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27 enero 2022

Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto

Hoy, 27 de enero, aniversario de la liberación de Auschwitz, conmemoramos a las víctimas del Holocausto, del intento de exterminio del pueblo judío, llevado a cabo por la Alemania nazi. Para recordarlas hemos escogido el testimonio de una superviviente: Odette Elina que nació en París en 1910 y perdió a su padre y su hermano menor, asesinados en el Holocausto. Ella misma fue deportada a Auschwitz en abril de 1944.

Esta mañana vinieron a buscar a cien mujeres a nuestro block...
Como siempre, en casos similares, no sabíamos si nos conducirían al horno, al control de piojos o a otro Lager.
Sería un día mucho más triste de lo que habíamos previsto. Debíamos conducir hasta Auschwitz cien carritos de bebé.
Los había de todo tipo. Grandes, bajos, viejos, modernos, bonitos, pobres. Pero aún guardaban la tibieza de los bebés que habían cobijado y que acababan de ser quemados.
Las almohadas conservaban la forma de sus pequeños cráneos. Aquí y allá colgaba un gorro, una manta bordada, un babero.
Para hacer aquel trayecto habían escogido a cien mujeres.
Cien mujeres que eran madres o que hubieran podido serlo,
Cien mujeres cuya razón de vida hubiera podido ser la maternidad.
Cien mujeres temblaron de horror al contacto con algo que es suave, siempre, por encima de todas las cosas.
Cien mujeres tocaron el fondo del desamparo y de la desesperación.

Elina, Odette (2008), Sin flores ni coronas. Auschwitz-Birkenau, 1944-1945, Cáceres, Periférica, p. 24.

Nosotros tenemos la obligación de mantener vivo el recuerdo de las víctimas. Se lo debemos a ellas y a su inmenso sufrimiento; pero también a nosotros mismos, a nuestros hijos y nietos, para que jamás aquello pueda repetirse.

Oremos porque nunca más el odio, el racismo y la xenofobia nos impiden reconocer el rostro de nuestro prójimo.


15 agosto 2020

San Maximiliano Kolbe

El 14 de agosto de 1941 falleció en el campo de exterminio de Auschwitz el padre franciscano Maximiliano Kolbe. A finales de julio de aquel año, un prisionero consiguió fugarse, por lo que en cumplimiento de las normas establecidas por el coronel Karl Fritzsch, diez de los internos, elegidos al azar, debían morir de hambre. Kolbe se ofreció voluntariamente para ocupar el lugar de uno de los seleccionados, padre de familia. Tras catorce días en una celda sin agua ni alimentos, después de que sus compañeros hubieran muerto, los nazis lo remataron con una inyección de fenol. Fue canonizado del 10 de octubre de 1982.

San Maximiliano Kolbe: mártir de la generosidad


06 marzo 2013

La fe ante el Holocausto

Jean Améry (1912-1978), cuyo verdadero nombre era Hans Maier, nació en Austria de padre judío y madre católica. Tras el Anschluss (anexión de Austria por la Alemania nazi), escapó a Bélgica, donde fue arrestado después de la capitulación. Consiguió fugarse, pero en julio de 1943 la Gestapo lo detuvo de nuevo y, tras terribles torturas, lo identificó como judío, por lo que lo envió a Auschwitz.

Es autor de algunos de los más estremecedores testimonios sobre el Holocausto. Hoy recogemos un texto en que, desde su condición de agnóstico, reflexiona sobre la fe:

Nosotros, intelectuales escépticos y humanistas, éramos objeto de desprecio por parte de ambos, cristianos y marxista. Los primeros nos despreciaban con indulgencia, los segundos con impaciencia y desabrimiento. Había momentos en el campo, en que me preguntaba si el desprecio no estaba justificado. No es que en mi caso hubiera deseado o tan solo reputado posible la fe religiosa o política. No quería saber nada de una gracia de la fe, que para mí no era tal, ni de una ideología, cuyos errores y sofismas creía haber desvelado. No quería ingresar en sus grupos de correligionarios, pero habría deseado ser como ellos, imperturbables, serenos y recios. Lo que a la sazón creí comprender, todavía hoy me parece una certeza: la persona creyente en un sentido amplio, ya nutra su fe en fuentes metafísicas o inmanentistas, es capaz de superarse a sí misma. No es reo de su propia individualidad, sino que participa de un continuo espiritual, que jamás se interrumpe, ni siquiera en Auschwitz. Es al mismo tiempo más extraño y más cercano a la realidad que el descreído. Más extraño puesto que su actitud fundamental de corte finalista lo lleva a hacer caso omiso de los contenidos de realidad existentes y a fijar su atención sobre un futuro más o menos próximo; más cercano, sin embargo, porque justo por esa razón no se deja dominar por las circunstancias envolventes y así puede influir sobre ellas más eficazmente. Para el hombre desarraigado de la fe, la realidad es, en el peor de los casos, una fuerza violenta ante la que se doblega, en el mejor de los casos, un material para el análisis. Para el creyente es arcilla que modela, misión que profesa.

AMÉRY, Jean, Más allá de la culpa y la expiación, Valencia, Pre-Textos, 2004, p. 70-71

01 marzo 2013

Qué hermoso podría ser el mundo

Francisco Javier Bernad Morales

Viktor Frankl (1905-1997) fue un destacado psiquiatra de origen judío. En el momento de la anexión de Austria por la Alemania nazi ya había alcanzado el suficiente relieve como para que los Estados Unidos se ofrecieran a acogerle. Las dudas, sin embargo, le atenazaban. Si emigraba salvaría la vida, pero sus padres quedarían abandonados a su suerte. Recorría las calles en busca de una respuesta que no encontraba. En una ocasión, atraído por la música que sonaba en el interior, entró en la catedral y permaneció allí largo rato. Se sintió invadido por una sensación de paz que durante mucho tiempo no había experimentado, pero eso no resolvió su problema. Al regresar a casa, vio sobre la chimenea un fragmento de cornisa con una inscripción en hebreo.

-Han quemado la sinagoga. Esto es lo único que se ha salvado- le explicó su padre.

-¿Qué dice?- preguntó Viktor, que no conocía el idioma.

-Honrarás a tu padre y a tu madre.

En ese momento decidió que debía permanecer en Viena. No pudo, sin embargo, evitar que sus padres fueran asesinados en las cámaras de gas, pero al menos los acompañó mientras le fue posible. Él mismo pudo morir en Auschwitz. Más adelante recogió su experiencia en un pequeño libro. De él he tomado unas líneas:

Una tarde, ya de regreso en los barracones, derrengados sobre el suelo, muertos de cansancio, con el cuenco de sopa entre las manos, entró de repente uno de los internos para urgirnos a salir al patio y contemplar una maravillosa puesta de sol. Allí, de pie, vimos hacia el oeste unos nubarrones y el cielo entero plagado de nubes que continuamente variaban de forma y de color, desde el azul acero al rojo bermellón. Esa luminosidad menguante contrastaba de forma hiriente con el gris desolador de los barracones, especialmente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor de aquel cielo tan bello. Luego, tras unos minutos de silencio y emoción, un prisionero le dijo a otro: “¡Qué hermoso podría ser el mundo…!.” 

FRANKL, Viktor, El hombre en busca de sentido, Barcelona, Herder, 2004, p. 67-68.

17 septiembre 2012

El asombro ante la Creación

Francisco Javier Bernad Morales

Imre Kertész en un discurso pronunciado en 1995, recogido junto a otros en un volumen de título deliberadamente brutal (Un instante de silencio en el paredón, Barcelona, Herder, 2002), señalaba con melancolía, como en el siglo XX la humanidad entró en nueva época y que los tiempos antiguos, al igual que la juventud, jamás retornarán. El escritor, superviviente de Auschwitz, lamentaba la pérdida de una actitud humana a la que se refería como de “asombro ante la Creación”, un pasmo ante la existencia del mundo, cuya desaparición habría arrastrado consigo la del respeto, la devoción, la alegría y el amor por la vida. No faltará quien arguya, quizá con razón, que se trata de una visión extremadamente pesimista, derivada quizá de una vivencia personal y, por tanto, carente de objetividad. Incluso podría aducir en contra de Kertész, el testimonio de otro superviviente, el psiquiatra Viktor Frankl, quien cuenta como en una ocasión, tanto él como sus compañeros de barracón se sintieron embargados por la hermosura de una puesta de sol (El hombre en busca de sentido, Barcelona, Herder, 2004). En las terribles condiciones del Lager, unos internos a quienes se había relegado a la categoría de subhumanos y cuya vida, mantenida en los límites de la estricta subsistencia, podía finalizar a la menor muestra de flaqueza en una cámara de gas, mantenían la capacidad de apreciar la belleza y deleitarse en su contemplación. Si miramos un poco hacia atrás, podremos recordar que Frankl, aún tras la anexión de Austria por la Alemania nazi, tuvo la oportunidad de escapar del horror. Disponía de un visado para viajar a los Estados Unidos, pero, tras angustiosas dudas, decidió no utilizarlo, ya que no podía llevar consigo a sus padres. No era un iluso. Sabía que no los salvaría y que él mismo, con toda probabilidad, correría su misma suerte. Pese a todo, escogió permanecer a su lado el mayor tiempo posible. El Decálogo dice: “Honrarás a tu padre y a tu madre.”
¿Es posible que ya no nos estremezca una noche estrellada o que hayamos dejado de maravillarnos ante la capacidad humana para inventar recursos? Sin duda no es así. Se trata, al igual que la compasión ante el sufrimiento, de emociones profundamente arraigadas en el fondo de nuestra alma. Y sin embargo, Kertész tiene razón y Frankl no solo no le contradice, sino que confirma su aserto. Hemos asistido en nuestro tiempo a una radical desvalorización de la vida. Desde que el Estado se atribuyó la potestad de decidir quiénes tienen derecho a la existencia y utilizó las modernas técnicas de organización y de producción industrial para fabricar cadáveres, ya nada ha vuelto a ser como antes. La derrota del nazismo y el posterior hundimiento del comunismo no han conducido a un rearme moral de la sociedad. Antes al contrario, se ha extendido un sentimiento de desánimo, de apatía. Se diría que el horror es tan fuerte que no podemos soportarlo y que, en consecuencia, solo aspiramos a ignorar el sufrimiento que acecha a nuestras vidas. Se ha adueñado así de las conciencias un suave y adormecedor hedonismo, que nos impide plantar cara a las realidades de la existencia. Antes los enfermos morían en casa rodeados de familiares y amigos. Ahora, por lo general, lo hacen en la fría sala de un hospital, conectados a complejos aparatos y con el conocimiento perdido. No se me entienda mal. No estoy contra la medicina moderna, pero hay algo que se nos ha hurtado en el cambio, algo que las generaciones anteriores tenían siempre presente: el momento de la muerte. Puede parecer paradójico, pero solo quien siente su cercanía tiene plena conciencia del valor de la vida. Solo cuando somos conscientes de la fragilidad de la existencia, de lo harto improbable que resulta el hecho de que nos encontremos en este momento en el mundo, somos capaces de percibir la grandeza de la Creación y de admirarnos ante ella. Del reconocimiento de nuestra miseria surge el impulso que nos lleva a formular las grandes preguntas metafísicas y éticas; pues solo quien teme perder la vida y, no obstante sabe que esta solo es auténtica cuando se une indisolublemente a la dignidad y, por tanto, está dispuesto a sacrificarla, la valora verdaderamente. Juan Pablo II, al exhibir públicamente su dolor y su decadencia física, causó a no pocos un no siempre disimulado desagrado, y no faltaron voces, a menudo ajenas a la Iglesia Católica, que, so capa de una falsa piedad, le exhortaban a la abdicación. Les hubiera gustado que el anciano ocultara sus padecimientos en el reducido espacio privado, pues su presencia venía a recordar todo lo que inútilmente nos esforzamos en olvidar, y nos obligaba a mirar de frente a nuestro destino. En esta época de imágenes, el Pontífice osaba encarnar la del sufrimiento humano, y elegía convertirse en heroico testigo de Jesús crucificado. Como Viktor Frankl y sus compañeros de barracón que, hambrientos y extenuados, aún tenían fuerzas para admirar la hermosura del crepúsculo, Juan Pablo II nos mostraba en su fragilidad la grandeza del Creador.