes principios, tendamos a regir nuestro comportamiento por un tibio hedonismo, y que renunciemos a juzgar los ajenos en tanto no nos afecten directamente. En parte se trata de una reacción, en su inicio saludable, contra el agobiante normativismo de épocas pasadas y contra la arrogancia con que los europeos nos hemos relacionado tradicionalmente con el resto de las culturas. Curiosamente, el eurocentrismo que de esta manera creíamos superar, se cuela por la puerta de atrás. Abrumados por un sentimiento de culpabilidad histórica, suponemos que nuestra cultura judeocristiana es la causante de los males del mundo y, sin proponérnoslo, aceptamos que los seres humanos ajenos a ella, meras víctimas de nuestra soberbia, no son responsables de sus actos, con lo que, a nuestros ojos, quedan convertidos en buenos salvajes, cuyo estado de inocencia es necesario preservar.

El relativismo moral, aunque a menudo se presente como condición de la democracia, es una consecuencia de las ideologías que conciben a la humanidad como segmentada en colectivos étnicos, culturales o religiosos netamente definidos y excluyentes, siendo la pertenencia a uno de estos grupos, lo que determina los derechos y las obligaciones de los individuos, así como su sistema de valores. En ese sentido conecta con la pesadilla totalitaria del siglo XX. La idolatría de la raza condujo al nazismo no tan solo a una jerarquización de los grupos humanos, sino a la exclusión de algunos de ellos -judíos, gitanos-, rebajados a la categoría de alimañas a las que se debía exterminar. Pero, por el momento, aunque su ascenso resulta preocupante, el totalitarismo nazi tan solo seduce a grupos marginales muy alejados de la sensibilidad progresista generalmente abrazada por los partidarios del relativismo. Estos se hallan, en cambio, influidos por la otra gran corriente totalitaria: el marxismo.

Al contrario del nazismo, el marxismo no recurre a la genética para justificar la escisión de la humanidad, sino a una argumentación más sutil y, al menos en apariencia, intelectualmente respetable. Quizá, sea esto lo que, unido al papel de la Unión Soviética en la II Guerra Mundial, explique que aún persista su influencia, aunque en los actuales tiempos de pensamiento débil, esta no presente ya el carácter de una ideología cerrada y omnicomprensiva.

El ataque de Marx a la universalidad de los principios éticos se fundamenta en una concepción de la naturaleza humana, expresada con claridad en el Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política (1859):

No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es el que determina su conciencia.

El ser social a que se refiere se edifica a partir de las relaciones necesarias e involuntarias que los hombres establecen en el proceso de producción. Ahora bien, en la sociedad capitalista, la estructura económica implica la existencia de dos grupos opuestos: los explotadores, propietarios de los medios de producción, y los explotados, poseedores tan solo de su fuerza de trabajo y obligados para subsistir a ponerla al servicio de los primeros. Puesto que toda la superestructura jurídica y política nace de esta distinción radical, las normas son instrumentos destinados a perpetuarla. Dicho de otra manera, no existe la posibilidad de unos principios éticos de aplicación universal en tanto que la humanidad continúe escindida en clases sociales. Ya en 1847, había formulado tal idea en La miseria de la filosofía:

Los mismos hombres que establecen las relaciones sociales conforme a su productividad material producen también los principios, las ideas, las categorías, conforme a sus relaciones sociales.
Así, estas ideas, estas categorías resultan tan poco eternas como las relaciones que expresan. Son productos históricos y transitorios.

La humanidad solo comenzará a existir como tal en sentido universal, una vez la abolición de la propiedad privada haya puesto fin a la lucha de clases. Hasta ese momento, frente a la moral de los explotadores, los explotados deben esgrimir la acción revolucionaria, aquella que ponga fin a la situación presente. Para ellos no tiene sentido interrogarse por los principios éticos que rigen sus actos, pues estos se justificarán en función de si contribuyen o no a acelerar el advenimiento de la nueva sociedad. El gulag no es una desviación aberrante de la praxis revolucionaria, sino una consecuencia lógica de sus presupuestos ideológicos, en la misma medida en que la Shoá es la culminación coherente del pensamiento hitleriano.

Del formidable ataque lanzado en los dos siglos anteriores contra las concepciones universalistas judeocristianas, no queda, tras el hundimiento de las grandes ideologías que lo sustentaron, más que una extendida convicción de que no existen principios absolutos. Se trata, por decirlo de alguna manera, de un concepto huérfano, desligado de los sistemas que constituyeron su razón de ser, pero no por eso resulta menos peligroso, pues al aniquilar la capacidad de discernimiento moral, deja a la sociedad inerme ante nuevas amenazas totalitarias.

09 enero 2012

Los que susurran

Francisco Javier Bernad Morales

Hace ya algún tiempo leí Los que susurran de Orlando Figes. Es un libro largo, de casi mil páginas edificado sobre cientos de entrevistas a supervivientes de la represión soviética. Desfilan en él toda suerte de personajes, desde humildes campesinos desconocidos a miembros destacados del Partido, cuyas vidas se entrelazan en ocasiones de manera sorprendente y que, con sus testimonios, nos permiten adentrarnos en los efectos del terror sobre la vida diaria. Conocemos así un mundo regido por la desconfianza, en el que nadie habla en voz alta por temor a que le escuche un informante y en que todos ocultan sus pensamientos y a menudo su pasado. No existe ninguna intimidad en unas ciudades en que varias familias se ven obligadas a compartir una misma vivienda y en que generalmente las cocinas, los baños y otros servicios son de uso comunitario. Ni siquiera en el dormitorio pueden los esposos estar seguros de que en la habitación vecina no se escuchan sus palabras. Es un hacinamiento que no nace tan solo de las dificultades económicas, sino que sobre todo resulta de una política deliberada, tendente a debilitar los lazos familiares y a romper así el más fuerte lazo de solidaridad entre los seres humanos. Los dirigentes revolucionarios comprenden que la familia es el más formidable enemigo de la utopía en construcción, algo que ya habían señalado Platón, Moro o Campanella, y por eso contra ella dirigen una gran parte de su esfuerzo. La convivencia forzada en un espacio mínimo es campo abonado para disputas, envidias y enemistades, que fácilmente pueden dirimirse con denuncias ante la policía por los motivos más triviales: el vecino ha contado un chiste o ha hecho un comentario antisoviético, ha escuchado una emisora de radio extranjera o en una ocasión recibió la visita de alguien que posteriormente fue detenido por trotskista o bujarinista; quizá se le ha escapado una sonrisa mientras se escuchaba por un altavoz un discurso de Stalin. No hace falta más para que una persona sea detenida y deportada durante años a un campo de trabajo. En realidad, ni siquiera es preciso que se haya cometido una de estas faltas, pues el Gulag se rige por sus propias normas y precisa un aporte continuo de mano de obra esclava. Las repúblicas, las regiones y los distritos deben contribuir con una cuota fijada por las autoridades. Otro tanto ocurre con las condenas a muerte. Es preciso alcanzar los objetivos marcados en el plan, lo mismo que con la producción de acero o de algodón.

Nadie está a salvo de que un día se le señale como enemigo del pueblo. Todos miden cuidadosamente sus gestos y palabras. El pertenecer a una familia estigmatizada como zarista, kulak o contrarrevolucionaria, cierra las puertas de la universidad e impide el acceso a los mejores puestos de trabajo. Por eso muchos ocultan su pasado, incluso a sus cónyuges. En compensación, la policía parece extrañamente ineficaz. Es posible vivir con documentación falsa u obtener una nueva, aunque persiste siempre el temor a ser descubierto. Pero la detención llega en cualquier momento, sin que a menudo sea dado discernir un motivo mínimamente objetivo. Son muchas las víctimas que aceptan, con todo, una culpabilidad que les lleva a escrutar en sus acciones y palabras en busca de aquello que deberían haber evitado. Aún más son los que piensan que en su caso particular quizá se haya cometido un error, pero que eso no invalida el sistema, convencidos de que es necesario mantener la vigilancia contra unos omnipresentes enemigos de la Revolución. La sospecha envenena las relaciones humanas hasta extremos apenas concebibles. Una noche la policía se presenta en el diminuto apartamento compartido, lo registra y se lleva a alguien. De algunos no vuelve a saberse. Son muchos los casos en que se dan informaciones falsas a las familias. Quizá, mientras sus hijos creen que está recluida en un campo, la madre ha sido ejecutada. En otras ocasiones se permite el envío de correspondencia e incluso de paquetes. La vida de los que quedan en libertad tras el arresto de un familiar no es fácil. A menudo se ven expulsados de la vivienda y del trabajo o se les imponen limitaciones en los estudios, puede que incluso se les niegue la cartilla de racionamiento. Convertidos para siempre en sospechosos, muchos desarrollan como estrategia para sobrevivir una adhesión inquebrantable al Partido, que puede llevarles a renegar públicamente de sus padres, a sumarse al coro de acusadores, en un intento de mantenerse a salvo, de lavar la mancha de ser hijos de un enemigo del pueblo.

Son muchas las escenas estremecedoras relatadas en el libro. Para que el lector pueda hacerse cierta idea reproduciré una poco truculenta, más bien vulgar. Así recuerda Sofía Ozemblovskaia su expulsión de los Pioneros (organización soviética para niños de diez a catorce años) tras haber sido vista en una iglesia:

De repente publicaron un anuncio −un “avance informativo”− en el periódico mural del corredor de la escuela: “¡Todos a formar filas inmediatamente1”. Los niños se apresuraron a salir de sus aulas y formaron en el patio. A mí me hicieron parar frente a ellos para avergonzarme. Los niños gritaban: “¡Qué vergüenza ha causado a nuestra brigada por haber ido a la iglesia!”, “¡No es digna de llevar el pañuelo!” [un pañuelo rojo era el distintivo de los Pioneros], “No tiene derecho a usarlo!”. Me arrojaron tierra y polvo. (p. 67)

FIGES, Orlando. Los que susurran. Barcelona, Edhasa, 2009.