- Hoy, domingo 5, con motivo de la solemnidad de Pentecostés, el grupo de Renovación Carismática en España celebra su retiro anual en nuestra parroquia. Les deseamos que sientan el Espíritu como experiencia vivida y compartida.
- El próximo viernes 10, finalizada la eucaristía de las 20:00 h., el coro de cámara Guido d'Arezzo nos ofrecerá su concierto de verano. Les esperamos a todos para disfrutar de sus voces.
- Les comunicamos que desde el próximo viernes en horario de 19:00 a 21:00 h., nuestra parroquia acogerá al nuevo grupo Jugadores Anónimos, al que damos la bienvenida. Esperamos que este nuevo grupo ayude y acompañe a quienes padecen la enfermedad de la ludopatía.
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05 junio 2022
Avisos parroquiales
26 mayo 2015
20 mayo 2015
10 junio 2014
El Espíritu es un maestro de vida
Papa Francisco
Hablando a los Apóstoles en la Última Cena, Jesús les dijo
que, luego de su partida de este mundo, les enviaría el don del Padre, o sea el
Espíritu Santo (cfr Jn 15,26). Esta promesa se realiza con potencia en el día
de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos
reunidos en el Cenáculo. Aquella efusión, si bien extraordinaria, no permaneció
única y limitada a aquel momento, sino que es un evento que se ha renovado y se
renueva todavía. Cristo glorificado a la derecha del Padre continúa realizando
su promesa, enviando sobre la Iglesia el Espíritu vivificante, que nos enseña,
nos recuerda, nos hace hablar.
El Espíritu Santo nos enseña: es el Maestro interior. Nos
guía por el camino justo, a través de las situaciones de la vida. Él nos enseña
el camino. En los primeros tiempos de la Iglesia, el Cristianismo era llamado
“el Camino” (cfr Hech 9,2), y el mismo Jesús es el Camino. El Espíritu Santo
nos enseña a seguirlo, a caminar sobre sus huellas. Más que un maestro de
doctrina, el Espíritu es un maestro de vida. Y ciertamente de la vida forma
parte también el saber, el conocer, pero dentro del horizonte más amplio y
armónico de la existencia cristiana.
El Espíritu Santo nos recuerda, nos recuerda todo aquello
que Jesús ha dicho. Es la memoria viviente de la Iglesia. Y mientras nos hace
recordar, nos hace entender las palabras del Señor.
Éste recordar en el Espíritu y gracias al Espíritu no se
reduce a un hecho mnemónico, es un aspecto esencial de la presencia de Cristo
en nosotros y en la Iglesia. El Espíritu de verdad y de caridad nos recuerda
todo aquello que Cristo ha dicho, nos hace entrar cada vez más plenamente en el
sentido de sus palabras. Esto requiere de nosotros una respuesta: cuanto más
generosa sea nuestra respuesta, más las palabras de Jesús se vuelven vida,
actitudes, elecciones, gestos, testimonio, en nosotros. En esencia, el Espíritu
nos recuerda el mandamiento del amor, y nos llama a vivirlo.
Un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano: es un
hombre o una mujer prisionero del momento, que no sabe atesorar su historia, no
sabe leerla y vivirla como historia de salvación. En cambio, con la ayuda del
Espíritu Santo, podemos interpretar las inspiraciones interiores y los
acontecimientos de la vida a la luz de las palabras de Jesús. Y así crece en
nosotros la sabiduría de la memoria, la sabiduría del corazón, que es un don
del Espíritu. ¡Que el Espíritu Santo reviva en todos nosotros la memoria
cristiana!
El Espíritu Santo nos enseña, nos recuerda, y –otro aspecto–
nos hace hablar, con Dios y con los hombres. Nos hace hablar con Dios en la
oración. La oración es un don que recibimos gratuitamente; es diálogo con Él en
el Espíritu Santo, que ora en nosotros y nos permite dirigirnos a Dios
llamándolo Padre, Papá, Abba (cfr Rm 8,15; Gal 4,4); y ésta no es solamente una
“forma de decir”, sino que es la realidad, nosotros somos realmente hijos de
Dios. «Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios»
(Rm 8,14).
Y el Espíritu nos hace hablar con los hombres en el diálogo
fraterno. Nos ayuda a hablar con los demás reconociendo en ellos a los hermanos
y hermanas; a hablar con amistad, con ternura, comprendiendo las angustias y
las esperanzas, las tristezas y las alegrías de los demás.
Pero el Espíritu Santo nos hace también hablar a los hombres
en la profecía, o sea haciéndonos “canales” humildes y dóciles de la Palabra de
Dios. La profecía está hecha con franqueza, para mostrar abiertamente las
contradicciones y las injusticias, pero siempre con docilidad e intención
constructiva. Penetrados por el Espíritu de amor, podemos ser signos e
instrumentos de Dios que ama, que sirve, que dona la vida.
Resumiendo: el Espíritu Santo nos enseña el camino; nos
recuerda y nos explica las palabras de Jesús; nos hace orar y decir Padre a
Dios, nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno y en la profecía.
El día de Pentecostés, cuando los discípulos «quedaron
llenos de Espíritu Santo», fue el bautismo de la Iglesia, que nació “en
salida”, en “partida” para anunciar a todos la Buena Noticia. Jesús fue
perentorio con los Apóstoles: no debían alejarse de Jerusalén antes de haber
recibido desde lo alto la fuerza del Espíritu Santo (cfr Hech 1,4.8). Sin Él no
existe la misión, no hay evangelización. Por esto con toda la Iglesia
invocamos: ¡Ven, Santo Espíritu!
Homilía pronunciada en el Vaticano el domingo de Pentecostés, 8 de junio 2014
08 junio 2014
19 mayo 2013
Creí y por eso hablé
Comisión Episcopal de Apostolado Seglar
Mensaje de
los obispos de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar con motivo del
"día de la acción católica y del apostolado seglar" en la solemnidad
de Pentecostés, 19 de mayo de 2013.
La solemne
celebración de Pentecostés nos invita a profesar nuestra fe
en la presencia y en la acción del Espíritu Santo, que el Señor Jesús había prometido a sus discípulos, y a invocar su
efusión sobre la Iglesia y sobre el mundo entero. La presencia del
Espíritu Santo es la que nos ayuda a comprender todo lo trasmitido por el
Señor (cf. Jn 14, 26); y su testimonio, que ilumina nuestra fe, nos
convierte en testigos de la Palabra y de la Resurrección de Jesús
(cf. Jn 15, 26-27). La vivencia
de esta fiesta nos hace poner nuestra confianza en la acción de la
tercera persona de la Trinidad e implorar su venida: «Ven
Espíritu Santo», para que aumente nuestra fe y nos sintamos
fortalecidos para trasmitir el Evangelio.
El versículo
de la Escritura que acompaña al lema de este año, «Creí y por eso hablé» (2 Cor 4, 13), propuesto por san Pablo a
la comunidad de Corinto, nos muestra que la acción evangelizadora del
Apóstol de las gentes está presidida por lo que él mismo llama «espíritu
de fe». Es esa fe la que le lleva a hablar. Podríamos
decir que el dinamismo de la fe desemboca en el anuncio de lo
creído. El valor y la fuerza de la predicación está en proporción a la
intensidad de nuestra fe. Desde el principio la
Iglesia sabe que este es el camino para evangelizar, que creamos en
el Hijo
de Dios.
Renovar
nuestra fe en Jesucristo. Esta idea está en el propósito de Benedicto
XVI al convocar el Año de la fe, en el cincuenta aniversario de la inauguración del
concilio Vaticano II: «El Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor,
único Salvador del mundo». Esta conversión a Cristo
se convierte en la condición inicial e indispensable para poder poner
en marcha el proceso evangelizador que el mundo de hoy necesita. Conversión a la que todos
los fieles estamos llamados. Una
conversión real, que conlleva un cambio de vida y un mayor afán evangelizador. La Iglesia, y los creyentes que a
ella pertenecen, transmiten lo que viven. No se puede transmitir aquello
en lo cual no se cree
y no se vive. No se puede transmitir el Evangelio sin saber lo que significa “estar” con Jesús, vivir en el Espíritu
de Jesús la experiencia del Padre. No hay fruto si no se está unido
a la vid. No hay pesca si faenamos solos
toda la noche, sin la presencia a nuestro lado del Resucitado.
Benedicto
XVI centra muy bien esta cuestión esencial: «Quisiera esbozar un camino que
sea útil para comprender de manera más profunda no solo los contenidos de la fe, sino, juntamente también con eso,
el acto con el que decidimos entregarnos totalmente y con plena
libertad a Dios». En
el fondo se trata de caer en la cuenta de que es importante conocer
mejor lo que creemos, pero que es fundamental el fortalecimiento
del acto de fe en Dios, y en Cristo, por el que realmente creemos lo
que ellos nos han revelado. Porque, antes que el conocimiento de cosas y misterios, la fe es decidirse a estar con el Señor para vivir
en Él y dejarse trasformar por la gracia que actúa hasta lo
más íntimo.
Esa trasformación engendra la misión. «Con el corazón se cree y
con los
labios se profesa» (cf. Rom 10, 10). «Profesar
con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un
compromiso público (…)»
La fe, precisamente
porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de
Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer
y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu
Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro
testimonio, haciéndolo franco y valeroso».
En este día
de la Acción Católica y del Apostolado Seglar os animamos a recuperar un
texto de la exhortación apostólica postsinodal, Christifideles laici, de la
que se cumplirán 25 años el próximo mes de diciembre:
«Los fieles
laicos —debido a su participación en el oficio profético de Cristo— están
plenamente implicados en esta tarea (la nueva evangelización) de la Iglesia. En
concreto, les corresponde testificar cómo la fe cristiana —más o menos
conscientemente percibida e invocada por todos— constituye la única
respuesta plenamente válida a los problemas
y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en
ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en
su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de
vida que en el Evangelio
encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud».
En estos
momentos de crisis social, económica y de fe por los que está atravesando nuestro país, en los que las posibles
respuestas parecen
insuficientes, desde la esperanza cristiana es bueno recordar que existe
un lazo indisoluble entre la fe y la caridad. Igual que no debe existir
una fractura entre nuestra fe y nuestra vida, tampoco podemos caer en la tentación de pensar que fe y
caridad están separadas o que de algún modo una
se opone a la otra. Es mucho el sufrimiento que nos golpea y que, por desgracia, en
muchas ocasiones se ceba con los más débiles y marginados, con los que nos
sentimos especialmente solidarios y cercanos. Pero el compromiso activo
de los católicos con los más
necesitados, surge siempre de una fe que se trasforma en amor, cuyo fruto es el servicio a los más pobres, en feliz expresión de la beata Teresa de Calcuta. No puede ser de otra manera: la fe nos hace acoger
el mandamiento nuevo de Jesús; la caridad nos da la dicha de ponerlo en
práctica (cf. Jn 13
13-17).
Queremos, en
comunión con todos los obispos, dar gracias a Dios, en este
día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, por tantos queridos fieles
laicos que con gran empeño estáis renovando vuestra alegría de
creer y recuperando el entusiasmo de trasmitir la fe, y que estáis estrechamente comprometidos entregando vuestras personas y recursos a favor de los
más necesitados. Seguro que vuestra solicitud, generosidad y entrega a favor de
la Iglesia y de todos los hombres se verá recompensada con la fecundidad
de vuestro apostolado.
Elevamos
nuestra oración al Espíritu Santo en esta solemnidad de Pentecostés, para que
llene de su gracia a toda la Iglesia, a la Acción Católica, a nuestros
Movimientos del Apostolado Seglar y a todos los bautizados, para que «impulsados
por la celebración del Año de la fe, todos juntos, pastores y fieles, nos esforzaremos por responder fielmente a
la misión de siempre: llevar a Jesucristo al hombre, y conducir al
hombre al encuentro con Jesucristo,
Camino, Verdad y Vida, realmente presente en la Iglesia y contemporáneo en cada hombre».
X Carlos
Osoro Sierra, Arzobispo de Valencia. Presidente
X Juan
Antonio Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares. Vicepresidente
X Carlos
Manuel Escribano Subías, Obispo de Teruel y Albarracín
X Antonio
Algora Hernando, Obispo de Ciudad Real
X Atilano
Rodríguez Martínez. Obispo de Sigüenza-Guadalajara
X José
Ignacio Munilla Aguirre, Obispo de San Sebastián
X Xavier
Novell Gomà, Obispo de Solsona
X Esteban
Escudero Torres, Obispo de Palencia
X José
Mazuelos Pérez, Obispo de Jerez de la Frontera
X Ángel
Rubio Castro, Obispo de Segovia
X Francisco
Gil Hellín, Arzobispo de Burgos
X Mario
Iceta Gavicagogeascoa, Obispo de Bilbao
X Gerardo
Melgar Viciosa, Obispo de Osma-Soria
X Francesc
Pardo Artigas, Obispo de Girona
17 mayo 2013
16 mayo 2013
Pentecostés
Benedicto XVI
Homilía pronunciada el domingo 27 de mayo de 2012 en la Basílica Vaticana
Homilía pronunciada el domingo 27 de mayo de 2012 en la Basílica Vaticana
Queridos hermanos y hermanas alegra celebrar con vosotros esta santa misa, animada hoy también por el coro
de la Academia de Santa Cecilia y por la orquesta juvenil —a la que doy las
gracias— en la solemnidad de Pentecostés. Este misterio constituye el bautismo
de la Iglesia; es un acontecimiento que le dio, por decirlo así, la forma
inicial y el impulso para su misión. Y esta «forma» y este «impulso» siempre
son válidos, siempre son actuales, y se renuevan de modo especial mediante las
acciones litúrgicas. Esta mañana quiero reflexionar sobre un aspecto esencial
del misterio de Pentecostés, que en nuestros días conserva toda su importancia.
Pentecostés es la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión
humana. Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo, aunque estemos cada vez
más cercanos los unos a los otros gracias al desarrollo de los medios de
comunicación, y las distancias geográficas parecen desaparecer, la comprensión
y la comunión entre las personas a menudo es superficial y difícil. Persisten
desequilibrios que con frecuencia llevan a conflictos; el diálogo entre las
generaciones es cada vez más complicado y a veces prevalece la contraposición;
asistimos a sucesos diarios en los que nos parece que los hombres se están
volviendo más agresivos y huraños; comprenderse parece demasiado arduo y se
prefiere buscar el propio yo, los propios intereses. En esta situación,
¿podemos verdaderamente encontrar y vivir la unidad que tanto necesitamos?
La
narración de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en
la primera lectura (cf. Hch 2, 1-11), contiene en el fondo uno de
los grandes cuadros que encontramos al inicio del Antiguo Testamento: la
antigua historia de la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11, 1-9). Pero, ¿qué es Babel? Es
la descripción de un reino en el que los hombres alcanzaron tanto poder que
pensaron que ya no necesitaban hacer referencia a un Dios lejano, y que eran
tan fuertes que podían construir por sí mismos un camino que llevara al cielo
para abrir sus puertas y ocupar el lugar de Dios. Pero precisamente en esta
situación sucede algo extraño y singular. Mientras los hombres estaban
trabajando juntos para construir la torre, improvisamente se dieron cuenta de
que estaban construyendo unos contra otros. Mientras intentaban ser como Dios,
corrían el peligro de ya no ser ni siquiera hombres, porque habían perdido un
elemento fundamental de las personas humanas: la capacidad de ponerse de
acuerdo, de entenderse y de actuar juntos.
Este
relato bíblico contiene una verdad perenne; lo podemos ver a lo largo de la
historia, y también en nuestro mundo. Con el progreso de la ciencia y de la
técnica hemos alcanzado el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza, de
manipular los elementos, de fabricar seres vivos, llegando casi al ser humano
mismo. En esta situación, orar a Dios parece algo superado, inútil, porque nosotros
mismos podemos construir y realizar todo lo que queremos. Pero no caemos en la
cuenta de que estamos reviviendo la misma experiencia de Babel. Es verdad que
hemos multiplicado las posibilidades de comunicar, de tener informaciones, de
transmitir noticias, pero ¿podemos decir que ha crecido la capacidad de
entendernos o quizá, paradójicamente, cada vez nos entendemos menos? ¿No parece
insinuarse entre los hombres un sentido de desconfianza, de sospecha, de temor
recíproco, hasta llegar a ser peligrosos los unos para los otros? Volvemos, por
tanto, a la pregunta inicial: ¿puede haber verdaderamente unidad, concordia? Y
¿cómo?
Encontramos
la respuesta en la Sagrada Escritura: sólo puede existir la unidad con el don
del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una
capacidad nueva de comunicar. Esto es lo que sucedió en Pentecostés. Esa
mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre
Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos, se
posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor,
capaz de transformar. El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva,
las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos
pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés,
donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión.
Pero
veamos el Evangelio de hoy, en el que Jesús afirma: «Cuando venga él, el
Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 13). Aquí Jesús, hablando del
Espíritu Santo, nos explica qué es la Iglesia y cómo debe vivir para ser lo que
debe ser, para ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad; nos
dice que actuar como cristianos significa no estar encerrados en el propio
«yo», sino orientarse hacia el todo; significa acoger en nosotros mismos a toda
la Iglesia o, mejor dicho, dejar interiormente que ella nos acoja. Entonces,
cuando yo hablo, pienso y actúo como cristiano, no lo hago encerrándome en mi
yo, sino que lo hago siempre en el todo y a partir del todo: así el Espíritu
Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede seguir resonando en el corazón y
en la mente de los hombres, impulsándolos a encontrarse y a aceptarse
mutuamente. El Espíritu, precisamente por el hecho de que actúa así, nos
introduce en toda la verdad, que es Jesús; nos guía a profundizar en ella, a
comprenderla: nosotros no crecemos en el conocimiento encerrándonos en nuestro
yo, sino sólo volviéndonos capaces de escuchar y de compartir, sólo en el
«nosotros» de la Iglesia, con una actitud de profunda humildad interior. Así
resulta más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde
los hombres quieren ocupar el lugar de Dios, sólo pueden ponerse los unos contra
los otros. En cambio, donde se sitúan en la verdad del Señor, se abren a la
acción de su Espíritu, que los sostiene y los une.
La
contraposición entre Babel y Pentecostés aparece también en la segunda lectura,
donde el Apóstol dice: «Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos
de la carne» (Ga 5, 16).
San Pablo nos explica que nuestra vida personal está marcada por un conflicto
interior, por una división, entre los impulsos que provienen de la carne y los
que proceden del Espíritu; y nosotros no podemos seguirlos todos.
Efectivamente, no podemos ser al mismo tiempo egoístas y generosos, seguir la
tendencia a dominar sobre los demás y experimentar la alegría del servicio
desinteresado. Siempre debemos elegir cuál impulso seguir y sólo lo podemos
hacer de modo auténtico con la ayuda del Espíritu de Cristo. San Pablo —como
hemos escuchado— enumera las obras de la carne: son los pecados de egoísmo y de
violencia, como enemistad, discordia, celos, disensiones; son pensamientos y
acciones que no permiten vivir de modo verdaderamente humano y cristiano, en el
amor. Es una dirección que lleva a perder la propia vida. En cambio, el
Espíritu Santo nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en
esta tierra el germen de una vida divina que está en nosotros. De hecho, san
Pablo afirma: «El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz» (Ga 5, 22). Notemos cómo el Apóstol usa el
plural para describir las obras de la carne, que provocan la dispersión del ser
humano, mientras que usa el singular para definir la acción del Espíritu; habla
de «fruto», precisamente como a la dispersión de Babel se opone la unidad de
Pentecostés.
Queridos
amigos, debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto
debemos pedir al Espíritu que nos ilumine y nos guíe a vencer la fascinación de
seguir nuestras verdades, y a acoger la verdad de Cristo transmitida en la
Iglesia. El relato de Pentecostés en el Evangelio de san Lucas nos dice que
Jesús, antes de subir al cielo, pidió a los Apóstoles que permanecieran juntos
para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en
oración con María en el Cenáculo a la espera del acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14). Reunida con María, como en su
nacimiento, la Iglesia también hoy reza: «Veni Sancte Spiritus!», «¡Ven
Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego
de tu amor!». Amén.
25 mayo 2012
Los frutos del Espíritu
Carmen Sáez Gutiérrez
ANGELINI, Giuseppe. Los frutos del Espíritu. Su presencia en
nuestras vidas. Ed. Narcea, Madrid 2007, 21x13, 143 pp.
Giuseppe Angelini, sacerdote
milanés y profesor de Teología Moral en la Facultad Teológica
de Italia Septentrional, nos presenta un ensayo sobre el Espíritu Santo y sus
frutos. En él se recogen los dones que San Pablo propone en la carta a los Gálatas: amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad,
mansedumbre y dominio de sí.
En la exposición del significado
de cada uno de ellos, hace una reflexión
acompañada de una selección de textos de algunos de los maestros modernos de
espiritualidad más representativos, tales como San Felipe Neri, Santa Teresa de
Ávila, Santa Teresa de Lisieux, San Ignacio de Loyola, el cardenal Newman… y
otros, de transición del medievo a la modernidad, fundamentados en la visión de
la espiritualidad agustiniana de vida introspectiva, tales como el autor
de las páginas de la Imitación de Cristo, Tomás Kempis.
En una época de secularización,
en la que hablar de Dios es considerado como algo casi marginal, es bien
aceptado por los creyentes un libro como éste, que suscite la meditación sobre
el sentido último de la existencia y no se limite exclusivamente a discernir
sobre la vida espiritual sino que además trate de traducir la vida interior a
las relaciones sociales y obras humanas.
Los textos seleccionados van
acompañados de comentarios que los sitúan en un contexto actual y en conexión
con la práctica cristiana.
Es un libro sencillo, de estilo
directo, muy apropiado, por la trascendencia de los temas abordados, para
grupos catequéticos y convivencias espirituales.
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