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27 marzo 2015

Tu evangelio es terrible

Michel Quoist

Cristo,
he oído predicar tu Evangelio
a un sacerdote
que vivía el Evangelio.
Los pequeños, los pobres,
quedaron entusiasmados;
los grandes, los ricos,
salieron escandalizados,
y yo pensé que bastaría predicar
sólo un poco el Evangelio
para que los que frecuentan las iglesias
se alejaran de ellas
y para que los que no las frecuentan
las llenaran.
Yo pensé que era una mala señal
para un cristiano
el ser apreciado por la “gente bien”.
Haría falta -creo yo-
que nos señalaran con el dedo
tratándonos de locos y revolucionarios.
Haría falta -creo yo- que nos armasen líos,
que firmasen denuncias contra nosotros,
que intentaran quitarnos de en medio.
Esta tarde, Señor, tengo miedo,
tengo miedo porque sé
que tu Evangelio es terrible:
es fácil oírlo predicar,
es todavía fácil no escandalizarse de él,
pero vivirlo...
vivirlo es bien difícil.


16 octubre 2014

Si tú me dices"¡ven!", lo dejo todo

Amado Nervo

Si tú me dices «¡ven!», lo dejo todo...
No volveré siquiera la mirada
para mirar a la mujer amada...
Pero dímelo fuerte, de tal modo
que tu voz, como toque de llamada,
vibre hasta el más íntimo recodo
del ser, levante el alma de su lodo
y hiera el corazón como una espada.
Si tú me dices «¡ven!», todo lo dejo.
Llegaré a tu santuario casi viejo,
y al fulgor de la luz crepuscular;
mas he de compensarte mi retardo,
difundiéndome ¡Oh Cristo! ¡como un nardo

de perfume sutil, ante tu altar!

23 agosto 2014

Cristo ha nacido. Aleluya

Majida El Roumy

Con toda simpatía y apoyo para nuestros hermanos cristianos árabes a quienes no olvidamos en nuestras oraciones.

07 agosto 2014

Cristo

León Felipe

Viniste a glorificar las lágrimas ...
no a enjugarlas ...
Viniste a abrir las heridas ...
no a cerrarlas.
Viniste a encender las hogueras ...
no a apagarlas ...
Viniste a decir:
¡Que corran el llanto,
la sangre
y el fuego ...

como el agua!

15 julio 2014

Los de fuera, lo quieran o no, son hermanos nuestros

San Agustín

Hermanos, os exhortamos vivamente a que tengáis caridad no sólo para con vosotros mismos, sino también para con los de fuera, ya se trate de los paganos, que todavía no creen en Cristo, ya de los que están separados de nosotros, que reconocen a Cristo como cabeza, igual que nosotros, pero están divididos de su cuerpo. Deploremos, hermanos, su suerte, sabiendo que se trata de nuestros hermanos. Lo quieran o no, son hermanos nuestros. Dejarían de serlo si dejaran de decir: Padre nuestro.

Dijo de algunos el profeta: A los que os dicen: «No sois hermanos nuestros», decidles: «Sois hermanos nuestros.» Atended a quiénes se refería al decir esto. ¿Por ventura a los paganos? No, porque, según el modo de hablar de las Escrituras y de la Iglesia, no los llamamos hermanos. ¿Por ventura a los judíos, que no creyeron en Cristo?

Leed los escritos del Apóstol, y veréis que, cuando dice «hermanos» sin más, se refiere únicamente a los cristianos: Tú, ¿por qué juzgas a tu hermano?, o ¿por qué desprecias a tu hermano? Y dice también en otro lugar: Sois injustos y ladrones, y eso con hermanos vuestros.

Ésos, pues, que dicen: «No sois hermanos nuestros», nos llaman paganos. Por esto, quieren bautizarnos de nuevo, pues dicen que nosotros no tenemos lo que ellos dan. Por esto, es lógico su error, al negar que nosotros somos sus hermanos. Mas, ¿por qué nos dijo el profeta, Decidles: «Sois hermanos nuestros», sino porque admitimos como bueno su bautismo y por esto no lo repetimos? Ellos, al no admitir nuestro bautismo, niegan que seamos hermanos suyos; en cambio, nosotros, que no repetimos su bautismo, porque lo reconocemos igual al nuestro, les decimos: Sois hermanos nuestros.

Si ellos nos dicen: «¿Por qué nos buscáis, para qué nos queréis?», les respondemos: Sois hermanos nuestros. Si dicen: «Apartaos de nosotros, no tenemos nada que ver con vosotros», nosotros sí que tenemos que ver con ellos: si reconocemos al mismo Cristo, debemos estar unidos en un mismo cuerpo y bajo una misma cabeza.

De los comentarios sobre los salmos


13 mayo 2014

Virgen y Madre María

Papa Francisco

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Tú, llena de la presencia de Cristo,
llevaste la alegría a Juan el Bautista,
haciéndolo exultar en el seno de su madre.
Tú, estremecida de gozo,
cantaste las maravillas del Señor.
Tú, que estuviste plantada ante la cruz
con una fe inquebrantable
y recibiste el alegre consuelo de la resurrección,
recogiste a los discípulos en la espera del Espíritu
para que naciera la Iglesia evangelizadora.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos
el don de la belleza que no se apaga.

Tú, Virgen de la escucha y la contemplación,
madre del amor, esposa de las bodas eternas,
intercede por la Iglesia, de la cual eres el icono purísimo,
para que ella nunca se encierre ni se detenga
en su pasión por instaurar el Reino.

Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.

Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.

Amén. Aleluya.

Evangelii Gaudium

09 abril 2014

La cruz de Cristo, fuente de todas las gracias

San León Magno

Que nuestra alma, iluminada por el Espíritu de verdad, reciba con puro y libre corazón la gloria de la cruz que irradia por cielo y tierra, y trate de penetrar interiormente lo que el Señor quiso significar cuando, hablando de la pasión cercana, dijo: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Y más adelante: Ahora mi alma está agitada, y, ¿qué diré ? Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora, Padre, glorifica a tu Hijo. Y como se oyera la voz del Padre, que decía desde el cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo, dijo Jesús a los que le rodeaban: Esta voz no ha venido por mi, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. ¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella podemos admirar el tribunal del Señor, el juicio del mundo y el poder del Crucificado. Atrajiste a todos hacia ti, Señor, porque la devoción de todas las naciones de la tierra puede celebrar ahora con sacramentos eficaces y de significado claro, lo que antes solo podía celebrarse en el templo de Jerusalén y únicamente por medio de símbolos y figuras. Ahora, efectivamente, brilla con mayor esplendor el orden de los levitas, es mayor la grandeza de los sacerdotes, más santa la unción de los pontífices, porque tu cruz es ahora fuente de todas las bendiciones y origen de todas las gracias: por ella los creyentes encuentran fuerza en la debilidad, gloria en el oprobio, vida en la misma muerte. Ahora al cesar la multiplicidad de los sacrificios carnales, la sola ofrenda de tu cuerpo y sangre lleva a realidad todos los antiguos sacrificios, porque tú eres el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; de esta forma en ti encuentran su plenitud todas las antiguas figuras y así como un solo sacrificio suple todas las antiguas víctimas, Así un solo reino congrega a todos los hombres. Confesemos, pues, amadísimos, lo que el bienaventurado maestro de los gentiles, el apóstol Pablo, confesó con gloriosa voz diciendo: Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. Aquí radica la maravillosa misericordia de Dios para con nosotros: en que Cristo no murió por los justos ni por los santos, sino por los pecadores y por los impíos; y como la naturaleza divina no podía sufrir el suplicio de la muerte, tomó de nosotros, al nacer, lo que pudiera ofrecer por nosotros. Efectivamente, en tiempos antiguos, Dios amenazaba ya con el poder de su muerte a nuestra muerte profetizando por medio de Oseas: Oh muerte, yo seré tu muerte; yo seré tu ruina, infierno. En efecto, si Cristo al morir tuvo que acatar la ley del sepulcro, al resucitar, en cambio, la derogó hasta tal punto que echó por tierra la perpetuidad de la muerte y la convirtió de eterna en temporal, ya que si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida.

Sermón 8 sobre la pasión del Señor 6-8

24 noviembre 2013

¡Aleluya!

Hoy celebramos tres acontecimientos importantes: Cristo, Rey del Universo, que nos ofrece un reino de amor, paz y justicia; el final del año litúrgico, que coincide también con el término del Año de la fe, acontecimiento que nos ha brindado la oportunidad a todos de reflexionar acerca de nuestra fe, dándole así un nuevo ímpetu; y, finalmente, uno de los eventos más esperados y deseados por  los padres agustinos que rigen la parroquia y por todos los feligreses: la reinauguración del templo, momento de acción de gracias y de renovación espiritual de la comunidad, pues se nos emplaza a construir la auténtica Iglesia de Cristo, al servicio de todos los hombres y especial de los más pobres. Con este espíritu de alegría e ilusión por el inicio de esta nueva etapa, presentamos el Aleluya de Haendel, interpretado por la Orquesta Sinfónica de Londres.

23 octubre 2013

Aprite le porte a Cristo

Hoy nos hacemos eco de la festividad del Beato Juan Pablo II, celebrada ayer por la Iglesia Católica, presentando este vídeo con imágenes sobre su vida y la interpretación por el Coro de Roma del himno dedicado a él.

07 agosto 2013

Llamar a Cristo

San Agustín

Cuando salían de Jericó le seguía una gran multitud. Y he aquí que dos ciegos sentados a la vera del camino, al oír que pasaba Jesús se pusieron a gritar: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! La multitud les regañaba para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! Jesús se paró los llamó y les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Le respondieron: Señor que se abran nuestros ojos. Jesús, compadecido, les tocó los ojos y al instante comenzaron a ver, y le siguieron (/Mt/20/29-34/Ag).
¿Qué es, hermanos, gritar a Cristo, sino adecuarse a la gracia del Señor con las buenas obras? Digo esto, hermanos, porque no sea que levantemos mucho la voz, mientras enmudecen nuestras costumbres. ¿Quién es el que gritaba a Cristo, para que expulsase su ceguera interior al pasar Él, es decir, al dispensarnos los sacramentos temporales, con los que se nos invita a adquirir los eternos? ¿Quién es el que grita a Cristo? Quien desprecia el mundo, llama a Cristo. Quien desdeña los placeres del siglo, clama a Cristo. Quien dice, no con la lengua, sino con la vida, el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Gal 6, 14), ése es el que grita a Cristo.
Llama a Cristo quien reparte y da a los pobres, para que su justicia permanezca por los siglos de los siglos (cfr. Sal 101, 9). Quien escucha y no se hace el sordo—vended vuestras bienes y dad limosna; haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el Cielo (Lc 12, 33)— como si oyese el sonido de los pasos de Cristo que pasa, al igual que el ciego, clame por estas cosas, es decir, hágalas realidad. Su voz esté en sus hechos. Comience a despreciar el mundo, a distribuir sus posesiones al necesitado, a tener en nada lo que los hombres aman. Deteste las injurias, no apetezca la venganza, ponga la mejilla al que le hiere, ore por los enemigos; si alguien le quitare lo suyo, no lo exija; si, al contrario, hubiera quitado algo a alguien, devuélvale el cuádruplo.
Una vez que haya comenzado a obrar asé, todos sus parientes, afines y amigos se alborotarán. Quienes aman el mundo se le pondrán en contra: «¿Qué haces, loco? ¡No te excedas!: ¿acaso los demás no son cristianos? Eso es idiotez, locura». Cosas como ésta grita la turba para que los ciegos no clamen. La turba reprendía a los que clamaban, pero no tapaba sus clamores.
Comprendan cómo han de obrar quienes desean ser sanados. También ahora pasa Jesús: los que se hallan a la vera del camino, griten. Tales son los que le honran con los labios, pero su corazón está alejado de Dios (cfr. Is 29, 13). A la vera del camino están aquellos de corazón contrito a quienes dio órdenes el Señor. En efecto, siempre que se nos leen las obras transitorias del Señor, se nos muestra a Jesús que pasa. Porque hasta el fin de los siglos no faltarán ciegos sentados a la vera del camino. Es necesario que levanten su voz.
La muchedumbre que acompañaba al Señor reprendía el clamor de los que buscaban la salud. Hermanos, ¿os dais cuenta de lo que digo? No sé de que modo decirlo, pero tampoco cómo callar. Esto es lo que digo, y abiertamente. Temo a Jesús que pasa y se queda, y no puedo callarlo: los cristianos malos y tibios obstaculizan a los buenos cristianos, a los verdaderamente llenos de celo y deseosos de cumplir los mandamientos de Dios, escritos en el Evangelio. La misma turba que está con el Señor, calla a los que claman; es decir, obstaculiza a los que obran el bien, no sea que con su perseverancia sean curados.
Clamen ellos, no se cansen ni se dejen arrastrar por la autoridad de la masa; no imiten siquiera a los que, cristianos desde antiguo, viven mal y sienten envidia de las buenas obras. No digan: «¡Vivamos como la gran multitud!». ¿Y por qué no como ordena el Evangelio? ¿Por qué quieres vivir conforme a la reprensión de la turba que impide gritar, y no según las huellas de Cristo que pasa? Te insultarán, te vituperarán, te llamarán para que vuelvas atrás. Tú clama hasta que tu grito llegue a oídos de Jesús. Pues quienes perseveraren en obrar lo que ordenó Cristo, sin hacer caso de la muchedumbre que lo prohibe, y no se ensoberbecieren por el hecho de que parecen seguir a Cristo—esto es, por llamarse cristianos—, sino que tuvieren más amor a la luz que Cristo les ha de restituir que temor al estrépito de los que les prohiben; éstos en modo alguno se verán separados: Cristo se detendrá y los sanará (...).
En pocas palabras, para terminar este sermón, hermanos, en aquello que tanto nos toca y nos angustia, ved que es la muchedumbre la que reprende a los ciegos que gritan. Todos los que estáis en medio de la turba y queréis ser sanados, no os asustéis. Muchos son cristianos de nombre e impíos por las obras: que no os aparten de hacer el bien. Gritad en medio de la muchedumbre que os reprende, os llama para que volváis atrás, os insulta y vive perversamente.
Mirad que los malos cristianos no sólo oprimen a los buenos con las palabras, sino también con las malas obras. Un buen cristiano no quiere asistir a los espectáculos: por el mismo hecho de frenar su concupiscencia para no acudir al teatro, ya grita en pos de Cristo, ya clama que le sane: «Otros van —dirá—, pero serán paganos, o judíos». Si los cristianos no fueran a los teatros, habría tan poca gente, que los demás se retirarían llenos de vergüenza. Pero los cristianos corren también hacia allá, llevando su santo nombre a lo que es su perdición. Clama, pues, negándote a ir, reprimiendo en tu corazón la concupiscencia temporal, y manténte en ese clamor fuerte y perseverante ante los oídos del Salvador, para que se detenga y te cure. Clama aun en medio de la muchedumbre, no pierdas la confianza en los oídos del Señor. Aquellos ciegos no gritaron desde el lado en el que no estaba la muchedumbre, para ser oídos desde allí, sin el estorbo de quienes les prohibían. Clamaron en medio de la turba y, no obstante, el Señor les escuchó. Hacedlo así vosotros también, en medio de los pecadores y lujuriosos, en medio de los amantes de las vanidades mundanas. Clamad ahí para que os sane el Señor. No gritéis desde otra parte, no vayáis a los herejes para clamar desde allí. Considerad, hermanos, que en medio de aquella muchedumbre que impedía gritar, allí mismo fueron sanados los que clamaban.

(Sermón 88, 12-13, 17) 


28 mayo 2013

La resurrección de Cristo

Presentamos una obra del compositor ruso Serguéi Rajmáninov (1873-1943).

25 mayo 2013

Oración a la Santísima Trinidad

Presentamos hoy esta oración, llena de misticismo, sobre el misterio de Dios, uno y trino. Su autora es Isabel de la Trinidad,  carmelita francesa del siglo XIX, beatificada por Juan Pablo II el 25 de noviembre de 1984.

Beata Sor Isabel de la Trinidad
Beata Isabel de la Trinidad

¡Oh Dios mío, Trinidad adorable, ayúdame a olvidarme
por entero para establecerme en ti!
¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Siento mi
impotencia y te pido que me revistas de ti mismo, que
identifiques mi alma con todos lo movimientos de tu
alma; que me sustituyas, para que mi vida no sea más
que una irradiación de tu propia vida. Ven a mí como
adorador, como reparador y como salvador...
¡Oh fuego consumidor, Espíritu de amor! Ven a mí, para
que se haga en mi alma una como encarnación del Verbo;
que yo sea para él una humanidad sobreañadida en la que
él renueve todo su misterio.
Y tú, ¡oh Padre!, inclínate sobre tu criatura; no veas
en ella más que a tu amado en el que has puesto todas
tus complacencias.
¡Oh mis tres, mi todo, mi dicha, soledad infinita,
inmensidad en que me pierdo! Me entrego a vos como
una presa; sepultaos en mi para que yo me sepulte en
vos, en espera de ir a contemplar en vuestra luz el
abismo de vuestras grandezas.
Amén.

15 abril 2013

Escuela de Contemplación


Carmen Sáez Gutiérrez

LOUF, ANDRÉ. Escuela de contemplación. Vivir según el “sentir” de Cristo. Ediciones Narcea, Madrid 2008, 13x21, 139 pp.

André Louf, prior durante muchos años en la abadía trapense de “Mont-des-Cats” y actualmente ermitaño, presenta en este libro una recopilación de textos publicados en distintas revistas, fruto de algunas de sus intervenciones en diversas asambleas monásticas. En ellos se hace referencia a la experiencia espiritual de la vida contemplativa y su dimensión apostólica, así como a la vivencia de comunidad fraterna y ecuménica, con especial referencia a la oración sentida como alabanza, que bien puede inspirarse en la Palabra de Dios y especialmente en los Salmos.
La fecundidad de la vida monástica ilumina no solo el itinerario del monje sino también  la trayectoria que debe seguir el cristiano que desee encontrar a Dios, en plenitud.
La acción del Espíritu guía la comunión del hombre con el Padre y el Hijo, y es la vida religiosa, a través del amor y la experiencia comunitaria el lugar privilegiado para sentir esta presencia del Espíritu. Si bien hay elementos de esta opción vital tales como la escucha de la Palabra, la humildad, el servicio y la reconciliación con los hermanos, que pueden transferirse a la experiencia de fe de todo cristiano en búsqueda de Dios.
El vínculo de diferentes credos con la vida monástica es tratado con acierto, ya que ofrece testimonios que impactan por su credibilidad. La caridad y la humildad son nexos idóneos entre diferentes religiones.
Es un libro sencillo, que no por ello deja de tratar los temas en profundidad. Es de lectura obligada tanto para el religioso como para toda  aquella persona que persiga una profunda relación con Cristo.



29 marzo 2013

Oración al Cristo del Calvario

Gabriela Mistral


En esta tarde, Cristo del Calvario,
Velázquez (Cristo crucificado)
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados
cuando veo los suyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías
cuando las tuyas están llenas de heridas?
¿Cómo explicarte a ti mi soledad
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.
Y solo pido no pedirte nada,
Estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.
                                            


05 marzo 2013

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo

San Agustín

De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido. Por lo tanto, se invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra? Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra. De manera que quien clama desde los confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros.
Y ¿qué es lo que pide? Lo que he dicho antes: Dios mío escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra. O sea: Esto que pido, lo pido desde los confines de la tierra, es decir, desde todas partes.
Pero, ¿por qué ha invocado así? Porque tenía el corazón abatido. Con ello da a entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones.
Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.
Éste que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, a su cuerpo, quiso prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza los precedió.
De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo. ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él la tentación, y de él para ti la victoria.
Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete también vencedor en él. Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado.



10 enero 2013

Cristo es el cumplimiento de las promesas de Dios

San Agustín

Fiel es Dios, que se constituyó en nuestro deudor; no porque haya recibido algo de nosotros, sino porque nos prometió tan grandes bienes. La promesa le pareció poco; por eso quiso obligarse por escrito, firmando, por decirlo así, un documento que atestiguara sus promesas, para que, cuando comenzara a cumplir las cosas que prometió, viésemos en ese escrito en qué orden se cumplirían. El tiempo de las profecías era, como muchas veces lo he afirmado, el del anuncio de las promesas.
Prometió la salvación eterna, la vida bienaventurada y sin fin en compañía de los ángeles, la herencia imperecedera, la gloria eterna, la dulzura de la contemplación de su rostro, su templo santo en los cielos y, como consecuencia de la resurrección, la ausencia total del miedo a la muerte. Ésta es, en cierto modo, su promesa final, hacia la que tienden todos nuestros cuidados, porque una vez que la hayamos alcanzado ya no buscaremos ni exigiremos ninguna otra cosa. También manifestó en qué orden se cumplirían sus promesas y profecías hasta alcanzar ese último fin. Prometió la divinidad a los hombres, la inmortalidad a los mortales, la justificación a los pecadores, la glorificación a criaturas despreciables. Sin embargo, hermanos, como a los hombres les parecía increíble la promesa de Dios de sacarlos de su condición mortal -de corrupción, bajeza, debilidad, polvo y ceniza- para asemejarlos a los ángeles, no sólo firmó una alianza con los hombres para moverlos a creer, sino que también estableció un mediador como garante de su fidelidad; y no estableció como mediador a cualquier príncipe o a un ángel o arcángel, sino a su Hijo único. Y por él nos mostró el camino que nos conduciría hacia el fin prometido. Pero no bastó a Dios indicarnos el camino por medio de su Hijo: quiso que Él mismo fuera el camino, para que, bajo su dirección, tú caminaras por él. Por tanto, el Hijo único de Dios tenía que venir a los hombres, tenía que hacerse hombre y, en su condición de hombre, tenía que morir, resucitar, subir al cielo, sentarse a la derecha del Padre y cumplir todas sus promesas en favor de las naciones.  Y, después del cumplimiento de estas promesas, cumplirá también la promesa de venir otra vez para pedir cuentas de sus dones, para separar a los que se hicieron merecedores de su ira de quienes se hicieron merecedores de su misericordia, para castigar a los impíos, conforme lo había amenazado, y para recompensar a los justos, según lo había prometido. Todo esto debió ser profetizado y anunciado de antemano para que no atemorizara a nadie si acontecía de repente, sino que, siendo objeto de nuestra fe, lo fuese también de una ardiente esperanza 

De los Comentarios de San Agustín, obispo, sobre los salmos (354-430) 
Lectura bíblica: 2 Co 1, 18-22

11 diciembre 2012

Dios nos ha hablado en Cristo

San Agustín

La principal causa por la cual en la ley antigua eran lícitas las preguntas que se hacían a Dios, y convenía que los profetas y sacerdotes quisiesen visiones y revelaciones de Dios, era porque entonces no estaba aún fundada la fe ni establecida la ley evangélica; y así, era menester que preguntasen a Dios y que él hablase, ahora por palabras, ahora por visiones y revelaciones, ahora en figuras y semejanzas, ahora en otras muchas maneras de significaciones. Porque todo lo que respondía y hablaba y obraba y revelaba eran misterios de nuestra fe y cosas tocantes a ella o enderezadas a ella. Pero ya que está fundada la fe en Cristo y manifiesta la ley evangélica en esta era de gracia, no hay para qué preguntarle de aquella manera, ni para qué él hable ya ni responda como entonces. Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo -que es una Palabra suya, que no tiene otra-, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar. Y éste es el sentido de aquella autoridad, con que san Pablo quiere inducir a los hebreos a que se aparten de aquellos modos primeros y tratos con Dios de la ley de Moisés, y pongan los ojos en Cristo solamente, diciendo: Lo que antiguamente habló Dios en los profetas a nuestros padres de muchos modos y maneras, ahora a la postre, en estos días, nos lo ha hablado en el Hijo, todo de una vez. En lo cual da a entender el Apóstol, que Dios ha quedado ya como mudo, y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en él todo, dándonos el todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación; no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera: "Si te tengo ya hablado todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra cosa que te pueda revelar o responder que sea más que eso, pon los ojos sólo en él; porque en él te lo tengo puesto todo y dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque desde el día que bajé con mi espíritu sobre él en el monte Tabor, diciendo: Éste es mi amado Hijo en que me he complacido; a él oíd, ya alcé yo la mano de todas esas maneras de enseñanzas y respuestas, y se la di a él; oídle a él, porque yo no tengo más fe que revelar, más cosas que manifestar. Que si antes hablaba, era prometiéndoos a Cristo; y si me preguntaban, eran las preguntas encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles."

 De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los Salmos
(Salmo 109, 1-3: CCL, 40, 1601-1603