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09 octubre 2011

La Renovación Carismática

Ramón Puigventós

Muchos se preguntan: ¿qué es la Renovación Carismática Católica?, ¿quién es su fundador?  No tiene fundador, como lo entendemos para otros movimientos, o sea una persona física. El Fundador de la RCC, es, ni más ni menos que el mismo Espíritu Santo. Así como la Iglesia nació en Pentecostés, la RCC ha nacido con otro Pentecostés. Cuando el Papa Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II, hizo esta oración: “Señor renueva en nuestros tiempos Tus prodigios, como un Nuevo Pentecostés.” En un fin de semana del mes de febrero del año 1967, Dios daba respuesta a esta oración, cuando unos jóvenes universitarios norteamericanos, celebraban un retiro, en un momento de recreo, se sintieron, unos tras otros, sin consultarse, atraídos a ir a la capilla que había en la casa donde celebraban el retiro. La presencia de Dios era tan grande, igual que Moisés en presencia de la zarza ardiendo en el Sinaí, que caían, de rodillas o postrados, y se llenaron del amor de Dios, e igual que en Pentecostés, empezaron a alabar a Dios en lenguas. Los carismas de profecía, de conocimiento, de sanación, de milagros, etc. se manifestaban en medio de ellos, hechos que no pudieron callar y que en pocos días, recorrieron todas las Universidades norteamericanas para luego llenar el mundo entero. Esta nueva Efusión del Espíritu Santo, a todos los que la recibimos, , nos lleva a un encuentro personal con un Jesús Vivo y Resucitado, que transforma nuestras vidas, cambia nuestra escalera de valores, llena nuestros corazones de Paz, de Gozo, de Alegría. Dios es un Dios cercano, íntimo, paternal. Nos da gusto por la oración, por la Palabra de Dios, amor a la Iglesia y a los hombres, y sobre todo a la Eucaristía. Y poder para ser testigos de un Jesús Muerto en Cruz y Resucitado. Y para que esta llama no se apague, y vayamos creciendo en la Fe, y para rendir el Honor y la Gloria y la Alabanza y la Adoración que solo Dios se merece, nos reunimos todos los domingos, en verano, de 18 h a 20 h y en invierno, de 17 h a 19 h, en los locales de la Parroquia. Quisiera añadir, que esta Efusión del Espíritu Santo..., no está reservada a la sola RCC, sino a toda la Iglesia. ¿Os dais cuenta?: si todos los cristianos recibieran esta Efusión, el mundo cambiaría, seríamos verdadera luz para este mundo que vive en tinieblas, y las iglesias se volverían a llenar, y Dios sería amado y seríamos bendecidos por Él. Os recomiendo leer los cinco primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles. Que el Señor os bendiga.  

03 septiembre 2011

Los samaritanos (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Todos estamos familiarizados con las menciones a los samaritanos en el Evagelio: la parábola en que uno de ellos auxilia a un viajero herido, al que previamente han desasistido un sacerdote y un levita (Lc, 10, 25,37); el diálogo junto al pozo entre Jesús y la samaritana (Jn. 4, 1,30), o la orden a los Doce de que prediquen sin dirigirse a los gentiles ni entrar en ciudades samaritanas (Mt, 10, 5,6). Claramente se percibe que nos hallamos ante un grupo mirado con desdén por los judíos y con el que estos evitan en lo posible relacionarse. Temo, sin embargo, que las causas de esta animadversión no sean suficientemente conocidas, por lo que aventuraré un somero intento de explicación.
Comencemos por las respectivas creencias y prácticas religiosas tal como habían llegado a fijarse en la época de Jesús. Judíos y samaritanos comparten la creencia en el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y de Moisés, el Dios de la Alianza, el Señor único, Creador de todo lo existente, que liberó a su pueblo de Egipto; e igualmente aguardan la venida del Mesías. A partir de aquí comienzan las diferencias. Los samaritanos solo reconocen carácter sagrado a la Torá (lo que los cristianos llamamos el Pentateuco) en tanto que no aceptan que el resto del Tanaj (la Biblia hebrea, para nosotros el Antiguo Testamento) tenga esta categoría. Rechazan asimismo la centralización del culto en Jerusalén y sitúan su lugar santo en el monte Gerizim. Por eso dice la mujer en la conversación aludida:
“Nuestros antepasados adoraron [a Dios] en este monte, pero vosotros decís que el sitio donde hay que adorar está en Jerusalén.” (Jn. 4, 20).
Utilizando un término un tanto anacrónico diríamos que los judíos consideran herejes a los samaritanos, en tanto que estos se ven a sí mismos como los auténticos depositarios de la ley dada a Moisés.
En posteriores artículos expondré las circunstancias que llevaron a la ruptura entre ambos grupos.