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09 marzo 2021

El Papa en Irak

El reciente viaje del Papa Francisco a Irak constituye un gesto de apoyo a una comunidad cristiana víctima del fanatismo y necesitada de consuelo, que precisa, en fin, saber que no esta sola. Al visitarla, el Santo Padre la coloca ante nuestros ojos y hace que nuestra atención, a menudo distraída con preocupaciones que se nos antojan más inmediatas, se fije en su sufrimiento. Un sufrimiento que, no lo olvidemos, no es privativo de los cristianos, sino que se extiende a todos aquellos que, sean cuales fueren sus creencias, han visto sus vidas marcadas por la intolerancia y por la guerra. A todos ellos debemos recordarlos en nuestras oraciones.

El encuentro con el ayatolá Alí al-Sistani en Ur de los Caldeos, la patria de Abraham, el antepasado común de judíos, cristianos y musulmanes, nos muestra además que las diferencias interreligiosas pueden y deben afrontarse mediante el diálogo. Frente a esquemas simplistas basados en estereotipos caricaturescos, debemos reconocer la riqueza y diversidad del otro y aproximarnos a él sin las anteojeras de nuestros prejuicios. En unos momentos en que en nuestros países occidentales se alzan cada día con mayor fuerza voces que claman contra los inmigrantes, en especial contra los de religión musulmana, tildándolos de manera colectiva y sumaria de violentos y delincuentes, la imagen del Francisco y al-Sistani conversando sentados uno junto al otro, es de por sí un llamamiento a la paz y a la mutua comprensión. Al contemplarla debemos recordar que el rechazo del otro no es una planta exótica propia de otras culturas y religiones, sino que también florece entre nosotros y que ha teñido de sangre nuestra historia. Roguemos al Señor por que el odio no endurezca nuestros corazones.

30 diciembre 2011

El precio a pagar

Francisco Javier Bernad Morales

En el último número de Estudio Agustiniano he publicado una recensión del libro autobiográfico de Joseph Fadelle.

FADELLE, Joseph, El precio a pagar, RIALP, Madrid, 2011, 21,5 x 14,5, 207 pp.

Joseph Fadelle, llamado antes Mohammed y miembro de una poderosa familia chií de Irak, narra en esta obra autobiográfica las penalidades que hubo de afrontar tras su conversión al cristianismo. Durante años, en la época de la dictadura laica de Sadam Husein, se vio obligado a frecuentar a escondidas las iglesias cristianas, siempre con el temor de ser descubierto y con el sufrimiento añadido de un acogimiento tibio, plagado de desconfianza hasta el extremo de que le es negado el bautismo. Entiéndase: los cristianos constituían una minoría tolerada, pero el abandono del islam y el proselitismo se castigaban, como aún ocurre en muchos países musulmanes, con la muerte. Por admitir a un hombre, toda la comunidad quedaba expuesta al peligro. En medio de angustiosas dificultades, Mohammed consigue la adhesión al cristianismo de su esposa, pero la conducta extraña de ambos, sus inexplicadas desapariciones los domingos, sus cada día más frecuentes excusas para eludir la oración en familia, acaban por despertar sospechas, y finalmente son descubiertos. Mohammed debe comparecer ante su propio padre, quien somete el caso a la autoridad suprema del ayatolá. El veredicto de este no deja lugar a dudas: el retorno al islam o la muerte. Pero se le dará un tiempo para pensar. Sin más acusaciones, un familiar que trabaja en los servicios secretos hace que lo encarcelen y lo sometan a largas sesiones de tortura. Se busca de esta manera quebrantar su voluntad y también que denuncie a los cristianos con quienes ha mantenido trato. Al cabo de unos meses, tan inexplicablemente como lo detuvieron lo ponen en libertad. Pero ahora debe guardarse ante todo de su propia familia. En un primer momento, con ayuda de algunos miembros de la comunidad cristiana, consigue escapar a Jordania, donde finalmente, junto a su esposa e hijos, recibe el bautismo. Pero su situación apenas se ha aliviado. El permiso de residencia caduca pronto con lo que se convierte en un residente ilegal, expuesto a ser deportado a Irak en cualquier momento. Debe, pues, ocultar tanto su identidad como su conversión, dado que esta, la apostasía, también está castigada en Jordania, donde solo se tolera a los cristianos de nacimiento. El peligro alcanza su cumbre cuando es descubierto y secuestrado por su tío y sus hermanos, quienes, tras intentar en vano que reniegue del cristianismo, deciden darle una muerte a la que solo escapa por milagro o por casualidad. Sigue un desesperado intento de huida en que las puertas parecen cerrarse una tras otra, pero que finalmente, cuando casi no queda lugar para la esperanza, le llevará, junto a su esposa e hijos a Francia.

Más allá de la peripecia vital de Mohammed, interesa en el libro la descripción de la discriminación y las vejaciones a que son sometidos los cristianos en numerosos países musulmanes, y la opresión y vigilancia constante que ejerce el grupo familiar, o más propiamente tribal, sobre los individuos. No parece, al menos en este caso, que las convicciones religiosas tengan gran importancia. Nada se opone a la tibieza, a la indiferencia o al cumplimiento rutinario de ciertas obligaciones; pero la apostasía, el abandono del islam por otra religión, se percibe como una merma en el honor de la familia, una afrenta que daña su prestigio ante el resto de la comunidad. Por ese motivo, los parientes más próximos son los más interesados en el castigo del culpable. La ruptura entraña el riesgo de perder la vida, pero incluso cuando se consigue conservarla, supone la expulsión del mundo anterior, con el padre, la madre y los hermanos, súbitamente convertidos en irreconciliables enemigos.

21 septiembre 2011

El testamento del padre Christian de Chergé


Almudena Cañamero



Justamente acabo de ver la fantástica película francesa De dioses y hombres sobre el martirio de los siete monjes trapenses en Argelia en 1996 (sí francesa, de un país totalmente laico, y me resulta difícil imaginármela aquí, en esta España tan sectaria e intolerante en todos los sentidos). La película está hecha con sabiduría, reflejando perfectamente la vida monástica, las dudas de algunos monjes, la valentía de otros, su unión, su fe, su entrega y amistad con el pueblo argelino y, por supuesto, con un exquisito respeto hacia la religión tanto católica como musulmana (hay una conmovedora escena en la que el hermano Luc -médico atendía a la población- es invitado a una ceremonia de circuncisión.

El prior de este monasterio, Dom Christian de Chergé (en proceso de beatificación) escribió un testamento del que os quiero dejar un trozo. Precisamente viene al pelo de lo que hemos hablado estos días a propósito de la "demonización" de las religiones y del islam en partícular. Lo que dice es ejemplar, y deberían leerlo los que no encuentran otro argumento para criticar a los intolerantes que enfrentarlos con la religión musulmana. Es una preciosidad:

Yo no podría desear una muerte semejante. Me parece importante proclamarlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato. Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la "gracia del martirio" debérsela a un argelino, quienquiera que sea, sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam. Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente. Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo.

Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas. Argelia y el Islam, para mí son otra cosa, es un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido, encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia, precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:"¡qué diga ahora lo que piensa de esto!" Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad.

Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con El a Sus hijos del Islam tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.