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29 agosto 2013

San Juan Bautista, Precursor del nacimiento y de la muerte de Cristo


De las homilías de san Beda el Venerable, presbítero

El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.

No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.
Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión fuera del Señor.

Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él, que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y brilla»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.

La muerte –que de todas maneras había de acaecerle por ley natural– era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien dice el Apóstol: A vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

01 abril 2013

Los hijos de Herodes (y 2 Herodes Antipas)

Francisco Javier Bernad Morales

Herodes Antipas heredó los territorios de Galilea y Perea sobre los que gobernó como tetrarca  entre el 4 a.C.. y el 39 d.C. Al inicio de su gobierno, al igual que su hermano Arquelao hubo de hacer frente a importantes disturbios a los que puso fin la intervención del legado de Siria, Publio Quintilio Varo. Restablecida la calma tras una dura represión, pudo entregarse a la reconstrucción de las ciudades más dañadas, Séforis y Emaús, y a la edificación de una nueva capital, Tiberíades, a orillas del mar de Galilea.

Antipas dio muerte a Juan el Bautista, según Josefo, porque temía que la influencia de este sobre la multitud produjera una revuelta[1]. No vincula, al contrario del Evangelio, este episodio con el escándalo del matrimonio con Herodías, aunque sí presenta a Juan como un hombre justo que predicaba la virtud, además de indicar que realizaba un bautismo de purificación. Sí menciona, en cambio, que algunos judíos interpretaron la derrota del ejército de Antipas ante Aretas IV, como un castigo divino por el crimen cometido con el Bautista.

Conviene que examinemos los hechos con algún detenimiento. Antipas se había casado con una hija del rey nabateo Aretas[2], pero de camino a Roma se enamoró de Herodías, esposa de su medio hermano Herodes Filipo[3] e hija de Aristóbulo[4], otro medio hermano. Era, pues, a la vez su sobrina y su cuñada. Ambos quedaron de acuerdo en abandonar a sus cónyuges y contraer matrimonio cuando él regresara  a Galilea. Esta conducta fue ampliamente desaprobada por los judíos piadosos, entre los que se contaría Juan. Por otra parte, Aretas, cuya hija se había refugiado junto a él, decidió vengar la afrenta e invadió el territorio de Antipas, ocasionándole una grave derrota. La intervención de Lucio Vitelio[5], legado de Siria, le obligó, no obstante, a retirarse. Por Josefo sabemos que Herodías había tenido de su anterior matrimonio una hija llamada Salomé. Sería esta la que, según el Evangelio, danzó ante Herodes y pidió la cabeza de Juan. Posteriormente, se casó con su tío abuelo, el tetrarca Filipo.

El Evangelio de Lucas, menciona el interés de Antipas por ver a Jesús:

A Juan lo decapité yo: ¿quién es este, del que oigo esas cosas?
E intentaba verlo (Lc 9, 9).

El contexto parece indicar que Herodes Antipas teme que la muerte de Juan no haya bastado para conjurar el peligro de una sedición. Algo más adelante, se precisan las intenciones del tetrarca:

En aquella hora se le acercaron algunos fariseos [a Jesús] a decirle: “Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte” (Lc 13, 31).

Por último, Antipas está presente en Jerusalén en el momento del prendimiento de Jesús y, dado que este es galileo, Pilato lo hace comparecer ante él, quien, tras someterlo a un interrogatorio en el que no obtiene respuesta, se enfurece  y, tras insultarlo, lo devuelve al prefecto[6] (Lc 23, 8-12).

La caída de Antipas se produjo, según Josefo, como consecuencia de desavenencias familiares.  Herodes Agripa, hermano de Herodías, tras pasar la juventud en Roma, había vuelto agobiado por las deudas, y su cuñado lo había acogido de manera un tanto displicente, como a un pariente pobre, por lo que pronto retornó a Roma, donde se hizo amigo íntimo de Cayo[7], el sobrino de Tiberio.  Al acceder este al imperio, tras la muerte de su tío, Agripa se vio colmado de honores, lo que motivó los celos de Herodías, quien convenció a su marido de que se presentara ante el nuevo emperador para solicitar el título real. Se encontraron, sin embargo, conque Agripa había enviado una carta a Cayo en que acusaba a Antipas de haber participado años atrás en la conjuración de Sejano contra Tiberio y de estar en connivencia con los partos. Por ese motivo, Cayo depuso a Antipas y lo desterró a Lugdunum (Lyon) en la Galia (39 d. C.), donde murió al poco tiempo. Sus territorios pasaron a Agripa, quien además en el 41, sería nombrado rey de Judea por Claudio.

Agripa aparece en los Hechos de los Apóstoles, como autor de la muerte de Santiago el de Zebedeo (Hch 12, 2). En el 44 enfermó de manera repentina y murió a los pocos días[8]. Ante este hecho, el emperador Claudio hizo que Judea pasara de nuevo a ser administrada de manera directa por Roma.




[1] JOSEFO, Flavio, Antigüedades de los judíos, XVIII, V, 2
[2] Los nabateos constituían un reino árabe vasallo de Roma, con capital en Petra.
[3] No debemos confundirlo con otro hermano, Filipo, tetrarca de Traconítide, Auranítide, Gaulanítide y Batanea.
[4] Hijo de Herodes el Grande y de Mariamne, muerto por su propio padre.
[5] Padre del emperador Aulo Vitelio.
[6] Como señalé en la entrega anterior, el título que en aquel momento corresponde al gobernador romano de Judea, es el de prefecto. Solo a partir del 44 d. C., ya bajo Claudio, se le da el de procurador.
[7] Conocido como Calígula.
[8] Hechos de los Apóstoles 12, 22 y JOSEFO, Flavio, op. cit. XIX, VIII, 2. Ambos textos sitúan el hecho en Cesarea después de que la multitud le hubiese aclamado como un dios, aunque difieren al describir la enfermedad, cubierto de gusanos en Hechos y afectado por fuertes dolores abdominales en Josefo.

25 junio 2012

San Juan Bautista


Francisco Javier Bernad Morales

Si bien Juan el Bautista es un personaje familiar para todos los cristianos, a menudo estos lo consideran un mero precursor, cuya tarea se habría limitado a preparar a las gentes para la llegada de Jesús de Nazaret. Sin negar este papel, firmemente expresado en el Evangelio, vale, no obstante, la pena intentar una mayor aproximación a su figura.
Su existencia está atestiguada no solo por las fuentes evangélicas sino, una vez más, por Flavio Josefo, quien le dedica un párrafo en Antigüedades de los judíos:
Algunos judíos creyeron que el ejército de Herodes había perecido por la ira de Dios, sufriendo el condigno castigo por haber muerto a Juan, llamado el Bautista. Herodes lo hizo matar, a pesar de ser un hombre justo que predicaba la práctica de la virtud, incitando a vivir con justicia mutua y con piedad hacia Dios, para así poder recibir el bautismo. Era con esta condición que Dios consideraba agradable el bautismo; se servían de él no para hacerse perdonar ciertas faltas, sino para purificar el cuerpo, con tal que previamente el alma hubiera sido purificada por la rectitud. Hombres de todos lados se habían reunido con él, pues se entusiasmaban al oírlo hablar. Sin embargo, Herodes, temeroso de que su gran autoridad indujera a los súbditos a rebelarse, pues el pueblo parecía estar dispuesto a seguir sus consejos, consideró más seguro, antes de que surgiera alguna novedad, quitarlo de en medio, de lo contrario quizá tendría que arrepentirse más tarde, si se produjera alguna conjuración. Es así como por estas sospechas de Herodes fue encarcelado y enviado a la fortaleza de Maquero, de la que hemos hablado antes, y allí fue muerto. Los judíos creían que en venganza de su muerte, fue derrotado el ejército de Herodes, queriendo Dios castigarlo. (Ant. Jud. XVIII, 5, 2).
El texto se refiere al tetrarca de Galilea, Herodes Antipas, quien para desposar a Herodías, mujer de su medio hermano Herodes Filipo había repudiado a su esposa legítima. El padre de esta, el rey nabateo Aretas, ofendido, atacó el territorio de su exyerno, quien solo pudo conservar el poder gracias a la intervención del gobernador romano de Siria. Es esta la derrota de la que habla Josefo. Precisamente, el Evangelio señala como causa del apresamiento y muerte de Juan su crítica a la relación entre Antipas y Herodías (Mt. 14, 1-12, Mc. 6, 14-29, Lc. 3, 19-20); algo que no es corroborado, pero tampoco desmentido por Josefo.
Ambos testimonios coinciden, de todas maneras, en revestir a Juan con un atributo propio de los antiguos profetas: la denuncia de la iniquidad de los poderosos. Es una actitud similar a la de Natán cuando reprocha a David el asesinato de Urías (II Sam. 12), o a la de Elías y Elíseo ante el linaje de Omrí (I y II Re). En contraposición, Jesús de Nazaret adopta siempre un tono genérico en sus condenas, sin aludir expresamente a hechos o personajes concretos.
El paralelismo con Elías llega incluso a la forma de vivir. Mateo (3, 4) y Marcos (1, 6) nos presentan a Juan como un asceta cubierto con una piel de camello y alimentado con langostas y miel del campo. En cuanto a Elías, así aparece en el relato de la muerte de Ocozías, rey de Israel, hijo de Ajab y nieto de Omrí. Había sufrido este rey una grave caída en Samaria, por lo que envió mensajeros a consultar con Baal-ze-bub[1], dios de Ekron, pero estos regresaaron, tras encontrarse con Elías:
Los mensajeros se volvieron junto a Ocozías, quien les preguntó:
-¿Por qué, pues, os habéis vuelto?
Contestáronle:
-Ha salido a nuestro encuentro un hombre y nos ha dicho: ‘Id, volveos al rey que os ha enviado y decidle: Así dice Yahveh: ¿Es porque no hay Elohim en Israel por lo que tú mandas a consultar a Baal-ze-bub, dios de Ekron? En vista de eso, de la cama a que has subido no has de bajar, sino que morirás de cierto’.
Preguntóles él:
-¿Cuál era el aspecto del hombre que ha salido a vuestro encuentro y os ha hablado estas palabras?
Le contestaron:
-Era un hombre provisto de un manto de pelo y un cinto de cuero ceñido a sus lomos (II Re 1, 6-8).
No extraña que  unos sacerdotes y levitas, ante quienes el Bautista ha negado ser el Mesías, le pregunten si es Elías (Jn, 1, 21).
La conducta de Juan contrasta con la de Jesús, quien, tras los cuarenta días de ayuno en el desierto, acepta con gusto las invitaciones de discípulos y de fariseos, e incluso ciertos lujos de manera que sus mismos seguidores llegan a escandalizarse (Mt. 26, 6-13).
Por otra parte, Juan, al igual que Isaac, José o Samuel ha nacido de una mujer estéril, lo que una vez más  remite a los patriarcas y profetas.
Dejo para otro momento el comentario de la posible vinculación de Juan con los esenios y con la comunidad de Qumrán.


[1] Se trata de Belcebú, el señor de las moscas, una divinidad filistea identificada en la literatura cristiana como el príncipe de los demonios.

07 octubre 2011

Los samaritanos (y IV)

Francisco Javier Bernad Morales
Debemos remontarnos a la época en que se produjo la separación de los dos reinos. Como cabía esperar, la centralización del culto en Jerusalén desde la construcción del Templo por Salomón, no podía ser fácilmente aceptada por las tribus del norte, dado que eso hubiera supuesto asumir la supremacía religiosa del sur. Así, al menos, lo expresa el libro de los Reyes.
Entonces dijo Jeroboam en su corazón: “Ahora podría volver el reino a la casa de David. Si este pueblo sube a celebrar sacrificios en la Casa de Yahveh, en Jerusalén, el corazón de este pueblo puede tornar a su señor, a Roboam, rey de Judá,y me matarán y se volverán a Roboam, rey de Judá” (I Re 12, 27).
Para conjurar este riesgo, Jeroboam hizo construir dos santuarios, uno en Dan y otro en Betel. De este modo, la disidencia política y la religiosa marchan de la mano. Ambos reinos hubieron, por otra parte de hacer frente a uno de los peligros que, junto al exterminio físico, siempre han amenazado al pueblo judío: la asimilación. El reino del Norte, más rico y próximo a las ciudades fenicias, estuvo más expuesto a las influencias extranjeras. En vano los pofetas Elías, Elíseo, Amós y Oseas clamaron por un retorno al culto de Yahveh. Los reyes y en general la clase dirigente, adoptaban a las divinidades extranjeras o al menos las toleraban. En la voz de los profetas, el abandono de Yahveh es tanto la ruptura de la Alianza como la quiebra de la justicia social. Una y otra aparecen indisolublemente unidas:
Escuchad esta palabra, ¡oh vacas de Basán1 queestáis sobre la montaña de Samaria!,las que oprimís a los pobres, las que maltratáis a los indigentes,las que decís a vuestros señores: “¡Traed para que bebamos!”Adonay Yahveh ha jurado por su santidad que os sobrevendrán díasen que se os conduzca mediante ronzal y vuestra posteridad con ganchos sea destruida,y por las brechas saldréis una a unay seréis arrojadas al Hermón -oráculo de Yahveh (Am 4, 1,3)
Los profetas hablan a los poderosos y les reprochan (como siglos después haría San Juan Bautista) sus iniquidades. Ni siquiera David escapó a ellos. Después de ordenar el asesinato de Urías a fin de desposarse con Betsabé, tuvo que escuchar las durísimas palabras de Natán (II Sam 12). Algo similar le ocurrió a Ajab, quien tras haber consentido la muerte de Nabot de cuya viña deseaba apoderarse, hubo de sufrir que Elías le echara en cara su delito (I Re 21).
Ya hemos hablado en el artículo anterior de la suerte corrida por el reino del Norte, destruido por los asirios, y hemos señalado cómo, muy probablemente, la deportación no fue total, sino que una parte de sus habitantes quedó en el país y se mezcló con nuevos pobladores llegados de Mesopotamia. En las líneas anteriores, hemos puesto, por otro lado, de relieve que incluso antes de su destrucción, el reino del Norte había iniciado la ruptura religiosa con Judá.
Sea cual fuere la suerte corrida por las tribus del Norte, de lo que no cabe duda es de que las gentes que ocuparon su territorio, quedaron al margen de dos grandes experiencias que marcaron la evolución del judaísmo: la reforma religiosa de Josías y el exilio en Babilonia.

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1Se refiere a las damas de Samaria