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04 julio 2014

Hijo de Dios e hijo del hombre

San Agustín

El más esclarecido ejemplar de la predestinación y de la gracia es el mismo Salvador del mundo, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús; porque para llegar a serlo, ¿con qué méritos anteriores, ya de obras, ya de fe, pudo contar la naturaleza humana que en él reside? Yo ruego que se me responda a lo siguiente: aquella naturaleza humana que en unidad de persona fue asumida por el Verbo, coeterno del Padre, ¿cómo mereció llegar a ser Hijo unigénito de Dios? ¿Precedió algún mérito a esta unión? ¿Qué obró, qué creyó o qué exigió previamente para llegar a tan inefable y soberana dignidad? ¿No fue acaso por la virtud y asunción del mismo Verbo, por lo que aquella humanidad, en cuanto empezó a existir, empezó a ser Hijo único de Dios?
Manifiéstese, pues, ya a nosotros, en el que es nuestra Cabeza, la fuente misma de la gracia, la cual se derrama por todos sus miembros según la medida de cada uno. Tal es la gracia, por la cual se hace cristiano el hombre desde el momento en que comienza a creer; la misma por la cual aquel Hombre, unido al Verbo desde el primer momento de su existencia, fue hecho Jesucristo; del mismo Espíritu Santo, de quien Cristo fue nacido, es ahora el hombre renacido; por el mismo Espíritu Santo, por quien se verificó que la naturaleza humana de Cristo estuviera exenta de todo pecado, se nos concede a nosotros ahora la remisión de los pecados. Sin duda, Dios tuvo presciencia de que realizaría todas estas cosas. Porque en esto consiste la predestinación de los santos, que tan soberanamente resplandece en el Santo de los santos. ¿Quién podría negarla de cuantos entienden rectamente las palabras de la verdad? Pues el mismo Señor de la gloria, en cuanto que el Hijo de Dios se hizo hombre, sabemos que fue también predestinado.
Fue, por tanto, predestinado Jesús, para que, al llegar a ser hijo de David según la carne, fuese también, al mismo tiempo, Hijo de Dios según el Espíritu de santidad; pues nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Tal fue aquella singular elevación del hombre, realizada de manera inefable por el Verbo divino, para que Jesucristo fuese llamado a la vez, verdadera y propiamente, Hijo de Dios e hijo del hombre; hijo del hombre, por la naturaleza humana asumida, e Hijo de Dios, porque el Verbo unigénito la asumió en sí; de otro modo no se creería en una trinidad, sino en una cuaternidad de personas.

Así fue predestinada aquella humana naturaleza a tan grandiosa, excelsa y sublime dignidad, más arriba de la cual no podría ya darse otra elevación mayor; de la misma manera que la divinidad no pudo descender ni humillarse más por nosotros, que tomando nuestra naturaleza con todas sus debilidades hasta la muerte de cruz. Por tanto, así como ha sido predestinado ese hombre singular para ser nuestra Cabeza, así también una gran muchedumbre hemos sido predestinados para ser sus miembros. Enmudezcan, pues, aquí las deudas contraídas por la humana naturaleza, pues ya perecieron en Adán, y reine por siempre esta gracia de Dios, que ya reina por medio de Jesucristo, Señor nuestro, único Hijo de Dios y Único Señor. Y así, si no es posible encontrar en nuestra Cabeza mérito alguno que preceda a su singular generación, tampoco en nosotros, sus miembros, podrá encontrarse merecimiento alguno que preceda a tan multiplicada regeneración.

Del libro de san Agustín, obispo, Sobre la predestinación de los elegidos.
(Cap. 15, 30-31))

31 diciembre 2012

Misterio de Navidad

Patxi Loidi


“Por el gran amor con que Dios nos amó,
envió a su Hijo al mundo
en una condición pecadora como la nuestra”

¡Ay, Dios mío! La tierra entera se estremece
al conocer la condición pecadora
en la que vino al mundo tu Hijo único,
el hijo santísimo del Dios altísimo.
Y las venas del mundo están a punto de reventar
ante un misterio tan incomprensible y tan entrañable.

¡Uno como nosotros!
Y Tú no nos lo recuerdas
justo antes del domingo del bautismo de Jesús,
cuando Él se sumergió hasta el fondo de las aguas pecadoras
como un pobre hombre cualquiera, un pecador más,
sometido a las leyes del pecado del mundo,
impregnado de suciedad y maldad sin tener pecado.

El hombre más solidario de la historia,
como un insolidario más,
un “caín” cualquiera de sus hermanos.
El hombre más piadoso con Dios,
como un impío desconsiderado.
¡Estamos desconcertados!

A la orilla del agua en la que Tú estás metido hasta el cuello,
inclino profundamente mi cabeza y te adoro,
Señor Jesús, mi Señor
Y meto la cabeza; y bebo del agua sucia que ya es tu agua
porque tú estás dentro de ella:
el agua de los pecadores y de los pobres,
que son sucios de cuerpo, y a menudo también de alma,
pero son “el camino de Dios”,
porque Tú estás con ellos
para salvarnos a todos. Amén.

Mar adentro. Plegarias para orar. Ed. Sal Terrae. Santander, 2003.p. 21

27 febrero 2012

Ministros de la gracia. Las mujeres en la iglesia primitiva

Una cuestión muy debatida en los últimos tiempos es el papel de las mujeres en la Iglesia primitiva. Un libro que arroja cierta luz sobre es el de LANG, Judith. Ministros de la gracia. Las mujeres en la iglesia primitiva. Madrid. Ediciones Paulinas, 1991. A continuación reproducimos un fragmento de la página 23 del texto.
Cristo dio a las mujeres que creyeron en él valor para responder a la llamada y para servir entre sus seguidores. Ellas se juntaron con su madre en la primera comunidad de Jerusalén, donde esperaban “perseverando en la oración. La presencia y el ejemplo de María reforzaban la perseverancia; ella había esperado desde su infancia el cumplimiento de la alianza y había conservado en su corazón los misterios que le habían sido revelados en el Hijo de Dios, desde su concepción hasta su muerte  y resurrección. La oración permanente del grupo era la fuerza vital de su fe. Las mujeres judías estaban acostumbradas a la oración constante. Los hombres estaban obligados por ley a rezar en determinadas horas del día con una liturgia  estándar, pero las mujeres eran libres de elegir cuándo asistir al templo o sinagoga y se suponía que rezaban en casa. Dado que el papel de una mujer casada era primordialmente modelar el ambiente de la casa y criar a los hijos velando por su seguridad, ellas no estaban ligadas a tiempos y formas específicos de oración; su oración había de ser espontánea y habitual. Las mujeres que esperaban en el piso de arriba e iban de un lugar a otro de Jerusalén haciendo lo que era necesario para la comunidad, influyeron en la modelación del ambiente de la familia de los creyentes. Su paciente oración era un ministerio válido para la Iglesia recién nacida.