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15 diciembre 2013

Jerónimo de Praga

Francisco Javier Bernad Morales

Jerónimo de Praga (1378-1416) fue un estrecho colaborador y amigo de Jan Hus a quien conoció en la universidad. Hombre muy activo y de temperamento inquieto, tras iniciar sus estudios en la capital bohema, marchó en 1398 a Inglaterra, donde los amplió en la universidad de Oxford. Allí tuvo ocasión de entrar en contacto con las ideas de Wyclif, cuyos tratados llevó en su regreso a Bohemia, donde hasta entonces parece que tan solo habían sido conocidos a través de extractos y comentarios. En años sucesivos visitó las universidades de París, Colonia, Heidelberg y Viena, en las que expuso sus convicciones reformistas. Viajó en 1403 a Jerusalén y en 1413 a Rusia y Lituania. A su regreso a Praga, cuando Hus ya estaba encarcelado en Constanza, propuso a Jakoubek de Stríbo[1] la necesidad de que los laicos comulgaran bajo las dos especies (sub utraque specie). Tras una consulta a Hus, quien manifestó su acuerdo, esta forma de recibir la Eucaristía se convirtió en una seña distintiva del movimiento reformador, por lo que sus seguidores recibieron la denominación de utraquistas.

Deseoso de permanecer junto a su amigo y aún con la esperanza de que este fuera puesto en libertad, marchó a Constanza, pero pronto comprendió que nada podía hacer por ayudarle y que su propia vida estaba en peligro, por lo decidió huir con intención de refugiarse en Bohemia. No logró su propósito, pues el 20 de abril de 1415 fue arrestado en Hirschau y conducido de nuevo a la ciudad suiza en la que permaneció encarcelado a la espera de comparecer ante el concilio, algo que hizo entre el 11 y el 23 de septiembre (Hus había sido quemado el 6 de julio). Tuvo entonces un momento de flaqueza, en el que se retractó de cuanto había defendido y aceptó como justa la condena de Hus. No bastó esto para que obtuviera la libertad, y en prisión se sintió atormentado por los remordimientos, hasta el punto de que solicitó una nueva comparecencia, que le fue concedida en mayo de 1416. En ella de desdijo de sus anteriores declaraciones y afirmó que su mayor pecado había sido renegar de Hus. Condenado como hereje, el 30 de mayo de 1416 fue quemado en la hoguera en el mismo lugar en que había sido muerto su amigo.

Su comportamiento llegó a impresionar a  muchos dignatarios religiosos, que lamentaron su obstinación. Un humanista italiano, Poggio Bracciolini, testigo de sus últimos momentos, sobrecogido por su temple heroico, escribió:

Sócratres bebió la copa del veneno con menos valor que aquel con que Jerónimo aceptó la muerte por el fuego[2].

Las muertes de Jan Hus y de Jerónimo de Praga suscitaron las protestas de una parte de la nobleza checa y de la universidad de Praga, para quienes se trataba de hombres justos y buenos cristianos; en tanto que entre los sectores populares se extendía la admiración por ambos mártires. La herejía, lejos de extinguirse, se convertía en un movimiento imparable, que tres años más tarde estallaría en abierta rebeldía y daría lugar a una larga guerra.





[1] Conocido también como Jacob o Jacobellus de Mies.
[2] Citado en MACEK, Joseph, La revolución husita, Madrid, Siglo XXI, 1975, p. 69.

08 diciembre 2013

Jan Hus

Francisco Javier Bernad Morales

Jan Hus nació hacia 1370 en el seno de una humilde familia bohema, cuya situación económica se agravó debido a la prematura muerte del padre. No obstante, pese a las dificultades, pudo seguir estudios ayudándose con trabajos humildes en la parroquia, y alcanzó a entrar, por caridad, en la universidad de Praga. Ordenado sacerdote en 1400, dos años más tarde era nombrado rector de la universidad y predicador de la iglesia de Belén.

Por entonces, hacía tiempo que había arraigado en Bohemia la idea de que la Iglesia estaba necesitada de una profunda reforma. Milic de Kromerice, fallecido en 1374, había criticado al emperador Carlos IV como encarnación del mal y su discípulo, Matías de Janow, alarmado por el cisma[1], en el que veía una manifestación del poder del Anticristo, había contrapuesto la Iglesia visible en que los pecadores viven mezclados con los verdaderos cristianos, con la invisible, formada por los santos. En este ambiente muy pronto se difundieron las concepciones del inglés Wyclif, que fueron acogidas con entusiasmo por los estudiantes bohemos, enfrentados por entonces con los alemanes.

Hus bebió de las ideas de Wyclif, aunque nunca llegó a aceptarlas en su totalidad. En particular permaneció ajeno a las especulaciones de aquel sobre la Eucaristía. Su interés se centraba en la reforma de las estructuras eclesiásticas y sobre ella predicó en la iglesia de Belén, utilizando el idioma checo, ante un público extremadamente numeroso. En estas circunstancias, el rey Wenceslao IV, por problemas que tenían que ver con su pretensión de ser coronado emperador, decidió reformar la organización de la universidad de Praga, dando a los checos tres votos de un total de cuatro, lo que provocó la emigración de numerosos estudiantes alemanes (1408). El apoyo de Hus a esta medida motivó su primer choque con el arzobispo, quien hasta entonces lo había respaldado.

La situación se agravó cuando en 1412, Juan XXIII[2] hizo predicar en Praga una indulgencia con cuyo producto se pagarían los ejércitos papales que luchaban contra el rey de Nápoles. A Hus le pareció inadmisible que se traficara con los bienes espirituales para sufragar una guerra, por lo que se opuso vigorosamente y algunos de sus oyentes en Belén llegaron a abuchear a los predicadores de la bula. Por este hecho, Wenceslao hizo decapitar a tres estudiantes. En el funeral, Hus pronunció un panegírico y a continuación abandonó Praga para refugiarse en el sur de Bohemia. Enfrentado tanto al poder espiritual como al civil, su popularidad entre los artesanos y comerciantes de las ciudades, los campesinos y algunos sectores de la baja nobleza, era más grande que nunca. Frente a una Iglesia corrompida por las riquezas, esgrimió el ideal de la Iglesia de Cristo, que los fieles podrían alcanzar mediante reformas emanadas de la misma comunidad. Ya antes había predicado sobre lo perjudicial de que los nobles entregaran bienes a la Iglesia; ahora, en un paso más allá, solicitaba al poder temporal que secularizara las posesiones eclesiásticas. Llegó incluso a afirmar que el pecado privaba no solo a los sacerdotes, sino también a los gobernantes laicos del ejercicio de la autoridad y, en consecuencia, que era legítimo para el súbdito oponerse a órdenes injustas.

En el exilio se entregó a la traducción de la Biblia al checo, sin descuidar las tareas de predicador, por las que siempre había mostrado una gran predilección y para las cuales tenía, sin duda, grandes aptitudes. Estas actividades llegaron a alarmar a algunos teólogos, que lo acusaron de herejía ante el concilio de Constanza. Seguro de su inocencia y amparado en un salvoconducto emitido por el rey de Hungría, Segismundo, hermano de Wenceslao, Hus se dirigió a la ciudad suiza con el propósito de convencer a los padres conciliares de la ortodoxia de sus posiciones. No pudo, sin embargo, argumentar como era su intención, ya que no se le dio más opción que retractarse. Consciente de lo que le aguardaba, respondió que de las cuarenta y cinco proposiciones heréticas que se le atribuían solo cuatro eran realmente suyas, y que las demás eran falsedades propaladas por sus enemigos. En cuanto a esas cuatro, estaba dispuesto a abandonarlas si se le convencía de su error. Eso bastó para que el concilio le declarara hereje y lo entregara al brazo secular, encarnado en ese momento en Segismundo de Hungría. Hus afrontó valerosamente su destino y murió en la hoguera el 6 de julio de 1415, pero sus ideas no perecieron con él. Al contrario, sus seguidores se radicalizaron y Bohemia hubo de hacer frente a una cruenta guerra que solo terminó en 1434.

El 17 de noviembre de 1999, el papa Juan Pablo II, en un simposio sobre Jan Hus celebrado en la Universidad Papal de Letrán, pronunció estas palabras:

Hoy, en vísperas del Gran Jubileo, siento el deber de expresar mi profunda pena por la cruel muerte infligida a Jan Hus, y por la consiguiente herida, fuente de conflictos y divisiones, que se abrió de ese modo en la mente y en el corazón del pueblo bohemo. Ya durante mi primera visita a Praga expresé la esperanza de que se dieran pasos decisivos en el camino de la reconciliación y de la verdadera unidad en Cristo. Las heridas de los siglos pasados deben curarse con una nueva mirada en perspectiva y con el establecimiento de relaciones completamente renovadas.





[1] El cisma de Occidente (1378-1417) del que me he ocupado en artículos anteriores.
[2] Considerado antipapa.

25 noviembre 2013

Jhon Wyclif

Franciso Javier Bernad Morales

Anteriormente, al tratar del concilio de Constanza, me he referido de pasada a la condena de las doctrinas de Jhon Wyclif; ensayaré ahora una aproximación a la vida e ideas de este reformador, tenido a menudo como un precursor del protestantismo. Vaya por delante que no comparto una calificación que solo adquiere sentido a la luz de acontecimientos posteriores a los que Wyclif fue necesariamente ajeno.

Nacido hacia 1320 en el Yorkshire, al norte de Inglaterra, estudió Teología en Oxford y estuvo vinculado a Juan de Gante, duque de Lancaster, quien alcanzó una gran influencia política en los últimos años del reinado de Eduardo III y, a la muerte de este, desempeñó la regencia en nombre de su sobrino, Ricardo II, hijo del Príncipe Negro[1]. Fue esta proximidad a los círculos de poder lo que permitió a Wyclif elaborar sus ideas en el seno de una relativa calma. Su punto de partida es una condena absoluta de la riqueza de la Iglesia, algo que estaba de alguna manera en el ambiente de la época y que lo aproxima a la interpretación radical del ideal franciscano, tal como lo entendían los fraticelli. Para él, ningún eclesiástico podía detentar, sin caer en el pecado, posesiones materiales y, por lo tanto, era legítimo que los príncipes temporales lo despojaran de ellas. Es preciso tener en cuenta que en esos tiempos quien podía permitírselo donaba en el testamento una parte de sus propiedades a la Iglesia, a fin de que con las rentas por ellas producidas se ofrecieran sufragios por su alma. Dado que aquella no era realmente propietaria de lo donado, sino más bien usufructuaria, pues la posesión quedaba sujeta al cumplimiento de la voluntad del difunto, se trataba de unos bienes que no podían enajenarse. De esta manera, los dominios de la Iglesia no cesaban de crecer, creando un problema que solo sería resuelto mediante la adopción de unas medidas desamortizadoras a las que Wyclif venía a dar respaldo. Su predicación, bien acogida al principio entre los consejeros de Juan de Gante, fue entendida sin embargo en medios populares en una forma que posiblemente escapaba a la intención con que fue ideada, pues dio origen a revueltas campesinas que afectaron no solo a los señoríos eclesiásticos, sino también a los laicos.

El desafío de Wyclif a la Iglesia fue mucho más allá de la crítica de sus posesiones temporales, pues alcanzó a negar la transustantación, esto es, la doctrina de que en la consagración el pan y el vino pierden su sustancia para convertirse realmente en la carne y sangre de Cristo, si bien conservan los accidentes, es decir, las cualidades que definen su apariencia externa. En otro sentido, Wyclif defendió la primacía de la Escritura como regla de fe. De ahí surgió el empeño de traducir la Biblia a lengua vulgar, algo a lo que se aplicó ayudado por sus discípulos a partir de 1378. Aunque hoy día resulte difícil entender el antiguo rechazo de la Iglesia a las versiones de la Biblia en lengua vernácula, hemos de considerar que en el ánimo de estos primeros reformadores, la bandera del retorno a la Escritura, esto es a unos orígenes no manchados por la connivencia con el poder, estaba ligada de manera indisoluble a una condena de la Iglesia  tal como se manifestaba en el momento. Algo que para la mentalidad ortodoxa suponía la negación no ya de la tradición entendida como suma de prácticas antiguas, sino de la actuación del Espíritu en la comunidad de los creyentes. La Sola Scriptura venía a significar que, tras la época apostólica, el Señor había permanecido mudo y la Iglesia, por tanto, era una institución puramente humana.

Wyclif falleció en 1384. Treinta años después, el concilio de Constanza condenó sus ideas y ordenó que se quemaran sus libros. Incluso sus restos fueron exhumados y sus huesos, tras arder en la hoguera, arrojados al río Swift. Antes del concilio, en 1401, Enrique IV de Inglaterra había promulgado el edicto  De heretico comburendo, por el que se prohibía la traducción de la Biblia realizada por Wyclif y se condenaba a muerte a sus seguidores, conocidos como lolardos.





[1] Eduardo de Woodstock (1330-1376), conocido como el Príncipe Negro, hijo de Eduardo III, fue jurado como Príncipe de Gales en 1343. A su muerte, su hijo Ricardo se convirtió en heredero de la corona, a la que accedió en 1377 a la muerte de su abuelo. Dado que solo contaba diez años de edad, se nombró regente a su tío Juan de Gante.

17 noviembre 2013

El cisma de Occidente (y IV)

Francisco Javier Bernad Morales

En julio de 1415 renunció Gregorio XII, pero no así Benedicto XIII que, pese a haber quedado totalmente abandonado después de que los reinos ibéricos le retiraran la obediencia (diciembre de 1415), refugiado en Peñíscola, se consideró hasta su muerte (1423) único pontífice legítimo. Ante su obstinación, el 26 de julio de 1417 el concilio procedió a deponerlo. Se abría así, con la sede de Roma vacante, el camino para que el cónclave eligiera un nuevo papa. En tanto llegaba ese momento, la Iglesia quedaba en una situación de interregno, que los padres conciliares consideraron oportuna para emprender una profunda renovación de su gobierno. En este sentido, el 30 de octubre se aprobó el decreto Frequens, que establecía que el concilio se reuniría de nuevo en 1423 y en 1430 y, a partir de entonces, cada diez años.

Tras esto, el cónclave eligió como papa al romano Odón Colonna, quien adoptó el nombre de Martín V. Concluía así la división que había desgarrado a la Iglesia Católica desde  1378, pero además, al menos eso parecía, el pontífice perdía su poder absoluto al erigirse junto a él el concilio como contrapeso. Pronto los hechos mostrarían, sin embargo, lo efímero del nuevo modelo de organización. El papado en los años siguientes recuperó las posiciones perdidas y logró imponer su autoridad frente a las doctrinas conciliaristas en un proceso en el que no faltaron graves enfrentamientos como los producidos durante el concilio de Basilea (1431-1445), que el papa Eugenio IV intentó en vano disolver[1]. Fracasado en este empeño, ordenó el traslado del concilio a Ferrara, algo que según los decretos aprobados en el de Constanza, no estaba facultado para hacer. Se produjo de esta manera una división entre los padres conciliares, pues mientras una minoría acudió a la nueva sede, el resto permaneció en Basilea, donde declaró hereje a Eugenio y eligió a Félix V[2].

Por otro lado, en estos tiempos de crisis de la autoridad pontificia había aparecido un nuevo tipo de herejía, que, en algún sentido, cabría calificar de moderna, pues muchos de sus planteamientos anuncian las doctrinas de Lutero y el resto de los reformadores del siglo XVI. El concilio de Constanza condenó tanto la obra del inglés Wyclif, ya fallecido, como la del bohemo Jan Hus[3].





[1] En diciembre de 1431 promulgó la bula de disolución, pero los reunidos en Basilea se negaron a acatarla y continuaron las sesiones. El 15 de diciembre de 1433 Eugenio IV presionado por el emperador y numerosos reyes cristianos, así como por la desobediencia del concilio, anuló la bula.
[2] Antipapa.
[3] Tras la condena, los huesos de Wyclif fueron exhumados y quemados, así como sus libros. En cuanto a Hus, declarado hereje por el concilio, fue apresado por el emperador Segismundo, quien le había dado un salvoconducto para que acudiera a exponer su doctrina, y ejecutado en la hoguera.

10 noviembre 2013

El cisma de Occidente (III)

Francisco Javier Bernad Morales

Hacía tiempo que el concilio era un mero instrumento del que se servían los papas para dar a conocer su voluntad. Sin embargo, la gravedad de la situación, cuando dos monarcas absolutos reclamaban igual derecho al solio pontificio y exigían la obediencia de los fieles, dio un impulso a la idea de que aquel podía constituir una limitación del autoritarismo y poner fin a la división de los cristianos. Así lo manifestaron Vicente Ferrer, Nicolás Eymerich, Conrado de Gelnhausen y Enrique de Hesse Langestein. No eran los primeros en expresarse así. De modo parecido lo habían hecho ya Guillermo de Occam y Marsilio de Padua. Pronto estas ideas atrajeron a numerosos seguidores. En el aire estaba una pregunta de profundas repercusiones: ¿Podía el concilio juzgar al pontífice si este perjudicaba el bien común? A ella se ligaba una cuestión de procedimiento no menos importante: Si el papa descuidaba sus obligaciones, ¿quién tenía autoridad para convocar el concilio? Unos respondían que el colegio cardenalicio, otros que los soberanos temporales. No todos sostenían las posiciones radicales de Occam y Marsilio para quienes el concilio era indudablemente superior al papa. Cabían toda clase de posturas, entre ellas muchas intermedias, como la de Gerson, quien pensaba que era posible hallar un equilibrio entre la monarquía pontificia, la aristocracia cardenalicia y la democracia conciliar[1].

Finalmente, tanto los cardenales de Roma como los de Aviñón reconocieron que el concilio era la única vía para recuperar la unidad, pero ni Benedicto XIII ni Gregorio XII cedieron, por lo que aquellos realizaron la convocatoria por su propia cuenta. En contra de los dos papas, el concilio se reunió en Pisa en marzo de 1409, con una gran asistencia de dignatarios de la Iglesia. El 5 de junio, ambos pontífices fueron depuestos. A continuación se reunió el cónclave que eligió al arzobispo de Milán, quien tomó el nombre de Alejandro V[2].  Puesto que ni Gregorio ni Benedicto aceptaron el concilio, el cisma, lejos de solventarse, se agravó, pues ahora eran tres los papas que reclamaban autoridad sobre los cristianos.

Alejandro V falleció al año siguiente y fue sucedido por Juan XXIII[3], quien, debido a la falta de apoyos, tras haberse enfrentado con Ladislao de Nápoles, hubo de ceder a las presiones del nuevo emperador, Segismundo de Hungría, y convocar un nuevo concilio en Constanza. Aunque Juan confiaba en encontrar en él el refrendo de toda la cristiandad, dado que sus partidarios eran muy numerosos entre los prelados italianos, la adopción de un nuevo sistema de votación por naciones, le hizo ver que quedaría en minoría, por lo que decidió huir (marzo de 1415). Ante esta situación, amparado en la protección del emperador, el concilio promulgó el decreto Haec sancta, por el que se proclamaba representante de la Iglesia y superior al papa. Acusado de asesinato, violación, incesto y sodomía, Juan XXIII aceptó finalmente su deposición (mayo de 1415)[4].





[1] RAPP, Francis: La Iglesia y la vida religiosa en Occidente a fines de la Edad Media, Barcelona, Labor, 1973, p. 38.
[2] Considerado antipapa. La Iglesia Católica no acepta la legitimidad del concilio de Pisa.
[3] También antipapa.
[4] Permaneció encarcelado durante tres años hasta que prestó obediencia al papa Martín V, quien lo nombró obispo de Frascati.