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12 septiembre 2012

Todo por la Revolución


Francisco Javier Bernad Morales

Generación Mao (Barcelona, Planeta, 2009), escrito por Xinran, constituye un testimonio estremecedor del espejismo totalitario. Al modo de Los que susurran, de Orlando Figes, la obra se construye a partir de una serie de entrevistas; en este caso, no con supervivientes del Gulag, sino con veteranos que vivieron las grandes transformaciones de la China del siglo XX. Son relatos diversos, aunque podríamos aislar algunos rasgos compartidos. Llama sobre todo la atención, la dificultad, casi imposibilidad, que estos ancianos encuentran para comunicar a sus hijos y nietos aquello que han vivido. De no ser por Xinran, que les obliga a bucear en el recuerdo, su memoria se desvanecería y pronto un heroísmo y un sufrimiento que forman parte de la base de nuestro mundo caerían en un absoluto olvido. Son vidas obviamente distintas, pero unidas conforman un poliedro en el que se encierran las ilusiones, espejismos y atrocidades del siglo XX. No es hoy mi intención entrar en un análisis pormenorizado del libro. Me limitaré a llamar la atención sobre una de las historias tan trágicas como entrañables que contiene. La de quienes, según la propia autora, constituyen un matrimonio distinguido: el señor y la señora You.

Hablemos primero de él. Estudiante aventajado de Física opta, a instancias del Partido, por la Geofísica, y marcha a completar su formación a Moscú. Son los años inmediatamente posteriores al triunfo de la Revolución y las relaciones sinosoviéticas aún son buenas. Al regreso le esperan importantes puestos como encargado de las prospecciones petrolíferas en diversas regiones a cual más inhóspita. Es un hombre tenaz e inagotable, hasta el punto de que recibe el título de Héroe del trabajo, algo que supone un magnífico premio: la colección de las obras completas de Mao. Su vida es dura. Se aloja en barracones o tiendas de campaña y, pese a su prestigio y a su capacidad, apenas obtiene la ración de alimentos necesaria para mantener la vida. El único combustible son boñigas de vaca. Y, sin embargo, You es un privilegiado, un cuadro dirigente del Partido, un científico famoso, no uno de esos miserables condenados a la rehabilitación mediante el trabajo.

Ocupémonos ahora de su esposa. Apenas adolescente, marcha a cientos de kilómetros del hogar para proseguir los estudios y luego se alista voluntariamente en un destacamento de prospección petrolífera. No juzga necesario visitar a sus padres para despedirse o siquiera informarlos de su decisión. Allá, en el lejano Xian, conocerá a quien pronto será su marido. Las costumbres han cambiado y el matrimonio ya no se concierta en la infancia mediante acuerdo entre las familias. Los activistas solo precisan la autorización del Partido. Aún casados, los esposos duermen separados: él en el pabellón de los hombres; ella en el de las mujeres. Hay una habitación que durante unas horas pueden compartir tras solicitarlo y esperar a que les llegue el turno. Así los You engendran a tres hijos, que son enviados rápidamente junto a los abuelos, pues las tareas revolucionarias les impiden ocuparse de ellos.

Y, sin embargo, se diría que son felices. Se han entregado en cuerpo y alma a la revolución y no precisan otra recompensa. Pero un día el señor You se convierte repentinamente en sospechoso: ha estudiado en la Unión Soviética y posee un receptor de radio. Los Guardias Rojos lo acosan como contrarrevolucionario. Pierde sus puestos de responsabilidad y se ve obligado a trabajar como mecánico. A sus hijos, que viven a miles de kilómetros y a los que apenas conoce, se les prohíbe la asistencia a la escuela. Luego, tras la muerte de Mao, vendrá la rehabilitación. De nuevo, los cargos importantes. Ahora incluso el dinero. Pero una barrera infranqueable se alza entre los You y sus hijos. Esos niños a quienes ignoraron, absorbidos como estaban en la edificación del mundo socialista; esas criaturas confiadas al sacrificio de unos abuelos silenciosos, a las que imaginarios pecados de sus padres privaron del acceso a la educación. En su vejez, los You sienten un inmenso remordimiento. Saben ahora que entre la Revolución y los hijos se equivocaron al elegir y entienden que causaron un mal que ya no pueden remediar.

09 enero 2012

Los que susurran

Francisco Javier Bernad Morales

Hace ya algún tiempo leí Los que susurran de Orlando Figes. Es un libro largo, de casi mil páginas edificado sobre cientos de entrevistas a supervivientes de la represión soviética. Desfilan en él toda suerte de personajes, desde humildes campesinos desconocidos a miembros destacados del Partido, cuyas vidas se entrelazan en ocasiones de manera sorprendente y que, con sus testimonios, nos permiten adentrarnos en los efectos del terror sobre la vida diaria. Conocemos así un mundo regido por la desconfianza, en el que nadie habla en voz alta por temor a que le escuche un informante y en que todos ocultan sus pensamientos y a menudo su pasado. No existe ninguna intimidad en unas ciudades en que varias familias se ven obligadas a compartir una misma vivienda y en que generalmente las cocinas, los baños y otros servicios son de uso comunitario. Ni siquiera en el dormitorio pueden los esposos estar seguros de que en la habitación vecina no se escuchan sus palabras. Es un hacinamiento que no nace tan solo de las dificultades económicas, sino que sobre todo resulta de una política deliberada, tendente a debilitar los lazos familiares y a romper así el más fuerte lazo de solidaridad entre los seres humanos. Los dirigentes revolucionarios comprenden que la familia es el más formidable enemigo de la utopía en construcción, algo que ya habían señalado Platón, Moro o Campanella, y por eso contra ella dirigen una gran parte de su esfuerzo. La convivencia forzada en un espacio mínimo es campo abonado para disputas, envidias y enemistades, que fácilmente pueden dirimirse con denuncias ante la policía por los motivos más triviales: el vecino ha contado un chiste o ha hecho un comentario antisoviético, ha escuchado una emisora de radio extranjera o en una ocasión recibió la visita de alguien que posteriormente fue detenido por trotskista o bujarinista; quizá se le ha escapado una sonrisa mientras se escuchaba por un altavoz un discurso de Stalin. No hace falta más para que una persona sea detenida y deportada durante años a un campo de trabajo. En realidad, ni siquiera es preciso que se haya cometido una de estas faltas, pues el Gulag se rige por sus propias normas y precisa un aporte continuo de mano de obra esclava. Las repúblicas, las regiones y los distritos deben contribuir con una cuota fijada por las autoridades. Otro tanto ocurre con las condenas a muerte. Es preciso alcanzar los objetivos marcados en el plan, lo mismo que con la producción de acero o de algodón.

Nadie está a salvo de que un día se le señale como enemigo del pueblo. Todos miden cuidadosamente sus gestos y palabras. El pertenecer a una familia estigmatizada como zarista, kulak o contrarrevolucionaria, cierra las puertas de la universidad e impide el acceso a los mejores puestos de trabajo. Por eso muchos ocultan su pasado, incluso a sus cónyuges. En compensación, la policía parece extrañamente ineficaz. Es posible vivir con documentación falsa u obtener una nueva, aunque persiste siempre el temor a ser descubierto. Pero la detención llega en cualquier momento, sin que a menudo sea dado discernir un motivo mínimamente objetivo. Son muchas las víctimas que aceptan, con todo, una culpabilidad que les lleva a escrutar en sus acciones y palabras en busca de aquello que deberían haber evitado. Aún más son los que piensan que en su caso particular quizá se haya cometido un error, pero que eso no invalida el sistema, convencidos de que es necesario mantener la vigilancia contra unos omnipresentes enemigos de la Revolución. La sospecha envenena las relaciones humanas hasta extremos apenas concebibles. Una noche la policía se presenta en el diminuto apartamento compartido, lo registra y se lleva a alguien. De algunos no vuelve a saberse. Son muchos los casos en que se dan informaciones falsas a las familias. Quizá, mientras sus hijos creen que está recluida en un campo, la madre ha sido ejecutada. En otras ocasiones se permite el envío de correspondencia e incluso de paquetes. La vida de los que quedan en libertad tras el arresto de un familiar no es fácil. A menudo se ven expulsados de la vivienda y del trabajo o se les imponen limitaciones en los estudios, puede que incluso se les niegue la cartilla de racionamiento. Convertidos para siempre en sospechosos, muchos desarrollan como estrategia para sobrevivir una adhesión inquebrantable al Partido, que puede llevarles a renegar públicamente de sus padres, a sumarse al coro de acusadores, en un intento de mantenerse a salvo, de lavar la mancha de ser hijos de un enemigo del pueblo.

Son muchas las escenas estremecedoras relatadas en el libro. Para que el lector pueda hacerse cierta idea reproduciré una poco truculenta, más bien vulgar. Así recuerda Sofía Ozemblovskaia su expulsión de los Pioneros (organización soviética para niños de diez a catorce años) tras haber sido vista en una iglesia:

De repente publicaron un anuncio −un “avance informativo”− en el periódico mural del corredor de la escuela: “¡Todos a formar filas inmediatamente1”. Los niños se apresuraron a salir de sus aulas y formaron en el patio. A mí me hicieron parar frente a ellos para avergonzarme. Los niños gritaban: “¡Qué vergüenza ha causado a nuestra brigada por haber ido a la iglesia!”, “¡No es digna de llevar el pañuelo!” [un pañuelo rojo era el distintivo de los Pioneros], “No tiene derecho a usarlo!”. Me arrojaron tierra y polvo. (p. 67)

FIGES, Orlando. Los que susurran. Barcelona, Edhasa, 2009.