Las Confesiones de san Agustín, una de las obras más profundas y luminosas de la tradición cristiana, cobran nueva vida en este audiolibro producido conjuntamente por la Orden de San Agustín (OSA) y la Orden de Agustinos Recoletos (OAR).
26 abril 2026
Las Confesiones de San Agustín en audiolibro
24 abril 2026
28 agosto 2025
Festividad de San Agustín
Con motivo de la festividad de San Agustín, les invitamos a leer una reflexión del P. Miguel Á. Herrero Gómez, OSA:
Hoy es un día especial, celebramos a nuestro Padre San Agustín, el del corazón inquieto, el buscador incansable de la Verdad, el que amó con pasión, pensó con profundidad, rezó con el alma, y vivió con intensidad su fe y su seguimiento de Jesús.
¡Feliz día de San Agustín!
23 mayo 2025
El encuentro con Dios-Señor. Comentario espiritual al prólogo de las Confesiones de san Agustín
28 agosto 2024
San Agustín
Hoy celebramos la festividad de San Agustín, nuestro fundador y una de las personas que más han influido en el desarrollo de la Iglesia y, en general, en el pensamiento teológico y filosófico.
Pulse sobre las imágenes para acceder a más información.
25 agosto 2024
Avisos parroquiales
El próximo día 28, celebramos la fiesta de San Agustín. Siguiendo la tradición celebraremos un triduo en honor de nuestro fundador y padre de la Iglesia. Dicho triduo comprende una oración que se recitará al final de la eucaristía. El lunes 26 lo dedicaremos a los agustinos mártires, el martes 27 recordaremos a Santa Mónica, madre de San Agustín, y el miércoles 28, al santo patrono de nuestra orden.
Les invitamos a todos a participar en estos días en las eucaristías de las 9:15 y de las 20:00 h.
24 abril 2023
La conversión de un hombre inquieto
El 24 de abril, la Iglesia, y de modo especial la Familia Agustiniana, celebramos la Conversión de San Agustín. Agustín es uno de los grandes convertidos de la historia pero su vida nos muestra que no es una cosa repentina, si no un camino de búsqueda que dura toda la vida. Nos acompaña el religioso agustino, P. José Souto.
13 noviembre 2022
28 agosto 2022
Día de San Agustín
Hoy es un día grande, cada uno de nosotros, como miembros de la misma comunidad agustiniana, nos felicitamos y alegramos por vivir y sentir el carisma de la fraternidad vivida desde un corazón inquieto que camina al encuentro del gran Mesías.
Que nuestro gran Padre Agustín nos ilumine, guíe y acompañe en nuestro peregrinar de cada día y que la gran Santa Monica interceda en el camino y vida de cada uno de nosotros.
Feliz fiesta de San Agustín y Santa Mónica.
Os deseamos la comunidad de PP. de la Consolacion
Cuidaos y dejaos cuidar.
Un abrazo muy fuerte para cada uno de vosotros.
27 agosto 2022
Festividad de Santa Mónica
Hoy, 27 de agosto, día en que celebramos la festividad de Santa Mónica, les invitamos a contemplar una escena que recrea el diálogo que mantuvo con su hijo San Agustín en Ostia, poco antes de que el Señor la llamara a su presencia.
28 agosto 2021
Festividad de San Agustín
En la fiesta de San Agustín recogemos un mensaje de nuestro párroco, Mario Beato:
De nuevo nos felicitamos en la solemnidad de nuestro padre San Agustin. ¿Qué puedo deciros que no sepáis?
Agustín ha sido, es y siempre será un referente, un ejemplo y un orgullo para todos los que nos esforzamos por identificarnos con él.
Siguiendo el ejemplo de su vida, aprendiendo de sus escritos y sintiendo su carisma, entre todos hemos edificado la comunidad agustiniana. Es un orgullo sentirnos identificados con nuestra parroquia tan agustina.
Sigamos manteniendo esta tan nuestra herencia agustiniana desde un corazón inquieto en busca del Padre que siempre nos acompaña, espera y abraza.
¡Feliz día de San Agustín!
24 agosto 2021
Pedro Langa OSA: Eclesiología de san Agustín
26 junio 2021
Ubi ecclesia est? San Agustín en la Conferencia de Cartago (411): Lecciones para el ecumenismo hoy (y V)
Nolasco Msemwa
Conclusión
La Conferencia de Cartago de 411 fue el acontecimiento eclesial más importante para la unidad y de la paz de la Iglesia, amenazadas durante los siglos IV y V en el norte de África por el cisma donatista. Este trabajo ha intentado presentar someramente la historia y el desarrollo de dicha conferencia. En él se ha puesto en énfasis en los temas que aquella trató. Ha quedado evidenciado que los intereses de los donatistas y de los católicos no fueron los mismos. Mientras los donatistas intentaban, a toda costa, defender y justificar el cisma, los católicos, por su parte, intentaban demostrar la verdadera naturaleza y la misión universal de la Iglesia según el plan salvífico de Dios trazado en la Sagrada Escritura y la Tradición. En esta tarea de defender la sana doctrina, y así la credibilidad del mensaje salvífico de la Iglesia, destaca el empeño de San Agustín, obispo de Hipona, tal como se manifiesta en sus escritos antidonatistas, tanto en los anteriores como en los posteriores a la conferencia. Muchos de ellos sirvieron como eje de la defensa de la unidad y la universalidad de la Iglesia Católica evidenciada en la Sagrada Escritura. Entre los escritos antidonatistas de San Agustín que fueron clave para el éxito de los católicos hay que mencionar la Carta a los católicos sobre la secta donatista popularmente conocido como La unidad de la Iglesia escrita entre el año 401-402 (Langa 1994, p. 3-15).El obispo de Hipona y sus compañeros fueron capaces de demostrar con argumentos sólidos la historia del donatismo, la naturaleza y la misión universal de la Iglesia católica y la veracidad de su mensaje salvífico que anuncia la Sagrada Escritura; señalando así la falsedad de los fundamentos del cisma donatista. Por eso, a partir de la conferencia de Cartago, el donatismo quedó debilitado y poco a poco fue perdiendo la fuerza como entidad religiosa a la par que se revitalizaba la unidad de la Iglesia católica. Está es la razón de que tal acontecimiento siga siendo relevante para la Iglesia de hoy, tanto en su contenido como en su procedimiento, para resolver los problemas que atañen a la esencia y la credibilidad de la Iglesia. Uno de ellos es la unidad que Cristo mismo pidió al Padre que todos vivieran en unidad tomando como modelo Santísima Trinidad. Testimonio claro su credibilidad.
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24 junio 2021
Ubi ecclesia est? San Agustín en la Conferencia de Cartago (411): Lecciones para el ecumenismo hoy (IV)
Nolasco Msemwa
6. Lecciones de la Conferencia de Cartago para el ecumenismo hoy
Queda demostrado que la Conferencia de Cartago en 411 fue sin duda un acontecimiento muy importante para la paz y la unidad de la Iglesia del Norte de África. En ella se resolvieron problemas peliagudos que turbaban la convivencia pacífica entre donatistas y católico y sus resoluciones hicieron que la Iglesia recuperara la paz, la unidad y sobre todo la credibilidad de su tarea evangelizadora. De ahí que dicho acontecimiento siga ofreciendo unas enseñanzas válidas para la Iglesia en la actualidad. Entre muchas lecciones que la Conferencia ofrece destacamos las tres siguientes: El deseo de buscar la verdad salvífica, la importancia singular de la Escritura para determinar la identidad y la misión de la Iglesia de Cristo y finalmente la importancia del diálogo como medio imprescindible para descubrir lo mucho que tenemos en común las Iglesias cristianas y las aportaciones que cada una puede contribuir para el bien de la Iglesia en su misión de anunciar el mensaje creíble de la salvación de todos.
La búsqueda de la verdad
salvífica como tarea constante de la Iglesia de todos los tiempos. Si hay algo
importante que subrayar de la Conferencia de Cartago de 411 es su determinación
de esclarecer la verdad salvífica garante de la paz y la unidad de toda la
humanidad según el plan de Dios. Dicho empeño, tal como hemos indicado, no es
tarea de una persona, sino de todos tanto el ámbito civil como religioso. Para
ello sin duda es fundamental la contribución de algunos expertos que pueda
orientar en qué consiste dicha verdad Salvífica. Cabe destacar, en este caso
concreto, la importancia singular del santo de Hipona. San Agustín trató de
vivir desde la verdad en la unidad. Es un hombre de ayer y de hoy que sigue
dando respuestas a los interrogantes del hombre de la iglesia de todos los
tiempos, y que seguirá manifestándolo mañana. Se trata de indagar en la verdad,
buscarla con afán e interés, dedicación y ocupación, fuerza y entusiasmo. San Agustín
es un ecumenista actual, que se encuentra presente en la Iglesia. El ecumenismo
es de todo punto imposible cuando no hay sincero deseo de buscar la verdad. Y
quien dice ecumenismo, dice unidad palabra que San Agustín emplea, por la cual
suspira y en la cual trabaja.
Otro aspecto importante
destacado en la Conferencia de Cartago es el lugar que ocupa la Sagrada Escritura
para determinar la naturaleza y misión de la Iglesia de Cristo. Dicho con otras
palabras, para identificar cómo debe ser la verdadera Iglesia de Cristo y dónde
está esta Iglesia de Cristo. La Biblia es considerada como el testamento de
Dios. Puesto que la Escritura Sagrada tiene como centro de revelación el
misterio de Cristo y de la Iglesia. Solo la Iglesia puede ofrecer y garantizar o
respaldar el verdadero sentido de la Escritura. Ser fiel a la Escritura y la
Tradición equivale, dirá San Agustín, a serlo de Cristo y de la Iglesia (Langa, 1988, p.119-122).
Tal como ocurre entre los
cristianos de diferentes denominaciones hoy, católicos y donatistas defendían
la suprema autoridad de la Biblia, aunque al interpretarla de distinto modo, llegaban
a conclusiones muy diversas. Unos y otros acudían a la Sagrada Escritura para
defender sus doctrinas. Pedro Langa describe de la siguiente manera este fenómeno:
Al evangelio acudían asimismo unos y
otros para comprobar con su ayuda las dotes eclesiológicas de autenticidad,
visibilidad y catolicidad, lo cual será posible gracias al mismo Evangelio,
que, de ese modo, viene a ser termómetro, catalizador y espejo donde poderse
reflejar la imagen deseada. Mediante razones de convivencia, católicos y
donatistas decían ser verdadera Iglesia de Cristo. Bien mirado pues el “punctum
dolens” de la diputa no era otro que la eclesiología. En semejante diferendo,
por tanto, la Escritura Sagrada discurre al servicio de la eclesiología. Si la
Iglesia es garante de la Revelación y encargada de autenticar los sagrados Libros
y a la que corresponde en definitiva fijar el canon, la Escritura esta vez es
también la encargada de arbitrar y declarar desde su verdad y autoridad donde
está la Iglesia. (Langa,
2009, p. 566).
Los donatistas, por
ejemplo, recurrían a la Sagrada Escritura para justificar sus posiciones cismáticas,
mientras los católicos para defender la universalidad de la Iglesia. San
Agustín confiesa que hay muchas clases de interpretación, por lo que la clave
está en establecer correctamente la regla a la que hay que atenerse para dar
con la verdad (Contra Cresconio I, 33, 39). Esto es precisamente en lo que insiste
el Concilio Vaticano II diciendo que las
Sagradas Escrituras son, en el diálogo mismo, instrumentos preciosos en la mano
poderosa de Dios para lograr aquella unidad que el Salvador presenta a todos
los hombres”. (Vaticano II,
1965, p. 658). Joseph Ratzinger subraya la importancia determinante y decisoria
que tuvo la Sagrada Escritura en la Conferencia de Cartago. Dice al respecto: “La reunión del año 411 comenzó con la
disposición expresa de los católicos de unirse a los donatistas si estos
conseguían probar la verdad de su iglesia a partir de la Sagrada Escritura.
Toda la disputa misma se entiende como una sesión judicial en toda regla, solo
que basado no en el código civil, sino en el codex de derecho divino: La
Sagrada Escritura”. (Ratzinger,
2014, p.155). Por tanto, para un sano equilibrio es fundamental la relación
intrínseca entre Tradición- Escritura- Magisterio desde y en la Iglesia. La
Constitución Dogmática sobre la divina revelación – Dei verbum- subraya
la importancia de esta relación imprescindible para la inteligibilidad del
mensaje salvífico diciendo:
Así, pues, la sagrada Tradición y la
Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas… y constituyen un
solo deposito sagrado de la palabra de Dios confiado a la Iglesia… Pero el
oficio de interpetar auténticamente la palabra de Dios escrita o trasmitida ha
sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia cuya autoridad se ejerce
en el nombre Jesucristo… Es evidente, por tanto, que la sagrada Tradición, la
Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo
de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el
uno sin los otros, y que juntos cada uno a su modo bajo la acción del Espíritu
Santo contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (Dei Verbum, 9-10).
Otro legado que la
Conferencia de Cartago de 411 es el reconocimiento de la importancia de la
unidad no solo entre los cristianos, sino para la paz de toda la sociedad en su
conjunto. Esta conciencia está en consonancia con la enseñanza paulina sobre la
hrmonía del cuerpo que está compuesta por muchos miembros que se necesitan
mutuamente para el funcionamiento del conjunto. Ya que, si sufre un miembro,
todos los demás sufren con él; si un miembro es honrado todo los demás toman
parte en su alegría (Cf. 1Cor 12,1-30). Para conseguir dicha unidad hace falta
un diálogo fraterno y sereno. Buscar la unidad y tratar de buscar con ímpetu la
verdad, resulta tremendamente difícil. Por eso el diálogo es esencial. El ecumenista
español, Pedro Langa indica que saber dialogar es un arte complicado para todo
hombre porque en definitiva se trata de oportunidad condescendencia, inteligencia
y armonía en el bien decir y en el bien escuchar. No se puede abordar como si
fuera un pequeño pasaatiempo estéril. Dialogar es necesario para moverse por la
vida, para vibrar con la belleza. La vivencia de la realidad, a través de la
cual nos movemos, hace que observemos las cosas con un profundo sentido que las
hace capaces de acercarnos, de manifestarnos y referirnos Dios, a condición de
contemplarlas con serenidad de espíritu, limpieza de mirada y profundidad de
amor: sencillamente con ojos de misericordia (Langa,
1987, p.19-20). Precisamente esto es lo que nos está faltando en muchas ocasiones
cuando no sabemos ver a Dios detrás de los acontecimientos y los sucesos que
acaecen sucesivamente a nuestro alrededor, aparentemente sin importancia. El
sentido ecuménico, como afirma el Profesor Henrique Somavilla, “no solo acontece mirando hacia fuera,
pensando en los otros, hermanos separados, sino tratando de volver hacia
adentro, y así reorientar nuestra mirada a nuestra propia Iglesia necesitada
también del misterio de Jesucristo” (Somavilla,
2009, p. 424). Pero tales debates han de
llevarse a cabo desde la misma sencillez de corazón con la paz de Cristo y con
la caridad de Dios. Para conseguir este propósito, se precisa como condición
previa la conversión radical, una audacia esperanzada y el testimonio de la
búsqueda de la verdad salvífica.
22 junio 2021
Ubi ecclesia est? San Agustín en la Conferencia de Cartago (411): Lecciones para el ecumenismo hoy (III)
Pero precisamente esa Escritura estaba expuesta a
cualquier interpretación y en muchas cuestiones era el espejo en el que los teólogos
individuales se miraban a sí mismos. El único punto de apoyo objetivo en aquel
confuso torbellino era la fe de la Iglesia, pues solo esta proporcionaba un marco seguro a la
interpretación teológica. Pero el conflicto versaba precisamente acerca de esa
fe eclesial, que era la que había que someter a un examen crítico, pues se
confrontaban entre si dos tipos de fe eclesial de dos Iglesias de los cuales
cada uno decía ser el correcto. Se planteaba, por tanto, el dilema de que, por un
lado, se invocaba la Escritura como autoridad divina que estaba fuera del
conflicto entre las partes y por encima de él, pura e independiente, pero que,
por otro lado, había llegado a ser compresible e imaginable dentro de una
iglesia determinada. Esa misma decisión que la Escritura debía proporcionar era
la que ella, a su vez, ya se presuponía. ¿Dónde estaba la respuesta? San
Agustín liga por completo la Sagrada Escritura a la Iglesia y viceversa. El
santo de Hipona busca efectivamente en la Escritura la instancia imparcial por
encima de la disputa entre las Iglesias (Ibid,
p.144).
Por eso, para conocer la identidad de la Iglesia
de Cristo y donde subsiste dicha institución, Agustín propone que no busquen
razones y testimonios en otros sitios más que en la palabra de Dios, en la
Sagradas Escritura, pues este es el único recurso válido. Al respecto, San
Agustín, refutando algunas teorías infundadas de los donatistas para acusar los
católicos, les dice:
¿Qué es, pues, lo que tenemos que hacer? ¿La hemos de buscar en
nuestras palabras o en las palabras de su Cabeza, nuestro Señor Jesucristo? Yo
pienso que debemos buscarla más bien en las palabras de aquel que es la verdad
y conoce perfectamente a su Cuerpo. Tomemos balanzas no trucadas, en las que
pesamos lo que queremos y como nos apetece, determinando a nuestro antojo lo
que pesa más y lo que pesa menos. Tomemos la balanza divina de la Sagrada
Escritura y de los tesoros del Señor y comprobemos con ella lo que pesa más. O,
mejor todavía, no pesemos nosotros, sino aceptemos lo que el Señor pese. (De baptismo II, 6, 9).
Desde este testamento
divino ‒Sagradas Escritura‒, San Agustín mostró a los a donatistas que Cristo
había redimido con su sangre al mundo entero, no solo a los africanos y que,
por lo tanto, no podía ser la verdadera su Iglesia, limitada en la práctica a
la región norteafricana. Trató de hacerles ver cómo la Escritura había
anunciado de antemano la expansión de la Iglesia por todo el orbe y a todos los
pueblos y razas. Se esforzó por demostrarles que era un sueño la Iglesia pura,
sin macha, que ellos pretendían ser; que esa idea solo se realizará en la vida
futura, mientras que aquí la cizaña siempre estará mezclada con el trigo. Así
lo proclama el evangelio; también en la pesca del Señor hubo peces buenos y
malos.
Sobre todo los recriminó
que pensaran que la obra de Cristo estaba condicionada por la conducta humana.
¿El que un hombre sea pecador, incapacita al Cristo para actuar por su medio?
¿No puede él, todopoderoso, escoger el instrumente que desee? Cristo está por
encima de toda miseria humana y se sirve aun de pecadores para otorgar su
gracia. Desvarían cuando sostienen que los católicos carecen del Espíritu
Santo. La realidad es que lo poseen y con mayor derecho que ellos, porque no se
han separado del Cuerpo de Cristo porque tienen amor, y la prueba es que no han
roto la unidad. Un argumento aún más perentorio prueba que los sacramentos
administrados por los católicos son válidos. Su formulación es célebre:
¿Bautiza Pedro? Es Cristo quine bautiza. ¿Bautiza Judas? Es Cristo quien
bautiza. Quien bautiza es siempre Cristo, que lo hace por medio de los hombres,
aunque sean pecadores. Como Él es Santo, es Él quien hace santo. Afirmar que es
inválido el sacramento administrado por Cristo es una osadía. Tal es la
enseñanza continua de San Agustín
(Luis Vizcaíno, 2000, p. 113-114).
De ella sigue como
corolario que no cabe rebautizar a nadie. En el momento del bautismo Cristo ha
puesto en el alma del cristiano un sello que no se borra jamás, aunque este
reniegue de Él. El bautismo es como el título que garantiza los derechos de
Cristo sobre el bautizado. Y esos derechos son ya definitivos sobre toda
reivindicación posterior. Agustín se mostró benigno con los donatistas. Siempre
esperó llevarlos a la unidad por convicción, sin el empleo de la fuerza.
Rechazaba el que se les obligase a pasar a la Iglesia católica. Siempre pidió
misericordia para ellos. Siempre fue contrario que les aplicarse la pena
capital, aun en casos de delitos comunes. Incesante fue su actividad para
conseguir que se mitigasen las penas de quienes estaban bajo el rigor de la
justicia (Epístola 105).
De la rica variedad de estas citas de la
Escritura podemos destacar finalmente dos textos fundamentales, que son los que
sustentan toda la argumentación y en torno a los cuales pueden agruparse todos
los demás. El primero es un texto del Nuevo Testamento que recoge la última
enseñanza que el Resucitado deja a sus discípulos. Y, entonces, abrió su inteligencia para que comprendieran las Escrituras
y les dijo: así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos
al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los
pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén Lc 24, 44-47 (Contra Petiliano II, 14,33). Ratzinger
opina que Agustín elige conscientemente el texto de Lucas en que el mismo
Cristo, el Señor, une ambos Testamentos e interpreta el Antiguo Testamento
mismo como promesa de la Iglesia de los pueblos del Nuevo Testamento (Ratzinger, 2014, p.158). De esta forma,
el pasaje se convierte en la clave Evangélica de toda la rica abundancia de
textos veterotestamentarios que hemos indicado anteriormente.
Junto a este primer grupo de textos, que tiene su
centro en una pablara del evangelio, hay un segundo grupo en el cual una promesa
del Antiguo Testamento se corresponde igualmente con una palabra reveladora del
Nuevo. Se trata de la Palabra de Dios a Abrahán: Por tus descendencias se bendecirán todas las naciones (Gn 22, 18),
a la que responde interpretándola, esta del Nuevo Testamento: a tus descendencias, es decir, a Cristo
Gal 3,16. Así la multitud de los pueblos que habita el orbe de la tierra
aparece como el único pueblo de Abrahán que de la pluralidad separadora es
ligado conjuntamente en una unidad interna por medio de la simiente una de Abrahán:
Jesucristo. Se puede constatar que en su
lucha contra los donatistas Agustín encontró un primer punto de arranque para
su compresión de la Iglesia como pueblo de Dios en la fundamentación del motivo
de catholica en la promesa a Abrahán cristianamente entendida.
Para Agustín la herencia que Dios promete a
Abrahán en las Sagradas Escrituras es el rasgo más significativo porque indica
la universalidad. Puesto que tanto católicos como donatistas identificaban esa
herencia con la auténtica Iglesia de Cristo, para demostrar quien encarnaba la
católica entre ambas, Agustín tomó el término herencia del testamento desde el
sentido legal y lo aplicó a un caso concreto.
La conferencia de
Cartago comenzó con la disposición expresa de los católicos de unirse a los
donatistas si estos conseguían probar la verdad de su Iglesia a partir de la
Sagrada Escritura. Los textos bíblicos anteriormente citados el santo de Hipona
los equiparaba a las cláusulas del testamento de Dios Padre a favor de su Hijo.
La lógica del argumento era clara: Si la herencia de Dios, la Iglesia en este
caso, tiene por nota clarísimamente la universalidad o católica, donde se halle
la catolicidad se hallará la verdadera Iglesia. De esta manera un problema
teológico: ¿cuál es la verdadera Iglesia de Cristo: ¿La católica o la
donatista? Lo resolvía con el simple recurso a la geografía. No porque la
geografía sea de por sí un criterio teológico, sino porque la voluntad de Dios
nadie puede anularla. La fidelidad de Dios está por encima de todas las
miserias humanas como las que habían dado origen del cisma. Renunciar a esa
catolicidad de hecho y de extensión como hacían los donatistas implicaba
reconocer que la promesa de Dios había quedado inefectiva, que su testamento
había sido invalidado por el hombre
(Luis Vizcaíno, 1980, p. 3-27). Para San
Agustín entonces solo la Iglesia católica, en cuanto la única y verdaderamente universal
católica universal, es la auténtica Iglesia de Cristo.
18 junio 2021
Ubi ecclesia est? San Agustín en la Conferencia de Cartago (411): Lecciones para el ecumenismo hoy (II)
Nolasco Msemwa
3. El objetivo de la Conferencia de Cartago
El objetivo de los católicos en la Conferencia era esclarecer la verdad sobre tres asuntos conflictivos que estaban en el centro de la disputa entre los católicos y donatistas en la Iglesia del Norte de África, a saber: 1) El origen del cisma donatista, 2) Quién encarnaba la verdadera Iglesia de Cristo tras el cisma y, 3) Cómo determinar cuál es la verdadera Iglesia de Cristo, garante del mensaje salvífico.
3.1. El origen del cisma donatista
Se entiende por donatismo el cisma que dividió a
la Iglesia de África del Norte durante los siglos IV y V. Alguien lo ha
calificado de complejo fenómeno religioso y madre de todas las divisiones. O
carcoma destructora de la floreciente Iglesia africana. El nombre proviene del
obispo Donato, cabecilla de los disidentes
(Frend, 1952, p. 1-24; Langa,
1988, p. 5-31). Históricamente, la escisión de la comunidad cristiana se
produjo a raíz de la persecución de Diocleciano. La chispa saltó al ser
ordenado Ceciliano como obispo de Cartago. Entre los consagrantes se contaba
uno que, para evitar el martirio había entregado a los perseguidores los Libros
Sagrados, sabiendo que iba a ser dados a las llamas. Este fue el motivo aducido
por varios prelados para negar la validez de tal consagración y romper la unidad
de la Iglesia (Luis Vizcaíno,
2000, p. 111-116).
A partir de aquel momento y de modo progresivo,
en casi todas las ciudades del norte de África, existían dos iglesias, dos
obispos, dos cleros, dos celebraciones simultaneas del culto divino. A ello no
obstaba el que una y otra parte adorasen al mismo Dios, creyesen en el mismo
Jesucristo, proclamasen la misma esperanza, leyesen las mismas Escrituras y
recibiesen los mismos Sacramentos. La Iglesia que se autoproclamaba Una había
dejado de serlo en realidad. Tal era la situación en Hipona cuando Agustín
llegó para ejercer su ministerio sacerdotal. Como en tantos otros lugares,
también allí el donatismo era la Iglesia con más fuerza mientras que los
católicos constituían una minoría, con frecuencia humillada (Ibid., p. 111).
En múltiples cartas antidonatistas, San Agustín
analiza cuidadosamente las acusaciones que los donatistas dirigen a los católicos
como justificación del cisma. Uno de ellos es la mencionada consagración de
Ceciliano. Según los donatistas, un traidor, filii de Judas no puede
transmitir el Espíritu Santo, la gracia de Dios. Sencillamente uno “no puede
dar lo que no tiene”. El hecho de entregar los Códices sagrados a la autoridad
civil para que los quemara, constituye una traición a la fe y, por lo que quien
lo realiza pierde la gracia del Espíritu Santo y, en consecuencia, no puede
consagrar válidamente, lo que, obviamente afecta al consagrado.
San Agustín, en la carta 43 dirigida a los
donatistas, muestra, con testimonios de documentos civiles y eclesiásticos, que
las acusaciones contra Ceciliano y Félix de Aptunga eran falsas como quedó
probado ante las autoridades competentes. Por lo tanto, los fundamentos del cisma
no responden a la realidad de los hechos, sino a rumores con los que se
encubren intereses mundanos y partidistas. En un texto largo de esta carta dice
el Santo de Hipona a los donatistas:
Dignaos recordar que estuve en vuestra ciudad y traté con vosotros
algunas materias referentes a la unidad católica. De vuestra parte
presentasteis ciertas actas en las que apareció que casi setenta obispos
condenaron en su tiempo a Ceciliano, obispo cartaginés de nuestra comunión, con
sus colegas y con los que le consagraron. También se ventiló en aquel concilio
la causa de Félix Aptungitano, con mucha mayor hostilidad y malicia que las
demás. Después de leído todo, contesté: no era maravilla que los promotores del
cisma juzgasen temerariamente que debían condenarlos. Contra las víctimas
presionaban los émulos y perdidos, levantando el acta correspondiente. Afirmé
que, por cierto, los reos estaban ausentes y no conocían el pleito. Advertí que
nosotros teníamos otras actas eclesiásticas. Según ellas, Segundo Tigisitano,
que era entonces el primado de Numidia, había dejado al juicio de Dios a
los traditores, que
estaban presentes y confesaron su delito. Les permitió quedarse como estaban en
sus sedes episcopales. Os dije que esos nombres de los traidores confesos
aparecían entre los que condenaron a Ceciliano; el mismo Segundo presidía el
concilio en que condenó por traidores a unos ausentes el voto de otros
traidores presentes y confesos, a quienes perdonó el primado. Os afirmé que
luego sobrevino la ordenación de Mayorino, a quien infame y alevosamente
elevaron frente a Ceciliano, levantando altar contra altar y desgarrando la
unidad de Cristo con discordias furiosas. Poco después pidieron los acusadores
de Ceciliano al emperador Constantino obispos que juzgasen, mediante un
arbitraje, aquellos pleitos que en África rompían el vínculo de la reciente
paz. Así se hizo. Estaban presentes Ceciliano y los que pasaron el mar para
acusarle. El juez era Melquíades, obispo entonces de Roma, y estaba asistido
por los colegas que a petición de los donatistas envió el emperador. Nada pudo
probarse contra Ceciliano. Por eso se le confirmó en el episcopado y se reprobó
a Donato, quien, para acusar a Ceciliano, estaba presente. Terminado el pleito,
todos los donatistas permanecieron tercos en su cisma criminal. El emperador se
cuidó de que la misma causa fuese examinada y liquidada con mayor diligencia en
Arlés. Pero los donatistas apelaron de la sentencia eclesiástica y quisieron
que el mismo Constantino viese la causa. Así se ejecutó, y en presencia de las
dos partes fue declarado inocente Ceciliano. Con todo, los donatistas se
alejaron vencidos, pero se mantuvieron en su perversidad. Terminé advirtiendo
que tampoco se había logrado silenciar la causa de Félix Aptungitano, sino que,
por orden del príncipe, fue también declarado inocente por acta proconsular. (Epístola
43, 2, 3-4).
Tras el cisma, los
donatistas reclamaban que la verdadera Iglesia de Cristo eran ellos por no
haber entregado la Biblia a la autoridad para que la quemara. Para ellos, la verdadera Iglesia quedaba reducida a este grupo
pequeño de los cristianos que en tales circunstancias eligieron la prisión o el
martirio. Solo ellos encarnaban la verdadera Iglesia de Cristo. Los cecilianistas,
Es decir, los católicos, y todos que se asociaban con ellos eran traidores.
Por otro lado, los católicos denunciaban a los
donatistas por haber secuestrado la Iglesia de Cristo y haberla arrinconada a una
esquina del mundo, concretamente en el norte de África, algo que va en contra de
las promesas divinas. Afirmaban que la Iglesia querida por Dios para la
salvación del hombre es católica, es decir, universal, está abierta a todos y
va creciendo hasta llegar a la recapitulación en Cristo. Por lo tanto, la
Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica, subsiste en la Iglesia
católica y no en la donatista. En ella s eencarna la verdadera Iglesia de
Cristo. De ahí el segundo problema que tuvo que resolver el Gran Conferencia de
Cartago. ¿Dónde está la verdadera Iglesia de Cristo?
Otro motivo por la cual se convocó la Conferencia
de Cartago en 411 fue esclarecer la verdad acerca de la naturaleza de la
Iglesia y así determinar quién la encarnaba realmente: ¿los donatistas o los
católicos? San Agustín lo precisa diciendo:
La cuestión que se debate entre nosotros es
ver dónde está la Iglesia, si en nosotros o en ellos. La Iglesia es una
solamente, a la que nuestros antepasados llamaron católica, para demostrar por
el solo nombre que está en todas partes…Pero esta Iglesia es el Cuerpo de
Cristo, como dice el Apóstol: En
favor de su cuerpo, que es la Iglesia. De donde resulta claro que todo
el que no se encuentra entre los miembros de Cristo, no puede tener la
salvación de Cristo. Ahora bien, los miembros de Cristo se unen entre sí
mediante la caridad de la unidad y por la misma están vinculados a su Cabeza,
que es Cristo Jesús. (De unitate ecclesiae II, 2).
Para entender lo que Conferencia
de Cartago (411) había de esclarecer, es importante comprender, en primer
lugar, la evolución de la percepción de la Iglesia en la tradición africana
antes y después de la erupción del cisma donatista. Sobre imagen de la Iglesia
hay que decir que los cristianos africanos de la época de Agustín la percibían
como la mujer fuerte, la Catholica.
La Iglesia Católica era la Madre: Una
Madre, prolífica con descendencia: de ella nacemos, de su seno somos nutridos,
de su espíritu somos vivificados. (Epístola 34, 3). La Iglesia era para
ellos la seguridad y la pureza que, en un mundo gobernado por poderes
demoníacos, protegía al creyente
(Brown, 2000, p. 207-210). Los africanos concebían según imágenes
tomadas del Cantar de los Cantares: “Una mujer sin
mancha ni arruga; un jardín cerrado, una fuente sellada, un manantial de agua
viva, un paraíso que da fruto” (Ct 4,11-13).
Tras el cisma, las diferentes facciones conciben
la Iglesia de maneras distintas. Para los los donatistas, tras el pecado de traditio, la verdadera Iglesia está
compuesta solo por los justos, los que no entregaron los Libros Sagrados a la
autoridad civil, manteniéndose así fieles a la fe cristiana. Su principio es:
los justos deben separarse de los pecadores: si no lo hacen, se contaminan y
ellos mismo se hacen pecadores. La verdadera Iglesia de Cristo solo comprende a
los justos: es la Iglesia de los santos. Por tanto, Félix de Aptungi y
Ceciliano, manchados por el pecado de traditio, quedaban excluidos y
quien mantenía el contacto con ellos incurrían en pecado y se apartaban de la
Iglesia (Boyer, 1972, p.17-25)
Los donatistas se presentaban asimismo como la Iglesia
pura inmaculada, sin mancha. De hecho, se autoproclamaban herederos de la
Iglesia de los mártires, debido a las persecuciones que debieron padecer de
parte del emperador en cuanto cismáticos y, luego herejes. Se consideraban como
el pueblo fiel, que se había preservado incontaminado del mundo impuro. En
consecuencia, juzgaban a su iglesia como la verdadera Iglesia de Cristo, la
única poseedora del Espíritu Santo. Solo ella, por lo tanto, podía donarlo en
la administración de los sacramentos. El bautismo, como cualquier otro
sacramento, únicamente se tenía por válido, si era conferido por un ministro
donatista. Nadie más que él podía otorgar el Espíritu, porque pertenecía a la
Iglesia poseedora del mismo (Ibid, p.112).
A la luz de todo ello, los donatistas consideran
a la Iglesia católica como la Iglesia de los pecadores, los traditores, es decir, de quienes
entregaron los Libros Sagrados para que fueran arrojados a las llamas. Iglesia
perseguidora, por tener de su parte al emperador, no la perseguida como lo
había sido la de Cristo con anterioridad. Iglesia, por lo tanto, desposeída del
Espíritu Santo. Tenían por nulos los sacramentos administrados por los
católicos. ¿Quién puede dar, argumentaban, lo que no tiene? ¿Cómo uno que no es
santo puede hacer santo al otro? Este
planteamiento teórico tuvo como secuela práctica el rebautizar a todos los
católicos que, desertando, pasaban a las filas donatistas (Ibid,
p.112; Langa, 1988, p.130-155)
Agustín dedicó muchos
días y años de su vida para restablecer la unidad rota por el cisma donatista.
Con ese objetivo predicaba, escribía libros, rebatía los de los contrarios,
debatía en presencia de los fieles de uno y otro bando, componía poseías con
rima y ritmo pegadizo al oído para que, de este modo, la gente retuviese mejor
la posición de los católicos. En fin, se valía de todos los medios que su rica
inteligencia e imaginación le ofrecían para apartar de los católicos la
tentación de pasarse al bando de los donatistas y para traer a esto a la
católica (Luis Vizcaíno, 2000, p. 112)
Contra la alteración
donatista de los datos histórico, a los católicos les informaba con documentos
en la mano, de cómo habían acontecido realmente los hechos (Epístola 43). Sacaba a la luz las
calumnias de que eran víctimas los católicos (Epístola 93, 1-3). Les mostraba que los donatistas habían cometido
con anterioridad lo que les recriminaban a ellos. Movido no por interés de
erudito, sino pastoral espulgó cuantos archivos oficiales pudo. Con la polémica
no buscaba más que devolver la unidad a cuantos se gloriaban del nombre de
cristianos, restituir a la Iglesia la unidad que Cristo deseó para ella y por
la cual había orado al Padre (Epístola
105, 1, 1-2).
16 junio 2021
Ubi ecclesia est? San Agustín en la Conferencia de Cartago (411): Lecciones para el ecumenismo hoy (I)
Iniciamos hoy la publicación de un artículo de Nolasco Msemwa OSA sobre el cisma donatista y el ecumenismo. Dada la extensión del texto nos ha parecido conveniente dividirlo en varias entregas que irán apareciendo en los próximos días. En la última incluiremos la bibliografía a que remiten las numerosas referencias.
Nolasco Msemwa
1. Preámbulo: contextualización del tema
El Concilio Vaticano II
es considerado como el gran acontecimiento del siglo xx que abrió la página de una nueva etapa en la historia de
la Iglesia, orientándola hacia la nueva evangelización de la humanidad. Su
objetivo esencial, señalado por el Papa Juan XXIII que lo convocó e inició en
1962, era la exposición fiel y eficaz de la fe cristiana al hombre de hoy, de
forma que respondiese a las necesidades de los tiempos (Delgado Escolar, 2013, p. 9-18).
La exposición fiel y
eficaz de la fe cristiana ha sido, y sigue siendo, la tarea de la Iglesia de
todos los tiempos, como afirma un teólogo contemporáneo y de gran talante
teológico: “El trabajo
reflexivo, teórico sobre la credibilidad de la propuesta cristiana ha sido una
tarea constante de la Teología que ya está presente en el misma Escritura. En
la Biblia aparece el interés por mostrar la verdad, lo creíble, lo deseable del
anuncio que hace la Escritura. Junto con las afirmaciones interpelativas, las
exigencias, la proclamación autoritativa también se indica la insuficiencia de
la “mera pretensión”. Hay que razonarla (Tejerina
Arias,
1996, p. 33-34; Id. 2015, p. 9-28).
De todos modos, la necesidad de fundamentar la
proclamación, la credibilidad del dato revelado y la
razonabilidad de la fe depende de la fidelidad a la exposición de dicho
contenido salvífico. Por eso, la Iglesia se ha esforzado siempre por mantenerse
en dicha tarea constante y necesaria para la bien de toda la humanidad. La
Santa Madre Iglesia realiza esta misión en múltiples maneras: a través de la
formación teológica en las aulas, simposios de Teología en auditorios, la
predicación y catequesis, los Concilios ecuménicos, los Sínodos, las Conferencia
y otras tribunas. Las resoluciones emanadas de dichos órganos, orientan a la
Iglesia para que se mantenga firme en la enseñanza de la fe apostólica, válida
para todos los tiempos por cuanto se trata de la verdad salvífica.
Se ha dicho con razón que
siempre cuando se convoca un Concilio ecuménico es para resolver un problema
concreto que afecta directamente a la recta doctrina de la Iglesia. Así fue el
caso del “Concilio de Jerusalén” (cf. Hch 15,1-35) y de los de Nicea (325), Constantinopla
(349), Éfeso (431), Calcedonia (451) y todos los demás hasta el Vaticano II
(1962-65), en que la identidad clara de la Iglesia tanto ad intra como ad extra
tuvo que ser definida y aclarada para poder anunciar adecuadamente el evangelio
como buena noticia de salvación para toda la humanidad (Madrigal, 2012, p. 211-255).
El presente artículo
pretende estudiar uno de estos momentos cruciales de la Iglesia: se trata de la
situación de la Iglesia Africana del siglo cuarto y quinto que tuvo que afrontar
el problema de una división interna tan grave que desembocó en un cisma. Nos
referimos a la controversia donatista (monceaux, 1901-1923).
Se analiza el esfuerzo de la Iglesia dirigida por el magisterio de su tiempo
para resolver dicho problema y se destaca la importancia singular de la Gran Conferencia
de Cartago en 411 que marcó un antes y después en la controversia donatista (Frend, 1952, p. 244-289). Asimismo, se
pone de relieve la actuación singular de San Agustín, Obispo de Hipona, en dicho acontecimiento eclesial para la reconciliación
y unidad de los cristianos que, en mi opinión, aún en la actualidad proyecta
luces sobre el diálogo ecuménico.
2. La Conferencia de Cartago (411)
La Conferencia de Cartago en el año 411 entre católicos y donatistas fue, sin duda, uno de los acontecimientos más importantes de la vida de la Iglesia africana en el siglo quinto y también de la vida de San Agustín (Langa, 1988, p. 922). En dicha conferencia se esclarecieron temas importantes sobre el cisma donatista que fue el tendón de Aquiles de la iglesia africana de los siglos cuarto y quinto. Así mismo en esta conferencia se vio premiado el trabajo incasable de San Agustín para la unidad de la iglesia africana. En definitiva, la conferencia de Cartago marcó un punto de inflexión en el desarrollo del donatismo, ya que aceleró la decadencia irreversible que conduciría a su desaparición. La Conferencia fue convocada por el emperador Honorio y se celebró en los días 1 al 8 de junio de 411, presidida por Marcelino. Contó con la participación de doscientos ochenta y seis obispos católicos y doscientos setenta y nueve obispos donatistas (Monceaux, 1963, p. 71-74). Tanto la convocatoria como la misma celebración tuvieron su prehistoria que describimos brevemente a continuación.
2.1. Antecedentes de la convocatoria de la Conferencia
Los expertos en el
donatismo indican que los antecedentes de la convocatoria de la Conferencia de
Cartago remonta data de muy atrás (Cilleruelo,
1987, p. 840-843). Los escritos antidonatistas revelan que Optato de Milevi ya había
expresado el deseo de un encuentro al donatista Parmeniano. Sobre todo, fue San
Agustín quien, desde su misma ordenación sacerdotal no había cesado de proponer
tales reuniones entre ambas partes (donatistas y católicos) como forma de
solucionar el conflicto, pero tales propuestas fueron rechazadas por los
donatistas (Epístolas 23, 6; 35,1,3;
62, 2). Ya de carácter oficial es la iniciativa del concilio de Cartago del 25
de agosto del 403. Establece que en cada diócesis se encuentren los obispos de
ambas partes, como preparación para una conferencia general. Tampoco esta vez accedieron
los donatistas. En enero del 406 estos envían una embajada al emperador, solicitando
un encuentro con los católicos, después de que aquel hubiera promulgado el 12
de febrero del 405 un edicto de unidad, muy duro contra ellos. Este Edicto era
el resultado de una embajada de obispos católicos, enviada por el concilio de
Cartago el 16 de junio del 404 solicitando la aplicación contra los donatistas
de las leyes antiheréticas. A ello les había movido la violencia de los circumceliones.
Finalmente, el 14 de junio del 410 otro concilio de Cartago envió otra embajada
al emperador Honorio solicitando la revocación del edicto de tolerancia de
inicios de año y la convocatoria de una conferencia entre ambas partes. Ambas
solicitudes obtuvieron respuesta positiva en los edictos del 25 de agosto y del
14 de octubre del 410 respectivamente (Cilleruelo,
1987, p. 841-842).
2.2. Hacia la celebración de la Conferencia
El historiador W. H. C.
Frend proporciona una información detallada sobre el procedimiento de la
convocatoria y la celebración de la Conferencia (Frend, 1952, p. 275-289). El edicto de la convocatoria
revela que el emperador nombró como tribuno y notario a Marcelino para presidir
su celebración. Por su parte, Marcelino publicó el 19 de enero de 411 un edicto
convocando a católicos y donatistas a una conferencia en Cartago (Ibid., p. 276). A este entre el 18 y el 25 de mayo le siguió
otro en que se establecían las normas concretas para su desarrollo y se fijaba
el lugar de la reunión (Cilleruelo,
1987, p. 843). Cada parte debía designar de antemano, mediante escrito firmado
por todos en presencia del juez, siete delegados portavoces, y otros siete consejeros
sin voz. Solo ellos, junto con los encargados de la redacción de las actas,
debían asistir. Los demás obispos se limitarían a ratificar por escrito lo que
hicieran sus delegados. Por su parte, el juez prometía publicar las actas de
los debates, autentificadas y selladas por los delegados de ambas partes. Exigía,
además que los primados de cada una se comprometieran por escrito a aceptar
tales normas (Ibid, p. 842-843).
A este escrito los
donatistas respondieron con otro, denominado Notaria en el que manifestaban
su oposición al segundo edicto, particularmente a dos cláusulas: la que los
obligaba a firmar por adelantado la adhesión a la sentencia del juez, y la que
no admitía el derecho a la palabra para todos los asistentes. Incluía también
el mandato a sus delegados, y un anexo con las firmas de los obispos, aunque no
se habían estampado en presencia del juez (Ibídem).
Los católicos, por su parte,
respondieron con un escrito del 25 de mayo. En él expresaban su adhesión al procedimiento
establecido por Marcelino, y señalaban además cuáles eran los problemas que se debían
debatir: uno teórico doctrinal, la causa de la Iglesia, su catolicidad; otro
histórico-personal, la causa de Ceciliano. A continuación, indicaban cuál sería
la actitud de los católicos ante el resultado de la conferencia: de ser vencidos,
dimitirían todos; y si salieran vencedores asociarían en el cargo a los obispos
donatistas, según un procedimiento concreta. Este documento es nuestra carta
128, con toda probabilidad redactada por Agustín. En esta carta los obispos católicos
conjuntamente afirman:
Por esta carta te
participamos, según nos lo has pedido, que estamos totalmente de acuerdo con el
edicto de tu eminencia. Con él has tratado de proteger nuestra paz y sosiego y
de manifestar y garantizar la verdad... Confiados en la verdad, nos hemos
impuesto esa obligación condicional. Según las promesas de Dios, había llenado
por doquier el pueblo cristiano gran parte de la tierra con su crecimiento y se
preparaba para dilatarse y llenar el resto. Si los donatistas, con quienes
hemos de conferenciar, muestran que de pronto desapareció la Iglesia de Cristo
por contagio de no sé qué sujetos a quienes ellos acusan, quedando únicamente
en el partido de Donato; si los donatistas pueden probarlo, no sólo no
atentaremos a los honores debidos a su ministerio episcopal, sino que
seguiremos su consejo por sola la salvación eterna, y quedaremos agradecidos a
su gracioso beneficio por habernos dado a conocer la verdad. En cambio, si
pudiéremos nosotros demostrar que no pudo perecer, por los pecados de cualesquiera
hombres de su gremio, esa Iglesia de Cristo, que ocupa ya con su numerosa
población el suelo, no sólo de todas las provincias africanas, sino también de
muchas provincias transmarinas y de muchos otros pueblos; que fructifica por
todo el mundo, como está escrito, y sigue creciendo; si demostramos que está
acabada y sobreseída la causa de aquellos a quienes entonces prefirieron
acusar, pero no lograron convencer, aunque la causa de la Iglesia sea
independiente de esa otra causa personal; si demostramos la inocencia de
Ceciliano y la violencia y calumnia de los donatistas, como se vio en el juicio
ante el emperador, pues ellos espontáneamente enviaron sus acusaciones
criminales al tribunal del emperador; finalmente, si con documentos humanos o
divinos probamos, cuando ellos hablan de los pecados de cualesquiera hombres,
que se trata de inocentes perseguidos con falsas denuncias, o que no se ha
destruido con tales delitos la Iglesia de Cristo, a la que estamos unidos, en
ese caso, ellos acepten con nosotros la unidad, para que no sólo acierten con
el camino de la salvación, sino que retengan también su honor episcopal. Porque
no detestamos en ellos los sacramentos de la divina verdad, sino las
invenciones del error humano. Suprimidas éstas, aceptamos su abrazo fraterno y
estrecharemos su pecho con caridad cristiana, ya que lamentamos el que se vean
separados de nosotros por una disensión diabólica. (Epístola, 128, 1-2).
Esta convicción revela la
seriedad del tema y, a la vez, la honradez de los obispos católicos a la hora
de defender la verdad de la fe cristiana. Esta es la razón última de su
disponibilidad a la hora de servir a la Iglesia partiendo de la verdad revelada
en la Sagrada Escritura. De todos modos, el texto revela claramente que sabían
con claridad que los donatistas eran incapaces de demostrar desde las Sagradas
Escrituras que la Iglesia de Cristo, tras el pecado de traditio (entrega
a las autoridades paganas de las Escrituras durante las persecuciones) había
quedado arrinconada en una parte del orbe, reducida al pequeño grupo de
donatistas del norte de África.
Más informaciones sobre esta Conferencia las encontramos en otra carta que es la respuesta católica a la notaria de los donatistas (Epístola, 129). En ella vuelve sobre los temas a debatir ya mencionados y se recuerda a los donatistas que fueron ellos los primeros en acudir al emperador, así como su comportamiento con los maximianistas, cismáticos de su Iglesia. En bien de la paz y el orden, justifican el sistema elegido de delegados (Ibid, 129, 4-6). El 30 de mayo los católicos redactan el mandato a sus propios delegados con la firma de todos los obispos, estampada en presencia del comisario imperial. Incluían además una síntesis completa de los argumentos que debían desarrollar los abogados católicos (Cilleruelo, 1987, p. 840-843).
2.3. Desarrollo de la Conferencia
Conforme a lo establecido, se abrió la conferencia el 1 de junio de 411 y duro tres días. La conferencia se desarrolló en un ambiente tenso. Desde el primer momento se manifestaron las tácticas que seguiría cada parte: del lado católico, el intento de mostrar la verdad de sus posiciones eclesiológicas mediante argumentos escriturísticos e históricos; del donatista, rehuir el debate de fondo mediante acciones dilatorias y protestas, como la recogida por San Agustín al comienzo del segundo día de la conferencia:
En primer lugar, al reunirse dos días
después en el lugar citado, como se había convenido y determinado, de nuevo
hizo el Juez de paz el ofrecimiento y el ruego de que se sentaran. Se sentaron
los obispos católicos, pero rehusaron los donatistas. Para tal negativa
adujeron, entre otras cosas, que se les mandaba en la Escritura no sentarse con
gente de esa clase. A lo cual no respondieron de momento los católicos para no
ocasionar demora, dejándolo para lugar más oportuno en el debate del tercer
día. Entonces respondió el mismo Juez de paz que también cumpliría su misión en
pie.
(Breviculus II, 1).
Esta tónica se mantuvo a
lo largo de toda la conferencia, tal como refleja el Resumen del debate con los Donatistas donde se constata el clima
tenso en que se desarrolló (Breviculus,
I, 7-9). Los donatistas llegaron hasta el punto de manifestar calumnias sobre
la ordenación episcopal de San Agustín (Breviculus
III, 7, 9) solo para entorpecer y desviar el objetivo del debate. Gracias a la
firmeza Marcelino, el tercer día pudieron tratar los temas serios de corte histórico
teológico, eclesiológico y sacramental (Breviculus
III, 1-24) para poder finalmente tomar una decisión y zanjar la disputa.
Finalmente, ya de noche
el juez dictó la sentencia proclamando vencedora a la parte católica, sentencia
cuyo texto no nos ha llegado. El 26 de junio 411, el juez firmó el documento de
aplicación de la sentencia y ordenó fijar en lugar público las actas de la tercera
sesión de la conferencia (Breviculus
III, 25, 43).
15 junio 2021
Felicitación para el padre Nolasco Msemwa
El pasado 11 de junio el padre Nolasco Msemwa, que durante varios años estuvo destinado en nuestra parroquia y a quien con tanto cariño recordamos, obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad de San Dámaso, tras defender su tesis doctoral, titulada De unitate ecclesiae en los escritos antidonatistas de San Agustín. Su relevancia para el ecumenismo hoy. Es una noticia que nos llena de alegría y por la que le transmitimos nuestra más calurosa felicitación. Aprovechamos para anunciar que en los próximos días publicaremos en entregas sucesivas su artículo Ubi ecclesia est? San Agustín en la Conferencia de Cartago (411). Lecciones para el ecumenismo hoy.
Breve semblanza del padre Nolasco Msemwa
Entrevista con el padre Nolasco
Nolasco Msemwa junto a los miembros del tribunal



