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01 marzo 2015

El primer hereje (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Aunque ya he tratado sobre Marción (ca 100 d.C.- ca 165) en este blog, me ocupo nuevamente de él tras la lectura del excelente estudio que le dedica el teólogo alemán Sebastian Moll[1]. Combate este, de manera muy documentada, la tradicional interpretación de Adolf von Harnack, según la cual, el famoso hereje vendría a ser un precursor de la Reforma. A juicio de Moll, lo que hace Harnack no es otra cosa que proyectar hacia el pasado su propio rechazo de las raíces judías del cristianismo y, para conseguirlo, pasa por alto importantes aspectos de la doctrina marcionita.

Marción, puntualiza Moll, no rechaza el Tanaj, nuestro Antiguo Testamento, sino que lo erige en la piedra de toque con la que esclarecer lo que hay de auténtico en el Nuevo. Marción hace una lectura literal de aquel y lo acepta como verdadero. Es la revelación del Dios malvado que ha creado el mundo. No cabe, por tanto, pensar que en Cristo, el Mesías enviado por el Dios bueno, se cumplan sus profecías. Al contrario, para hallar el genuino mensaje cristiano, se hace preciso expurgar el Evangelio de todos los añadidos judaizantes introducidos por Pedro, Juan y Santiago. Para ello hay que examinarlo en relación con el Antiguo Testamento y rechazar todo aquello en que concuerde. Elabora con este método un canon extremadamente reducido compuesto por el Evangelio de Lucas y determinadas epístolas de Pablo: Gálatas, Primera y Segunda a los corintios, Romanos, Primera y Segunda a los tesalonicenses, Efesios, Colosenses, Filipenses y Filemón. Pero ni siquiera admite estos textos en su integridad, ya que suprime en ellos todo lo que le suena a interpolación judía. Así, por poner algunos ejemplos, los dos últimos capítulos de Romanos o, en el Evangelio de Lucas, todo lo concerniente al nacimiento e infancia de Cristo, al Bautista, la genealogía de Cristo, sus tentaciones, algunos episodios de la predicación en Galilea, las referencias al Dios Creador y al juicio y, en fin, muchas otras cuya enumeración sobrecargaría en extremo este artículo.

Indica Moll que Marción detesta de modo radical la Creación y odia ferozmente a su autor. En consecuencia, predica la abstención de todo lo mundano, pero no al modo de los ascetas, en tanto que procedimiento de purificación, sino como expresión de resentimiento y como modo de lucha contra el Creador. Es significativo que en su interpretación del milagro de la hemorroísa, no achaque la curación a la compasión de Jesús por la enferma, sino a su deseo de quebrantar la ley que prohíbe el contacto con una mujer impura. Llegamos así a la paradoja de que quien denuncia la inhumanidad de la ley de Moisés, en su opinión fruto de una mente malvada que impone a los humanos preceptos imposibles de cumplir, exija a sus seguidores que se abstengan absolutamente de las relaciones sexuales, para así desobedecer el mandato de “Creced y multiplicaos”. Asimismo, la amplia presencia de los sacrificios animales en el Antiguo Testamento, le llevará, en otro acto consciente de rebeldía, a una total prohibición de la carne.



[1] MOLL, Sebatian, Marción, el primer hereje, Salamanca, Sígueme, 2014. Primera edición en alemán Tübingen 2010.

30 junio 2014

Meditación sobre la confesión de Pedro

Benedicto XVI

Estos textos dicen claramente que la integridad de la fe cristiana se da en la confesión de san Pedro, iluminada por la enseñanza de Jesús sobre su "camino" hacia la gloria, es decir, sobre su modo absolutamente singular de ser el Mesías y el Hijo de Dios. Un "camino" estrecho, un "modo" escandaloso para los discípulos de todos los tiempos, que inevitablemente se inclinan a pensar según los hombres y no según Dios (cf. Mt 16, 23). También hoy, como en tiempos de Jesús, no basta poseer la correcta confesión de fe:  es necesario aprender siempre de nuevo del Señor el modo propio como él es el Salvador y el camino por el que debemos seguirlo.
En efecto, debemos reconocer que, también para el creyente, la cruz es siempre difícil de aceptar. El instinto impulsa a evitarla, y el tentador induce a pensar que es más sabio tratar de salvarse a sí mismos, más bien que perder la propia vida por fidelidad al amor, por fidelidad al Hijo de Dios que se hizo hombre.
¿Qué era difícil de aceptar para la gente a la que Jesús hablaba? ¿Qué sigue siéndolo también para mucha gente hoy en día? Es difícil de aceptar el hecho de que pretende ser no sólo uno de los profetas, sino el Hijo de Dios, y reivindica la autoridad misma de Dios. Escuchándolo predicar, viéndolo sanar a los enfermos, evangelizar a los pequeños y a los pobres, y reconciliar a los pecadores, los discípulos llegaron poco a poco a comprender que era el Mesías en el sentido más alto del término, es decir, no sólo un hombre enviado por Dios, sino Dios mismo hecho hombre.

Claramente, todo esto era más grande que ellos, superaba su capacidad de comprender. Podían expresar su fe con los títulos de la tradición judía: "Cristo", "Hijo de Dios", "Señor". Pero para aceptar verdaderamente la realidad, en cierto modo debían redescubrir esos títulos en su verdad más profunda: Jesús mismo con su vida nos reveló su sentido pleno, siempre sorprendente, incluso paradójico con respecto a las concepciones corrientes. Y la fe de los discípulos debió adecuarse progresivamente. Esta fe se nos presenta como una peregrinación que tiene su origen en la experiencia del Jesús histórico y encuentra su fundamento en el misterio pascual, pero después debe seguir avanzando gracias a la acción del Espíritu Santo. Esta ha sido también la fe de la Iglesia a lo largo de la historia; y esta es también nuestra fe, la fe de los cristianos de hoy. Sólidamente fundada en la "roca" de Pedro, es una peregrinación hacia la plenitud de  la  verdad  que el pescador de Galilea profesó con convicción apasionada:  "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16).

Fragmento de la Homilía de Benedicto XVI en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, 29 de junio de 2007.

23 septiembre 2013

En Pedro permanece lo que Cristo instituyó

San León Magno, papa

También nosotros recibimos alivio en nuestro ministerio apostólico de su especial y constante protección, y nunca nos vemos desprovistos de su ayuda. Es tal, en efecto, la solidez de los cimientos sobre los que se levanta el edificio de la Iglesia que, por muy grande que sea la mole del edificio que sostienen, no se resquebrajan.
La firmeza de aquella fe del príncipe de los apóstoles, que mereció ser alabada por el Señor, es eterna. Y así como persiste lo que Pedro afirmó de Cristo, así permanece también lo que Cristo edificó sobre Pedro. Permanece, pues, lo que la Verdad dispuso, y el bienaventurado Pedro, firme en aquella solidez de piedra que le fue otorgada, no ha abandonado el timón de la Iglesia que el Señor le encomendara.
Pedro ha sido colocado por encima de todo, de tal forma que en los mismos nombres que tiene podemos conocer hasta qué punto estaba unido a Cristo: él, en efecto, es llamado: piedra, fundamento, portero del reino de los cielos, árbitro de lo que hay que atar y desatar; por ello, hay que acatar en los cielos el fallo de las sentencias que él da en la tierra.
Pedro sigue ahora cumpliendo con mayor plenitud y eficacia la misión que le fue encomendada, y, glorificado en Cristo y con Cristo, continúa ejerciendo los servicios que le fueron confiados.
Si, pues, hacemos algo rectamente y lo ejecutamos con prudencia, si algo alcanzamos de la misericordia divina con nuestra oración cotidiana, es en virtud y por los méritos de aquel cuyo poder pervive en esta sede cuya autoridad brilla en la misma.
Todo ello es fruto, amados hermanos, de aquella confesión que, inspirada por el Padre en el corazón de Pedro, supera todas las incertidumbres de las opiniones humanas y alcanza la firmeza de la roca que no será nunca cuarteada por ninguna violencia.
En toda la Iglesia, Pedro confiesa diariamente: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, y toda lengua que confiesa al Señor está guiada por el magisterio de esta confesión.

19 abril 2013

El Buen Pastor

San Agustín

Sobre el Evangelio de San Juan (c.10) donde se habla del pastor, del mercenario y el robador

“Vuestra fe no ignora, carísimos, y sabemos lo habéis aprendido del Maestro, que desde el cielo nos adiestra, y en quien habéis colocado vosotros la esperanza, cómo nuestro Señor Jesucristo, que ya padeció por nosotros y resucitó, es Cabeza de la Iglesia, y la Iglesia Cuerpo suyo; y que la salud de este Cuerpo es la unión de sus miembros y la trabazón de la caridad. Si se resfría la caridad, sobreviene, aun perteneciendo uno al Cuerpo de Cristo, la enfermedad. Cierto es, sin embargo, que aquel que ha exaltado a nuestra Cabeza puede sanar a sus miembros, siempre a condición de no llevar la impiedad a términos de haber de amputarlos, sino de permanecer adheridos al Cuerpo hasta lograr la salud. Porque, mientras permanece un miembro cualquiera en la unidad orgánica, queda esperanza de salvarle; una vez amputado, no hay remedio que lo sane. Siendo El, pues, Cabeza de la Iglesia, y siendo la Iglesia su Cuerpo, el Cristo total es el conjunto de la Cabeza y el Cuerpo. El ya resucitó; por tanto, ya tenemos la Cabeza en el cielo, donde aboga por nosotros. Esa nuestra Cabeza, sin pecado y sin muerte, está ya propiciando a Dios por nuestros pecados, para que también nosotros, resucitados al fin y transformados, sigamos a la Cabeza a la gloria celeste. Adónde va, en efecto, la cabeza, van también los otros miembros. Siendo pues miembros suyos no perdamos mientras aquí estamos, la esperanza de seguir a nuestra Cabeza.
Ponderad, hermanos, a dónde llega el amor de nuestra Cabeza. Aunque ya en el cielo, sigue padeciendo aquí mientras padece la Iglesia. Aquí tiene Cristo hambre, aquí tiene sed, y está desnudo, y carece de hogar, y está enfermo y encarcelado. Cuanto padece su Cuerpo, El mismo ha dicho que lo padece El; y, al fin, apartando ese su Cuerpo a la derecha y poniendo a la izquierda a los que ahora le pisan, dirales a los de derecha mano: Venid, benditos de mi Padre, a recibir el reino que os está apercibido desde el principio del mundo. Y esto, ¿por qué? Porque tuve hambre, y me disteis de comer; y continúa por ahí, cual si Él en persona hubiera recibido la merced. Y en tal extremo es ello así, que, no entendiéndolo, han los de la derecha de responderle diciendo: ¿Cuándo Señor, te vimos con hambre, sin hogar o encarcelado? Él les dirá: Lo que hicisteis con uno de mis pequeñuelos, a mí lo hicisteis. A este modo, en nuestro cuerpo está la cabeza encima, los pies en la tierra; sin embargo, cuando en algún apiñamiento y apretura de la gente alguien te da un pisotón, ¿no dice la cabeza: 'Estás pisándome? Nadie te ha pisado ni la cabeza ni lengua; están arriba, y a buen recaudo; nada malo les ha sucedido; mas, porque de la cabeza a los pies reina la unidad, fruto de la trabazón que produce la caridad, la lengua no se desentiende del interés común, Antes bien, dice: 'Estás pisándome.” A esta manera dijo Cristo, la Cabeza a quien nadie pisa: Tuve hambre, y disteisme de comer. ¿Cómo terminó? Entonces aquéllos irán al fuego eterno, y los justos a la vida eterna.
En las palabras recién oídas presentasenos el Señor, a la vez, como  pastor y puerta. Ambas cosas las tiene allí: Yo soy la puerta y Yo soy el pastor. Es puerta en relación a la Cabeza visible de la Iglesia; es pastor en relación al Cuerpo, a la Iglesia misma. En efecto, a Pedro, único sobre quien organiza la Iglesia, le dice: Pedro, ¿me amas? El respondió: 'Señor, te amo.' Apacienta mis ovejas. Y habiéndole dicho por tres veces: Pedro, ¿me amas?, entristecióse Pedro a la tercera interrogación, como si quien había visto la intimidad del negador no viese también ahora la fe del confesor. Habíale conocido siempre; habíale conocido aun al tiempo en que Pedro se desconocía a sí mismo. No se conocía éste cuando dijo: A tu lado estaré hasta morir. ¡Qué poco sabía él lo grave de su enfermedad! No de otro modo ignoran frecuentemente los enfermos qué les pasa, y sábelo el médico; no lo sabe quien lo tiene, y sábelo quien no lo tiene. .A la sazón, el enfermo era Pedro, y médico el Señor. Aquél decía tener fuerzas, cuando, en realidad, no las tenía; mas el Señor, tomándole el pulso, decía que había de negarle tres veces. Y sucedió a la letra como el Doctor se lo había pronosticado, no como adelantó, jactancioso, el enfermo. Si, pues, le pregunta el Salvador después de la resurrección, no es porque ignorase la gran sinceridad del afecto que Pedro tenía por El, sino para que una triple confesión de amor borrase la triple negación del temor. Qué se le exige a Pedro. Luego demandar el Señor a Pedro si le ama.: Pedro, ¿me amas?, es como decirle: ¿Qué me darás, qué harás por mí en prueba de tu amor?' ¿Qué había Pedro de hacer en provecho del Señor ya resucitado y a punto de subir a los cielos para sentarse a la diestra del Padre? Era, pues, como decirle: 'Lo que me darás, lo que harás por mí, si me amas, es apacentar mis ovejas; es entrar por la puerta y no encaramarte por otro lado.' Oísteis cuando se leía el Evangelio: Quien entra por la puerta, ése es el pastor; mas el que sube por otra parte, es ladrón y salteador, y su intención desunirlas, desperdigarlas y llevárselas. ¿Quién entra por: la puerta? Quien entra por Cristo. Y ¿quién es éste? Quien imita la pasión de Cristo, quien conoce la humildad de Cristo; y, pues Dios se hizo por nosotros hombre, bien claro está que no es Dios el hombre, sino hombre. Quien, en efecto, quiere dárselas de Dios no siendo más que hombre, no imita ciertamente al que, siendo Dios, se hizo hombre. A ti no se te dice: 'Sé algo menos de lo que eres', sino: 'Conoce lo que eres.' Conócete enfermo, conócete hombre, conócete pecador, conoce ser Dios quien justifica, conócete manchado. Pon al raso en la confesión la mancha de tu corazón, y pertenecerás al rebaño de Cristo; la confesión de los pecados suscitará en el Médico ganas de sanarte. El enfermo que dice: 'Yo no tengo nada', no se preocupa del médico. ¿No habían subido al templo el fariseo y el publicano? El primero se ufanaba de tener salud, el segundo mostrábale al Médico las llagas; el primero decía: Dios, yo te doy gracias porque no soy como el publicano este. Tomaba pie del vecino para remontarse; por donde, a estar sano el publicano, le hubiera el fariseo mirado de reojo, porque no habría tenido sobre quién empinarse. Mas ¿cómo llegó al templo aquel rostrituerto? Desde luego, no estaba sano; mas, como se decía sano, no bajó curado. Al revés, el otro, la vista en el suelo, sin atreverse a levantarla al cielo, hería sus pechos diciendo: ¡Oh Dios!, sé propicio conmigo, pecador que yo soy. Y ¿qué dijo el Señor? Digoos de verdad que bajó éste justificado del templo, y no el fariseo. Porque todo el que se ensalza será humillado, y quien se humilla será ensalzado. Luego los que se empinan quieren subir al aprisco por otro lado que por la puerta; por la puerta entran en el redil los que se humillan. De ahí que éste entra y el otro sube. Subir, como veis, es buscar las alturas, quien sube no entra, sino que cae; mas quien se agacha para entrar por la puerta, ése no cae, sino que es pastor.
Habla el Señor en el evangelio este de tres suertes de personas, que debemos estudiar: el pastor, el mercenario y el ladrón; y entiendo que, al sernos leído, advertisteis las características con que designó al pastor, las del mercenario y las propias del ladrón. Del pastor dijo que daba la vida por sus ovejas y entraba por la puerta; del salteador o ladrón, que subían por otra parte; del mercenario afirmó que, en viendo que ve al lobo o al ladrón, huye, porque no tiene amor a las ovejas: es mercenario, no pastor verdadero. Entra éste por la puerta, por ser pastor; el ladrón sube por otra parte, por ser ladrón; el mercenario, viendo a los que tratan de llevarse las ovejas, teme y escapa, por ser mercenario, porque le tienen sin cuidado las ovejas: al fin es mercenario. Si diésemos con estas tres personas, habría vuestra santidad hallado a quiénes ha de amar, a quiénes tolerar y a quiénes esquivar. Ha de ser amado el pastor, tolerado el mercenario, esquivado el ladrón. Hay en la Iglesia hombres que, según decir del Apóstol, anuncian el Evangelio ex occasione,  buscando de los hombres su propia medra, ya en dinero, ya en honores, ya en alabanzas humanas. Buscando a toda costa sus personales ventajas, no miran, al predicar, tanto a la salud de aquellos a quienes predican como a sus particulares emolumentos. Mas quien oye la salud a quien no tiene salud, si creyere en aquel a quien ese tal anuncia, sin poner la esperanza en aquel por quien la salud le es anunciada, quien anuncia, saldrá perdiendo; aquel a quien se anuncia, saldrá ganando.

Sermón 137 (San Agustín, Obras X, B.A.C (2ª Ed.) Madrid: 1965, pp. 649-655)

25 noviembre 2012

Simón el Mago

Francisco Javier Bernad Morales

Este personaje aparece mencionado brevemente en los Hechos de los Apóstoles (8, 9-24). Se trata de un samaritano bautizado por Felipe, que pretendió comprar a Pedro y Juan  el poder de imponer el Espíritu Santo. Pedro, indignado le contestó:

¡Que tu dinero  se vaya contigo a la perdición, porque creíste comprar con dinero el don de Dios! (Hch. 8, 9-20).

A partir de su nombre se acuñó la palabra simonía, con la que se significa la venta de los cargos eclesiásticos, pero no es este el aspecto que ahora quiero señalar. Simón, nos dice el texto, practicaba la magia en la ciudad de Samaria, cuyos habitantes estaban deslumbrados por sus portentos. No faltan en la literatura judía curaciones milagrosas, como las atribuidas a Rabí Janina ben Dosa, quien habría sanado al hijo de Rabán Gamaliel y al de Rabí Yohanán ben Zakkai[1]. No obstante, la referencia a la magia nos pone sobre aviso de que la acción de Simón era muy diferente de la de Janina, pues este se limitaba a orar por los enfermos. Más bien parece aproximarse a la de filósofos taumaturgos del mundo griego, como Apolonio de Tiana. Es en un contexto fuertemente helenizado donde mejor se entiende el comportamiento de Simón. Recordemos que existía una tradición religiosa y filosófica, presente tanto en los misterios de Eleusis, como en el pitagorismo y el platonismo, según la cual determinados conocimientos, los denominados esotéricos, se transmitían oralmente solo a un círculo restringido de iniciados, que quedaban obligados por juramento a no difundirlos. Simón, tras el bautismo, se hace inseparable de Felipe, asombrado al ver las señales y prodigios que realiza (Hch. 8,13). Muy probablemente, de este modo, intenta introducirse en la intimidad del Apóstol para ganar su confianza y acceder así a lo que imagina enseñanzas secretas ocultas al común de los fieles. Obviamente, si esas eran sus expectativas, hubo de sentirse defraudado. En ese caso, la llegada de Pedro y de Juan pudo reavivar sus esperanzas. De ahí que les ofreciera dinero como si se tratara de vulgares sofistas. Simón no entiende que el mensaje de Jesús de Nazaret se dirige íntegramente a todos los seres humanos, sin hacer distinción entre ellos, y que no contiene, por tanto, arcanos que otorguen a quien los posee el dominio sobre la naturaleza. No son los Apóstoles quienes realizan milagros, sino que es el Señor quien se manifiesta por su intermedio.  La respuesta airada de Pedro, que no excluye la posibilidad de perdón, se explica no solo por el hecho de que Simón le ofreciera dinero, sino porque al hacerlo mostraba  que, pese al bautismo, su espíritu permanecía ajeno al Evangelio:

No tienes tú porción ni parte en este punto, pues tu corazón no es recto ante Dios. Así que, arrepiéntete de esa malicia tuya y pídele a Dios a ver si acaso se te perdona esa quimera de tu corazón, pues veo que estás envenenado con hiel y maniatado por la iniquidad (Hch. 8, 22,23)



[1] La curación del hijo de Gamaliel se recoge tanto en el Talmud de Babilonia como en el de Jerusalén, en tanto que la del hijo de Zakkai solo aparece en el de Babilonia. En ambos casos, Rabí Janina los sana a distancia al rezar por ellos. (Tratado de Berajot, V. Utilizo la edición del Talmud de Babilonia de Alef-Jojmá, Edaf, Madrid, 2004).

21 abril 2012

El incidente de Antioquía

Francisco Javier Bernad Morales

El capítulo 15 del libro de los Hechos de los Apóstoles concluye con un extraño enfrentamiento en la ciudad de Antioquía entre Pablo y Bernabé, que los lleva a romper  la estrecha colaboración mantenida anteriormente y a emprender distintos  caminos en la predicación del Evangelio. El motivo, tal como aparece explicitado en el texto, se antoja nimio: Bernabé propone que les acompañe Marcos en un segundo viaje misionero, a lo que Pablo se niega acaloradamente. Tras la discusión, Bernabé, junto a Marcos, navega hasta Chipre; en tanto que Pablo y Silas se dirigen a Cilicia (15, 36-41).
La desavenencia resulta aún más sorprendente, por cuanto en el mismo capítulo hemos visto a Pablo y Bernabé en el llamado concilio de Jerusalén, defender una misma posición sobre las condiciones en que los gentiles pueden ser admitidos en la comunidad. Frente a unos adversarios a los que se identifica genéricamente como procedentes de la secta de los fariseos, y que exigen la circuncisión y la observancia de la Torá a los incorporados por Pablo y Bernabé, algo a lo que estos se oponían[1]; se alzan las voces de Pedro y de Santiago, el hermano del Señor[2], quienes consiguen que se acepte a los prosélitos procedentes de la gentilidad imponiéndoles ciertas condiciones: “abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de carne de animales estrangulados y de la fornicación” (15, 29). Parece una versión de los preceptos noájidas, que, según los judíos, deben respetar  los gentiles para alcanzar la salvación y que muy probablemente seguían ya los denominados “temerosos de Dios” o “conversos de puerta”; esto es, los griegos que, atraídos por la superioridad ética y religiosa del judaísmo, frecuentaban las sinagogas, pero no daban el paso de la conversión. Puede objetarse que no se incluyen las prohibiciones de la blasfemia, del asesinato y del robo, a lo que se puede responder que era innecesario mencionarlas explícitamente ante los bautizados ya que se daban por supuestas. Tampoco se habla del establecimiento de tribunales de justicia, puesto que estos ya existían y todos estaban sometidos a ellos.
Queda la sensación de que Hechos presenta una visión idealizada de lo ocurrido. Además, Pablo en la Epístola a los Gálatas lo relata con mayor crudeza.  Tras afirmar que en Jerusalén se le había confiado la evangelización de los incircuncisos, de la misma manera que a Pedro la de los circuncidados, cuenta que algo después, hallándose este en Antioquía, compartía mesa con los gentiles, pero que comenzó a evitarlos tras la llegada de unos emisarios de Santiago, el hermano del Señor, arrastrando a Bernabé a un comportamiento que Pablo califica de hipócrita (Gá, 2, 11-20).
Sin duda Pablo ofrece una versión más convincente de la ruptura con Bernabé, lo que no despeja otros interrogantes.  Se diría, en primer lugar, que el acuerdo de Jerusalén fue interpretado de diferentes maneras por sus protagonistas; pero además parece que la presencia de los enviados de Santiago en Antioquía y el cambio de comportamiento que provoca en Pedro y Bernabé no es congruente con la actitud conciliadora que a aquel se le atribuye en Hechos (15, 16-21).


[1]Sin embargo, poco después Pablo circuncida a Timoteo en Listra (16, 3). Muy probablemente la razón de este hecho radique en que la madre de Timoteo era judía, por lo que este, aunque su padre fuera griego, no era en realidad gentil.
[2] No se trata de Santiago el de Zebedeo ni de Santiago el de Alfeo, sino de un tercer personaje que actuaba como dirigente de la comunidad de Jerusalén. Flavio Josefo narra su martirio en Antigüedades judías (20, 9, 1).

18 marzo 2012

Dos amores crearon dos ciudades


Francisco Javier Bernad Morales

Bajo este lema se han desarrollado durante los pasados días 10 y 11 de marzo, en el colegio San Agustín de Madrid, las XV Jornadas Agustinianas. En ellas hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre La ciudad de Dios, de la mano de eminentes profesores de Teología de la Universidad de Salamanca, el Centro Teológico San Agustín, el Estudio Teológico Agustiniano, el Instituto de Agustinología de la OAR y el Vicariato San Antonio de Orozco.

No este el lugar para entrar en una exposición de las diferentes perspectivas con que los conferenciantes abordaron la obra de San Agustín, dado que para hacerlo precisaríamos de un espacio muy superior al que es razonable otorgar a una simple entrada en un blog. Prometo, eso sí, abordar una a una las conferencias, no en el orden en que se pronunciaron, sino al albur de mis preocupaciones y de las ideas que en mí suscitaron.

Aquí solo quiero recordar al lector que San Agustín escribió La ciudad de Dios, como respuesta al escándalo que supuso el saqueo de Roma, cuna del Imperio y sede del Papado, por los visigodos de Alarico en el 410. Es cierto que para entonces, la Ciudad Eterna, desplazada por Constantinopla y por Milán, carecía de la importancia política de tiempos anteriores, pero  en el imaginario de las gentes, fueran estas cristianas o paganas, ocupaba un lugar simbólico inigualable. Fundada por Rómulo, cuna de Augusto y tumba de San Pedro y de San Pablo, su caída ante los bárbaros, era el signo visible de que el mundo civilizado se tambaleaba. Quizá nosotros, que hemos visto en directo la destrucción de las Torre Gemelas, podamos hacernos una idea siquiera vaga de lo que aquello supuso.

San Agustín quiso salir al paso de los que culpaban del desastre a los cristianos, quienes habían sustituido a los antiguos dioses tutelares por un Dios, al que decían Todopoderoso, pero que no había sido capaz de proteger su ciudad. Su obra, sin embargo, va mucho más allá de una defensa circunstancial del cristianismo, pues en ella edifica una auténtica Teología de la Historia.