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10 marzo 2014

Juan Luis Vives (1492-1540)

Francisco Javier Bernad Morales

El valenciano Juan Luis Vives ocupa entre los humanistas del sigo XVI un lugar destacado, equiparable a los de Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro o Guillaume Budé, con quienes mantuvo estrecha amistad. Es un lamentable testimonio de las miserias de la época que nuestro país se viera privado de uno de sus más brillantes hijos. Nacido en una acaudalada familia de comerciantes criptojudíos, inició sus estudios en la universidad de Valencia, pero en 1509 su padre, con muy buen sentido como mostrarían los hechos posteriores, decidió enviarlo a París, donde los continuó en La Sorbona. Nunca retornó a España. Su vida transcurrió a partir de entonces entre Francia, los Países Bajos e Inglaterra. Podríamos decir, por más que la expresión se antoje anacrónica, que pertenece, con Juan de Valdés, a esa casta de intelectuales exiliados en que tan dolorosamente pródiga ha sido nuestra historia. Preceptor desde 1517 de Guillermo de Croy, quien pocos meses después, con tan solo veinte años, sería nombrado arzobispo de Toledo, trabajó arduamente, por sugerencia de Erasmo, en una edición comentada de De civitate Dei, de San Agustín. El destino parecía sonreírle, pero la repentina muerte de su pupilo, que pese a su cargo no había visitado España, como consecuencia de una caída de caballo (1521), le dejó sin una fuente estable de ingresos. Una situación que se vio aliviada gracias al rey de Inglaterra Enrique VIII, quien le concedió una pensión como muestra de gratitud por haberle dedicado el trabajo sobre De civitate Dei.

Al año siguiente le llega una oferta de la universidad de Alcalá para que ocupe la cátedra vacante por la muerte de Antonio de Nebrija, pero, tras algunas dudas, termina por rechazarla. En su lugar, en 1523 ocupará una plaza en Oxford, donde mantendrá excelentes relaciones con Tomás Moro y el cardenal Wosley. En la primavera de 1524 vuelve temporalmente a Brujas, para contraer matrimonio con Margarita Valdaura, hija de una familia judeoconversa. Pese  los honores recibidos del rey, no se encuentra cómodo en Inglaterra. En sus cartas se queja del clima y de la comida. Pronto le llega además la noticia de que su padre ha sido ejecutado en la hoguera como judaizante. Obviamente, si en algún momento había experimentado la tentación de volver a España, ya nunca volvió a plantearse esa posibilidad.

Durante algún tiempo alterna la residencia en Inglaterra con largas estancias en Brujas, donde permanece su esposa, hasta que en 1529 abandona Oxford definitivamente. Para entonces había estallado el asunto del divorcio de Enrique VIII. Requerida su opinión, Vives se había mostrado contrario a los deseos del rey, aunque había aconsejado prudencia a Catalina, de tal manera que se había malquistado con ambos. Siguen unos años tranquilos en Brujas, en los que unos iniciales apuros económicos se ven pronto superados gracias a la generosa ayuda del rey de Portugal Juan III, a quien había dedicado dos obras: De tradendis disciplinis y De corruptis atribus. Aún en 1531 escribe a Enrique VIII instándole a reconsiderar su posición en vista del daño causado tanto a su esposa como a la Iglesia, pero nada puede hacerse ya al respecto. Con dolor recibirá en julio de 1535 la noticia de la ejecución de su amigo Tomás Moro, quien se había negado a jurar el Acta de Supremacía, por la que el soberano se convertía en jefe de la iglesia de Inglaterra. Es un tiempo de fértil actividad, durante el cual realiza frecuentes visitas a Lovaina, en cuya universidad es muy respetado, y publica numerosos libros, entre ellos De disciplinis y De ratione dicendi, que le valen dádivas de Carlos V y del arzobispo de Sevilla, Alonso Manrique. En 1537 se establece en Breda, como preceptor de doña Mencía de Mendoza, esposa de Enrique de Nassau, pero cuando esta enviuda al año siguiente y regresa a España, rehúsa acompañarla y retorna definitivamente a Brujas, donde fallecerá dos años después. El día de su muerte fue de luto en la ciudad, que lo despidió como hacía con sus hijos más ilustres, corriendo el ayuntamiento con los gastos del funeral. El humanista holandés Andreas Schott le dedicó este epitafio:

Vives, aeternum vivet tua fama superstes,
nam volitas, Vives, per ora virum.
Copia magna quidem Desidierumque Batavi
plene nunquam explens alveus amnis fluit[1].


José  Jiménez Delgado recoge cincuenta y una obra de Vives, que clasifica en filosóficas, didácticas y pedagógicas, literarias y filológicas, ascéticas y teológicas, y diversas. En la actualidad las más recordadas son las que se ocupan de la educación y del auxilio a los pobres. A ellas hay que añadir una copiosa correspondencia en la que se cartea con Erasmo, Moro, Budé, Juan de Vergara, Enrique VIII, Adriano VI, Carlos V y muchos otros personajes.


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[1] Recogido por José Jiménez Delgado en su edición de las cartas de Vives. VIVES, Juan Luis, Epistolario, Madrid, Editora Nacional, 1978, p. 68.

21 enero 2014

Bienaventuranzas

Santo Tomás Moro

Felices los que saben reírse de sí mismos,
porque nunca terminarán de divertirse.
Felices los que saben distinguir una montaña de una
piedrecita, porque evitarán muchos inconvenientes.
Felices los que saben descansar y dormir sin buscar
excusas, porque llegarán a ser sabios.
Felices los que saben escuchar y callar,
porque aprenderán cosas nuevas.
Felices los que son suficientemente inteligentes como para
no tomarse en serio, porque serán apreciados por quienes los rodean.
Felices los que están atentos a las necesidades de los
demás, sin sentirse indispensables, porque serán distribuidores de alegría.
Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas
cosas y con tranquilidad las cosas grandes, porque irán lejos en la vida.
Felices los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un
desprecio, porque su camino será pleno de sol. 
Felices los que piensan antes de actuar y rezan antes de
pensar, porque no se turbarían por lo imprevisible.
Felices vosotros si sabéis callar y ojalá sonreír cuando se
os quite la palabra, se os contradice o cuando os pisen los
pies, porque el Evangelio comienza a penetrar en vuestro
corazón.
Felices si son capaces de interpretar siempre con
benevolencia las actitudes de los demás aun cuando las
apariencias sean contrarías.
Pasarán por ingenuos: es el precio de la caridad.
Felices sobretodo, ustedes, si saben reconocer al Señor en

todos los que encuentran, entonces habrán hallado la paz y la verdadera sabiduría.

09 enero 2014

Dame Señor

Santo Tomás Moro

Dame, Señor, un poco de sol,
algo de trabajo y un poco de alegría.
Dame el pan de cada día, un poco de mantequilla, 
una buena digestión y algo para digerir.
Dame una manera de ser que ignore el aburrimiento, 
los lamentos y los suspiros.
No permitas que me preocupe demasiado
por esta cosa embarazosa que soy yo.
Dame, Señor, la dosis de humor suficiente 
como para encontrar la felicidad en esta vida 
y ser provechoso para los demás.
Que siempre haya en mis labios una canción, 
una poesía o una historia para distraerme.
Enséñame a comprender los sufrimientos
y a no ver en ellos una maldición.
Concédeme tener buen sentido,
pues tengo mucha necesidad de él.
Señor, concédeme la gracia,
en este momento supremo de miedo y angustia,
de recurrir al gran miedo y a la asombrosa angustia 
que tú experimentaste en el Monte de los Olivos
antes de tu pasión.
Haz que a fuerza de meditar tu agonía,
reciba el consuelo espiritual necesario
para provecho de mi alma.
Concédeme, Señor, un espíritu abandonado, 
sosegado, apacible, caritativo, benévolo, dulce y compasivo.
Que en todas mis acciones, palabras y pensamientos 
experimente el gusto de tu Espíritu santo y bendito.
Dame, Señor, una fe plena, 
una esperanza firme y una ardiente caridad.
Que yo no ame a nadie contra tu voluntad, 
sino a todas las cosas en función de tu querer.
Rodéame de tu amor y de tu favor.





03 febrero 2013

Carta de Santo Tomás Moro a su hija Margaret


Tomás Moro escribió esta carta a su hija Margaret, mientras permanecía encarcelado a la espera de juicio en la Torre de Londres. Acusado de alta traición por haberse negado a jurar el Acta de Supremacía, por la que Enrique VIII se proclamaba jefe de la iglesia de Inglaterra, murió decapitado el 6 de julio de 1535. En 1935 fue canonizado por la Iglesia Católica y en 1980, incluido en la lista de santos y héroes cristianos por la Iglesia Anglicana.

Aunque estoy bien convencido, mi querida Margaret, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.
Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a su divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento premio en el cielo.
No quiero, mi querida Margaret, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.
Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.
Finalmente, mi querida Margaret, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.
Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.

12 octubre 2012

Desordenado paseo por el tiempo


Francisco Javier Bernad Morales

Corría el año 1534 y Europa se agitaba en el torbellino de la revolución religiosa. Ya Lutero había desautorizado a los extremistas que, so pretexto de seguir sus pasos reformadores, se lanzaban contra las autoridades temporales, dispuestos a edificar el Reino de Dios sobre la tierra. Vientos de jacquerie soplaban sobre Alemania y avivaban rescoldos de viejas herejías. De nuevo se escuchaba la pregunta nunca contestada: cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿dónde estaba el señor? Los príncipes católicos y protestantes olvidaban momentáneamente sus rencillas y se unían para ahogar en sangre la revuelta campesina.

Pero la historia no ha terminado. Münster, una pequeña ciudad de Westfalia, es presa de la exaltación. La muchedumbre sigue con fervor a los predicadores anabaptistas y termina por entregar el poder a uno de ellos, Jan Matthys. Los disidentes, católicos y protestantes, tanto da, son expulsados, y comienza la construcción del Reino de Dios. Se presiente la inmediata venida de Cristo, pero esta solo se producirá si los justos terminan con los malvados. Matthys decreta la propiedad común de todos los bienes y ordena que los libros, excepto la Biblia, sean quemados. Cuando muere en combate contra las tropas del obispo, le sucede su discípulo Jan Bockelson, antiguo sastre de Leiden, quien se proclama a sí mismo rey y profeta, y establece la poligamia. Sus seguidores luchan con ardor, convencidos de ser los únicos justos sobre la tierra y de que pronto dominarán el mundo, pero su valor y su entrega no logran romper el cerco de la ciudad. El Reino de Dios se sumerge más y más en la locura, hasta que finalmente sucumbe en una orgía de muerte y destrucción ante el asalto de católicos y protestantes.

Retrocedamos unos años. Lutero acaba de publicar sus tesis en Wittemberg, pero la tormenta aún no devasta Europa. Las querellas entre príncipes y la amenaza turca proyectan algunas sombras sobre un panorama que, visto con los cosmopolitas ojos de los humanistas, se antoja risueño. Colón ha mostrado a los europeos un mundo ignorado, un nuevo escenario donde cabe toda fantasía. Erasmo y Vives abanderan una pacífica cruzada contra el fanatismo y la superstición. Moro, inspirado en Platón, esboza la sociedad perfecta.

Su obra, titulada Utopía, es un libro breve, elegante y delicioso. Como un exquisito veneno seduce el gusto para mejor oscurecer el discernimiento; como una ponzoña espiritual apela a los buenos sentimientos para justificar la más despiadada tiranía. En la sociedad utópica, el bien de la colectividad se alcanza mediante el sacrificio de los individuos.

Utopía no es el Reino de Dios imaginado por Matthys  y Bockelson. Moro conscientemente la sitúa en un lugar impreciso, quizá fuera del espacio y del tiempo, en el mundo perfecto e inmutable de las ideas. El mismo autor se desdobla: de un lado Moro, es decir, el auténtico, con su verdadero nombre; de otro Rafael Hitlodeo, el viajero que ha vivido en Utopía. El artificio permite al autor mantener la distancia entre lo real y lo ideal. Moro podrá escuchar con interés y hasta apasionamiento la exposición de Hitlodeo y, acto seguido, manifestar sus reservas. Hitlodeo, por su parte, se resistirá a las exhortaciones de Moro para que utilice su sabiduría para mejorar el mundo. No hay puente posible entre lo ideal y lo real, entre Hitlodeo y Moro. Utopía nunca existirá sobre la tierra. Hitlodeo proseguirá sus viajes y describirá Utopía a todo aquel que se muestre dispuesto a escucharle. Moro continuará su labor como consejero del rey. No aspirará en tanto que político a construir esa sociedad perfecta que le ha sido revelada, pero tampoco será un acomodaticio oportunista. Llegado el momento dará una lección de suprema dignidad, al preferir la muerte antes que secundar una decisión que estima injusta. Münster cayó en junio de 1535. A principios de julio, el hacha del verdugo segó la cabeza de Santo Tomás Moro.

Utopía no es Münster. El ensueño de un humanista cultivado, amigo de Erasmo, de Vives y de Budé, elegante latinista, conocedor del griego y admirador de Platón, santo de la iglesia católica, ha de ser por fuerza distinto de la pesadilla mesiánica y milenarista de Matthys y Bockelson. No faltan, sin embargo, puntos de contacto. En Utopía todo es común, incluso las viviendas se asignan por sorteo y por un número limitado de años[1]. No hay poligamia, pero las leyes señalan con claridad el número de miembros de cada familia. El hecho natural de que unas mujeres sean más prolíficas que otras halla fácil remedio mediante la cesión del exceso de hijos[2].

En la sociedad perfecta, según cuenta Hitlodeo, nadie posee nada propio, todos portan ropas sencillas e idénticas, comen siempre juntos y cada cierto tiempo deben dedicarse durante un año a la agricultura[3]. Quizá al lector actual todo esto le suene curiosamente familiar, como si hace poco hubiera visto algo parecido. Se trata, sin embargo, de ideas que ya fueron expuestas por Platón hace unos dos mil cuatrocientos años.

En 1602 el dominico Tommaso Campanella concluye en prisión una nueva visión de Utopía, a la que pone por título La Ciudad del Sol. Poco añade su obra a la de Moro fuera de unas plúmbeas disquisiciones astrológicas y de una curiosa insistencia, una vez más inspirada en Platón, en una estricta regulación de las relaciones sexuales. En la ciudad perfecta de nuestro fraile no existe la familia, sino que unos magistrados, imbuidos, claro está, de una alta sabiduría, determinan qué mujer debe aparearse con qué hombre y en qué momento. Se consiguen así dos objetivos: de una parte, sólo procrearán quienes se hallen en óptimas condiciones para engendrar hijos sanos, robustos y de ingenio despejado; de otra, como ningún hombre sabrá quién es su padre o quién es su hijo, todos se tratarán con tierno amor filial. No se piense, empero, que Campanella es un rígido moralista. Comprende que en ocasiones los varones, aunque por edad u otras circunstancias no se encuentren en el momento adecuado para procrear, sienten determinadas necesidades, cuya falta de satisfacción podría afectar negativamente a su serenidad de espíritu. Para aliviarlas, previa autorización del correspondiente magistrado, copularán con mujeres grávidas o estériles[4].

La última parte del libro la dedica Campanella a rebatir previsibles objeciones. Invoca en su favor la autoridad de Platón y de Moro, así como la de diversos padres de la Iglesia. La Ciudad del Sol, al contrario que Utopía, se presenta como posible. De un lado se proyecta en el pasado como la sociedad anterior a la expulsión del Paraíso; de otro se ofrece como promesa de un futuro por todos deseado.

... diremos que de nuestra parte se encuentra el ejemplo de Tomás Moro, recientemente martirizado, quien escribió su imaginaria República, denominada ‘Utopía’, la cual nos ha servido de ejemplo para las instituciones de la nuestra. Asimismo Platón presentó una idea de República que, aunque no puede íntegramente ponerse en práctica a causa de la corrupción de la naturaleza humana (como dicen los teólogos) muy bien habría podido subsistir en el estado de inocencia[5].

El mito clásico de la Edad de Oro se empareja en la mente del dominico con la narración bíblica del pecado original y de la consiguiente expulsión del Paraíso. Mas la Redención ha hecho posible la existencia de la República ideal:

... su posibilidad se demuestra con la vida de los primeros cristianos, entre los cuales la comunidad de bienes se estableció en tiempos de los Apóstoles[6].

Si no supiéramos que el autor permaneció veintisiete años en la cárcel y que sólo se libró de la pena de muerte gracias al oportuno fingimiento de un ataque de locura, algunos de sus razonamientos nos sorprenderían por lo atrevido:

Afirmo que semejante República es deseada por todos como el siglo de oro. Todos se la piden a Dios al suplicarle que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo. Si, a pesar de esto, no se practica, debe atribuirse a la malicia de los gobernantes quienes, en vez de someter a sus pueblos al imperio de la razón suprema, los tienen sujetos a ellos mismos. Además el uso y la experiencia demuestran que es posible cuanto hemos dicho, del mismo modo que (según San Juan Crisóstomo) es más natural vivir conforme a la razón que con arreglo al afecto sensual; y virtuosamente, más que viciosamente. Una prueba de esto son los monjes, sobre todo los anabaptistas, que viven en comunidad y, si profesaran los verdaderos dogmas de la fe, aprovecharían más en este género de vida. ¡Pluguiera al Cielo que no fuesen herejes y practicasen la justicia, como nosotros lo hacemos! Serían un ejemplo de su verdad. Mas no sé por qué necedad rechazan lo mejor[7].

Casi con seguridad se puede afirmar que Campanella no se refiere al anabaptismo violento de Matthys y Bockelson, sino a la corriente pacífica inspirada por Menno Simmons y David Joris. En cualquier caso, queda la imagen de un futuro consistente en la recuperación del estado de inocencia, es decir, en la construcción de un paraíso en que la conciencia individual quedaría anulada, anegada por la omnipotencia de lo colectivo; un mundo en el que no sólo no existirían las palabras “tuyo” y “mío”, sino en el que incluso “tú” y “yo” habríamos desaparecido sustituidos por “nosotros”. Da por sentado Campanella que tal futuro es deseado por todos y que además responde a la voluntad de Dios. Solo la maldad de los gobernantes impide la felicidad del género humano. Parece que solo un corto paso le separa de la afirmación de que existe una voluntad colectiva que trasciende y anula las voluntades individuales.




[1]  MORO, Tomás. Utopía.  Madrid. Alianza Editorial. 1984. p. 118
[2]  Ibidem. p. 128.
[3]  Ibidem. p. 114
[4]  CAMPANELLA, Tommaso. La Ciudad del Sol. En Utopías del Renacimiento. México. F.C.E. 1975.
    p. 160-161
[5]  Ibidem. p. 205
[6]  Ibidem. p. 208
[7]  Ibidem. p. 210

26 septiembre 2012

Escenas del Quijote


Francisco Javier Bernad Morales

Se aproxima la noche. Unos humildes cabreros comparten su cena con Don Quijote y Sancho. Tasajo de cabra, queso y bellotas, y,  para alegrar el ánimo, un cuerno de vino que sin tregua pasa de uno a otro. El caballero es feliz. No lo fuera tanto si le agasajaran reyes o príncipes con las viandas más escogidas. Saciado el apetito, habla con voz pausada y clara a sus rústicos compañeros que no osan interrumpirle. El amable convite de los que apenas nada tienen ha traído a su memoria viejas lecturas que ahora refiere en obsequio de sus anfitriones. Hubo un tiempo en que no existían las dos palabras de tuyo y mío, en que los hombres todo lo poseían en común y no habían de preocuparse del mañana, pues la tierra generosa proveía a todas sus necesidades. Reinaba entonces la inocencia y no existían agravios ni rencillas. Pero aquellos felices siglos concluyeron y hoy por doquier imperan la ambición y la malicia. Por eso fue necesario instituir la caballería andante: para proteger a los débiles de las crueles asechanzas de los poderosos, para amparar a viudas y doncellas amenazadas siempre por el engaño y la lascivia y, en fin, para restablecer la justicia.

Embobados y suspensos escucharon la arenga los cabreros. Quizá nunca antes oyeran hablar así, o quizá las palabras del hidalgo les recodaran algún sermón en que el cura evocara la vida en el Paraíso antes del pecado original. Es posible que en sus sencillos y generosos corazones brotara una sincera simpatía por los anhelos de Don Quijote. Algo es cierto. Les sonara el discurso extraño o familiar, muy lejos anduvieron de escarnecer al autor; al contrario, uno de ellos entonó, acompañado por el rabel, una canción para deleitarle. Así, durante unas horas al comienzo de la noche, en unas míseras chozas perdidas en el monte volvió a existir la Edad de Oro.

Ha pasado el tiempo y Don Quijote es un caballero famoso más por sus locuras que por sus hazañas. Unos ociosos duques le toman como bufón u hombre de placer, o, por mejor decir, como simple hazmerreír. En una de sus burlas discurren hacer a Sancho gobernador de una pretendida ínsula Barataria. A solas en su estancia, el caballero alecciona al escudero sobre el modo de conducirse en su nueva posición. Nada hay de arrebatado o de quimérico en sus palabras. Ninguna mención a la Edad de Oro o a la andante caballería. Acomodado a las circunstancias, expone Don Quijote un breviario de sabiduría práctica, unas reglas fáciles de entender, pero harto complicadas de seguir, siempre con la justicia como norte y la modestia como báculo. No se trata de que Sancho altere la vida o las instituciones de la ínsula, de que introduzca nuevas leyes, sino de que en todo momento se comporte como un gobernador honrado y digno, justo sin severidad, antes bien inclinado a la misericordia. Y Sancho, consciente de las responsabilidades que va a contraer, vacila y está a punto de renunciar. Su amo no le anima, no le pinta un camino sencillo, sino que le hace ver sus limitaciones, eso sí, siempre en buen tono, mostrándoselas como manchas cuya limpieza, si no fácil, es siempre posible. En el momento más hermoso dice el escudero: “más me quiero ir Sancho al cielo, que gobernador al infierno”. Don Quijote, emocionado, abandona toda reserva: “por solas estas últimas razones que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas”.

Retorna Don Quijote a su aldea derrotado por el caballero de la Blanca Luna. Un año de reposo le ha impuesto el vencedor con la piadosa esperanza de que el descanso le alivie la mente de desvaríos. Mas ya durante el camino, la fantasía de nuestro hidalgo esboza una nueva locura. Apartado por fuerza del ejercicio de la caballería imagina crear junto a sus vecinos y amigos una suerte de cofradía de pastores y pasar el tiempo en componer y entonar endechas y canciones. Sueña de nuevo la Edad de Oro no como mítico recuerdo de un tiempo perdido, sino como horizonte posible de una Arcadia poética.

Edad de Oro, Arcadia, mitos clásicos que fingen un tiempo en que los seres humanos fueron felices, en que no tuvieron que preocuparse del sustento ni de emular a sus vecinos, en que cada uno podía mirar confiado a todos los demás, sin temor a asechanzas o traiciones. También el bíblico Jardín del Edén, el Paraíso del que irremisiblemente nos sentimos expulsados, pero que siempre añoramos, que una y otra vez nos esforzamos en construir sobre la tierra. Muere finalmente Don Quijote con la razón recuperada. Consciente de su locura abomina de fantasías caballerescas y pastoriles y así, reconciliado consigo mismo, entrega el alma envuelto en el afecto de los suyos. Dichosa muerte que evoca la de otro caballero, la del maestre Don Rodrigo. En el instante supremo, desechadas las vanas quimeras que nublan el entendimiento, el hidalgo no está solo, le conforta el amor de sus parientes y amigos.

Muchos otros antes y después de Don Quijote han sentido la nostalgia de una perdida Edad de Oro y han fabulado sobre la manera de recuperarla, pero a menudo les ha faltado ese fondo de bondad que en nuestro héroe cautiva y enternece, también ese destello de buen sentido que acota los extravíos de la locura.  Esa luz cuyo resplandor, en ocasiones oculto bajo el delirio caballeresco, se muestra en toda su pureza cuando Don Quijote cree a Sancho llamado a gobernar a otros seres humanos. El hidalgo puede tomar por gigantes a los molinos de viento o entablar feroz combate con unos odres de vino,  pero, al contrario que muchos cuerdos, sabe que el mundo real está poblado por personas, por individuos de carne y hueso, quizá en ocasiones egoístas o hasta depravados, pero también a menudo generosos y compasivos. Don Quijote no cree en la Edad de Oro, por más que fantasee sobre ella, pues aunque haya perdido la razón, su corazón es noble y le dice que Utopía, por más que se nos pinte con colores seductores, se asemeja no al Jardín del Edén, sino al lecho de Procusto.

No faltan, en cambio, quienes se han creído capacitados para diseñar la sociedad perfecta. Algunos, muy pocos, lo han hecho con el genio literario y filosófico de Platón o de Moro, otros, como Campanella, de forma más pesada o más pedante; unos y otros han mutilado a los hombres y a las mujeres para encajarlos en su comunidad ideal. Nada grave ocurre mientras el filósofo se limita a plasmar sus ideas en libros más o menos voluminosos, más o menos amenos. Unos estudiosos le rebaten y otros le apoyan, y al cabo del tiempo su obra puede engendrar numerosa descendencia, pero los seres humanos, ajenos a tales lucubraciones continúan viviendo y muriendo, amando y odiando en este imperfecto mundo. Utopía solo revela su siniestra faz cuando alcanza el poder un iluminado, no un loco inofensivo y en realidad apacible como Don Quijote, sino un auténtico demente, un ser convencido de que cualquier sacrificio  es válido si se encamina a edificar la sociedad perfecta soñada por los filósofos. Cuando para nuestra desdicha ocurre esto, Teseo suele estar ocupado o distraído y sólo acude cuando el hedor de los cadáveres se le hace insoportable.

27 diciembre 2011

Santo Tomás Becket: el poder espiritual frente al poder temporal

Francisco Javier Bernad Morales

Hace años publiqué en Estudio Agustiniano la recensión de una biografía de Santo Tomás Becket. Ya que la Iglesia le recuerda el 29 de diciembre, me parece oportuno reproducirla:

AUBÉ, Pierre. Tomás Becket, Ediciones Palabra, Madrid, 1994, 22,5 x 14,5, 378 pp.

Inicia Pierre Aubé la biografía de Santo Tomás Becket con el relato de la peregrinación de Enrique II de Inglaterra a la tumba del que fuera canciller del reino y arzobispo de Canterbury, asesinado cuatro años antes en el interior de la catedral por unos caballeros que creían cumplir la voluntad del rey. Pone así de relieve los peculiares lazos establecidos entre ambos, en una relación que pasa bruscamente desde una sincera amistad a un radical enfrentamiento. Son dos seres excepcionales que, si durante un tiempo trabajan juntos en pos de un mismo objetivo —el restablecimiento de la autoridad real, gravemente menoscabada bajo el antecesor de Enrique, el débil Esteban de Blois—, no pueden dejar de chocar, una vez que Tomás es colocado al frente de la iglesia de Inglaterra. Si como canciller había secundado con eficacia y diligencia los planes del rey para someter a la nobleza feudal, como arzobispo no puede callar ante el intento de controlar a la Iglesia. Se niega pues a aceptar las Constituciones de Clarendon que, so pretexto de restablecer las costumbres imperantes durante el reinado de Enrique I Beauclerc, limitaban drásticamente la autonomía eclesiástica. Se trata de un episodio más de las conflictivas relaciones entre el poder temporal y el espiritual en aquella Europa que desde hacía tiempo mostraba señas inequívocas de una renacida vitalidad. Tomás Becket es, en este sentido, un celoso seguidor del papa Gregorio VII, quien, apenas un siglo atrás, ha marcado el camino con su firmeza ante el emperador Enrique IV. Por otro lado, su acción transcurre en una Inglaterra, cuyo rey es además duque de Normandía y, por matrimonio, de Aquitania, lo que le convierte en el señor feudal más poderoso de Francia. En este reino hallará refugio Tomás durante años, bajo la protección de Luis VII, hasta que un precario acuerdo le permita regresar a Canterbury, donde pronto encontrará la muerte.

Aubé, que no disimula determinados rasgos poco favorables del carácter de Becket, tales como una inflexibilidad difícil de distinguir de la entereza, nos conduce a través de una evolución en la que aquel paso a paso gana en dignidad, hasta llegar al momento de la aceptación serena de la muerte: cuando, tras negar las acusaciones de traición, solo pide a los asesinos que respeten las vidas de quienes le acompañan. Dice una tradición, de la que se hace eco Aubé, aunque otros historiadores la consideran apócrifa, que Enrique VIII, el monarca que hizo ejecutar a Santo Tomás Moro, mandó destruir también los restos de Santo Tomás Becket. Quizá el hecho no sea cierto, pero si se trata de una invención, refleja que la conciencia popular no pudo dejar de establecer cierto paralelismo entre ambos santos y ambos reyes, unidos curiosamente por los nombres.

24 octubre 2011

San Juan Stone y el anglicanismo

Francisco Javier Bernad Morales

Puede que a muchos este nombre no les diga nada. Su fama palidece ante la de Santo Tomás Moro o la de San Juan Fisher. Sin embargo, este fraile agustino, a quien recordamos el 25 de octubre, al igual que aquellos y que muchos otros mártires, halló la muerte por negarse a jurar el Acta de Supremacía, que convertía a Enrique VIII en cabeza de la iglesia de Inglaterra(1). Sabido es que este, a quien el Papa León X, quizá de manera poco perspicaz, había concedido el título de Defensor de la Fe, decidió romper con Roma al no obtener la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón. Los cristianos ingleses se vieron así en la tesitura de elegir entre la fidelidad al rey o al Papa, a sabiendas de que mantener esta última implicaba incurrir en un delito de traición castigado con la pena capital, a menudo ejecutada de maneras particularmente atroces.

La ruptura inglesa no tuvo, al contrario que la luterana, una fundamentación teológica. En principio se trató solo de un cisma, en que lo único puesto en entredicho fue la autoridad del Papa. Más adelante, sin embargo, se introducirían en la iglesia Anglicana elementos de origen protestante que darían lugar a la aparición de dos tendencias, que si bien se mantienen unidas presentan notorias diferencias. De un lado, hallamos la conocida como High Church (Alta Iglesia) que mantiene en lo sustancial la tradición y el ritual católico, y de otro la Low Church (Baja Iglesia), influida por el presbiterianismo(
2). Incluso en la primera es posible diferenciar al grupo anglocatólico como más próximo a Roma.
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1 Una breve nota sobre su vida y martirio en http://www.agustinos-.org/santos/octubre/SJuanStone.htm
2 Para entender las diferentes tendencias del anglicanismo es muy útil la lectura de las obras del cardenal Newman. Recomiendo en particular NEWMAN, John Henry, Apologia Pro Vita Sua, Ciudadela, Madrid, 2009. También se encuentran interesantes aportaciones en CHESTERTON, G. K. Por qué soy católico. El buey mudo, Madrid, 2009.