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20 abril 2013

El ecumenismo

Vaticano II


Como quiera que hoy, en muchas  partes del mundo, por inspiración del Espíritu Santo, se hacen muchos esfuerzos con la oración, la palabra y la acción para llegar a aquella plenitud de unidad que Jesucristo quiere, este santo Sínodo exhorta a todos los católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, participen diligentemente en la labor ecuménica.
Por "Movimiento ecuménico" se entienden las actividades e iniciativas que, según las variadas necesidades de la Iglesia y las características de la época, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos. Tales son, en primer lugar, todos los esfuerzos para eliminar palabras, juicios y acciones que no respondan, según la justicia y la verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por lo mismo, hacen más difíciles las relaciones mutuas con ellos; en segundo lugar, en las reuniones de los cristianos de diversas Iglesias o Comunidades organizadas con espíritu religioso, el diálogo entablado entre peritos bien preparados, en el que cada uno explica con mayor profundidad la doctrina de su Comunión y presenta con claridad sus características. Porque, por medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la vida de cada Comunión; además, consiguen también las Comunidades una mayor colaboración en aquellas obligaciones que en pro del bien común exige toda conciencia cristiana, y, en cuanto es posible, se reúnen en la oración unánime. Finalmente, todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia y, como es debido, emprenden animosamente la tarea de renovación y de reforma.
Todas estas cosas, cuando son realizadas prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia católica bajo la vigilancia de los pastores, contribuyen al bien de la justicia y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del espíritu fraterno y de la unión; para que por este camino, poco a poco, superados los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos se congreguen, en la única celebración de la Eucaristía, para aquella unidad de una y única Iglesia que Cristo concedió desde el principio a su Iglesia, y que creemos que subsiste indefectible en la Iglesia católica y esperamos que crezca cada día hasta la consumación de los siglos.

Decreto "Unitatis redintegratio". Vaticano II,. BAC, 1971. p 542.

27 enero 2013

Iconoclastas e iconódulos (y III)

Francisco Javier Bernad Morales

La crisis iconoclasta había durado algo más de un siglo, pero sus consecuencias persistieron durante un tiempo mucho mayor. La definitiva victoria iconódula no bastó para atenuar los mutuos recelos entre Bizancio y el Papado. Este había optado en lo político por la alianza con los francos, con lo que se ahondó la brecha entre la iglesia occidental y la oriental y se preparó el terreno para el cisma[1]; la intervención franca en los asuntos italianos se vio además acompañada por el reconocimiento del derecho del Papa a gobernar sobre Italia Central en virtud de una supuesta donación efectuada por el emperador Constantino[2], lo que constituyó la legitimación jurídica de los Estados Pontificios. En un terreno menos directamente político, aquí nos interesa la reflexión sobre el culto dado a las imágenes, que singulariza a las iglesias Católica y Ortodoxa no solo frente a las otras religiones monoteístas, como el judaísmo y el islam, sino también ante las otras confesiones cristianas.
Ya me he referido a que los iconoclastas sostenían que las imágenes conducían al pueblo a la idolatría y a que en tiempos de Constantino V rechazaron incluso el culto a los santos. Mantenían, asimismo, la imposibilidad de representar la naturaleza divina de Cristo. Antes de entrar en la respuesta iconódula, me parece conveniente aventurar una hipótesis acerca de las causas de lo que pudiéramos denominar anomalía católica[3] en cuanto a las imágenes sagradas. Como es sabido, el cristianismo nace en el seno del judaísmo con el que comparte una prevención contra la idolatría tajantemente expresada en el Pentateuco (Torá). Sin embargo, pronto se difunde entre gentiles acostumbrados de un lado a la heroización e incluso divinización de personajes admirados por sus hazañas o simplemente por su poder, y de otro, a honrarlos con estatuas. El problema de la posición ante la cultura pagana está presente en las primeras reflexiones cristianas. Tertuliano lo resuelve con un rechazo total de aquella. De haber triunfado su intransigencia, el cristianismo se habría conservado como un cuerpo extraño dentro del Imperio, pero la realidad fue mucho más compleja, y finalmente emergió una síntesis en que la nueva religión adoptó gran parte de la herencia clásica, aunque reinterpretándola a la luz del monoteísmo. Los mártires pasan a ocupar el lugar que en la mentalidad pagana había correspondido a los héroes. Al respecto, sabemos por San Agustín que al menos en África y en la región de Milán existía en el siglo IV la costumbre de acudir con comida y vino a los sepulcros de los mártires, y que San Ambrosio la prohibió en su diócesis, debido a su semejanza con la superstición de los gentiles[4]. El hecho muestra que los cristianos mantenían numerosas prácticas procedentes del paganismo. Ante ello, la Iglesia se ve precisada a establecer una rigurosa distinción entre latría, la adoración que solo a Dios puede lícitamente darse, y dulia, la veneración por los santos. La distinción no es de grado, sino de naturaleza. Por tanto, deben rechazarse todas aquellas actitudes que se presten a confusión y sugieran que se da un culto indebido a las criaturas. En cuanto a las imágenes, en ellas no se venera la materia, sino aquello que representan. Sin embargo, aunque la distinción es clara, en el momento de desarrollo del movimiento iconoclasta, no faltaban comportamientos que indican que no todos los devotos la entendían, lo que justifica al menos en parte el rechazo a las imágenes. En el curso del enfrentamiento, los iconódulos se ven obligados a definir su posición con la mayor claridad, a fin de deslindarla de cualquier identificación con la idolatría. En este sentido, podemos decir que la crisis constituyó una llamada de atención frente a excesos que siempre han acechado a la Iglesia.
Algo similar ocurrió en el siglo XVI, cuando la Reforma protestante puso nuevamente de manifiesto como la veneración por santos, reliquias e imágenes, podía rayar en idolatría.
Incluso en nuestros tiempos, el Concilio Vaticano II ha vuelto sobre el asunto, al mantener las imágenes sagradas, pero advertir del peligro que pueden suponer si no son bien interpretadas:
Manténgase firmemente la práctica de exponer en las iglesias imágenes sagradas a la veneración de los fieles; hágase, sin embargo, con moderación en el número y guardando entre ellas el debido orden, a fin de que no causen extrañeza al pueblo cristiano ni favorezcan una devoción menos ortodoxa[5].




[1] Tras una primera ruptura en tiempos del emperador Miguel III y del patriarca Focio (857), el cisma definitivo se produjo en 1054, cuando el cardenal Humberto, enviado a Constatantinopla por el papa León IX, y el patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario se excomulgaron mutuamente.
[2] El humanista romano Lorenzo Valla demostró en 1440 que el documento en que se amparaba la supuesta donación era una falsificación elaborada en tiempos del rey franco Pipino el Breve.
[3] Los ortodoxos admiten, tras la querella iconoclasta, el culto a los iconos, pero se muestran reticentes ante las representaciones escultóricas.
[4] Confesiones VI, 2, 2
[5] Sacrosanctum Concilium (7, 125)

18 enero 2013

Ante la inmigración

Francisco Javier Bernad Morales

En épocas como la actual en que padecemos graves dificultades de orden económico, a menudo hallan eco voces que, apelando a un oscuro egoísmo identitario, denuncian al extranjero como usurpador de supuestos beneficios que, afirman, deberían reservarse a los nacionales.  El mensaje que transmiten es muy simple, pues se reduce a una apelación a la solidaridad del grupo frente a quienes por definición quedan excluidos de él: los forasteros, los extraños, aquellos que han venido de otro lugar… No aportan soluciones, pero señalan un culpable, alguien contra quien dirigir la frustración de quienes no encuentran trabajo, o simplemente de aquellos cuyas esperanzas de futuro se tornan inseguras. Frente a la tentación xenófoba, los cristianos debemos responder con la apelación a la profunda unidad del género humano, hemos, pues, de recordar que todos somos hermanos y que el inmigrante es nuestro prójimo. Así se proclama en el Levítico y se repite en el Deuteronomio

Como a uno de vuestros indígenas habéis de considerar al extranjero que con vosotros es huésped y le amarás como a ti mismo, pues extranjeros habéis sido en el país de Egipto (Levítico, 19, 3).

No abominarás del idumeo, pues es hermano tuyo. Tampoco abominarás del egipcio, porque fuiste extranjero en su país (Deuteronomio, 23, 8).

De la misma manera insiste el Concilio Vaticano II:

La justicia y la equidad exigen también que la movilidad, la cual es necesaria en una economía progresiva, se ordene de manera que se eviten la inseguridad y la estrechez de la vida del individuo y de su familia. Con respecto a los trabajadores que, procedentes de otros países o de otras regiones, cooperan en el crecimiento económico de una nación o de una provincia, se ha de evitar con sumo cuidado toda discriminación en materia de remuneración o de condiciones de trabajo. Además, la sociedad entera, en particular los poderes públicos, deben considerarlos como personas, no simplemente como meros instrumentos de producción, deben ayudarles para que traigan junto a sí a sus familias, se procuren un alojamiento decente favorecer su incorporación a la vida social del país o de la región que los acoge (Constitución Gaudium et spes, 66).

No ver en el extranjero a nuestro prójimo implica rechazar al Creador y, por tanto, a Cristo, pues quien lo hace, en lugar de amor, siembra odio.

30 diciembre 2012

La familia, escuela de valores

Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y, por tanto, hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos.  Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia, que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntregra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan. Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo. Encuentren en la familia la primera experiencia de una saludable sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, en fin, se introducen fácilmente en la sociedad civil y en el Pueblo de Dios. Consideren, pues, los padres la importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del mismo Pueblo de Dios.

Declaración “Gravissimum educationis” cap. 3: Los educadores. Vaticano II

16 diciembre 2012

La vida en la comunidad política


Así se titula el cuarto capítulo de la Constitución  pastoral Gaudium et spes, aprobada en el Concilio Vaticano II. A continuación reproducimos unos párrafos de su contenido:

Con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el deseo de participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política. En la conciencia de muchos se intensifica el afán por respetar los derechos de las minorías, sin descuidar los deberes de estas para con la comunidad política: además crece por días el respeto hacia los hombres que profesan opinión o religión distintas; al mismo tiempo se establece una mayor colaboración a fin de que todos los ciudadanos, y no solamente algunos privilegiados, puedan hacer uso efectivo de los derechos personales.

Se reprueban también todas las formas políticas, vigentes en ciertas regiones, que obstaculizan la libertad civil o religiosa, multiplican las víctimas de las pasiones y de los crímenes políticos y desvían el ejercicio de la autoridad de la prosecución del bien común, para ponerla al servicio de un grupo o de los propios gobernantes.

La mejor manera de llegar a una política auténticamente humana es fomentar el sentido interior de la justicia, de la benevolencia y del servicio al bien común y robustecer las convicciones fundamentales en lo que toca a la naturaleza verdadera de la comunidad política y al fin, recto ejercicio y límites de los poderes públicos.

(Gaudium et spes, Cap. IV, 73)

07 diciembre 2012

Caridad y testimonio cristiano


Continuamos con la presentación de documentos del Concilio Vaticano II. En esta ocasión hemos elegido un párrafo del decreto Ad gentes divinitus:

La presencia de los cristianos en los grupos humanos ha de estar animada por la caridad con que nos amó Dios, que quiere que también nosotros nos amemos mutuamente con la misma caridad. En realidad, la caridad cristiana se extiende a todos sin distinción de raza, condición social o religión; no espera lucro o agradecimiento alguno. Porque así como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándole con el mismo movimiento con que Dios lo buscó. Así, pues, como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando todos los males y enfermedades en prueba de la llegada del reino de Dios, así la Iglesia se une por medio de sus hijos a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y los afligidos, y a ellos se consagra gozosa. Participa de su gozos y de sus dolores, conoce las aspiraciones y los enigmas de la vida y sufre con ellos en las angustias de la muerte. A los que buscan la paz desea responderles con espíritu fraterno, ofreciéndoles la paz y la luz que brotan del Evangelio (II, 12).

24 noviembre 2012

La libertad religiosa

Continuamos recogiendo textos del Concilio Vaticano II, con motivo del quincuagésimo aniversario de su inauguración. En esta ocasión hemos elegido un fragmento de la declaración Dignitatis humanae, referente a la libertad religiosa:

Por razón de su dignidad, todos los hombres, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre y, por tanto, enaltecidos con una responsabilidad personal, son impulsados por su propia naturaleza a buscar la verdad, y además tienen la obligación moral de buscarla, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según las exigencias de la verdad. Pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada a su propia naturaleza si no gozan de libertad psicológica al  mismo tiempo que de inmunidad de coacción externa. Por consiguiente, el derecho a la libertad religiosa no se funda en la disposición objetiva de la persona, sino en su propia naturaleza. Por lo cual el derecho a esta inmunidad permanece también en aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y adherirse a ella; y no puede impedirse su ejercicio con tal de que se respete el justo orden público. (I, 2).

18 noviembre 2012

Día de la Iglesia Diocesana 2012

Con motivo de la celebración del día de la Iglesia diocesana, nuestro obispo, D. Joaquín María López de Andújar ha hecho pública una carta en la que nos invita a una verdadera comunicación de bienes. Por su interés, la reproducimos a continuación:

Dice el Concilio Vaticano II que la Iglesia no solo comunica al hombre la participación en la vida divina, sino que también difunde, de alguna manera, sobre el mundo entero la luz que irradia esta vida divina, principalmente sanando y elevando la dignidad de la persona humana, afianzando la cohesión de la sociedad y procurando a la actividad cotidiana del hombre un sentido más profundo al impregnarla de una significación más elevada. Así la Iglesia contribuye ampliamente a humanizar cada vez más la familia humana y toda su historia (cf. GS 40) Esta presencia humanizadora de la Iglesia la puede ver cualquier persona de buena voluntad que se asome a nuestras parroquias, a nuestros colegios y a cualquiera de nuestros grupos y organizaciones apostólicas. La Iglesia está cerca del hombre, con todas sus inquietudes y problemas. Y por eso está cerca de las familias, en las que el hombre nace y encuentra una comunidad de amor. Y siente una honda preocupación por todo lo que afecta a la educación y al desarrollo integral de la persona, sufriendo, en carne propia, todos los graves problemas generados por la crisis que padecemos. Nuestra diócesis de Getafe, en este sur de Madrid, tan complejo y tan lleno de juventud, quiere ser, como también nos pide el concilio, sacramento universal de salvación, manifestando y actualizando, al mismo tiempo, el misterio del amor de dios hacia el hombre (cf GS 45). El Día de la Iglesia diocesana ha de ayudarnos a fortalecer los lazos de comunión entre todos los que vivimos nuestra fe en esta porción del Pueblo de Dios. Todos juntos, con la riqueza y diversidad de tareas y carismas, que el Señor nos ha regalado, hemos de afrontar con una verdadera comunicación de bienes, tanto materiales como espirituales, la gran misión de manifestar a los hombres el misterio de dios, que es el fin último del hombre, porque solo Dios, a quien la Iglesia sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano.
Con mi bendición y afecto.



06 noviembre 2012

Múltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura


Continuando con el recuerdo del Concilio Vaticano II, de cuya inauguración celebramos ahora el cincuenta aniversario, proponemos la meditación sobre el parágrafo cincuenta y ocho de la Constitución Gaudium et spes:

Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena manifestación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de cultura propios de cada época.
De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles.
Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura, comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y a las diferentes culturas.
La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, como desde sus entrañas, las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad, incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.

01 noviembre 2012

21 octubre 2012

Lectura de la Escritura

Con motivo del quincuagésimo aniversario de la apertura del concilio Vaticano II, recordaremos en sucesivas entradas algunos de sus documentos.

El santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Phil 3,8), “pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (San Jerónimo). Acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones o con otros medios que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con aprobación o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia.  Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues “a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras” (San Ambrosio. De officiis ministrorum).

Constitución Dei Verbum. Concilio Vaticano II.

17 junio 2012

La actividad económico-social y el reino de Cristo


Los cristianos que toman parte activa en el movimiento económico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y caridad, convénzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profesional y la experiencia, que son absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que toda su vida, así la individual como la social, quede saturada con el espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de la pobreza.
Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a todos sus hermanos y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad.

Constitución Gaudium et spes, Cap. III, Sec. I, 72. Vaticano II