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21 octubre 2012

Lectura de la Escritura

Con motivo del quincuagésimo aniversario de la apertura del concilio Vaticano II, recordaremos en sucesivas entradas algunos de sus documentos.

El santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Phil 3,8), “pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (San Jerónimo). Acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones o con otros medios que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con aprobación o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia.  Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras” (San Ambrosio. De officiis ministrorum).

Constitución Dei Verbum. Concilio Vaticano II.

26 julio 2012

El “verdadero” significado de la Escritura


San Agustín

El núcleo de todo lo que hemos dicho desde que hemos empezado a tratar de las “cosas” divinas es esto: comprender que la plenitud y el fin de la ley y de todas las divinas Escrituras es el amor por aquello que se nos ordena de gozar y por aquello que junto a nosotros puede gozar del objeto que amamos; por lo que se refiere al amor a nosotros mismos, no hay necesidad de mandatos (…).
Por tanto, el que cree haber comprendido las divinas Escrituras, o una parte de ellas, si mediante tal comprensión no consigue levantar el edificio de este doble amor, de Dios y del prójimo, todavía no las ha comprendido”.


La doctrina cristiana I, 35