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01 septiembre 2024

La humanidad escindida

Francisco Javier Bernad Morales

El apresuramiento con que hace unos días redacté la nota sobre las víctimas del estalinismo y del nazismo [ver] hizo que quizá para algunos lectores la afirmación de que los dos regímenes, al entender la humanidad como escindida, niegan la posibilidad de principios éticos universales, resultara un tanto oscura. Quiero expresar con ella que para los ideólogos de ambos, la humanidad no existe en cuanto comunidad de todos los seres humanos, sino que es tan solo un concepto abstracto que oculta los radicales antagonismos que enfrentan a unos grupos con otros y que, de hecho, limitan al propio grupo el ámbito de validez de toda exhortación moral.

Para el nazismo, la causa de la escisión es biológica. De hecho, la idea de que la humanidad se divide en razas dotadas de aptitudes y temperamentos diferenciados tenía antes de la Segunda Guerra Mundial prácticamente la categoría de verdad indiscutible. Ya en la Francia del Antiguo Régimen, el conde de Boullainvilliers había defendido los privilegios feudales con el argumento de que los nobles descendían de los francos conquistadores, en tanto que el tercer estado lo hacía de los galorromanos vencidos. En nuestro país, aunque ha sido común que los linajes nobiliarios pretendieran remontarse hasta los godos, la expresión más acabada de este racismo al que podemos calificar de precientífico se encuentra en la supuesta hidalguía universal de los vizcaínos, derivada de no haberse mezclado con razas impuras y, sobre todo, en la obsesión por la limpieza de sangre, que en los siglos XVI y XVII permitió establecer una barrera entre los cristianos viejos y los llamados marranos, aquellos que contaban con judíos o musulmanes entre sus antepasados. Desde el siglo XIX, el racismo adopta con Gobineau un carácter pretendidamente científico que conlleva no solo la idea que la especie humana se divide en razas desigualmente dotadas cuyos rasgos distintivos se transmiten por herencia biológica, sino la de que estas diferencias permiten jerarquizarlas. Los blancos, caracterizados por su racionalidad, control de las pasiones y capacidad de trabajo, se situarían en la cima, en tanto que los demás ocuparían diversos lugares en una escala cuyos niveles inferiores corresponderían a las razas oscuras y salvajes, dominadas por los instintos y a las que apenas cabria calificar de humanas. Es una concepción a la que se sumaría pronto el darwinismo social, la idea de que en la sociedad, al igual que en la naturaleza, impera una feroz competencia en la que sobreviven los más aptos, en tanto que los débiles están condenados a la desaparición. Insisto en que se trata de ideas tenidas por académicamente respetables y ampliamente compartidas por europeos y eurodescendientes. Con ellas se justificaba no solo el dominio colonial sino también a menudo la desigualdad social en las metrópolis. El nazismo las asume como elementos capitales de su ideario, pero lo hace aportando algunos rasgos distintivos.

En primer lugar, la expansión colonial del Reich no se orientaría hacia ultramar, sino hacia los territorios del este de Europa habitados mayoritariamente por eslavos. El Generalplan Ost preveía la sustitución de estos, considerados racialmente inferiores, por colonos germanos. En realidad, nada sustancialmente distinto de lo que había ocurrido durante la expansión de los Estados Unidos hacia el oeste o de Argentina en la Pampa y la Patagonia, por citar tan solo dos ejemplos. Los eslavos, excepto el número que se considerara necesario para realizar como mano de obra servil los trabajos que les requirieran sus amos, serían deportados a las zonas orientales más improductivas y diezmados por el hambre.

El segundo elemento es más original. Estriba en una concepción maniquea de la historia en que esta se presenta como un enfrentamiento agónico entre la fuerza creadora y luminosa encarnada en el ario, portador de los valores aristocráticos de la valentía, el honor y la lealtad, y el elemento destructor y tenebroso representado por el judío, al que se asocian los contravalores de la cobardía, la codicia y también la compasión. No constituye aquel una simple raza inferior al modo de los eslavos, sino un ente maligno, parasitario y corruptor que, a semejanza de las bacterias, segrega las toxinas que destruyen el cuerpo social: igualitarismo, democracia, feminismo, libertinaje sexual, capitalismo financiero, etc.  No cabe, pues, entre ambos más que una lucha inmisericorde que solo concluirá con la aniquilación de uno de los contendientes. En el mundo soñado por el nazismo nada obstaculizará el cumplimiento de lo que se considera una ley natural: el derecho de los fuertes a oprimir a los débiles.

El marxismo, del que el estalinismo es una versión o quizá una perversión, no encuentra las razones de la escisión de la humanidad en causas biológicas, sino sociales. La aparición de la propiedad privada, convertida en una suerte de pecado original, es lo que fractura a la humanidad en dos clases con intereses antagónicos. Son las relaciones que los seres humanos entablan independientemente de su voluntad en la producción de su vida material, lo que los separa en dos grupos opuestos: los propietarios de los medios de producción y aquellos que solo poseen su fuerza de trabajo y que, por tanto, para subsistir se ven obligados a venderla a los primeros. Al contario del maniqueísmo nacionalsocialista, el marxismo bebe de la tradición profética judeocristiana, si bien la despoja de toda trascendencia. La utopía socialista no se piensa como un mundo de señores y de siervos, sino como un edén en que, desaparecidas las relaciones de dominación y explotación, se habrá constituido realmente la humanidad. Nos hallamos ante una visión secularizada del tiempo mesiánico en que «el león pastará con el cordero» (Isaías, 65,25) y «forjarán de sus espadas azadas, y de sus lanzas podaderas. No alzará su espada nación contra nación, ni se adiestrarán ya en la guerra» (Isaías, 2,4). La violencia no se concibe como algo inmanente a la naturaleza humana, sino como un producto de la desigualdad social que, por lo tanto, está llamado a desaparecer con esta. Cabe, al menos teóricamente, la posibilidad de una transición pacífica. Ahora bien, mientras la humanidad esté escindida, toda apelación a unos valores universales se convierte en una trampa utilizada por las clases dominantes para ocultar una violencia estructural sin la cual no podrían mantener su posición privilegiada. De hecho, el único criterio válido para juzgar una acción será la medida en que esta acelere o retrase la desaparición de la propiedad privada y haga posible así el advenimiento de la auténtica humanidad libre de las relaciones de dominación y reconciliada consigo misma. Solo la llegada de esta dotará de significado a los enunciados éticos universales. En tanto,  la justificación o condena de la mentira, el robo, el asesinato y el terror no estará sujeta a consideraciones de orden moral, a las que, sin embargo, se podrá recurrir como elemento propagandístico, sino que dependerá del análisis pragmático de sus consecuencias sobre el proceso de emancipación.


24 agosto 2024

Víctimas del estalinismo y el nazismo

Francisco Javier Bernad Morales

Desde 2009 el 23 de agosto quedó instituido como Día Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo. Se eligió esta fecha porque en ella se produjo en 1939 la firma del acuerdo entre Alemania y la Unión Soviética, conocido como Pacto Molotov-Ribbentrop, cuya inmediata consecuencia sería el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Cuatro años después, el 24 de agosto de 1943, fallecía en Ashford, cerca de Londres, la filósofa Simone Weil. Si no hubiera huido a tiempo de Francia, debido a su condición judía ― aunque sus convicciones religiosas la situaran en el ámbito del catolicismo―, con toda probabilidad la muerte la habría alcanzado, al igual que a Edith Stein, en un campo de exterminio. Su vida fue breve, pero le bastó para legarnos no solo una obra escrita que no pierde interés, sino sobre todo el testimonio de un compromiso inquebrantable con los débiles. Sus principios éticos no surgen de un análisis racional al modo kantiano, sino que son la manifestación de una extraordinaria sensibilidad, de una capacidad de empatía que la lleva a vivir el dolor del otro como su propio dolor. Es eso lo que la hace llorar cuando, como recordaría no sin extrañeza Simone de Beauvoir, lee en el periódico la noticia de una hambruna en China. Frente a unos regímenes totalitarios que conciben a la humanidad como escindida, sea por motivos biológicos como el nazismo o sociales como el estalinismo, y, por tanto, niegan la posibilidad de principios éticos universales, Simone Weil nos llama a mirar el rostro sufriente de nuestro prójimo.

27 enero 2024

Reflexión sobre el Holocausto

Francisco Javier Bernad Morales

Con motivo de la celebración del Día de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto, quiero compartir con ustedes una breve reflexión sobre aquel acontecimiento.

El nazismo, como toda ideología racista, se fundamenta en la convicción de que la especie humana se divide en razas dotadas por naturaleza de capacidades y aptitudes diferentes, lo que permite jerarquizarlas. Según esta visión, ampliamente compartida por los europeos y los eurodescendientes, a los blancos puros les correspondería el grado más alto de desarrollo racional y moral, en tanto que el resto de los pueblos se hallarían más próximos a la animalidad, sujetos a impulsos y pasiones que difícilmente alcanzan a controlar. De esta manera se justificaban las pretensiones de dominio sobre los territorios eslavos, cuyas poblaciones se suponían mezcladas con elementos asiáticos. Sin embargo, la visión nacionalsocialista de los judíos va más allá de lo que podríamos denominar racismo clásico. Para Hitler los judíos, según expone en Mein Kampf, no constituyen meramente una raza inferior, sino que, en una concepción totalmente maniquea, son el reverso del ario. Mientras que este encarna las fuerzas luminosas y creativas, el judío es el elemento oscuro y destructor, que se enfrenta con el primero en un combate escatológico que solo puede concluir con la destrucción de uno de ellos. El judío, por su propia naturaleza, sin que en ello intervenga su voluntad, segregaría, del mismo modo que los microorganismos producen toxinas, los elementos disgregadores de la sociedad. La lista de estos es amplia y contradictoria. Incluye el igualitarismo, la compasión, el feminismo, la democracia, la pornografía, la prostitución, la homosexualidad, el capitalismo financiero, el socialismo, y también, aunque eso a menudo se ocultara de cara al exterior, el cristianismo. Todos ellos serían fruto de la naturaleza del judío como la peste lo es de la bacteria Yersinia pestis. Por eso el trato dado a los judíos es distinto. Mientras que el Generalplan Ost contempla, mediante la muerte y la deportación, una drástica reducción del número de eslavos y la ocupación de sus tierras por colonos arios; para los judíos no se prevé otra cosa que la aniquilación total. La derrota de Alemania fue vivida por el núcleo nazi más ideologizado como el triunfo del mal. Así lo sintieron el ministro de Propaganda Joseph Goebbels y su esposa Magda, hasta el extremo de que envenenaron a sus seis hijos antes de suicidarse. Como ella había escrito pocos días antes del crimen: «Nuestra magnífica idea se hunde, y con ella todo lo hermoso, admirable, noble y bueno que he conocido en mi vida. Vivir en el mundo que viene después del Führer y del nacionalsocialismo ya no vale la pena» (Carta de Magda Goebbels a Harald Quandt, 28 de abril de 1945).

27 enero 2023

Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto

Desde 2005, el 27 de enero se celebra, por iniciativa de la Asamblea General de la ONU, el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto. Queremos así mantener vivo el recuerdo de todos los que cayeron víctimas del intento de exterminio del pueblo judío perpetrado por el régimen nazi. Su asesinato fue la consecuencia de la llegada al poder de un partido, el Partido Nacionalsocialista Alemán, cuya ideología se nutría de racismo y desprecio por los débiles. Desde la aprobación en 1935 de las Leyes de Núremberg, se consideró judío a todo aquel cuyos abuelos hubieran profesado la religión judía, aunque él personalmente pudiera ser cristiano, agnóstico o ateo. No se le acusaba de nada que él hubiera hecho o dicho, sino que, en virtud de algo que fueron sus abuelos, nacía condenado primero a la marginación y, tras la Conferencia de Wansee en enero de 1942, a muerte. Muchos otros colectivos sufrieron la persecución: gitanos, eslavos, testigos de Jehová, enfermos mentales, ciertos grupos de enfermos crónicos, niños con problemas graves de desarrollo, opositores políticos, republicanos españoles, homosexuales... A todos ellos debemos tenerlos presentes, porque solo el conocimiento de lo ocurrido nos ayudará a impedir que el infierno vuelva a desatarse. Basta una mirada al mundo para comprender que lo que pasó puede suceder de nuevo y que aquella tragedia, de repetirse, no lo hará como farsa. En nuestras manos está, con la ayuda del Señor, que el odio no tenga la última palabra.

Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto

09 agosto 2021

Recuerdo de Edith Stein

Francisco Javier Bernad Morales 

Han transcurrido ya setenta y nueve años desde aquel 9 de agosto en que la monja carmelita sor Teresa Benedicta de la Cruz, su hermana Rosa y muchos otros deportados agonizaron juntos mientras el gas envenenaba su sangre y los sofocaba. Primero morían los más débiles, los niños y los ancianos, luego las mujeres y, por último, los jóvenes sanos y fuertes. Tras veinte o veinticinco minutos nadie quedaba con vida. Finalmente, tras las necesarias operaciones de limpieza, el proceso recomenzaba con otro cargamento. Así una y otra vez, durante días, meses y años hasta que las víctimas se contaron por millones. Tras una serie de tentativas más o menos afortunadas se había dado con una forma limpia, eficaz y barata de producir cadáveres. Tanto Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, como Franz Stangl, quien ocupó el mismo puesto en Sobibor y Treblinka, se muestran a sí mismos, el primero en sus memorias y el segundo en las entrevistas que en la cárcel le hizo Gitta Sereny, como concienzudos gerentes de establecimientos industriales. En vano buscaremos en sus palabras un atisbo de remordimiento. En su lugar, al menos en Höss, percibiremos la íntima satisfacción de quien, gracias a su fortaleza de carácter y sus dotes organizativas, ha sido capaz de llevar a término una misión excepcionalmente difícil.

Pero dejemos de lado a los verdugos y volvamos nuestra mirada hacia esa masa de seres aterrorizados incapaces de imaginar lo que les aguarda, lo que ya les está ocurriendo. Guiados como corderos hacia el matadero, cada uno de ellos es un sujeto único e irrepetible en el que se entrecruzan multitud de afectos, saberes y experiencias; de amores y también, por qué no, de odios, de heroísmos y miserias, de generosidades y mezquindades. Pronto se desvanecerán en el aire y en muchos casos, de ellos no quedará siquiera el dolor en el corazón de familiares y amigos, pues estos habrán sufrido su mismo destino. Otros, en cambio, habían alcanzado tal notoriedad en vida que su recuerdo persistirá en nuestra memoria. Al honrarlos, debemos recordar también a aquellas mujeres y aquellos hombres, a aquellos niños desconocidos hacinados junto a ellos en la cámara de gas.

Teresa Benedicta de la Cruz, de nombre secular Edith Stein, había nacido en 1891 en el seno de una familia judía y había desarrollado una brillante carrera universitaria, llegando a ser la primera mujer en obtener un doctorado en filosofía en Alemania. Discípula, como Martin Heidegger, del también judío Edmund Husserl, su investigación se centró en la empatía, es decir, en la capacidad para ponerse en el lugar afectivo de otro, de sentir como él. Defensora de los derechos de la mujer, una compleja evolución intelectual la condujo desde el ateísmo hasta la fe católica, en la que fue bautizada el 1 de enero de 1922, a los treinta años de edad. Fue un proceso largo en el que influyeron experiencias personales como la muerte en el frente de su amigo Adolf Reinach y particularmente la manera en que su viuda afrontó la desgracia; y también la lectura de las obras de san Agustín, san Ignacio de Loyola, Kierkegaard y, sobre todo, santa Teresa de Jesús. En los años siguientes desarrolló una intensa actividad como docente y conferenciante e intentó establecer puentes entre la filosofía tomista, entonces oficial en la Iglesia Católica, y la fenomenología. Esta actividad terminó abruptamente con la llegada al poder del nazismo y la consiguiente aprobación de medidas discriminatorias contra los judíos. Fue entonces cuando solicitó la entrada en la orden del Carmelo, en cuyo convento de Colonia tomó los hábitos en abril de 1934. Desde allí escribió a Pío XI una carta en la que, como religiosa católica e hija de Israel, denunciaba la persecución contra los judíos. Ante la radicalización antisemita del régimen nazi, el 31 de diciembre de 1938 fue enviada al Carmelo de Echt en los Países Bajos, donde poco después se le unió su hermana Rosa, también convertida al catolicismo. El nuevo destino, sin embargo, pronto se volvió tan inseguro como Alemania, pues el 10 de mayo de 1940, la Wehrmacht, en flagrante violación de la neutralidad, invadió los Países Bajos. Detenidas por la Gestapo el 2 de agosto de 1942, Edith y Rosa fueron conducidas al campo de concentración de Amersfoort y poco después al de  Westerbork, desde donde fueron enviadas a Auschwitz.

El 11 de octubre de 1998, Juan Pablo II canonizó a Teresa Benedicta de la Cruz, a quien un año más tarde proclamó copatrona de Europa.

Al recordar su figura, debemos tener presente que Edith Stein sufrió el martirio como hija de Israel, en virtud de unas disposiciones inicuas que condenaban a muerte a todo aquel cuyos abuelos hubieran practicado la religión judía. De haber vivido en aquel tiempo, hace menos de cien años, Jesús, María y todos los apóstoles habrían perecido también en las cámaras de gas o tiroteados al borde de una fosa.  Y sin embargo, los cristianos, no solo los católicos, debemos preguntarnos si con nuestra actitud no habremos contribuido a allanar el camino que condujo a aquella abominación. Sobre nuestra conciencia pesan siglos de rechazo y de discriminación, de ridiculización de unas prácticas religiosas que no hacíamos ningún esfuerzo por conocer, y de acusaciones de deicidio y de falsos crímenes rituales; lo que en ocasiones ha propiciado expulsiones y matanzas. No es, claro está, el racismo biológico nazi, pero qué duda puede caber de que ha sembrado un odio que a unos les ha facilitado la participación en los crímenes y a muchos más los ha ayudado a mirarlos con indiferencia.



15 agosto 2020

San Maximiliano Kolbe

El 14 de agosto de 1941 falleció en el campo de exterminio de Auschwitz el padre franciscano Maximiliano Kolbe. A finales de julio de aquel año, un prisionero consiguió fugarse, por lo que en cumplimiento de las normas establecidas por el coronel Karl Fritzsch, diez de los internos, elegidos al azar, debían morir de hambre. Kolbe se ofreció voluntariamente para ocupar el lugar de uno de los seleccionados, padre de familia. Tras catorce días en una celda sin agua ni alimentos, después de que sus compañeros hubieran muerto, los nazis lo remataron con una inyección de fenol. Fue canonizado del 10 de octubre de 1982.

San Maximiliano Kolbe: mártir de la generosidad


17 marzo 2015

Oración para los compañeros de cautiverio. Dietrich Bonhoeffer

El pastor y teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer inspiró y organizó la Iglesia Confesante, que rechazó los intentos del nazismo de someter a las confesiones cristianas. Detenido el 5 de abril de 1943, fue ejecutado en la horca el 9 de abril de 1945, solo tres semanas antes del suicidio de Hitler. Idéntica suerte corrieron su hermano Klaus y sus cuñados Hans von Dohnanyi  y Rüdiger Schleicher. Otro cuñado, Gerhard Leibholz, de ascendencia judía, había escapado de Alemania en 1938.
Dietrich Bonhoeffer compuso esta oración en la Navidad de 1943, durante su reclusión en la prisión de Tegel.

¡Oh Dios mío! A Ti te invoco al comienzo del día.
Ayúdame a orar y a concentrar mis pensamientos en Ti;
no lo logro por mí mismo.

***

Reina en mí la oscuridad, pero en Ti está la luz;
estoy solo, pero Tú no me abandonas;
estoy desalentado, pero en Ti está la ayuda;
estoy intranquilo, pero en Ti está la paz;
la amargura me domina, pero en Ti está la paciencia:
no comprendo tus caminos,
pero Tú conoces el camino recto para mí.

***

Padre que estás en los cielos,
Te alabo y Te doy gracias por el descanso de la noche,
Te alabo y Te doy gracias por el nuevo día,
Te alabo y Te doy gracias por toda tu bondad y fidelidad
durante mi vida pasada.
Tú me has dado muchas pruebas de bondad,
permite que ahora acepte también de tu mano lo penoso.
Tú no cargarás sobre mí más de lo que yo pueda soportar.
Tú haces que todas las cosas sean para bien de tus hijos.

***

Señor mío Jesucristo,
Tú fuiste pobre y desvalido, cautivo y abandonado como yo.
Tú conoces todas la penalidades de los hombres,
Tú sigues estando a mi lado cuando nadie me apoya,
Tú no me olvidas, sino que me buscas,
Tú quieres que yo Te conozca y me convierta a Ti.
¡Señor, escucho tu llamamiento y te sigo! ¡Ayúdame!

***

Espíritu Santo
concédeme la fe
que me salve de la desesperación y del vicio.
Concédeme el amor a Dios y a los hombres;
un amor que extinga todo odio y amargura.
Concédeme la esperanza
que me libere del temor y del desaliento.
Enséñame a amar a Jesucristo y a cumplir su voluntad.

***

¡Oh, Dios Trino y Uno!,
Creador y Salvador mío,
a Ti te pertenece este día, mi tiempo se halla en tus manos.
¡Dios santo y misericordioso,
Creador y Salvador mío,
mi Juez y mi Redentor!
Tú me conoces y conoces todos mis caminos y acciones.
Tú aborreces y castigas el mal en este mundo y en el futuro,
sin hacer acepción de personas.
Tú perdonas los pecados
a quien te lo pide de corazón,
y Tú amas el bien y lo recompensas
en esta vida con el consuelo de una buena conciencia
y en el mundo futuro con la corona de la justicia.
En presencia tuya me acuerdo de los míos,
de mis compañeros de cautiverio y de todos
los que en esta casa realizan un servicio penoso.
¡Señor, compadécete de mí!
¡Devuélveme la libertad y haz que viva ahora
de manera responsable ante Ti y ante los hombres!
¡Señor, cualquier cosa que este día me traiga,
sea Tu Nombre alabado!

03 febrero 2014

Vasili Grossman

Francisco Javier Bernad Morales

Ha aparecido recientemente en nuestro país un volumen de relatos de Vasili Grossman, bajo el título de Eterno reposo y otras narraciones[1]. En él, al igual que en sus grandes novelas, se muestra el autor como un atento observador del alma humana, sin que la brevedad represente un obstáculo que le impida sondear los más tenebrosos abismos. Tiene Grossman una sorprendente capacidad para introducirse en la mente de sus personajes y mostrarnos de una manera creíble y, por tanto, estremecedora sus más íntimos deseos y pensamientos. Así, sin que nada suene a falso, puede conducirnos, como hizo en Vida y destino, al interior de una cámara de gas o, como ocurre en Abel, incluido en el volumen que nos ocupa, hacernos volar junto a los encargados de lanzar sobre una ciudad enemiga una bomba atómica. Su obra no está poblada de figurones, sino de seres humanos auténticos, complejos y, a menudo, contradictorios, forjados en el sufrimiento y en el contacto con la arbitrariedad del destino.

No hay en Grossman referencias religiosas. Sin embargo, al leerle sentimos que pocos como él han sido capaces de captar al prójimo como un ser humano provisto de rostro, por utilizar la plástica expresión de Emmanuel Levinas. No una abstracción, un epifenómeno de la humanidad o una mera manifestación de las ideas del autor, sino un hombre o una mujer concretos y, por ello, iguales a nosotros y a la vez irremediablemente distintos. Por eso, la lectura puede herirnos en lo más profundo. Se trata, sin duda, de un don, de una innata aptitud para la empatía, pero esta ha sido modulada por una experiencia vital tan rica como dolorosa, en que una y otra vez se ha hecho presente el horror.

Nacido en 1905 en la ciudad ucraniana de Berdichev, de una familia judía, Grossman será testigo de la terrible hambruna provocada por la campaña de deskulakización[2]  a comienzos de los años treinta, una experiencia que se refleja en Todo fluye. Luego, como corresponsal de guerra cubrió algunas de las más duras batallas, entre ellas Stalingrado, en la que se centra Vida y destino. Fue tras la liberación de Kiev, cuando al visitar Berdichev, con la esperanza de hallar a su madre, encontró que esta había sido asesinada junto a otros treinta y cinco mil judíos por los Einsatzgruppen[3]. Más adelante, acompañando al victorioso ejército soviético, será uno de los primeros en visitar los campos de exterminio e informar de lo ocurrido en ellos. Fue también testigo de los últimos combates en Berlín, sobre los que escribió un original relato, en que cuenta la caída de la ciudad a través de la figura de un anciano guardián del zoo[4].  Las vivencias de estos años quedan plasmadas no solo en las obras citadas, sino también en multitud de artículos y en el Libro negro que firma conjuntamente con Ilya Ehrenburg. Termina la guerra cubierto de condecoraciones, pero estas no impiden que pronto comiencen las dificultades. Su firme compromiso con la verdad y la justicia no encajan en las directrices marcadas desde el poder para la literatura, en tanto que su condición de judío lo convierte en doblemente sospechoso ante las autoridades. Son años en que en la URSS revive un antiguo antisemitismo. Morirá en 1964, convencido de que su gran obra Vida y destino jamás será publicada[5].

Grossman no es solo un gran escritor, sino también un hombre honrado. Ha visto el horror, incluso su madre ha caído asesinada, pero jamás culpa al pueblo alemán de manera colectiva por lo ocurrido. Incluso denuncia las atrocidades cometidas por el ejército soviético sobre la población civil durante la ofensiva y la ocupación. Y también en este caso su acusación dista de ser general. Se dirige contra ciertos oficiales, contra ciertos soldados. En definitiva, la culpa es de quien comete el crimen. Parece algo tan obvio que en principio nos sentimos inclinados a mostrar nuestro acuerdo. Y sin embargo no lo es. Uno destroza el cráneo de un niño con el fusil y otro viola a una adolescente, pero junto a ellos hay otros que no participan en la acción y que, sin embargo, por un falso sentido de la camaradería o por resentimiento, por miedo o timidez no defienden a las víctimas. Miran hacia otro lado y ahogan su conciencia en vanos razonamientos o en alcohol. Hay también unos mandos que cuando no alientan, al menos toleran ese tipo de conductas. Ni unos ni otros escapan a la escrutadora mirada de Grossman, quien denuncia a todos por igual. Sin embargo, eso no le hace olvidar que en uno y otro bando hay, sea cual sea su número, inocentes. Quizá ese viejo empleado del zoo de Berlín. Un pobre hombre si se quiere, pero en él se salva Alemania. Su existencia testimonia que incluso allí no todos son culpables.

Pero lo que quizá resulte más inquietante sea que Grossman señala también la frágil frontera que separa a los criminales de la gente decente. Quizá, viene a decirnos, si no hemos cometido una infamia, haya sido porque el tentador no nos ha tocado en nuestro punto débil. Víktor Pávlovich Shtrum, en Vida y destino, aguanta todo tipo de presiones. Físico entregado a investigaciones de vanguardia, su trabajo no es bien visto por el Partido[6]. Su fortaleza impresiona a sus ayudantes, pero un día suena el teléfono. Stalin al otro lado de la línea le felicita y le anima a continuar. A partir de ese momento todo cambia. Ya no es un marginado. Los compañeros que antes le rehuían, ahora lo buscan y lo alaban. Él, que lo ha resistido todo, cede ante la adulación y firma una carta colectiva en la que se denuncia a otros científicos a quienes sabe inocentes.

Sin embargo, el propio Grossman da testimonio con su vida de que la resistencia es posible. En 1955, el mariscal Klíment Voroshílov le pide que se afilie al Partido Comunista, y él se niega. Al contrario que su personaje, elige el ostracismo interior, la dolorosa posibilidad de convertirse en un escritor sin lectores.





[1] GROSSMAN, Vasili, Eterno reposo y otras narraciones. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013, 245 p.
[2] Campaña desarrollada entre 1929 y 1932 para eliminar a los kulaks (campesinos ricos) e imponer la colectivización en el campo.
[3] Escuadrones itinerantes de ejecución integrados en su mayor parte por miembros de las SS.
[4] Tiergarten. Incluido en el volumen Eterno descanso y otras narraciones.
[5] Vida y destino fue publicada en 1980 en Suiza, gracias a una operación llevada a cabo por una red de disidentes soviéticos, de la que formaba parte Andrei Sajarov, quien se había encargado de fotografiar un borrador. En la Unión Soviética apareció en 1988, ya en tiempos de Gorbachov.
[6] La Fisica moderna había sido condenada como idealista por Lenin en su obra Materialismo y empiriocriticismo (1908). Solo muy avanzada la II Guerra Mundial, cuando se hizo perceptible la ventaja de los Estados Unidos en la investigación armamentística, la Unión Soviética intentó recuperar el tiempo perdido. En este marco es en el que se inscribe el episodio de la marginación y rehabilitación de Shtrum.

27 febrero 2013

La verdad

Benedicto XVI

Está a la vista que el concepto de verdad ha caído bajo sospecha. Por supuesto, es cierto que se ha abusado mucho de él. En nombre de la verdad se ha llegado a la intolerancia y a la crueldad. En tal sentido se tiene temor cuando alguien dice que tal cosa es la verdad o hasta afirma poseer la verdad. Nunca la poseemos; en el mejor de los casos, ella nos posee a nosotros. Nadie discutirá que es preciso ser cuidadoso o cauteloso al reivindicar la verdad. Pero descartarla sin más como inalcanzable ejerce directamente una acción destructiva.

Gran parte de la filosofía actual consiste realmente en decir que el hombre no es capaz de la verdad. Pero, visto de este modo, tampoco sería capaz de la ética. No tendría parámetro alguno. En tal caso habría que cuidar del modo en que uno más o menos se las arregla, y el único criterio que contaría sería, en todo caso, la opinión de la mayoría. Pero qué destructivas pueden ser las mayorías nos lo ha demostrado la historia reciente, por ejemplo, en sistemas como el nazismo y el marxismo, los cuales han estado particularmente en contra también de la verdad […] es preciso tener la osadía de decir: sí, el hombre debe buscar la verdad, es capaz de la verdad. Es evidente que la verdad necesita criterios para ser verificada y falsada. También ha de ir acompañada de tolerancia. Pero la verdad nos muestra entonces aquellos valores constantes que han hecho grande a la humanidad. Por eso hay que aprender y ejercitar de nuevo la humildad de reconocer la verdad y de permitirle constituirse en parámetro.

El contenido central de Evangelio de Juan consiste en que la verdad no puede imponer su dominio mediante la violencia, sino por su propio poder: Jesús atestigua ante Pilato que es la Verdad y el testigo de la verdad. Defiende la verdad no mediante legiones, sino que, a través de su pasión, la hace visible y la pone también en vigencia.

BENEDICTO XVI, Luz del mundo. Una conversación con Peter Seewald. Barcelona, Herder, 2010, p. 63-64.

02 diciembre 2012

Conversión

Francisco Javier Bernad Morales

Hace pocos días, alguien, quizá de manera poco discreta, me preguntó por qué soy católico. Yo lo acababa de afirmar en el transcurso de una conversación en que dos compañeros habían proclamado su agnosticismo. La charla discurría por cauces apacibles, pero de alguna manera el resto de los participantes parecían presuponer que la religión es una reliquia del pasado, un conjunto de creencias absurdas y rayanas en la superstición, propias de gentes escasamente preparadas.  Confieso que me sentí sorprendido. Entendí que la persona que se dirigía a mí de manera tan directa, lo hacía porque había dado por sentado que yo compartía sus posiciones y trataba de encontrar una explicación para algo que se le antojaba anómalo. No quise o no pude en aquel momento entrar en profundidades y me limité a contestar que las experiencias, las lecturas y las meditaciones me habían conducido hacia el catolicismo. Pero aquello, reconozco que bastante vago, no fue suficiente. Mi interlocutora, el resto de los presentes ya se había marchado, insistió:

-Seguro que la religión hace que te sientas mejor interiormente.

-No- hube de contestar-, yo estoy bien cuando mi conciencia me dice que actúo rectamente. Durante mucho tiempo fui agnóstico y no considero que entonces me sintiera peor que ahora.

La conversación terminó ahí, pero desde entonces mi mente ha continuado ocupada en ella. De un lado, tengo claro que la religión no constituye un sedante, gracias  al cual puedo soportar las agresiones del mundo. Si lo admitiera, coincidiría con Marx en que “la religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón en un mundo sin corazón,  el espíritu en una situación carente de espíritu: la religión es el opio del pueblo.”[1] Tampoco me satisfacen mis respuestas. Comencemos por la segunda. Decir que uno se siente bien cuando obra según los dictados de la conciencia no pasa de ser una obviedad. Siempre he admirado el valor de Lutero en la Dieta de Worms, cuando, conminado a retractarse, respondió, a sabiendas de que estaba en juego su vida: “actuar contra la propia conciencia no es ni seguro ni honrado. Que Dios me ayude.”[2] Pero, ¿debe ser la conciencia nuestra guía? No podemos excluir que esté pervertida y nos conduzca hacia el mal. El mismo Lutero, tras su afirmación de rebeldía, invoca la ayuda divina. Puede que únicamente pida protección contra sus enemigos, pero me parece más verosímil que lo haga en reconocimiento de sus limitaciones; que, consciente de que puede estar equivocado, solicite al Señor que lo ilumine. La conciencia no se reduce a una convicción interior, pues en ese caso los atroces crímenes del nazismo quedarían justificados. Nada sugiere que Hitler, Himmler o tantos otros que los secundaron, sintieran que obraban mal. Al contrario, estaban convencidos de que hacían lo correcto. En este punto debemos tener presente la advertencia de Benedicto XVI: “La reducción de la conciencia a la certidumbre subjetiva significa al mismo tiempo la renuncia a la verdad.”[3] El relativismo, al negar a la verdad su carácter objetivo, justifica, en definitiva, todas las acciones, ya que, si no hay un marco universal de referencia, estas no pueden ser juzgadas más que por el propio sujeto que las ejecuta. La única exigencia es que estas sean “auténticas”, es decir, expresen una convicción personal. El hecho de que Eichmann actuara en cumplimiento de lo que consideraba  su obligación y que, por tanto, no se creyera personalmente responsable, no anula su culpabilidad. En todo caso, indica que los torturadores y asesinos no eran a menudo psicópatas o sádicos, sino funcionarios metódicos y eficientes que, tras realizar su trabajo, quizá matando a niños en las cámaras de gas, podían volver junto a su familia y, tal vez, de camino, comprar un regalo para sus hijos y luego emocionarse al abrazarlos. Pero entonces, a qué se refiere Lutero cuando expresa que la conciencia le impide la retractación. Opino que lo indica con suma claridad Benedicto XVI al comentar un episodio de la vida del cardenal Newman:

…la conciencia significa la presencia perceptible e imperiosa de la voz de la verdad dentro del sujeto mismo; la conciencia es la superación de la mera subjetividad en el encuentro entre la interioridad del hombre y la verdad procedente de Dios[4].

Queda por aclarar a qué experiencias, lecturas y meditaciones me referí de aquella manera tan vaga. Para ello, en primer lugar expondré lo que a mi juicio separa al agnóstico del creyente. Piensa el primero que eso que llamamos verdad, aunque hipotéticamente pudiéramos admitir su existencia, es incognoscible. No niega, como hace el ateo, a Dios, sino que se limita a expulsarlo del campo de la experiencia humana, la cual queda así circunscrita a la búsqueda de verdades parciales asequibles a los métodos de investigación científica. Para el creyente, en cambio, sí existe una verdad que reviste un carácter absoluto y que, además, puede ser conocida.

La primera influencia intelectual que recuerdo al pensar en la adolescencia y la juventud, es la de Bertrand Russell, cuya obra ¿Por qué no soy cristiano? leí con quince o dieciséis años. Entonces, en el Bachillerato estudiábamos solo la filosofía tomista, por lo que esta lectura me hizo sentir una bocanada de aire fresco, y me apartó para mucho tiempo del catolicismo milagrero, ñoño y amenazador de los primeros tiempos de colegio, y del nada estimulante para la inteligencia en los estudios posteriores. He de aclarar que mi padre era declaradamente hostil a la iglesia Católica y que mi madre, apenas aflojó un poco la presión social, dejó de asistir a la misa dominical, única ceremonia, salvo las de carácter marcadamente social, en la que hasta entonces participaba. No obstante, en casa teníamos una Biblia, en la edición de Bover Cantera, y desde niño me fascinó su lectura Un gusto que nunca me ha abandonado y al que no renuncié siquiera en las épocas en que fui un ateo convencido. Russell me llevó a plantear ciertas preguntas incómodas a mi profesor de Filosofía, un buen hombre muy poco cualificado para responderlas.  Poco después, al compás de los primeros y titubeantes signos de apertura perceptibles en los últimos momentos de la dictadura, fue posible la adquisición de libros de Marx y de Engels, sobre los que me lancé con auténtica avidez. En ellos, sobre todo en Engels, se percibía una cosmovisión omnicomprensiva capaz de explicar el mundo. En suma, una verdad en la que no había lugar para la trascendencia. Estaba entonces de moda la interpretación de Althusser, a menudo mediatizada por las explicaciones de su discípula Marta Harnecker.  Con ellos, el marxismo comenzó a revelárseme como una escolástica tan agobiante y esterilizadora como la metafísica aristotélica. De su presión me liberó el descubrimiento de Trotski. Todo esto ocurrió en un período muy breve, el que discurre entre el asesinato de Carrero Blanco en 1973, cuando yo tenía dieciséis años, y las elecciones a Cortes Constituyentes (1977). La necesidad de que la praxis fuera coherente con la teoría[5] o, utilizando otros términos, de seguir la voz de la conciencia, me condujo a un activismo político sobre el que no creo oportuno extenderme ahora y al que he retornado en diversas ocasiones, sin obtener otra cosa que desengaños culminados con violentas rupturas.

Trotski me abrió el camino hacia Rosa Luxemburg, Bujarin y, rotos ya los diques, hacia Kant, cuya Fundamentación de la metafísica de las costumbres, me recomendó en la universidad un profesor de Historia de la Filosofía. Este librito, que, al igual que otras obras de su autor, aún releo con gusto, tuvo el efecto, como antes el de Bertrand Russell, de mostrarme un mundo nuevo y liberarme definitivamente de esa verdad que había creído hallar en el marxismo.  Quedé por mucho tiempo prendido en un agnosticismo que, si bien negaba la posibilidad de conocer el noúmeno, en definitiva, la verdad; resultaba extremadamente riguroso en lo que atañe a la ética.

Pero también esta concepción llegó a resquebrajarse. Aparecieron en ella pequeñas fisuras que yo ni siquiera alcanzaba a percibir. Mi esposa comenzó a frecuentar la iglesia y a participar en actividades pastorales y yo, de bastante mala gana, me vi comprometido a acompañarla en algunas ocasiones. De este modo conocí a un hombre excepcional, el padre Alfonso Garrido, inteligente y cultivado, amable y generoso, amigo de la conversación y de los pequeños placeres de la vida, y, sobre todo, bueno. Nuestra amistad creció lentamente, sin que él en ningún momento, a lo largo de las innumerables charlas que mantuvimos pretendiera atraerme a sus creencias. Yo, simplemente sentía que podía comunicarle inquietudes de las que no me sentía capaz de hablar a ningún otro. Crecía en paralelo, mi admiración por Juan Pablo II, un papa que como pocos ha sabido encarnar la misión profética de la Iglesia. El catolicismo se presentaba así ante mí con un rostro que hasta entonces yo no había conocido, De esta manera superaba recelos y surgía una corriente de simpatía, pero aún estaba lejano el paso definitivo. Este vino a consecuencia de la lectura de supervivientes de la Shoá: Primo Levi, Imre Kertész, Viktor Frankl y Victor Klemperer, entre otros; y también de los testimonios del horror soviético: Soljenitsin, Evguenia Ginzburg, Vasili Grossman o Vasili Aksiónov. Pero si he de señalar un momento decisivo, he de referirme a una noche en que, ya dormidas mi esposa y mi hija, leía, capturado por unas páginas que me horrorizaban, pero que no podía abandonar, Más allá de la culpa y la expiación. En este libro, Jean Améry nos confronta como nadie lo ha hecho con la presencia del mal. Se niega a admitir que ha sido una víctima del totalitarismo, pues este es una abstracción. A él lo ha torturado hasta causarle un dolor insoportable el teniente Praust. Un ser como todos los otros con rostro. En suma, como diría Levinas, el prójimo:

…rostros comunes. Rostros del montón. Y el conocimiento espantoso de una fase posterior, que de nuevo destruye toda representación abstracta, nos pone de manifiesto como los rostros del montón se transforman finalmente en rostros de Gestapo y cómo el mal se sobrepone y supera la banalidad[6].

Rechaza Améry la interpretación de Hannah Arendt, con el argumento de que esta conocía al enemigo solo de oídas y no había padecido en su carne el horror. Continué leyendo hasta que de repente comprendí que ese era mi caso y noté como desde dentro me crecía una sensación que nunca antes había experimentado. Dejé el libro sobre la mesa y me tendí boca abajo en el suelo, presa de un llanto irrefrenable. Mi alma se rebelaba contra el lúcido dictamen de Améry.

En el torturado se acumula el terror de haber experimentado al prójimo como enemigo: sobre esta base nadie puede otear un mundo donde reine el principio de la esperanza[7].

No sé el tiempo que transcurrió así, pero poco a poco, una plegaria comenzó a vencer al desconsuelo. Recé y recé como jamás lo he hecho y mi espíritu recuperó lentamente la tranquilidad. De alguna manera que no soy capaz de describir, sentí un enorme vértigo aliviado luego por la convicción de que, por grandes que sean nuestros padecimientos, el mal nunca vencerá al bien, y de que, pese a las apariencias, solo este tiene auténtica existencia. Él es la verdad.

A la mañana siguiente escribí a Alfonso, entonces destinado en el Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid, para comunicarle mi propósito de retornar a la iglesia Católica y solicitar su orientación en el proceso.



[1] MARX, Karl, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel
[2] FEBVRE, L. Martín Lutero, Madrid, FCE, 1975. p. 169
[3] RATZINGER, Joseph, Ser cristiano en la era neopagana, Madrid, Encuentro, 1995, p. 37.
[4] Ibidem, p. 39.
[5] La filosofía de Marx es praxis, tal como este señala con toda claridad en la XI Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. MARX, K. y ENGELS, F. Tesis sobre Feuerbach y otros escritos filosóficos, Barcelona, Grijalbo, 1974, p. 12.
[6] AMÉRY, Jean, Más allá de la culpa y la expiación, Valencia, Pre-Textos, 2004, p. 87.
[7] Ibidem, p. 107.

29 noviembre 2012

Un tiempo pasado

Francisco Javier Bernad Morales

Ya en anteriores ocasiones he citado a Imre Kertész, el húngaro, superviviente de Auschwitz, premio Nobel de Literatura en 2002. Una vez más, deseo referirme a él. En esta ocasión, copiando literalmente uno de sus textos, un fragmento del Ensayo de Hamburgo, publicado por Herder, Barcelona 2002, en un volumen titulado Un instante de silencio en el paredón:

Ha pasado una época, y cierta actitud humana parece ya irrecuperable, como los años, como la juventud. ¿En qué consistía esa actitud? Era el asombro del ser humano ante la creación; la admiración fervorosa por el hecho de que esta materia que se descompone -el cuerpo humano- vive y tiene alma; ha desaparecido el asombro ante la existencia del mundo y con él, de hecho, el respeto, la devoción, la alegría, el amor por la vida. El asesinato que ha ocupado el lugar de esa época pasada -no como mal hábito, como exceso, como "caso", sino como forma de vida, como actitud "normal" que se adapta y se adopta ante la vida y los otros seres vivos-, el asesinato como modo de ver la vida, la actitud propia del asesinato suponen sin duda una transformación radical; da igual si es el síntoma de una era o un síntoma final. Podría objetarse que el exterminio de seres humanos no es precisamente un invento moderno; pero la eliminación continua de seres humanos, practicada durante años y décadas de forma sistemática y convertida así en sistema mientras transcurren a su lado la vida normal y cotidiana, la educación de los hijos, los paseos amorosos, la hora con el médico, las ambiciones profesionales y otros deseos, los anhelos civiles, las melancolías crepusculares, el crecimiento, los éxitos o los fracasos, etcétera; esto, sumado al hecho de habituarse a la situación, de acostumbrarse al miedo, junto con la resignación, la indiferencia y hasta el aburrimiento, es un invento muy reciente. Lo nuevo en él es, para ser concreto, lo siguiente:está aceptado. Se ha demostrado que la forma de vida del asesinato es posible y vivible: por tanto, puede institucionalizarse. la misión del ser humano en la tierra tal vez consista en destruir la tierra y la vida. De ser así, habrá actuado como Sísifo: por un momento se escabulló de su tarea, de su misión, se escapó de las garras de la muerte y se maravilló de aquello que debía devastar: la vida. Debemos, pues, a esta renuencia todas los formas y pensamientos de rango superior creados por el hombre: el arte, la filosofía, las religiones son el producto de ese frenazo del hombre, de su vacilación ante su auténtica tarea: el exterminio (p. 42).

Son palabras terribles en que se resume la tragedia de nuestra época, pero no hemos de creer que representen las convicciones de Kertész. Él, a pesar de esta lacerante lucidez, conserva la esperanza. Describe los males del mundo para que seamos capaces de precavernos frente a ellos. Otros, como Jean Améry, Primo Levi o Paul Celan, no pudieron a la larga soportar el peso de haber sobrevivido y terminaron por quitarse la vida, Algunos, como Kertész o Viktor Frankl encontraron motivos para seguir adelante, pese a haber sufrido en su propia alma el vértigo de un mal insondable.

20 enero 2012

El ángel de Budapest

Francisco Javier Bernad Morales
Director: Luis Oliveros

Guión: Ángel Aranda
Intérpretes: Francis Lorenzo, Anna Allen, Ana Fernández, Manuel de Blas y Asier Etxeandia.

Creo obligado comenzar este artículo con una aseveración solo en apariencia contradictoria: no me ha gustado la película y me alegra que se haya producido en España. Comenzaré por explicar la segunda parte de mi aserto. Para ello, nos situaremos en el marco espacial y temporal de la acción. En 1944, ante la proximidad de las tropas soviéticas, Alemania ocupa Hungría, gobernada por su aliado el regente Miklós Horthy, quien acepta nombrar un nuevo gobierno más próximo al nazismo. Desde ese momento se recrudece la política antisemita y Adolf Eichmann se traslada a Budapest para organizar la deportación a los campos de exterminio. Cuando meses después, Horthy intenta firmar un armisticio con los soviéticos a espaldas de Alemania, es depuesto y reemplazado por el dirigente de los Cruces Flechadas, Ferenz Szálasi, con quien el nazismo adquiere el completo control del país.
Es en estos momentos convulsos cuando el joven diplomático Ángel Sanz-Briz, encargado de Negocios, queda al frente de la legación española, después de que, por presiones alemanas, el embajador Miguel Muguiro sea llamado a Madrid. Desde su nueva responsabilidad no solo continúa, sino que incluso intensifica las labores de protección a los judíos iniciadas por su predecesor. Contará en tan difícil y arriesgada tarea con la colaboración del italiano Giorgio Perlasca, a quien, para ponerlo al abrigo de la persecución nazi, proporciona documentación española, amparándose en que había combatido como voluntario en el bando franquista durante la guerra Civil. Escudándose en un decreto de la dictadura de Primo de Rivera, Sanz-Briz consiguió que las autoridades húngaras aceptaran que doscientos sefardíes quedaran bajo protección española. Luego, simplemente amplió el número de doscientos individuos a doscientas familias, y finalmente emitió pasaportes y salvoconductos duplicando números a fin de no superar nunca los doscientos. De esta manera, unos cinco mil doscientos judíos húngaros, solo en un ínfimo porcentaje sefardíes, quedaron bajo el amparo español. Para acogerlos, con ayuda de Perlasca, alquiló diversos inmuebles en Budapest en los que hizo colocar placas que los señalaban como anexos a la embajada y en los que ondearon banderas españolas. Incluso utilizó su dinero personal para sobornar a funcionarios alemanes. Sin embargo, esta labor estuvo a punto de venirse abajo, cuando en noviembre, ante la inminente caída de Budapest en poder del ejército soviético, recibió la orden de cerrar la embajada y trasladarse a Suiza. Fue entonces cuando Perlasca se autoproclamó cónsul de España y, engañando a húngaros y alemanes gracias a las dificultades de comunicación con el exterior en la ciudad sitiada, mantuvo abierta la legación y las casas de acogida.
La protección de los judíos húngaros fue un trabajo heroico en el que también participaron, entre otros, el nuncio, monseñor Rotta y el embajador sueco, Raoul Wallenberg. Si recordamos que la Misná (Sanhedrín 4, 40) afirma que quien salva a un hombre salva al mundo, entenderemos que todos ellos hayan obtenido en Israel la consideración de Justo entre las naciones.
Es motivo de satisfacción que España recuerde a hombres como Ángel Sanz-Briz que, en medio del horror, antepusieron a la comodidad o a cualquier ventaja personal el deber de ayudar al prójimo y tuvieron el valor de arriesgarlo todo para salvar al hermano perseguido.
Decía, sin embargo, que la película no me ha gustado. Al guión le falta tensión dramática, algo que resulta aún más patente si la comparamos con la italiana El cónsul Perlasca, dirigida por Alberto Negrin en 2002. Tampoco resulta afortunada la interpretación de Francis Lorenzo, que en ningún momento modifica una expresión facial a medio camino entre la sorpresa y el alelamiento.
No puedo terminar sin una breve referencia el destino último de aquellos hombres que osaron desafiar los designios criminales del nazismo. Monseñor Rotta tras la guerra desempeñó algunos puestos en el Vaticano;  peor fue la suerte de Raoul Wallenberg, detenido por el ejército soviético y, aunque no existe certeza absoluta al respecto, posiblemente fusilado en la Lubianka, la sede del NKVD en Moscú; Giorgio Perlasca quedó arruinado tras algunas desafortunadas iniciativas empresariales; en cuanto a Ángel Sanz-Briz, que nunca alardeó de su labor, ocupó numerosos cargos en diferentes legaciones españolas, llegando a ser en 1973 el primer embajador español en China y terminando sus días en 1980 como representante de nuestro país ante El Vaticano.
Pero aún no puedo terminar. Si se me permite añadiré una escueta referencia personal: en un acto organizado por Casa Sefarad he tenido la estremecedora oportunidad de escuchar el testimonio de gratitud de Jaime Vandor, uno de los niños judíos salvados de la muerte por Ángel Sanz-Briz y Giorgio Perlasca.