[1] Recogido por José Jiménez Delgado en su edición de las cartas de Vives. VIVES, Juan Luis, Epistolario, Madrid, Editora Nacional, 1978, p. 68.
10 marzo 2014
Juan Luis Vives (1492-1540)
[1] Recogido por José Jiménez Delgado en su edición de las cartas de Vives. VIVES, Juan Luis, Epistolario, Madrid, Editora Nacional, 1978, p. 68.
21 enero 2014
Bienaventuranzas
09 enero 2014
Dame Señor
algo de trabajo y un poco de alegría.
Dame el pan de cada día, un poco de mantequilla,
una buena digestión y algo para digerir.
Dame una manera de ser que ignore el aburrimiento,
los lamentos y los suspiros.
No permitas que me preocupe demasiado
por esta cosa embarazosa que soy yo.
Dame, Señor, la dosis de humor suficiente
como para encontrar la felicidad en esta vida
y ser provechoso para los demás.
Que siempre haya en mis labios una canción,
una poesía o una historia para distraerme.
Enséñame a comprender los sufrimientos
y a no ver en ellos una maldición.
Concédeme tener buen sentido,
pues tengo mucha necesidad de él.
Señor, concédeme la gracia,
en este momento supremo de miedo y angustia,
de recurrir al gran miedo y a la asombrosa angustia
que tú experimentaste en el Monte de los Olivos
antes de tu pasión.
Haz que a fuerza de meditar tu agonía,
reciba el consuelo espiritual necesario
para provecho de mi alma.
Concédeme, Señor, un espíritu abandonado,
sosegado, apacible, caritativo, benévolo, dulce y compasivo.
Que en todas mis acciones, palabras y pensamientos
experimente el gusto de tu Espíritu santo y bendito.
Dame, Señor, una fe plena,
una esperanza firme y una ardiente caridad.
Que yo no ame a nadie contra tu voluntad,
sino a todas las cosas en función de tu querer.
Rodéame de tu amor y de tu favor.
03 febrero 2013
Carta de Santo Tomás Moro a su hija Margaret
12 octubre 2012
Desordenado paseo por el tiempo
26 septiembre 2012
Escenas del Quijote
27 diciembre 2011
Santo Tomás Becket: el poder espiritual frente al poder temporal
AUBÉ, Pierre. Tomás Becket, Ediciones Palabra, Madrid, 1994, 22,5 x 14,5, 378 pp.
Inicia Pierre Aubé la biografía de Santo Tomás Becket con el relato de la peregrinación de Enrique II de Inglaterra a la tumba del que fuera canciller del reino y arzobispo de Canterbury, asesinado cuatro años antes en el interior de la catedral por unos caballeros que creían cumplir la voluntad del rey. Pone así de relieve los peculiares lazos establecidos entre ambos, en una relación que pasa bruscamente desde una sincera amistad a un radical enfrentamiento. Son dos seres excepcionales que, si durante un tiempo trabajan juntos en pos de un mismo objetivo —el restablecimiento de la autoridad real, gravemente menoscabada bajo el antecesor de Enrique, el débil Esteban de Blois—, no pueden dejar de chocar, una vez que Tomás es colocado al frente de la iglesia de Inglaterra. Si como canciller había secundado con eficacia y diligencia los planes del rey para someter a la nobleza feudal, como arzobispo no puede callar ante el intento de controlar a la Iglesia. Se niega pues a aceptar las Constituciones de Clarendon que, so pretexto de restablecer las costumbres imperantes durante el reinado de Enrique I Beauclerc, limitaban drásticamente la autonomía eclesiástica. Se trata de un episodio más de las conflictivas relaciones entre el poder temporal y el espiritual en aquella Europa que desde hacía tiempo mostraba señas inequívocas de una renacida vitalidad. Tomás Becket es, en este sentido, un celoso seguidor del papa Gregorio VII, quien, apenas un siglo atrás, ha marcado el camino con su firmeza ante el emperador Enrique IV. Por otro lado, su acción transcurre en una Inglaterra, cuyo rey es además duque de Normandía y, por matrimonio, de Aquitania, lo que le convierte en el señor feudal más poderoso de Francia. En este reino hallará refugio Tomás durante años, bajo la protección de Luis VII, hasta que un precario acuerdo le permita regresar a Canterbury, donde pronto encontrará la muerte.
Aubé, que no disimula determinados rasgos poco favorables del carácter de Becket, tales como una inflexibilidad difícil de distinguir de la entereza, nos conduce a través de una evolución en la que aquel paso a paso gana en dignidad, hasta llegar al momento de la aceptación serena de la muerte: cuando, tras negar las acusaciones de traición, solo pide a los asesinos que respeten las vidas de quienes le acompañan. Dice una tradición, de la que se hace eco Aubé, aunque otros historiadores la consideran apócrifa, que Enrique VIII, el monarca que hizo ejecutar a Santo Tomás Moro, mandó destruir también los restos de Santo Tomás Becket. Quizá el hecho no sea cierto, pero si se trata de una invención, refleja que la conciencia popular no pudo dejar de establecer cierto paralelismo entre ambos santos y ambos reyes, unidos curiosamente por los nombres.
24 octubre 2011
San Juan Stone y el anglicanismo
Francisco Javier Bernad Morales
Puede que a muchos este nombre no les diga nada. Su fama palidece ante la de Santo Tomás Moro o la de San Juan Fisher. Sin embargo, este fraile agustino, a quien recordamos el 25 de octubre, al igual que aquellos y que muchos otros mártires, halló la muerte por negarse a jurar el Acta de Supremacía, que convertía a Enrique VIII en cabeza de la iglesia de Inglaterra(1). Sabido es que este, a quien el Papa León X, quizá de manera poco perspicaz, había concedido el título de Defensor de la Fe, decidió romper con Roma al no obtener la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón. Los cristianos ingleses se vieron así en la tesitura de elegir entre la fidelidad al rey o al Papa, a sabiendas de que mantener esta última implicaba incurrir en un delito de traición castigado con la pena capital, a menudo ejecutada de maneras particularmente atroces.
La ruptura inglesa no tuvo, al contrario que la luterana, una fundamentación teológica. En principio se trató solo de un cisma, en que lo único puesto en entredicho fue la autoridad del Papa. Más adelante, sin embargo, se introducirían en la iglesia Anglicana elementos de origen protestante que darían lugar a la aparición de dos tendencias, que si bien se mantienen unidas presentan notorias diferencias. De un lado, hallamos la conocida como High Church (Alta Iglesia) que mantiene en lo sustancial la tradición y el ritual católico, y de otro la Low Church (Baja Iglesia), influida por el presbiterianismo(2). Incluso en la primera es posible diferenciar al grupo anglocatólico como más próximo a Roma.
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1 Una breve nota sobre su vida y martirio en http://www.agustinos-.org/santos/octubre/SJuanStone.htm
2 Para entender las diferentes tendencias del anglicanismo es muy útil la lectura de las obras del cardenal Newman. Recomiendo en particular NEWMAN, John Henry, Apologia Pro Vita Sua, Ciudadela, Madrid, 2009. También se encuentran interesantes aportaciones en CHESTERTON, G. K. Por qué soy católico. El buey mudo, Madrid, 2009.