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17 agosto 2013

El rey David (3)

Francisco Javier Bernad Morales

Ante la hostilidad de Saúl, a David no le queda otra salida que apartarse definitivamente de la corte, convirtiéndose en un proscrito, jefe de un grupo de aventureros que, agobiados por las deudas o perseguidos por otros motivos,  no hallan otra forma de vida que el pillaje. Salvando las circunstancias concretas propias del tiempo y del lugar, podemos imaginarlo en esta etapa de su vida con rasgos similares a los que la tradición atribuye a Robin Hood. Su carrera de bandido se inicia en Nob, donde come los panes consagrados, ofrecidos por el sacerdote Ahimelek, quien asimismo le entrega la espada de Goliat. A continuación, tras una breve estancia entre los filisteos, busca asilo en Moab. En tanto, la persecución de Saúl no cesa. Mientras el rey hace matar a los sacerdotes de Nob, culpables de haber auxiliado a David (1 Samuel, 22), este combate por su cuenta a los filisteos en defensa de las ciudades de Judá, y termina por refugiarse en la montaña y el desierto, donde recibe la visita confortadora de Jonatán, con quien renueva su alianza. Es en estos tiempos de vida errante, cuando en dos ocasiones, David tiene la oportunidad de matar a Saúl y le perdona la vida, por tratarse del ungido del Señor.  Es también en esta época cuando conoce a Abigail, que, tras enviudar de Nabal, se convertirá en la segunda de sus esposas. Por entonces, muere asimismo el profeta Samuel.

Pese a la generosidad con que ha sido tratado por David, Saúl no ceja en el intento de matarle, lo que empuja finalmente a aquel a acogerse a la hospitalidad del rey filisteo de Gat (1 Samuel 27). Como mercenario devastará los territorios de los amalequitas, los guirizitas y los guesuritas, haciendo creer que sus ataques se dirigen contra Judá. De esta manera se gana la confianza del rey de Gat, pero no la de los restantes príncipes filisteos, que, cuando se enfrentan con Israel, exigen que David sea apartado del combate. Este al ser despedido, lo que le permite eludir una situación que había de resultarle engorrosa, se dirige contra los amalequitas, a los que vence, mientras que Saúl y Jonatán mueren, como ya se ha mencionado, abatidos por los filisteos en el monte de Gilboé. De esta manera, el joven pastor, admirado y odiado por Saúl, amado por Jonatán, jefe de una banda de proscritos y mercenario al servicio de los filisteos, está a las puertas de convertirse en un poderoso rey, pero aún habrá de vencer grandes dificultades antes de ser aceptado por las doce tribus de Israel.

13 agosto 2013

El rey David (2)

Francisco Javier Bernad Morales

La victoria sobre Goliat, le granjea a David la amistad de Jonatán, el hijo de Saúl, aunque también despierta los celos de este (1 Samuel, 18-19)). Durante algún tiempo los sentimientos del rey parecen ambivalentes: si por un lado intenta asesinar a David, por otro le ofrece en matrimonio a una de sus hijas. Primero a Merab y luego, tras entregar esta a otro hombre, faltando a la palabra dada, a Mikal, aunque pone como condición que aquel le entregue antes a modo de dote, los prepucios de cien filisteos. El texto indica que es una argucia con la que pretende conducir a David a la muerte. Sin embargo, el joven cumple sobradamente la exigencia y la boda finalmente se celebra.

Esto no impide que Saúl piense de nuevo en terminar con David, quien se salva gracias a que Jonatán interviene a su favor, recodando al rey los grandes servicios prestados por aquel y su lealtad sin mancha. El arrepentimiento de Saúl no impide que más adelante, ante nuevas victorias de David, conciba de nuevo el deseo de matarle, aunque de nuevo este se salva, ahora gracias a la advertencia de Mikal.

Refugiado en Ramah, junto al profeta Samuel, David escapa de nuevo de las asechanzas de Saúl con la ayuda de Jonatán (1 Samuel, 20), quien se compromete a mantenerle informado de los planes de su padre. Se establece en este momento un pacto formal entre ambos en el que asimismo David se obliga a mantener una actitud benevolente hacia Jonatán y su casa, en el momento en que Yahveh exija cuentas a sus enemigos.

Cuando mucho después mueran Saúl y Jonatán en combate contra los filisteos en la batalla de Gilboé, David mostrará su dolor en una hermosa elegía:

Hijas de Israel, 

llorad a Saúl,

el que os revestía de grana con adornos delicados,

el que ornaba vuestros vestidos con paramentos de oro.

¡Cómo han caído los héroes 
en medio del combate!
¡Jonatán entre tus collados herido de muerte!
Angustia siento por ti,
Jonatán hermano mío,
para mí tan grato.
Era tu amor para mí más preciado
que amor de mujeres.
¡Cómo han caído los héroes y han perecido las armas de guerra! (2 Samuel, 1, 24-27).

La prueba de que no se trata de un sentimiento fingido, fruto de un cálculo político, la hallamos más adelante cuando ya seguro en el trono de Israel, David se interesa por los descendientes de su amigo y al descubrir que aún vive uno de ellos, de nombre Mefiboset, en lugar de darle muerte para evitar que le dispute el poder, lo agasaja y le entrega los bienes que habían pertenecido a Saúl (2 Samuel, 9).