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28 abril 2014

Los alumbrados (y II)

Francisco Javier Bernad Morales

Las investigaciones iniciadas en 1519 conducen a que en septiembre de 1525 el inquisidor general Alonso Manrique publique un edicto en el que condena cuarenta y ocho proposiciones de los alumbrados, de algunas de las cuales afirma que tienen sabor luterano. Los procesos de los años siguientes descabezan el movimiento algunos de cuyos miembros, como López de Celaín o  Ruiz de Alcaraz terminan en la hoguera. María Cazalla, tras sufrir tormento, escapa con una pena leve: tras dos años de reclusión, una multa de cien ducados, cantidad, por cierto, bastante elevada para la época; en tanto que Isabel de la Cruz se ve sometida a prisión perpetua. Más adelante, en 1559, el doctor Agustín Cazalla, sobrino de María, que durante algún tiempo había sido capellán de Carlos V, fue condenado a la hoguera[1], acusado de haber creado un conventículo luterano en Valladolid. Igual suerte corrieron tres de sus hermanos, Francisco, Beatriz y Pedro, en tanto que otros dos sufrieron reclusión de por  vida; todos ellos, como seguidores de Agustín. En cuanto a la madre que había traído al mundo tales hijos, sus restos fueron desenterrados y quemados. Incluso la casa familiar fue derribada[2] y el solar sembrado de sal. En un extremo se fijó una inscripción que recordaba para perpetua ignominia que allí se habían reunido los herejes.

Hacia 1576, la Inquisición, por denuncias del dominico Fr. Alonso de la Fuente, inició una actuación contra un foco alumbrado en la localidad extremeña de Llerena. En esta ocasión, los principales acusados fueron ocho clérigos regulares. A diferencia de lo ocurrido cincuenta años atrás en que solo se trató de errores doctrinales, ahora a estos se les unió la tacha de inmoralidad. Al parecer, si hemos de dar crédito a las actas del proceso, los sacerdotes encausados no solo rechazaban los ritos y ceremonias, sino que sostenían que una vez alcanzada la unión del alma con Dios, ya no es posible cometer pecados, por lo que se sentían autorizados a todo tipo de excesos incluidos los sexuales, para los cuales se habrían rodeado de un amplio grupo de beatas a las que seducían mediante sus prédicas acerca de la salvación. Los miembros de este grupo fueron condenados en un auto de fe celebrado en 1579.

Aún en 1624, en Sevilla fue condenado el sacerdote Francisco Méndez, quien dirigía una casa de beatas y atrajo a muchas otras mujeres, incluidas algunas de la nobleza como la marquesa de Tarifa y la condesa de Palma. Un año antes, el inquisidor general Andrés Pacheco había creído necesario publicar un nuevo edicto contra los alumbrados. En él llamaba a la delación de quienes sostuvieran determinadas proposiciones de las que citaré algunas tal como las recoge Menéndez Pelayo[3]:

-Que la oración mental es de precepto divino y que con ella se cumple lo demás.
-Que no se ha de obedecer a prelado, padre ni superior en cuanto mandaren cosa que estorbe la contemplación.
-Que ciertos ardores, temblores y desmayos que padecen son estar en gracia y tener al Espíritu Santo y que los perfectos no tienen necesidad de hacer obras vituosas.
-Que habiendo llegado a cierto punto de perfección, no se deben ver imágenes santas ni oír sermones, ni obliga en tal estado el precepto de oír misa.
-Que es vana la intercesión de los santos.





[1] Agustín Cazalla aceptó retractarse de sus errores, por lo que obtuvo la merced de ser estrangulado antes de que su cuerpo fuera echado a la hoguera.
[2] Menéndez Pelayo recoge la lista de todos los condenados en el auto de fe de Valladolid del 21 de mayo de 1559.  En total son veinticinco, de los cuales, nueve, entre ellos un judaizante, lo fueron a la hoguera. MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles, vol I, p. 1071-1073.
[3] Ibidem. Vol. II, p. 201.

21 abril 2014

Los alumbrados (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Con los nombres de alumbrados o dejados se conoce a diversos grupos cristianos que en la Castilla del siglo XVI se orientaron hacia una devoción íntima de carácter místico. Hay que reseñar que en gran parte procedían de familias judeoconversas[1] y que entre ellos fue muy destacada la presencia de mujeres. No se les puede considerar una secta, ya que, por un lado, no se detecta unidad doctrinal, aunque sí amplias coincidencias, y, por otro, falta toda estructura organizativa. Son núcleos dispersos que se reúnen en torno a un dirigente espiritual, a menudo una beata, quien les guía en el camino del recogimiento. Es este un proceso en el que los sentidos se orientan hacia el interior y la mente se vacía de todo pensamiento, hasta llegar a un estado de quietud en que el alma se siente penetrada por el amor de Dios. A partir de ahí, el devoto debe simplemente abandonarse y dejar que Dios obre en él. Ese es el único camino de salvación. En consecuencia, se rechazan las formas externas de devoción, tales como procesiones, culto a las imágenes, oración vocal o penitencia. Por su parte, las buenas obras no constituyen un mérito de quien las realiza, sino que son el fruto de ese actuar de Dios.

Estas ideas de los alumbrados presentan puntos de contacto con el erasmismo y el luteranismo, aunque parece poco probable que se pueda establecer una filiación directa. Más bien parece que unos y otros beben en la fuente común de la devotio moderna y alcanzan conclusiones en ciertos aspectos similares.

Hacia 1520, momento en que la Inquisición comienza a recibir denuncias contra ellos, su presencia es notoria en Guadalajara y en Escalona. En ambos lugares forman grupos muy ligados a familias de la más alta nobleza castellana: en el primero, los Mendoza, duques del Infantado, y en el segundo, los Pacheco, marqueses de Villena. Se reúnen a menudo en sus palacios donde gozan de apoyo y protección, pero no acaban aquí sus relaciones con la aristocracia. También don Fadrique Enríquez, Almirante de Castilla, siente fascinación por las formas íntimas de piedad preconizadas por los alumbrados. Estos asimismo están presentes en Valladolid, donde Francisca Hernández ejerce una suerte de magisterio sobre algunos clérigos jóvenes, entre ellos Bernardino Tovar, hermano de Juan de Vergara[2]. Isabel de la Cruz, religiosa de la tercera orden franciscana, goza por su parte de una gran influencia en Guadalajara, donde pronto destaca entre sus seguidoras María Cazalla, hermana del obispo sufragáneo de Ávila.



[1] Señala Bataillon que todos los alumbrados cuyos orígenes son conocidos, de los que ofrece una larga lista, pertenecían a familias conversas. BATAILLON, Marcel, El erasmismo en España, Madrid, FCE, 1983, p. 180. Entre los citados en este artículo y el que seguirá, ese era el caso de los Cazalla, de Isabel de la Cruz, de Bernardino Tovar y de Ruiz de Alcaraz.
[2] En un artículo anterior me ocupé del erasmista Juan de Vergara y del papel que en su apresamiento tuvo el empeño puesto en defender a su medio hermano Bernardino Tovar, procesado por la Inquisición.