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02 marzo 2014

Amor a Dios y amor al prójimo

Juan de Valdés

Reproducimos hoy parte del comentario de Juan de Valdés a Mateo 22, 37-40, en el Diálogo de doctrina cristiana, una de las obras capitales del erasmismo español. Se trata de un libro conocido por medio de un solo ejemplar editado en Alcalá de Henares en 1529. Durante algún tiempo se atribuyó a su hermano Alfonso, pero Marcel Bataillon demostró de manera inequívoca que era obra de Juan.

Estos dos mandamientos son tan conexos [el amor a Dios y el amor al prójimo] y unidos, que es imposible que se guarde el uno sin el otro, porque el que ama a Dios, conoce que la voluntad de Dios es que ame a su prójimo, y como su deseo no sea otro sino agradar a Dios, luego ama a su prójimo, y ni más ni menos cumple toda la ley de Dios. Verdaderamente no sé cómo no tienen empacho unos hombres que, sin mostrar en toda su vida señal de este amor, por no sé qué ceremonias y devociones que ellos se inventan, se tienen por más que cristianos, y lo que más es de notar, y aun de llorar en los tales, es que al que ven que no toma y adora sus frías y vanas devociones, aunque este tal claramente viva conforme a la ley de Dios, no le tienen por cristiano.


VALDÉS, Juan de, Diálogo de doctrina cristiana, Madrid, Editora Nacional, 1979, p. 67.

24 febrero 2014

Juan de Valdés

Francisco Javier Bernad Morales

Recientemente me he ocupado de Alfonso de Valdés. Trataré ahora de su hermano, posiblemente gemelo, Juan. Como quizá el lector recuerde, nacieron en Cuenca en el seno de una familia judeoconversa. Aunque no está suficientemente documentado, algunos indicios sugieren que pudieron estudiar en la universidad de Alcalá de Henares. Sea de esto lo que fuere, ambos dominaban con soltura las lenguas clásicas y, al menos Juan, el hebreo, pues de este idioma tradujo los Salmos al castellano. En 1529 publicó en Alcalá de Henares el Diálogo de doctrina cristiana, una obra breve, en realidad un catecismo, en que expone de manera ordenada los fundamentos de la fe. Se trata de un libro concebido a la manera humanista, al que sirve como pretexto la ignorancia mostrada por un sacerdote al enseñar a los niños la doctrina cristiana. Un religioso, a fin de corregirle le pide que le acompañe a visitar al arzobispo de Granada, quien en reposada conversación ilumina todos los aspectos que el sacerdote no había llegado a comprender. Naturalmente, el arzobispo expresa las opiniones de Juan de Valdés, fuertemente influidas por Erasmo de Rotterdam. Se defiende aquí una religiosidad profunda e íntima, poco dada a demostraciones exteriores. Pero se va más allá, toda vez que frente a interpretaciones morales laxistas extendidas en la época, que interpretaban muchas palabras del Evangelio como una serie de consejos, cuyo seguimiento solo quedaba al alcance de los “perfectos”, para Valdés son realmente mandatos que deben esforzarse en guardar todos los cristianos[1]. Algo similar a lo sostenido por Erasmo en el Enchiridion.  Hay un aspecto, sin embargo, en que Valdés se aparta de su maestro para aproximarse a las posiciones luteranas. Hay en él un profundo sentimiento del pecado y de la incapacidad humana para obrar el bien. Un bien al que solo puede ser obra de la gracia:

…conocemos por experiencia cómo nosotros por nuestra propia naturaleza no podemos hacer cosa perfectamente buena, y que por el favor de Jesucristo podamos hacer y cumplir todo lo que conocemos ser bueno[2].

El Diálogo fue pronto denunciado ante la Inquisición y aunque los amigos erasmistas de Valdés, entonces muy influyentes,  lo arroparon y el asunto no tuvo mayores consecuencias, aquel decidió prudentemente alejarse de España. En 1531 se encontraba en Roma y algo después en Nápoles donde residió el resto de su vida. Allí se rodeó de un grupo de discípulos entre los que figuraban dos damas cultas y distinguidas, Giulia Gonzaga y Vittoria Colonna, así como el capuchino Bernardino Ochino, que posteriormente huiría a Ginebra, y  Pietro Carnesecchi, quemado como hereje en Roma en 1567. Para ellos escribió breves tratados teológicos, que circularon manuscritos, algunos de los cuales, como el Alfabeto cristiano, traducidos al italiano, se publicaron tras su muerte, ocurrida en 1541. En estas obras, la aproximación a Lutero es más evidente que en el Diálogo de doctrina cristiana, por lo que Juan de Valdés fue incluido inequívocamente como protestante en la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo, al contrario que su hermano Alfonso, que aparece calificado de erasmista.

También para este círculo de seguidores escribió el Diálogo de la lengua, lleno de atinadas observaciones acerca de léxico, gramática o fonética, destinadas a poner al alcance de los italianos un castellano culto y sencillo.





[1] BATAILLON, Marcel, El erasmismo y España, México, FCE, 1983, p. 349.
[2] VALDÉS, Juan de, Diálogo de doctrina cristiana. Madrid, Editora Nacional, 1979, p. 62.

17 febrero 2014

Diálogo de las cosas ocurridas en Roma

Francisco Javier Bernad Morales

El Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, conocido también como Diálogo de Lactancio y un arcediano, es una obra escrita por Alfonso de Valdés en 1527, con motivo del saqueo de Roma y la prisión del papa Clemente VII, por las tropas del emperador Carlos V. Los hechos se habían iniciado el 5 de mayo, cuando las fuerzas imperiales, integradas por españoles, alemanes e italianos, a las órdenes del duque de Borbón, muerto en los primeros enfrentamientos, tomaron la ciudad por asalto, obligando al papa a refugiarse en el castillo de Sant’Angelo. Los soldados, a quienes se debían dos meses de paga, se lanzaron sobre las riquezas no solo de los particulares, sino también de las iglesias y los palacios de los cardenales, incluso de aquellos que se habían mantenido fieles al emperador. Durante varios días, Roma permaneció sometida a un terror anárquico en que al expolio se unieron violaciones, asesinatos y toda suerte de atrocidades. El ejército del emperador católico, al contrario que los visigodos de Alarico, no vaciló en profanar los lugares más santos.

En este contexto escribe Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas del emperador, el diálogo que nos ocupa, con el propósito de hacer recaer sobre el papa toda la responsabilidad por lo ocurrido y, a la vez, mostrar que Roma, a causa de sus vicios y pecados, se había hecho acreedora al castigo divino. Son estas las ideas que Lactancio, trasunto de Valdés, expone en Valladolid a su viejo amigo el arcediano del Viso, recién llegado desde Roma y aún horrorizado por lo vivido.

A los reproches del arcediano contra Carlos V, opone Lactancio el hecho de que ha sido Clemente VII el iniciador de las hostilidades, al urdir una alianza antiimperial, llegando incluso a eximir al rey de Francia, Francisco I, del cumplimiento de los juramentos hechos en el tratado de Madrid. Así, el papa, que debería ser un ejemplo de virtud para los cristianos, se había lanzado a la guerra para ampliar sus dominios territoriales. Preferible hubiera sido que renunciara al señorío temporal para atender mejor a los asuntos espirituales. En cuanto a las atrocidades cometidas por los imperiales, no las disculpa, pero sí recuerda que otras similares o peores habían sido perpetradas poco antes por el ejército papal en tierras de los Colonna. No se trata de responder a las críticas con el  manido recurso del “y tú más” a que nos tienen acostumbrados los políticos y los medios de comunicación actuales, sino de constatar que una vez desencadenado el conflicto bélico, la crueldad se sigue de manera irremediable, por lo que la culpa corresponde al agresor, en este caso el papa.

Toda esta primera parte del diálogo constituye un ataque radical y sistemático a la actuación de Clemente VII, pero la segunda va mucho más allá. No se trata ya de mostrar los errores cometidos por una persona concreta, sino de desvelar el estado de degradación en que ha caído la Iglesia y que la ha hecho merecedora del castigo divino. Frente a la predilección de Cristo por los pobres, insiste Lactancio, los dignatarios eclesiásticos solo persiguen acumular riquezas y darse a una vida disipada. En Roma se venden indulgencias, bulas, cargos y dispensas, convirtiendo los méritos espirituales en objeto de un lucrativo comercio. Nada escapa a la voracidad del papa y de los cardenales. Debido al dinero que producen, se fomenta la veneración de imágenes y reliquias con grave riesgo de que el pueblo incurra en idolatría. Se permite que los santos ocupen en la devoción popular el lugar de los dioses paganos, de tal modo que a muchos fieles, mejor que el nombre de cristianos correspondería el de gentiles. Numerosos sacerdotes viven amancebados, haciendo escarnio del voto de castidad. Mejor sería que se les permitiera casarse, llega a decir, ante el estupor del arcediano.

Pero la crítica aún se endurece más. En vista de que los eclesiásticos no hicieron caso de las advertencias de los profetas, de los evangelistas y de los santos, Dios suscitó a Erasmo de Rotterdam para que denunciara los males de la Iglesia, y como tampoco fue escuchado, envió a Martín Lutero. Tampoco este fue oído, así que finalmente el Señor ha permitido que Roma sea saqueada. La mención de Lutero en este contexto suscita naturalmente la protesta del arcediano, lo que da motivo a Lactancio para afirmar que fue la Iglesia al responder a sus primeras críticas con la excomunión, la que lo empujo a la herejía.

Estamos ante uno los textos capitales del erasmismo español. Una severa crítica a la Iglesia en nombre de una espiritualidad íntima y profunda, alejada de fastos exteriores y de manifestaciones excesivas; también, de un fuerte compromiso con los más necesitados y de una actitud irénica de rechazo a la guerra. Intentaremos ahora acercarnos al autor.

Nacido en Cuenca, posiblemente hacia 1490, hermano quizá gemelo del también humanista Juan de Valdés, ignoramos todo acerca de sus años de formación, excepto que la familia era de origen converso[1] y que su padre fue regidor de la ciudad. Entre 1520 y 1521, gracias a unas cartas dirigidas a Pedro Mártir de Anglería, sabemos que acompaña a la corte imperial en Bruselas, Aquisgrán y Worms. Por entonces cuenta con la protección del gran canciller Mercurino Gattinara, como él ferviente admirador de Erasmo de Rotterdam, y obtiene importantes cargos, entre ellos el de secretario de cartas latinas, que lo sitúan en el entorno inmediato de Carlos V, a cuyo lado permanecerá el resto de su vida. En 1530 asiste a la Dieta de Augsburgo, durante la cual mantiene conversaciones con Melanchthon, favorecidas por el talante conciliador de ambos. Sin embargo, a esas alturas la brecha entre luteranos y católicos era ya demasiado grande como para que pudiera salvarse mediante el sosegado intercambio de opiniones entre dos humanistas bienintencionados y comprensivos. Ambos bandos se encaminaban hacia el triunfo de sus respectivos radicales.

Alfonso de Valdés no llegó a ver la ruina del erasmismo español, pues la muerte le alcanzó en Viena en 1532. Un año más tarde, el encarcelamiento del también descendiente de conversos y admirador de Erasmo, Juan de Vergara, marcó el inicio del fin de lo que no fue sino una breve primavera.





[1] Un tío materno fue quemado en 1491, acusado de judaizar. También el padre y un hermano mayor fueron procesados más adelante por la Inquisición, aunque solo sufrieron penas menores.

09 noviembre 2012

Religión y ética en Miguel de Cervantes (y 4)

Francisco Javier Bernad Morales

Parece, a menos que aparezcan documentos hasta ahora desconocidos, imposible establecer si Cervantes llegó a leer la obra de Erasmo, siquiera fuera en parte, o si la influencia de sus ideas le llegó de manera indirecta. El erasmismo había alcanzado una gran difusión en España en las primeras décadas del siglo XVI. Así, en la biblioteca de Fernando Colón, hijo del almirante, se han catalogado doscientas obras de Erasmo[1].  Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas de Carlos V, mantenía correspondencia con el humanista holandés y era uno de sus entusiastas seguidores. En el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, justifica el saqueo de la ciudad en 1527 por las tropas del emperador. Casi al azar, entresaco una pregunta dirigida por Lactancio, el personaje que encarna las opiniones de Valdés, al arcediano escandalizado por lo ocurrido:

¿No sabéis que en toda la cristiandad no hay tierras peor gobernadas que las de la Iglesia?[2]

En resumen, puede decirse que el papa ha recibido el justo castigo por entrometerse en los asuntos temporales. Quien escribe no es un personaje marginal, sino alguien muy próximo al círculo más íntimo del emperador, un protegido del gran canciller Mercurino Gattinara.

En los años siguientes, la situación cambiaría de manera radical. El fracaso de los intentos, auspiciados por los erasmistas, de una solución pactada del conflicto luterano, condujo a una radicalización de las posturas, lo que en España tuvo una de sus primeras manifestaciones en el proceso contra Juan de Vergara, un humanista de familia conversa que había trabajado en la edición de la Biblia Políglota Complutense y a la sazón ostentaba la cátedra de Filosofía en la universidad de Alcalá de Henares. Había tratado a Erasmo en Flandes y desde España había mantenido correspondencia con él, quien a su vez había alabado sus escritos. La primera denuncia, en la que se le acusaba de luteranismo, se produjo en 1530. No parece que se le diera en principio mucha importancia, pero muy poco después se le sumó otra, según la cual, habría criticado, lo cual era cierto, la traducción de la Biblia realizada por San Jerónimo, conocida como Vulgata, toda vez que mantenía algunas divergencias con los textos hebreos. Es más, se añade que daba más importancia al estudio de la Escritura que al rezo de las horas canónicas[3]. Ante la presión inquisitorial, Vergara abjura en 1535 de los escritos tenidos como heréticos y finalmente, en 1537, recupera la libertad.

Si me he entretenido en el proceso de Juan de Vergara es porque marca un punto de inflexión en la actitud espiritual de nuestro país. Unos veinte años más tarde (1559), la Inquisición se atreve a encarcelar incluso al arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, tenido igualmente por erasmista. Es un hecho insólito que provoca un grave conflicto entre la monarquía católica y el papado. Finalmente, tras varios años de encarcelamiento, Felipe II accede a que el caso sea juzgado en Roma. Una vez allí, el papa Pío V, quien asiste a varias sesiones del juicio, decide absolverlo, pero el temor a provocar un enfrentamiento con España, cuya protección militar le era necesaria, le lleva a dilatar la resolución hasta llegar a un acuerdo. Este se alcanzará ya en tiempos de su sucesor, Gregorio XIII, quien adopta una decisión un tanto confusa en que, pese a condenar como heréticas algunas proposiciones de Carranza, ordena su liberación (1576).

En los años centrales del siglo XVI, los libros de Erasmo quedan prohibidos en España. De ahí se suele deducir que fueron inaccesibles a Cervantes, y que su influencia le llegaría de manera indirecta a través de la enseñanza oral de su maestro Juan López de Hoyos, catedrático del Estudio de la Villa de Madrid y párroco de San Andrés. No obstante, estos libros continuaron circulando de manera clandestina, por lo que no podemos descartar un conocimiento directo, máxime si tenemos en cuenta que nuestro autor vivió algunos años en Italia, donde la censura, incluso en territorio papal, era menos rígida que en España.



[1] Así lo asegura José Luis Abellán en el prólogo a VALDÉS, Alfonso de, Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, Madrid,  Editora Nacional, 1975, p. 10.
[2] VALDÉS, Alfonso de, op. cit. p. 81
[3] BATAILLON, Marcel, Erasmo y España, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 441.