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21 septiembre 2025

Los niños de Gaza sin colegio por tercer año consecutivo

Ha comenzado el tercer año sin escuela en Gaza. Todos los edificios han sido destruidos, «y ahora ya no son lugares de educación y crecimiento». La denuncia proviene del padre Ibrahim Faltas, fraile franciscano y director de las escuelas de la Custodia de Tierra Santa.

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02 diciembre 2022

Carta del Santo Padre a los participantes en el Congreso Mundial de la Educación Católica

Lettera del Santo Padre ai partecipanti al Congresso Mondiale dell’Educazione Cattolica (Marsiglia, 1°-3 dicembre 2022), 01.12.2022

Al señor Philippe Richard
Secretario General de la
Oficina Internacional de la Educación Católica (OIEC)

Señor Secretario General:

Con gusto respondo a su solicitud de unirme al Congreso promovido por la Oficina Internacional de la Educación Católica, que se celebra en Marsella del 1 al 3 de diciembre, y en el que participan exponentes de esta parte esencial de la vida de la Iglesia, llegados de todas las partes de mundo.

Para la sociedad, la educación es ciertamente un deber ineludible, y en muchos casos un desafío acuciante. Para el cristiano es, además, una forma de participación en la función profética que Jesús dejó a su Iglesia. Por tanto, cuando nos acercamos a la educación no podemos hacerlo pensando en algo meramente humano, centrando la cuestión en programas, capacitaciones, recursos, ámbitos de recepción, ya que la vocación cristiana nos pide dar voz a una Palabra que no es nuestra, que nos supera, que nos trasciende.

Lógicamente la enseñanza de la escuela católica no se limita a cuestiones confesionales y los contenidos están abiertos a todas las ramas del saber y a cualquier persona que busque esta instrucción. Pero del mismo modo que decimos que la actividad de la escuela no puede reducirse a impartir materias, sino a formar personas en su integridad; al hablar de la escuela católica, es igualmente irrenunciable ese componente profético, que no sólo da al hombre la aptitud para adquirir unos conocimientos, sino también para conocerse a sí mismo y para reconocerse como un ser capaz de amar y ser amado.

Con ello no hablamos de proselitismo, ni mucho menos de excluir de nuestras escuelas a los que no piensan como nosotros. Lo que quiero decir es que la escuela en su conjunto se configure como una lección de vida en la que se integran distintos elementos, en íntima colaboración con otras instancias, como la familia o la sociedad. De ese modo, en lo cotidiano, en lo imperceptible, en lo vivido, la identidad de nuestras escuelas conseguirá hacerse presente y entablar un diálogo, ser una palabra que pueda, al mismo tiempo, ser interpelante para las personas de fe y tender puentes de diálogo con los no creyentes.

La gran pregunta es: ¿cómo conseguir que la escuela católica sea realmente lo que el Señor le pide? Me parece que la respuesta está en el mismo Jesús. Miremos cómo fue enviado Él y cómo envía a sus discípulos; cómo enseñaba Él y cómo les pide a ellos que enseñen. Lo primero que vemos es que su envío es a la vez un acto de amor y de obediencia. Y así, envía a sus discípulos como miembros de su cuerpo, para que, según la propia vocación, transparenten el mensaje que quiere trasmitir, allí donde Él quiere llegar. Nuestra primera característica, por tanto, nace de la comunión. Nuestras clases no son mónadas, nuestras escuelas no son compartimentos estancos. Cada uno de nosotros y de nuestras actividades está en comunión con Dios que nos envía, con la Iglesia universal y local, en un proyecto común que nos supera y nos trasciende, al servicio de la humanidad. Esta lección, aún a quien no es cristiano, le traerá la certeza de que no caminamos solos, pues vivimos en una familia, en una sociedad, somos corresponsables, trabajamos juntos para un bien común, a pesar de nuestras diferencias.

La segunda característica que podemos tratar hoy es que estamos en camino, en movimiento. Jesús camina siempre, y exhorta a sus discípulos a hacer lo mismo, incluso los manda a ir por delante suyo. Les pide que salgan al encuentro, que alcancen los confines de la tierra. De ese modo la escuela católica en sus iniciativas debe acoger las problemáticas sociales, en ámbito local y universal, debe aprender y, en ese aprendizaje, enseñar a abrir la mente a nuevas situaciones y nuevos conceptos, a caminar juntos sin excluir a nadie, a establecer puntos de encuentro y a adaptar el lenguaje para que sea capaz de captar la atención de los más alejados. Ciertamente, ustedes me dirán que esto es necesario para dar la mejor formación posible a nuestros alumnos, pero lo es también para hacer de ellos hombres y mujeres que no se conformen con acumular meros conocimientos, sino más bien para que esa doctrina les permita adquirir la sabiduría de la que hablaba san Benito, que los haga crecer y hacer crecer a los demás, allí donde el Señor los envíe.

Todo ello supone un trabajo artesano que no podemos realizar sin la ayuda de Dios y sin el apoyo de todos, por eso pedimos la fuerza del Espíritu del resucitado, dispensador de todos los dones. Que Él ilumine sus trabajos y les conceda esa ciencia que se eleva desde las realidades humanas hasta alcanzar el conocimiento sublime de Dios.

Fraternalmente,

Roma, San Juan de Letrán, 31 de agosto de 2022.

FRANCISCO

[01878-ES.01] [Texto original: Español]

Bolletino Sala Stampa della Santa Sede

23 enero 2015

Educación responsable

Hay una educación
que es gratuita

La que usted debe proporcionar a sus hijos

Enséñeles a respetar, a no destrozar,
a no mentir, a no robar,
a ser responsables, esforzados,
solidarios, a tener valores,
a no ser violentos
y a cuidar el medio ambiente.
Es muy bueno luchar
por una educación de calidad,
pero la educación comienza en el hogar.


NO DELEGUE EN  LOS PORFESORES
LO QUE USTED DEBE HACER

04 marzo 2012

Educar para la paz

Fragmento del Mensaje de Benedicto XVI para la celebración de la XLV Jornada Mundial de la Paz 1 de enero de 2012.
“La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad” (8). La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2, 14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor.
Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos.
“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”, dice Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 5,9).
La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir a contracorriente.


8.

Catecismo de la Iglesia Católica, 2004