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27 agosto 2024

Santa Mónica

Hoy, 27 de agosto, recordamos a santa Mónica, la madre de san Agustín con una misa concelebrada por todos los sacerdotes de la parroquia a las 20:00 h.
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Santa Mónica, Anónimo, mediados del siglo XVI, convento de Santa Inés (Sevilla)



25 agosto 2024

Avisos parroquiales

El próximo día 28, celebramos la fiesta de San Agustín. Siguiendo la tradición celebraremos un triduo en honor de nuestro fundador y padre de la Iglesia. Dicho triduo comprende una oración que se recitará al final de la eucaristía. El lunes 26 lo dedicaremos a los agustinos mártires, el martes 27 recordaremos a Santa Mónica, madre de San Agustín, y el miércoles 28, al santo patrono de nuestra orden.

Les invitamos a todos a participar en estos días en las eucaristías de las 9:15 y de las 20:00 h.

27 agosto 2022

Festividad de Santa Mónica

Hoy, 27 de agosto, día en que celebramos la festividad de Santa Mónica, les invitamos a contemplar una escena que recrea el diálogo que mantuvo con su hijo San Agustín en Ostia, poco antes de que el Señor la llamara a su presencia.

27 agosto 2021

Festividad de Santa Mónica

Nuestro párroco, Mario Beato, nos dirige unas palabras con motivo de la festividad de Santa Mónica:

Ayer celebrábamos la memoria de algunos agustinos mártires y compañeros. Hoy la iglesia recuerda la figura de Monica. Mujer y madre ejemplar. Su fe vivida con coraje y coherencia transformó la vida de su hijo. Monica,  ejemplo de mujer luchadora, madre entregada e incansable y segura de una fe vivida sin vacilaciones recibió su recompensa. Descansa en Paz porque en paz vivió. 

¡Qué orgullo como agustinos pertenecer a la familia de tan grande cristiana!

Felicidades a todos.


Santa Mónica, Luis Tristán (1616) Museo del Prado, Madrid

28 agosto 2020

Festividad de San Agustín

Tras la fiesta de Santa Mónica, celebramos hoy, 28 de agosto, la de su hijo, San Agustín, un hombre dotado de una profunda inteligencia a la par que de una delicada sensibilidad y una imperiosa necesidad de hallar un sentido al mundo. Tras explorar durante años diversos caminos su ardiente búsqueda de la verdad, una búsqueda que no debemos entender como una mera especulación intelectual, sino como un doloroso proceso que compromete lo más profundo del espíritu, encontró al fin el reposo tras constatar que lo que con tanto anhelo había perseguido se hallaba en su propio interior: “tú me eras más íntimo que mi propia intimidad y más alto que lo más alto de mi ser” (Confesiones III, 6, 11). Rüdiger Safranski, un filósofo alejado del cristianismo, ha visto así la conversión:

“La razón de que Agustín se convierta al Dios de las Sagradas Escrituras no es que quiera escapar de una miseria, de una compunción y la desesperación. Hemos de decir, a la inversa, que su amor desbordante busca un recipiente en el que derramarse, y este solo puede ser Dios, pues solo Dios es suficientemente espacioso”. (Safranski, Rüdiger, El mal o el drama de la libertad, 2020, Madrid, Tusquets, p. 48).

Es el amor lo que impulsa la búsqueda de San Agustín, es también el amor lo que lleva a su madre, Santa Mónica, a luchar por su hijo, a no darlo nunca por perdido a pesar de su alejamiento, de sus desplantes, incluso del amargo abandono en Cartago, cuando él a escondidas parte hacia Italia, el que la hace seguirlo hasta Milán, donde al igual que ella lo recupera, él se recupera a sí mismo.

Días antes de la muerte de Mónica, madre e hijo conversan en Ostia y allí, sumergidos en su interioridad y embargados de amor a Dios, sus espíritus se elevan a la contemplación de la eternidad:

“Seguimos ascendiendo aún más dentro de nuestro interior, pensando, hablando y admirando tus obras. Y llegamos hasta nuestras mismas mentes, y seguimos nuestro avance remontándolas hasta llegar a la región de la abundancia inagotable, donde apacientas a Israel eternamente en los pastizales de la verdad, allí donde la vida es la sabiduría por la cual se crean todas los cosas de aquí: las presentes, las pasadas y las futuras, mientras que ella no es creada por nadie, sino que hoy es como ayer y como será siempre. Mejor dicho, en ella no hay un fue ni un será, sino solo un es, porque es eterna, ya que lo que ha sido y lo que será no es eterno”. (Confesiones, IX, 10, 24).

Pulsa para leer una biografía de San Agustín


Consagración de San Agustín (Jaume Huguet, Museu Nacional d'Art de Catalunya)


27 agosto 2020

Festividad de Santa Mónica

Hoy, 27 de agosto, celebramos en la Iglesia la festividad de Santa Mónica, la madre de San Agustín, aquella que consiguió con sus plegarias, su perseverancia, su ejemplo y, sobre todo, su amor, llevarlo hasta la Iglesia. Fue para ella un camino duro en el que no faltaron momentos amargos. Recordemos uno de ellos con las palabras del propio Agustín. Este, harto de la indisciplina de los estudiantes de Cartago, había decidido marchar a Roma y su madre intentó disuadirlo y, al no lograrlo, le pidió que aceptara al menos su compañía. Pero él deseaba partir solo:

"Yo la engañé cuando estaba firmemente asida a mí, tratando de convencerme de que o bien desistiera de mi propósito o bien le permitiera ir en mi compañía. Me inventé el pretexto de que no quería dejar solo a un amigo que esperaba vientos favorables para zarpar. Y le mentí a mi madre, a aquella madre, y me escabullí.
Sé que también esto me lo has perdonado con tu misericordia, defendiéndome, a pesar de mis horribles groserías, del peligro de las aguas de mar hasta que llegase el agua de tu gracia, esperando que, lavado en ella, se secasen los ríos de los ojos de mi madre. Porque ella regaba día tras día con las lágrimas de sus ojos la tierra donde reclinaba su frente.
Como, a pesar de todo, mi madre se negaba a volver sin mí, apenas si logré convencerla de que aquella noche se quedara en un paraje cercano a nuestra nave, que era una capilla dedicada a San Cipriano. Y aquella misma noche me escapé a hurtadillas, y ella se quedó en tierra rezando y llorando." (San Agustín, Confesiones, V, 8, 15. Traducción de José Cosgaya O.S.A, Madrid, BAC)

Pulsa aquí para leer una breve biografía de Santa Mónica

Aparición del ángel a Santa Mónica (Pietro Maggi, 1714. Iglesia de San Marcos, Milán)

22 agosto 2020

Avisos parroquiales

El próximo jueves, día 27, celebramos la fiesta de Santa Mónica madre de San Agustín; y el viernes, día 28, la fiesta solemne de San Agustín.

Por motivo de esta fiesta, el día 28, VIERNES, a las 20:00 horas, la eucaristía será concelebrada en honor a nuestro fundador y padre de la Iglesia.

Todos ustedes están invitados a participar o acompañarnos en oración.


La muerte de Santa Mónica (Ottaviano Nelli, iglesia de San Agustín en Gubbio, Italia)


29 octubre 2014

Contra los académicos (V)

Francisco Javier Bernad Morales

Como ya se indicó, la naturaleza del mal fue uno de los principales obstáculos que Agustín hubo de vencer en el camino hacia el cristianismo. Al imaginarlo como una sustancia, esto es, concederle, al igual que hacían los maniqueos, realidad ontológica, no le quedaba sino rechazar la idea de que hubiera sido creado por un Dios que, por definición, no podía ser más que bueno. Ahora bien, si el mal existe y no ha sido creado por Dios, este no es el autor de todo y no cabe atribuirle la omnipotencia. De estas cavilaciones, que el escepticismo académico no alcanzó a silenciar, le sacaron, de un lado los sermones de Ambrosio, que le mostraron una forma alegórica, inspirada en el filósofo judío Filón de Alejandría, de entender las Escrituras, y de otro, la lectura de algunos libros neoplatónicos, traducidos del griego al latín por Mario Victorino[1]. Ignoramos qué obras fueron estas, así como el nombre del amigo que se las recomendó, aunque cabe conjeturar que se tratara de algunas de Plotino, quizá una parte de las Eneadas, y algún ensayo de Porfirio. En las Confesiones (VII, 9) recuerda, posiblemente de memoria, pues reconoce que las palabras no son las mismas, aunque sí el contenido, algún pasaje, cuya proximidad al comienzo del Evangelio de Juan salta inmediatamente a la vista.

El neoplatonismo le abrió la mente a una nueva visión de lo espiritual. Ya no lo vio como algo mancillado por la proximidad con la materia y se alejó de la burda interpretación del Génesis por los maniqueos, esa en que ridiculizaban la idea de que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Deja, pues, de concebir la Creación como producto de un ser maligno o un simple demiurgo, para reconocer en ella la obra divina. En cuanto al mal, pierde su categoría ontológica, para no ser sino una ausencia o privación del bien. Es la suya una interpretación del neoplatonismo muy contaminada de cristianismo. Quizá debido a que ha llegado a ella a través de Victorino, o a que lo lee con el espíritu predispuesto por las enseñanzas recibidas en la niñez, reavivadas ahora por la presencia de Mónica, su madre, y por las exhortaciones del obispo Ambrosio.

En realidad, la Creación, como tal, no ocupa lugar en el sistema de Plotino. El principio básico es el Uno indescriptible, acerca del cual nada puede ser predicado, ya que, como el Ein Sof de la Cábala, es absoluta trascendencia. De él emana el nous, espíritu o inteligencia pura, el cual, por su parte, dará origen al alma, ligada de un lado al nous y de otro a la realidad sensible. Se trata de una serie de emanaciones en las que no interviene la voluntad divina, ya que, como se ha señalado, no cabe atribuir facultades o potencias al Uno.





[1] Mario Victorino (¿300-¿382), africano como Agustín, tradujo algunas obras de Platón, de Plotino y de Porfirio. En la vejez se convirtió al cristianismo y compuso himnos a la Trinidad y obras polémicas contra Arrio.

18 octubre 2014

Contra los académicos (IV)

Francisco Javier Bernad Morales

Ya antes de abandonar Cartago, Agustín, tras conocer a Fausto, reputado como uno de los más doctos entre los maniqueos, había sentido un profundo desengaño. Como afirmó más tarde (Confesiones V, 3,  3), estimó más probables las explicaciones dadas por los filósofos que las fábulas de quien no hubo sino de parecerle un elocuente charlatán. No carece de interés el que, sumido en las dudas, adopte como criterio de acción el de probabilidad, establecido por Carnéades y defendido por Cicerón. En Contra los Académicos (II, XII), se burla, sin embargo, de quienes dicen guiarse por lo semejante a la verdad en tanto afirman desconocer esta. Al desencanto no le siguió, empero, un inmediato alejamiento. En Roma, donde llegó a finales del 383, se alojó en casa de un maniqueo, para quien probablemente Fausto y otros correligionarios africanos le habían dado cartas de presentación. Aunque la secta no le producía ya ningún entusiasmo, seguía frecuentando a sus partidarios, con quienes aún compartía algunas ideas sobre la naturaleza del mal (Confesiones V, 10,20). Si bien Carnéades y Cicerón, entre otros, le habían ayudado a encontrar las inconsistencias del maniqueísmo, también habían sembrado en él cierta pereza que le dificultaba la búsqueda de una verdad, considerada inalcanzable. Entra así en un período escéptico, del que no sale sino cuando, gracias a la protección del pagano Símaco, obtiene en Milán, a la sazón políticamente más relevante que Roma, un puesto de maestro de retórica. Eso le dio la oportunidad de visitar a Ambrosio y de escuchar sus sermones. Agustín cuenta que quedó impresionado y que de inmediato experimentó una gran admiración y amor por él. Sin embargo, a lo que parece, su entusiasmo no fue correspondido. Quizá se debiera a la diferencia de temperamento entre los dos padres de la Iglesia o quizá, simplemente, el enérgico y atareado obispo, solicitado por mil preocupaciones, no llegó a apreciar cabalmente la valía del profesor africano.

En cualquier caso, en Milán, donde se le une su madre Mónica, a la que mediante un engaño había abandonado en África, Agustín comienza a desprenderse por completo no ya de los restos de maniqueísmo, sino sobre todo del escepticismo académico, por él sentido como paralizante. Es posible que su reacción contra ellos, a los que por otra parte siempre apreció, encierre un punto de excesivo apasionamiento. Quizá las posiciones de Carnéades y, sobre todo, de Cicerón no sean, salvando el abismo temporal, muy distintas de las de Kant. También este sostiene la imposibilidad de alcanzar el conocimiento del noúmeno, la cosa en sí, quedando al alcance de nuestra razón solo el estudio de los fenómenos; y, sin embargo, eso no le impide fundamentar una ética formal extremadamente rigurosa. Pero la sed de verdad que acuciaba a Agustín no podía saciarse en ese tan razonable como elegante agnosticismo, por más que fuera capaz de vestir los ropajes más austeros.

15 septiembre 2014

Contra los académicos (I)

Francisco Javier Bernad Morales

En el verano del año 386 ya Agustín había tomado la determinación de renunciar a su cátedra de Retórica en Milán, aunque había aplazado su puesta en práctica hasta las vacaciones de la vendimia. A la inquietud religiosa que le encaminaba por otros derroteros se sumaba algún problema respiratorio que le causaba dolores en el pecho, además de fatigarle y dificultarle el hablar durante períodos prolongados. Según cuenta (Confesiones, IX, 2, 4), esta dolencia le brindó la excusa para abandonar el trabajo sin ofender a los padres de sus alumnos.

Llegado el momento, tras notificar su dimisión a las autoridades, en compañía de su madre, Mónica, y de sus discípulos más allegados, se retiró a la finca que su amigo Verecundo poseía en Casiciaco. Allí, durante unos meses, el pequeño grupo se entregó al otium, es decir, al estudio y discusión de los grandes problemas filosóficos, o en otras palabras, a la búsqueda de la sabiduría, sin descuidar por ello la vigilancia de los trabajos agrícolas. Todo parece indicar que fueron días apacibles, en que el espíritu de Agustín pudo reposar tras las turbulencias que lo habían alterado en tiempos anteriores. Fruto de ellos fueron las obras que suelen agruparse bajo el título de Diálogos de Casiciaco. Son estos: Contra Academicos, De Beata Vita, De Ordine y Soliloquia.

Tanto Agustín como sus compañeros de retiro eran ya cristianos de espíritu aunque aún no habían recibido el bautismo. Fue precisamente la necesidad de trasladarse a Milán para inscribirse como catecúmenos lo que hizo que a principios de marzo del 387 abandonaran la finca.

No debemos olvidar que pese a lo que pudiera dar a entender la placidez de Casiciaco, el Imperio vivía ya sus últimos espasmos. En Oriente gobernaba Teodosio, quien había conseguido restablecer la situación tras la desastrosa derrota de Valente frente a los godos en Adrianópolis (378); en tanto que en Occidente lo hacía el joven Valentiniano II, aunque en realidad el poder lo ejercía su madre, Justina. Esta era arriana y había tenido duros enfrentamientos con Ambrosio, el obispo de Milán, en los que la autoridad y sobre todo el prestigio imperiales habían quedado muy menoscabados. Además, en el 381 el ejército de Britania había proclamado emperador a Máximo, quien había ocupado la Galia y desde Tréveris controlaba las provincias citadas e Hispania. Finalmente, en 387, atacó el Ilírico, lo que hizo que Justina solicitara la ayuda de Teodosio, a quien entregó a su hija Gala en matrimonio. Derrotado, el usurpador fue asesinado (388), lo que, unido a la muerte de Justina, dejó a Teodosio como árbitro del imperio. Este mantuvo a su cuñado Valentiniano en Occidente, pero  situó a su lado a Arbogasto, un franco como magister militum, es decir, jefe supremo del ejército. Por extraño que parezca, el mismo emperador que hizo de la ortodoxia nicena la religión oficial, impuso a un pagano como amo del poder en Occidente. Fueran cuales fueren las razones que lo empujaron a tomar esa decisión, el hecho es que Valentiniano pereció en 392 asesinado, posiblemente por Arbogasto, quien aseguró que se trataba de un suicidio y proclamó emperador al pagano Eugenio. Teodosio se vio obligado de nuevo a intervenir y, tras alcanzar la victoria en la batalla del Frígido (394), asumió personalmente el Imperio de Occidente. 

28 agosto 2014

San Agustín (28 de agosto)

Tagaste (Souk-Ahras-Argelia) 13/11/354 – Hipona (Annaba-Argelia) 28 /08/ 430

San Agustín es uno de los Santos Padres de la Iglesia Latina, para muchos el más atrayente. Destaca en el horizonte de la historia del cristianismo, por su piedad, su sabiduría, su corazón inquieto, por su vivencia de la amistad, por su celo de pastor, por sus muchos y excelentes escritos que nos trasmiten la cultura clásica y cristiana y dan testimonio de un espíritu exquisitamente humano y profundamente religioso.

Su entrañable amigo Posidio, hermano en el episcopado, nos ha dejado el relato de su vida, Vita Augustini, hecha de nostalgia, devoción y cercanía. La seguimos, entrelazando con otros aportes, especialmente con noticias recogidas de las Confesiones y las obras del santo:

“Movido por el deseo de ser útil con mi ingenio y mi palabra a la causa de la santa y verdadera Iglesia católica de Cristo, de ningún modo he de callar la vida y costumbres del muy excelente sacerdote Agustín, dejando memoria de las cosas que vi o recogí de sus labios” (Posidio, pról. 1).

“No tocaré todas las cosas que el mismo beatísimo Agustín dejó escritas en sus ‘Confesiones acerca de su vida antes y después de recibir la gracia” (ib. 5).

Nacimiento, estudios y profesorado

Nació, Aurelio Agustín, el 13 de noviembre del año 354, en Tagaste, Numidia, provincia romana del norte de África. Sus padres fueron Mónica, cristiana y Patricio, pagano.

“Nació San Agustín en la provincia de África, en la ciudad de Tagaste, de padres cristianos  y nobles, pertenecientes a la curia municipal. A su esmero, diligencia y cuenta corrió la formación del hijo, que fue muy bien instruido en las letras humanas, esto es, en las que llaman artes liberales” (Vita, 1,1).

Mónica instruyó a su hijo en la fe, hasta el punto que en una enfermedad, Agustín pidió el bautismo y ella se preocupó por que lo recibiera. Pero mejoró y se aplazó el agua bautismal.

Se entregó apasionadamente a los estudios. Estudió retórica y filosofía con resultados brillantes, pero, poco a poco, se dejó arrastrar por una vida personal desordenada. A los diecisiete años se unió a una mujer y tuvo un hijo, al que llamaron Adeodato.

Abrazó el maniqueísmo, que sostiene que el espíritu es el principio de todo bien y la materia, el principio de todo mal. Abandonó esta secta diez años después.

“Enseñó primeramente gramática en su ciudad, y después retórica en Cartago, y en tiempos sucesivos, en ultramar, en Roma y Milán, donde a la sazón estaba establecida la corte de Valentiniano el Menor” (Vita, 1,1).

Su docencia en Roma fue corta: descubrió que los alumnos eran menos alborotadores que los de Cartago, pero igualmente deshonestos. En Milán, obtuvo la Cátedra de Retórica. Es en esta ciudad en la que, agudizada la crisis personal, alejado de los maniqueos y bajo la influencia de Ambrosio y la tenacidad de las oraciones de su madre, su vida dará un vuelco definitivo.

Conversión, bautismo y regreso a África

Mónica nunca se conformó con la situación de Agustín, alejado de la Iglesia, y trataba de convertirlo a través de la oración y por todos los medios. Lo había seguido a Milán con ese fin.

También quería casarlo con una mujer acorde a su condición. Su compañera, la madre de Adeodato, volvió a África y dejó al niño con su padre. Nada más se sabe de ella.

Ambrosio, Obispo de Milán, fue decisivo en la conversión de Agustín. Pronto Mónica descubrió la posibilidad de que influyera en su hijo. El aprecio entre Ambrosio y Mónica era mutuo y profundo. Agustín se acercó al obispo con la primera intención de escuchar su estilo. Terminó despejando sus dudas sobre la fe, la imagen de Dios, las escrituras, la Iglesia… y recibiendo de sus manos el bautismo.

“En la misma ciudad ejercía entonces su cargo episcopal Ambrosio, sacerdote muy favorecido de Dios, flor de proceridad entre los más egregios varones. Mezclado con el pueblo fiel, Agustín acudía a la iglesia a escuchar los sermones, frecuentísimos en aquel dispensador de la divina palabra, y le seguía absorto y pendiente de su palabra.” (Vita, 1,1).

La conversión de Agustín fue un proceso largo que el narra en Las confesiones, especialmente en el libro VIII.

“En Cartago le habían contagiado los maniqueos por algún tiempo con sus errores, siendo adolescente; y por eso seguía con mayor interés todo lo relativo al pro o contra de aquella herejía” (Vita, 1, 1-4).

Agustín convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, se resistía a convertirse. Comprendía el valor de la castidad, pero se le hacía difícil practicarla, y le dificultaba la conversión. Él decía: “Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo”. Pero ese “pronto” no llegaba nunca.

Un amigo fue a visitarlo y le contó la vida de San Antonio. Le impresionó mucho. Él comprendía que era tiempo de avanzar por el camino correcto. Se decía “¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy?”. Estando en el huerto oyó la voz de un niño que cantaba: “toma y lee, toma y lee”. Le vino a la memoria que San Antonio se había convertido al escuchar la lectura de un pasaje del Evangelio. Agustín interpretó las palabras del niño como una señal del cielo. Dejó de llorar y se dirigió a donde estaba su amigo que tenía en sus manos el Evangelio. Decidieron convertirse y ambos fueron a contar a Mónica lo sucedido. Esta dio gracias a Dios. Así lo sintetiza su colega en el episcopado, Posidio:

“Adoctrinado, con la divina ayuda, suave y paulatinamente se desvaneció de su espíritu aquella herejía, y confirmado luego en la fe católica, inflamóse con el deseo ardiente de instruirse y progresar en el conocimiento de la religión, para que, llegando los días santos de la Pascua, lograse la purificación bautismal. Agustín, con la gracia del Señor, recibió por medio de un prelado tan excelente como Ambrosio la doctrina saludable de la Iglesia y los divinos sacramentos (1, 5).

“Contaba a la sazón treinta y tres años, y le acompañaba su madre, gozosa de seguirlo y encantada de sus propósitos religiosos, más que de los nietos según la carne. Su padre había muerto ya”. (2, 3).

Agustín se dedicó al estudio y a la oración. Hizo penitencia y se preparó para el Bautismo. Lo recibió junto con su amigo Alipio y con su hijo, Adeodato. Decía a Dios: “Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte”. Y, también: “Me llamaste a gritos y acabaste por vencer mi sordera”. Su hijo, Adeodato, tenía quince años cuando recibió el Bautismo y murió poco tiempo después.

Deseoso de ser útil a la Iglesia, regresó a África. Ahí vivió casi tres años sirviendo a Dios con el ayuno, la oración y las buenas obras. Instruía a sus prójimos con sus discursos y escritos.

“Después de recibir el bautismo juntamente con otros compañeros y amigos, que también servían al Señor, plúgole volverse al África, a su propia casa y heredad; y una vez establecido allí, casi por espacio de tres años, renunciando a sus bienes, en compañía de los que se le habían unido, vivía para Dios, con ayunos, oración y buenas obras, meditando día y noche en la divina ley. Comunicaba a los demás lo que recibía del cielo con su estudio y oración, enseñando a presentes y ausentes con su palabra y escritos” (3, 1-2).

Forma de vida

Agustín vivía en comunidad con sus monjes. Tenían todo en común: comida, vestido, biblioteca, ropa… Su tenor de vida era sencillo y frugal. Cuando recibía presentes, los entregaba a la comunidad en la que había un administrador. Se atenía  al ideal de dar a cada uno según su necesidad, mostrando espacial cuidado con los enfermos y ancianos.

“Sus vestidos, calzado y ajuar doméstico eran modestos y convenientes: ni demasiado preciosos, ni demasiado viles, porque estas cosas suelen ser para los hombres motivo de jactancia o de abyección, por no buscar por ellos los intereses de Jesucristo, sino los propios... La mesa era parca y frugal, donde abundaban verduras y legumbres, y algunas veces carne, por miramiento a los huéspedes, y a personas delicadas. No faltaba el vino en ella, porque sabía y enseñaba, como el Apóstol, que toda criatura es buena, y nada hay reprobable tomado con hacimiento de gracias, pues con la palabra de Dios y la oración queda santificado” (22, 1-2).

“Usaba sólo cucharas de plata, pero todo el resto de la vajilla era de arcilla, de madera o de mármol; y esto no por una forzada indigencia, sino por voluntaria pobreza. Se mostraba también siempre muy hospitalario. Y en la mesa le atraía más la lectura y la conversación que el apetito de comer y beber. Contra la pestilencia de la murmuración tenía este aviso escrito en verso: El que es amigo de roer vidas ajenas, no es digno de sentarse en esta mesa” (22, 5-6).

“Alternativamente delegaba y confiaba la administración de la casa religiosa y de sus posesiones a los clérigos más capacitados. Nunca se vio en su mano llave o anillo, y los ecónomos llevaban los libros de cargo y data. A fin de año, le recitaban el balance, para que conociese las entradas y salidas y el remanente de la caja, y fiábase en muchas transacciones de la honradez del administrador, sin verificar una comprobación personal minuciosa” (24, 1).

La vida conventual no siempre era tan perfecta como Agustín hubiera querido. Con frecuencia se refiere a ella, el Santo, en sus sermones a los fieles.

Al servicio de la Iglesia

El año 391, en un descuido, los fieles de Hipona lo presentaron a la fuerza al obispo Valerio para que lo ordenara sacerdote. Sus planes se vieron trastocados y su vocación tomó un camino nuevo. Se dedicó al servicio del pueblo, a la predicación, a la polémica defensa de verdad católica, a escribir… Pero no olvidó su ideal monástico, de vida en comunidad, en amistad, en contemplación.

Organizó la casa en la que vivía como un monasterio, bajo la regla de la convivencia, basada en la sencillez y la comunión de bienes, buscando el ideal de la perfección cristiana. Fundó también una rama femenina.

“Ordenado, pues, presbítero, luego fundó un monasterio junto a la iglesia, y comenzó a vivir con los siervos de Dios según el modo y la regla restablecida por los apóstoles. Sobre todo miraba a que nadie en aquella comunidad poseyese bienes, que todo fuese común y se distribuyese a cada cual según su menester, como lo había practicado él primero, después de regresar de Italia a su patria (5, 1). Desde que en el año 391, fue ordenado sacerdote, se dedicó con ahínco a la predicación. Incluso, su obispo le permitió predicar estando el presente, cosa poco ajustada a las costumbres africanas, pero que Valerio, de origen griego, había visto en otra tradición.

La división de la Iglesia Africana, lo obligó, primero como sacerdote y después como obispo, a combatir las herejías y buscar la paz y la unidad en el seno de la católica. Maniqueos, donatistas, arrianos y pelagianos fueron objeto de su reflexión, predicación y escritos.

“En la ciudad de Hipona había contagiado e inficionado entonces a muchísimos ciudadanos y peregrinos la herejía pestilente de Manes, por seducción y engaño de un presbítero de la secta, llamado Fortunato, que allí residía y buscaba adeptos. Entre tanto, los cristianos de Hipona y de fuera, tanto católicos como donatistas, se entrevistan con el sacerdote, rogándole fuera a ver a aquel maniqueo, a quien tenían por docto, para tratar con él de la ley.

Señalados, pues, el día y el lugar, se tuvo la reunión con muchísimo concurso de estudiosos y curiosos, y dispuestas las mesas de los notarios, se comenzó la discusión, que se acabó al segundo día. En ella, el maestro maniqueo, según consta por las actas de la conferencia, ni pudo rebatir las aserciones de la doctrina cristiana ni apoyar sobre bases firmes la de Manes” (6, 1-2; 6-7).

Enseñaba y predicaba privada y públicamente, en casa y en la iglesia, la palabra de la salud eterna contra las herejías de África, sobre todo contra los donatistas, maniqueos y paganos, combatiéndolos, ora con libros, ora con improvisadas conferencias, siendo esto causa de inmensa alegría y admiración para los católicos, los cuales divulgaban donde podían a los cuatro vientos los hechos de que eran testigos. Con la ayuda del Señor, comenzó a levantar cabeza la iglesia de África, que desde mucho tiempo yacía seducida, humillada y oprimida por la violencia de los herejes, mayormente por el partido donatista, que rebautizaba a la mayoría de los africanos (7, 1-2).

Valerio, anciano y temeroso de que se lo arrebataran para otra diócesis, lo consagró obispo auxiliar de Hipona, cuando tenía cinco años de ejercicio pastoral como presbítero. No se equivocó. El cuidado de sus fieles (bienes, pobres, convento…), la predicación, la administración de justicia, la asistencia a los numerosos concilios del norte de África y la defensa de la unidad católica contra los herejes tejieron el quehacer de sus treinta y cuatro años de obispo. Toda la Iglesia del norte de África se benefició de su labor pastoral.

“Nombrado obispo, predicaba la palabra de salvación con más entusiasmo, fervor y autoridad; no sólo en una región, sino donde quiera que le rogasen, acudía pronta y alegremente, con provecho y crecimiento de la Iglesia de Dios” (9, 1).

“Dilatándose, pues, la divina doctrina, algunos siervos de Dios que vivían en el monasterio bajo la dirección y en compañía de San Agustín, comenzaron a ser ordenados clérigos para la iglesia de Hipona. Y más adelante, al ir en auge y resplandeciendo de día en día la verdad de la predicación de la Iglesia católica, así como el modo de vivir de los santos y siervos de Dios, su continencia y ejemplar pobreza, la paz y la unidad de la Iglesia, con grandes instancias comenzó primero a pedir y recibir obispos y clérigos del monasterio que había comenzado a existir y florecía con aquel insigne varón: y luego lo consiguió. Pues unos diez santos y venerables varones, continentes y muy doctos, que yo mismo conocí, envió San Agustín a petición de varias iglesias, algunas de categoría” (11, 1-3).

“Era aquel hombre memorable miembro principal del Cuerpo del Señor, siempre solícito y vigilante para trabajar en pro de la Iglesia; y por divina dispensación tuvo, aun en esta vida, la dicha de gozar del fruto de sus labores, primeramente con la concordia y la paz, restablecida en la iglesia y diócesis de Hipona, puesta bajo su vigilancia pastoral, y después en otras partes de África, donde vio crecer y multiplicarse la Iglesia por esfuerzo suyo o por mediación de otros sacerdotes formados en su escuela, alborozándose en el Señor, porque tan a menos habían venido en gran parte los maniqueos, donatistas, pelagianos y paganos, convirtiéndose a la verdadera fe” (18, 6-7).

Ayudó solícito a los pobres, recordando frecuentemente a los presbíteros y fieles en la predicación los deberes de caridad cristiana.

Escritor fecundo

Agustín escribió toda su vida. De su pluma salieron entre otras muchas obras, Las confesiones, La ciudad de Dios, De la Trinidad, La doctrina. Escribió obras en defensa de la fe contra los paganos, maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos. Obras de espiritualidad, numerosas cartas, sermones, tratados. A través de sus libros nos legó el pensamiento filosófico-teológico más influyente de la historia.

Invasión vándala y últimos días

Los últimos años de la vida de Agustín se vieron turbados por la guerra. El norte de África atravesó momentos difíciles, ya que los vándalos la invadieron destruyéndolo todo a su paso. Hipona, plaza fuerte, amurallada, fue cercada por los vándalos. A los tres meses, cayó enfermo de fiebre y comprendió que era el final de su vida.

“Por voluntad y permisión de Dios, numerosas tropas de bárbaros crueles, vándalos y alanos, mezclados con los godos y otras gentes venidas de España, dotadas con toda clase de armas y avezadas a la guerra, desembarcaron e irrumpieron en África; y luego de atravesar todas las regiones de la Mauritania penetraron en nuestras provincias, dejando en todas partes huellas de su crueldad y barbarie, asolándolo todo con incendios, saqueos, pillajes, despojos y otros innumerables y horribles males. No tenían ningún miramiento al sexo ni a la edad; no perdonaban a sacerdotes y ministros de Dios, ni respetaban ornamentos, utensilios ni edificios dedicados al culto divino” (28, 4-5).

“Todas estas calamidades y miserias, rumiándolas con alta sabiduría, las acompañaba con copioso llanto diario. Y aumentaron su tristeza y sus llantos al ver sitiada la misma ciudad de Hipona, todavía en pie, de cuya defensa se encargaba entonces el en otro tiempo conde Bonifacio, al frente del ejército de los godos federados. Catorce meses duró el asedio completo, porque bloquearon la ciudad totalmente hasta en la parte litoral. Allí me refugié yo con otros obispos, y permanecimos durante el tiempo del asedio” (28, 12-13).

Murió el 28 de agosto del año 430, a los setenta y seis años: Llevaba cuarenta consagrado al servicio de Dios. Hipona estaba cercada y su legado corría el peligro de perderse.

“Aquel santo varón tuvo una larga vida, concedida por divina dispensación para prosperidad y dicha de la Iglesia; pues vivió setenta y seis años, siendo sacerdote y obispo durante casi cuarenta. En conversación familiar solía decirnos que, después del bautismo, aun los más calificados cristianos y sacerdotes deben hacer digna y conveniente penitencia antes de partir de este mundo. Así lo hizo él en su última enfermedad de que murió, porque mandó copiar para sí los salmos de David que llaman de la penitencia, los cuales son muy pocos, y poniendo los cuadernos en la pared ante los ojos, día y noche, el santo enfermo los miraba y leía, llorando copiosamente” (31, 1-2).

“Hasta su postrera enfermedad predicó ininterrumpidamente la palabra de Dios en la iglesia con alegría y fortaleza, con mente lúcida y sano consejo. Y al fin, conservando íntegros los miembros corporales, sin perder ni la vista y el oído, asistido de nosotros, que le veíamos y orábamos con él, durmióse con sus padres, disfrutando aun de buena vejez. Asistimos nosotros al sacrificio ofrecido a Dios por la deposición de su cuerpo y fue sepultado. No hizo ningún testamento, porque como pobre de Dios, nada tenía que dejar” (31, 4-6).

“Dejó a la Iglesia clero suficientísimo y monasterios llenos de religiosos y religiosas, con su debida organización, su biblioteca provista de sus libros y tratados y de otros santos; y en ellos se refleja la grandeza singular de este hombre dado por Dios a la Iglesia, y allí los fieles lo encuentran inmortal y vivo” (31, 8).

(San Posidio, murió hacia el año 437)

Cfr. Vida de San Agustín, en Obras completas de San Agustín, vol. I (BAC. 6ª ed.), Madrid 1994, 303-65 (extracto). Trad. de V. Capánaga, O. A. R.



27 agosto 2014

Santa Mónica

Damos la palabra a Agustín para que nos diga quién fue su madre. Su testimonio más que una biografía es un himno filial en el canto de alabanza al Señor de las Confesiones.

Don de Dios:
“Fuiste tú quien la creaste, pues ni su padre ni su madre sabían a ciencia cierta la clase de hija que iban a tener. Fue la vara de tu Cristo, la gestión de tu Unigénito al frente de una casa creyente, la que, como a miembro bueno de tu Iglesia, la educó en tu temor”. (C. 9, 8, 17).

Muchacha de educación austera:
“poner de relieve el esmero de una sirvienta decrépita que había llevado a su padre, niño aún, a la espalda… Por estas razones y por su ancianidad y buenas costumbres, los señores la respetaban mucho. Por eso se le confió también la custodia de las hijas… Era enérgica en los correctivos cuando el caso lo requería. Los aplicaba con santo rigor. …con la autoridad que tenía para imponerse, ponía coto a los instintos de una edad tierna aún.” (C. 9, 8, 17-18).

Esposa. Buena, paciente y generosa con el marido:
“Tan pronto como llegó a la plenitud de la edad núbil, se le dio un marido al que sirvió como a su señor. Se esforzó en ganarle para ti, hablándole de ti con el lenguaje de las buenas costumbres. Con ellas la ibas embelleciendo haciéndola respetuosamente amable y admirable a los ojos del marido”. (C. 9, 9, 19)
Cordial con la suegra:
“Incluso su suegra, se mostró irritada con ella, en la primera época que siguió a su casamiento, debido a los cotilleos de unas malas criadas. Pero logró hacerse acreedora de sus respetos mediante su afabilidad y continua tolerancia y mansedumbre. Logró granjearse su simpatía de tal modo que ella misma denunció a su hijo que eran las lenguas intrigantes de las criadas las que perturbaban la paz doméstica entre la nuera y la suegra, y le pidió que les diera un escarmiento… Las dos vivieron en franca y suave armonía, digna de ser reseñada”. (C. 9, 9, 20).

Sembradora de paz:
“A esta tu buena sierva, en cuyo seno me creaste, Dios mío y misericordia mía, le habías regalado también este hermoso don: siempre que le era posible, se las ingeniaba para poner en juego sus dotes pacificadoras entre cualquier tipo de personas que estuviesen en discordia o disidencia. Del cúmulo de recriminaciones ácidas que suele respirar la desavenencia tensa e indigesta, cuando desahoga al exterior la crudeza de los odios con un lenguaje preñado de amargura frente a la amiga, mi madre no refería a la otra lo que no sirviera para reconciliarlas a ambas”. (C. 9, 9, 21).

Conduce al marido a la fe:
“Por último, también conquistó para ti a su marido, que se hallaba en los últimos días de su vida temporal. Bautizado ya, no tuvo que llorar en él las ofensas que se vio obligada a tolerar en su persona antes del bautismo”. (C. 9, 9, 22).

Está al servicio de todos:
“Además, era sierva de tus siervos. Todos cuantos la conocían hallaban en ella motivos sobrados para alabarte,

 Mónica vence el influjo negativo del marido en la formación de Agustín:
“(Siendo todavía niño…) En aquella época ya era yo creyente, lo era mi madre y lo eran todos los de casa, menos mi padre. Éste no neutralizó en mi corazón los fueros del amor maternal hasta el punto de que yo dejase de creer en Cristo, fe que mi padre no tenía aún. Ella era quien hacía las diligencias para que tú, Dios mío, fueras mi padre e hicieras sus veces. Y en este punto contribuías a que ella fuera superior a su marido a cuyo servicio estaba siendo mejor que él”. (C. 1, 11, 17).

Por la educación materna, Agustín creyó:
“(Los maniqueos) No consiguieron que yo dejara de creer que la gestión y el gobierno de los asuntos humanos es competencia tuya”.
Creí en tu existencia y en tu solicitud sobre nosotros, aunque de hecho ignorara cómo concebir tu esencia o qué caminos llevaban o reconducían a ti”. (C. 6, 5, 7-8).

La conversión fue una vuelta a la fe que le había sido inculcada de niño:            (Contra Acad. 2, 2, 5).

Enfermedad de Agustín, su deseo de recibir el bautismo y preocupación de la madre por administrárselo:
“Tú viste, Señor, que un día, siendo todavía niño, me subió de repente la fiebre como consecuencia de una oclusión intestinal y estuve en trance de morir. Tú, Dios mío, que eras ya mi custodio, viste con qué empeño de mi corazón y con qué fe solicité de la piedad de tu Iglesia, madre mía y madre de todos nosotros el bautismo de tu Cristo, mi Dios y Señor. Asustada mi madre carnal –que andaba con las ansias de su parto favorito: mi honrarte y amarte. Sentía tu presencia en su corazón por el testimonio de los frutos de una conducta sana” (C. 9, 9, 22).

Madre. Atenta a la vida cristiana de los hijos
“Había sido mujer de un solo hombre, había rendido a sus padres los debidos respetos, había gobernado su casa piadosamente y contaba con el testimonio de las buenas obras. Había criado a sus hijos, pariéndoles tantas veces cuantas les veía apartarse de ti.” (C. 9, 9, 22).

Predilección por Agustín:
         (De cura pro mortuis gerenda, 16).


Infunde la semilla de la fe en su corazón y lo inscribe entre los catecúmenos:
“Siendo niño, había oído hablar de la vid eterna que nos está prometida mediante la humildad del Señor… Me señalaron con la señal de la cruz y saboreé la sal bendita apenas salí del seno de mi madre, que tuvo una gran esperanza en ti.





26 agosto 2013

Solemnidad de Santa Mónica

La Iglesia recuerda hoy a Santa Mónica, la madre que, con la fuerza de la oración y del ejemplo, luchó incansable, sostenida por el amor, hasta que el Señor permitió que viera a su hijo Agustín unido a la fe en Cristo.



13 abril 2013

Audite Verbum Domini. Canto ambrosiano

Se conoce como canto ambrosiano al desarrollado en la diócesis de Milán en el sigo IV, cuyo origen se atribuye a San Ambrosio. Estremece imaginar que San Agustín y su madre Santa Mónica pudieron cantar  sus alabanzas al Señor de manera similar a la que hoy presentamos.

04 septiembre 2012

Nuestra Señora de la Consolación


Carmen Sáez Gutiérrez

Hoy la familia agustiniana celebra la festividad de N.ª S.ª de la Consolación, María, la mujer sencilla que, cumpliendo la voluntad del Padre, nos acerca al auténtico consuelo: Jesús; la Madre acogedora de quienes sufren dolor, de los pobres, de los marginados y de todos nosotros, que encontramos el sentido a la existencia en Cristo Resucitado.
En la letanía invocamos a María como consuelo de los afligidos para expresar la devoción a la Madre que aleja la tristeza de la soledad y reconforta a todos quienes precisamos de su apoyo.
Según la tradición, Santa Mónica, madre de San Agustín se encontró en sueños con la Virgen María. Esta le ofreció consuelo por el dolor que Mónica sufría al ver a su hijo ajeno a la práctica de la fe cristiana y anticipándole la conversión de Agustín, le mostró una correa. Por ello la advocación mariana es Nuestra Señora de la Consolación o de la Correa y es muy venerada por los frailes agustinos.
N.ª S.ª de la Consolación es también la patrona de nuestra parroquia y por ello hoy 4 de septiembre, día de su celebración en la Iglesia, tenemos un recuerdo especial y nos encomendamos a ella como mediadora para que interceda por todos nosotros ante el Padre y atienda las necesidades que presentamos en nuestra oración, especialmente en estos momentos las de aquellas familias que padecen en mayor medida la crudeza de la crisis económica.

27 agosto 2012

La última conversación de Santa Mónica


Santa Mónica falleció en  Ostia en el año 387, cuando se preparaba para regresar a África en compañía de su hijo. Este nos ha dejado en Las confesiones (IX, 10) el conmovedor relato de una conversación entre ambos, pocos días antes de que ella enfermara mortalmente. Madre e hijo trataban de imaginar cuál sería la dicha de los santos, tras la muerte, entregados a la contemplación del Señor:

Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas palabras. Pero tú sabes, Señor, que en aquel día, mientras hablábamos de estas cosas -y a medida que hablábamos nos parecía más vil este mundo con todos sus deleites-, díjome ella: “Hijo, por lo que a mí toca, nada me deleita ya en esta vida. No sé ya qué hago en ella ni por qué estoy aquí, muerta a toda esperanza del siglo. Una sola cosa había por la que deseaba detenerme un poco esta vida, y era verte cristiano católico antes de morir: superabundantemente me ha concedido esto mi dios, puesto que, despreciada la felicidad terrena, te veo siervo suyo. ¿Qué hago, pues, aquí?”