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25 mayo 2015

Ven a mí, Espíritu Santo

San Agustín

Ven a mí, Espíritu Santo,
Espíritu de sabiduría:
dame mirada y oído interior
para que no me apegue a las cosas materiales,
sino que busque siempre las realidades del Espíritu.
Ven a mí, Espíritu Santo,
Espíritu de amor:
haz que mi corazón
siempre sea capaz de más caridad.
Ven a mí, Espíritu Santo,
Espíritu de verdad:
concédeme llegar al conocimiento de la verdad
en toda su plenitud.
Ven a mí, Espíritu Santo,
agua viva que lanza a la vida eterna:
concédeme la gracia de llegar
a contemplar el rostro del Padre
en la vida y en la alegría sin fin.
Amén.

22 octubre 2014

Mensaje de Joaquín María, obispo de Getafe, en el día del Domund

Joaquín María López de Andújar

Queridos hermanos y amigos:
La Jornada Mundial de las Misiones, que bajo el lema "Renace la alegría" celebraremos., Dios Mediante, el próximo 19 de octubre es "un momento privilegiado en el que los fieles de los diversos continentes, se comprometen con oraciones y gestos concretos de solidaridad para ayudar a las iglesias jóvenes de los territorios de misión" ( Mensaje del Papa. Domind 2014)
La Gran Misión Diocesana, que estamos promoviendo, no debe encerrarnos en nuestros propios problemas, sino que debe abrir nuestra mirada a la Iglesia universal y despertar en nosotros el deseo y la preocupación por lo que llamamos la "misión ad gentes", es decir la misión, fuera de nuestras fronteras, en aquellos lugares donde el evangelio aún no ha llegado o, si ha llegado, los cristianos de estos lugares están viviendo en tales condiciones de debilidad, de persecución y de pobreza, que no pueden sobrevivir sin nuestra ayuda.
En cualquier caso lo que ha de movernos siempre es el anhelo de anunciar y compartir con todos los hombres el gozo de descubrir en Jesucristo el amor inmenso que Dios nos tiene. Jesucristo, enviado del Padre y primer misionero del amor divino, nos llama, como a los primeros discípulos, para estar con Él y para que, siguiendo sus huellas, anunciemos a todos los hombres la Buena Noticia de la salvación.
El evangelista San Mateo, antes de relatarnos la llamada de los doce, describe la actividad de Jesús, a la que después serán asociados los apóstoles, con seis acciones: recorría las ciudades y aldeas, enseñaba en las sinagogas, proclamaba el evangelio del Reino, curaba toda enfermedad y dolencia; se compadecía de las muchedumbres y rogaba al Señor de la mies. Son seis acciones misioneras que Jesús quiere que sigamos realizando hoy en su nombre y que tienen que llegar, no solo a nuestro entorno más inmediato, sino al mundo entero. (cf. Mt 9, 32-38)
"Recorrer las ciudades y aldeas", significa el dinamismo misionero que ha de animarnos a estar siempre atentos a las necesidades de nuestros hermanos, aunque vivan lejos de nosotros. "Fiel al modelo del Maestro es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco, sin miedo" (EG 23)
"Enseñar en las sinagogas", nos revela que Jesús comienza su predicación donde está la gente, allí donde la gente ora y donde el pueblo expresa ante Dios sus deseos y esperanzas. Jesús nos invita a respetar a todos y a caminar con ellos a partir del lugar y la situación vital en que se encuentres. Una Iglesia misionera tiene que salir de sus fronteras para llegar donde la gente esté y ponerse en sintonía con sus alegrías y sus penas.
"Proclamar el evangelio del Reino", manifiesta que Jesús no solo hablaba en os lugares donde se reunía la gente religiosa, sino que hablaba también en la calle y hablaba con voz potente. Su modo de hablar era una proclamación, era el anuncio vigoroso de la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Una iglesia misionera "sabe de esperas largas y de aguante apostólico" (EG, 24)
"Curar toda enfermedad y dolencia", nos hace comprender que el anuncio del Evangelio ha de ir siempre acompañado de las obras de misericordia tanto corporales como espirituales. Las muertes heroicas, a consecuencia del ébola, de los hermanos Miguel Pajares y Manuel García Viejo son un claro testimonio de la vocación misionera, que sale al encuentro de los más pobres y vulnerables, entregando la propia vida.
"Compadecer", nos muestra los sentimientos de Jesús que se conmueve ante aquellas gentes que, como muchos hermanos nuestros, de territorios de misión están "extenuados y abandonados, como ovejas que no tienen pastor" ( Mt 9, 36)
"Rogar al Señor de la mies" nos invita a la oración. La Jornada del Domund ha de ayudarnos a entender la fuerza misteriosa de la intercesión. "Los grandes hombres y mujeres de Dios fueron grandes intercesores. La intercesión es como la "levadura" en el seno de la Trinidad. Es una adentrarse en el corazón del Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian (EG, 283)
Que la Virgen María, modelo de evangelización humilde y alegre, nos acompañe y haga de la Iglesia el hogar en el que los hombres de todos los pueblos y culturas se encuentren con Jesucristo, luz del mundo, Señor y Salvador nuestro.
Con mi bendición y afecto
+ Joaquín María. Obispo de Getafe
Getafe, 28 de septiembre de 2014

16 mayo 2013

Pentecostés

Benedicto XVI

Homilía pronunciada el domingo 27 de mayo de 2012 en la Basílica Vaticana


Queridos hermanos y hermanas alegra celebrar con vosotros esta santa misa, animada hoy también por el coro de la Academia de Santa Cecilia y por la orquesta juvenil —a la que doy las gracias— en la solemnidad de Pentecostés. Este misterio constituye el bautismo de la Iglesia; es un acontecimiento que le dio, por decirlo así, la forma inicial y el impulso para su misión. Y esta «forma» y este «impulso» siempre son válidos, siempre son actuales, y se renuevan de modo especial mediante las acciones litúrgicas. Esta mañana quiero reflexionar sobre un aspecto esencial del misterio de Pentecostés, que en nuestros días conserva toda su importancia. Pentecostés es la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión humana. Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo, aunque estemos cada vez más cercanos los unos a los otros gracias al desarrollo de los medios de comunicación, y las distancias geográficas parecen desaparecer, la comprensión y la comunión entre las personas a menudo es superficial y difícil. Persisten desequilibrios que con frecuencia llevan a conflictos; el diálogo entre las generaciones es cada vez más complicado y a veces prevalece la contraposición; asistimos a sucesos diarios en los que nos parece que los hombres se están volviendo más agresivos y huraños; comprenderse parece demasiado arduo y se prefiere buscar el propio yo, los propios intereses. En esta situación, ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir la unidad que tanto necesitamos?

La narración de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura (cf. Hch 2, 1-11), contiene en el fondo uno de los grandes cuadros que encontramos al inicio del Antiguo Testamento: la antigua historia de la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11, 1-9). Pero, ¿qué es Babel? Es la descripción de un reino en el que los hombres alcanzaron tanto poder que pensaron que ya no necesitaban hacer referencia a un Dios lejano, y que eran tan fuertes que podían construir por sí mismos un camino que llevara al cielo para abrir sus puertas y ocupar el lugar de Dios. Pero precisamente en esta situación sucede algo extraño y singular. Mientras los hombres estaban trabajando juntos para construir la torre, improvisamente se dieron cuenta de que estaban construyendo unos contra otros. Mientras intentaban ser como Dios, corrían el peligro de ya no ser ni siquiera hombres, porque habían perdido un elemento fundamental de las personas humanas: la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos.
Este relato bíblico contiene una verdad perenne; lo podemos ver a lo largo de la historia, y también en nuestro mundo. Con el progreso de la ciencia y de la técnica hemos alcanzado el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza, de manipular los elementos, de fabricar seres vivos, llegando casi al ser humano mismo. En esta situación, orar a Dios parece algo superado, inútil, porque nosotros mismos podemos construir y realizar todo lo que queremos. Pero no caemos en la cuenta de que estamos reviviendo la misma experiencia de Babel. Es verdad que hemos multiplicado las posibilidades de comunicar, de tener informaciones, de transmitir noticias, pero ¿podemos decir que ha crecido la capacidad de entendernos o quizá, paradójicamente, cada vez nos entendemos menos? ¿No parece insinuarse entre los hombres un sentido de desconfianza, de sospecha, de temor recíproco, hasta llegar a ser peligrosos los unos para los otros? Volvemos, por tanto, a la pregunta inicial: ¿puede haber verdaderamente unidad, concordia? Y ¿cómo?
Encontramos la respuesta en la Sagrada Escritura: sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una capacidad nueva de comunicar. Esto es lo que sucedió en Pentecostés. Esa mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión.
Pero veamos el Evangelio de hoy, en el que Jesús afirma: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 13). Aquí Jesús, hablando del Espíritu Santo, nos explica qué es la Iglesia y cómo debe vivir para ser lo que debe ser, para ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad; nos dice que actuar como cristianos significa no estar encerrados en el propio «yo», sino orientarse hacia el todo; significa acoger en nosotros mismos a toda la Iglesia o, mejor dicho, dejar interiormente que ella nos acoja. Entonces, cuando yo hablo, pienso y actúo como cristiano, no lo hago encerrándome en mi yo, sino que lo hago siempre en el todo y a partir del todo: así el Espíritu Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede seguir resonando en el corazón y en la mente de los hombres, impulsándolos a encontrarse y a aceptarse mutuamente. El Espíritu, precisamente por el hecho de que actúa así, nos introduce en toda la verdad, que es Jesús; nos guía a profundizar en ella, a comprenderla: nosotros no crecemos en el conocimiento encerrándonos en nuestro yo, sino sólo volviéndonos capaces de escuchar y de compartir, sólo en el «nosotros» de la Iglesia, con una actitud de profunda humildad interior. Así resulta más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde los hombres quieren ocupar el lugar de Dios, sólo pueden ponerse los unos contra los otros. En cambio, donde se sitúan en la verdad del Señor, se abren a la acción de su Espíritu, que los sostiene y los une.
La contraposición entre Babel y Pentecostés aparece también en la segunda lectura, donde el Apóstol dice: «Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne» (Ga 5, 16). San Pablo nos explica que nuestra vida personal está marcada por un conflicto interior, por una división, entre los impulsos que provienen de la carne y los que proceden del Espíritu; y nosotros no podemos seguirlos todos. Efectivamente, no podemos ser al mismo tiempo egoístas y generosos, seguir la tendencia a dominar sobre los demás y experimentar la alegría del servicio desinteresado. Siempre debemos elegir cuál impulso seguir y sólo lo podemos hacer de modo auténtico con la ayuda del Espíritu de Cristo. San Pablo —como hemos escuchado— enumera las obras de la carne: son los pecados de egoísmo y de violencia, como enemistad, discordia, celos, disensiones; son pensamientos y acciones que no permiten vivir de modo verdaderamente humano y cristiano, en el amor. Es una dirección que lleva a perder la propia vida. En cambio, el Espíritu Santo nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en esta tierra el germen de una vida divina que está en nosotros. De hecho, san Pablo afirma: «El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz» (Ga 5, 22). Notemos cómo el Apóstol usa el plural para describir las obras de la carne, que provocan la dispersión del ser humano, mientras que usa el singular para definir la acción del Espíritu; habla de «fruto», precisamente como a la dispersión de Babel se opone la unidad de Pentecostés.
Queridos amigos, debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto debemos pedir al Espíritu que nos ilumine y nos guíe a vencer la fascinación de seguir nuestras verdades, y a acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia. El relato de Pentecostés en el Evangelio de san Lucas nos dice que Jesús, antes de subir al cielo, pidió a los Apóstoles que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo a la espera del acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy reza: «Veni Sancte Spiritus!», «¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!». Amén.