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18 mayo 2014

Ideas políticas de Guillermo de Occam (II)

Francisco Javier Bernad Morales

En el curso de su  enfrentamiento con el emperador Federico II, Inocencio IV había publicado la bula Agni sponsa nobilis (1245), en la que afirmaba el poder supremo de la Iglesia sobre los gobernantes. En esa misma línea se pronunció Bonifacio VIII, en el marco de un conflicto con Felipe IV de Francia, mediante la bula Unam Sanctam (1302), generalmente considerada como la más radical proclamación de la teocracia pontificia. Aunque ya en su tiempo hubo intérpretes que intentaron suavizar su alcance, en ella se establece, a partir de las palabras de Cristo recogidas en Mateo 18, 18, “lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”, que al Papa corresponde la Plenitudo potestatis, esto es, la totalidad del poder. Por último, se afirma que para alcanzar la salvación es absolutamente necesario someterse a la autoridad del Romano Pontífice, una idea que se ha sintetizado en la expresión Extra Ecclesiam nulla salus.

Contra estas ideas reacciona Guillermo de Occam no solo en el Breviloquium, sino en el resto de sus obras políticas. Niega, por supuesto, la plenitud del poder del Papa, ya que, señala, las palabras de Cristo aducidas por Bonifacio VIII no pueden interpretarse de manera literal y sin restricciones, pues de allí se seguiría el absurdo de que a los Apóstoles se les da autoridad para modificar la ley divina y el derecho natural, o para privar a los reyes o al común de los fieles de sus bienes y retenerlos en su beneficio particular. Por tanto, deben sobreentenderse ciertas limitaciones, entre las que señala, con el apoyo de otros pasajes bíblicos, las libertades concedidas a los hombres por Dios y la naturaleza. Por otro lado, el poder apostólico fue instituido para el bien de los fieles, no para el provecho de Pedro y de sus sucesores, razón por la cual estos no pueden imponer a aquellos obligaciones onerosas e innecesarias. Que al Papa no le corresponde la Plenitudo potestas se prueba también por el hecho de que el mismo Cristo aceptó someterse a las autoridades temporales e incluso afirmó su legitimidad al decir “dad al César lo que es del César”. El Papa no tiene poder absoluto sobre los asuntos temporales, porque Cristo, aunque como Dios tenía potestad sobre todas las cosas, en cuanto hombre mortal careció de él. Así, cuando uno le pidió que dijera a su hermano que repartiera con él la herencia contestó: “Hombre, ¿quién me ha nombrado vuestro juez o repartidor?” Lc 12, 14.

13 octubre 2013

El papado de Aviñón (1)

Francisco Javier Bernad Morales

Pese a que las palabras de Jesús recogidas en Mateo 22,21 apuntan claramente a la necesidad de separar el poder temporal y los asuntos espirituales[1], la historia de la cristiandad es, bajo cierto aspecto, la del conflicto entre ambos. Al respecto, a todos se nos vienen inmediatamente a la cabeza ciertas imágenes de inusitada fuerza expresiva: la de San Ambrosio negando la comunión a Teodosio mientras no hiciera penitencia por la matanza de Tesalónica; la de Enrique IV humillado en Canosa sobre la nieve ante el papa Gregorio VII, o la de las tropas del emperador Carlos V saqueando Roma como si fueran una horda bárbara. Son solo algunos ejemplos harto conocidos que ilustran las difíciles relaciones entre unos príncipes colocados, según la ideología de la época, al frente de sus estados por la gracia divina, y el vicario de Cristo.

Una de estas luchas estalló en 1296 cuando el rey francés Felipe IV, acuciado por graves necesidades financieras, intentó establecer un impuesto sobre los bienes del clero, lo que motivó que el papa Bonifacio VIII le recordara que no podía implantar una medida así sin su consentimiento. Aunque el pontífice pronto adoptó una posición conciliadora, el enfrentamiento resurgió en 1301, al ordenar el rey el arresto del obispo Saisset, acusado de traición. La situación se complicó a causa de la hostilidad hacia el papa de la poderosa familia romana de los Colonna, quienes le acusaron de haber causado la muerte de su antecesor Celestino V[2]. Bonifacio excomulgó a Felipe, en tanto que este, con ayuda de los Colonna, hacía a sus tropas ocupar la ciudad de Anagni, donde aquel se encontraba. El papa fue insultado y quizá incluso abofeteado, pero la reacción popular hizo huir a los agresores y Bonifacio pudo regresar a Roma, donde murió poco después (1303).

Su sucesor, Benedicto XI, levantó las censuras sobre el rey, pero eso no satisfizo a este, que buscaba no el perdón, sino la condena póstuma de Bonifacio y el agradecimiento de la Iglesia. La prematura muerte del nuevo pontífice (1304) obligó a reunir el cónclave en un momento en que los cardenales estaban divididos en dos grupos aparentemente inconciliables: de un lado aquellos que querían infligir un duro castigo a los enemigos de Bonifacio y de otro, quienes deseaban mejorar las relaciones con Felipe IV. Tras once meses de discusiones, llegaron a la conclusión de que ninguno de ellos alcanzaría la mayoría suficiente, y decidieron ofrecer la tiara al arzobispo de Burdeos, quien adoptó el nombre de Clemente V.

Pese al talente conciliador del nuevo pontífice, los conflictos con el rey de Francia continuaron, agravados ahora por la pretensión de este de terminar con la orden del Temple. Además de rica, era esta impopular y su fe resultaba sospechosa. Sin duda, los motivos económicos pesaron en el ánimo de Felipe IV, pero junto a ellos no podemos descartar el deseo de presentarse, al igual que en el caso de Bonifacio VIII, como benefactor del catolicismo y afirmar su superioridad sobre el papado. Tras ordenar el arresto de los caballeros templarios en Francia, consiguió por medio de la tortura que estos confesaran toda clase de crímenes, pero esa intromisión motivó la protesta de Clemente. Finalmente, sometido a duras presiones, el papa aceptó que la suerte de la orden se decidiera en un concilio. Sin embargo, Felipe IV no esperó a que este se reuniera y en mayo de 1310 hizo morir en la hoguera a cincuenta y cuatro caballeros. Cuando por fin comenzaron las sesiones del concilio en Vienne, se constituyó una comisión que exigió oír a los acusados, lo que fue rechazado por el rey. Ante esta situación, Clemente, temeroso de quedar relegado a un segundo plano en lo que tomaba visos de convertirse en un conflicto entre Felipe y el concilio, decidió suprimir la orden por propia iniciativa. Tras esto, en marzo de 1314, el gran maestre Jacques de Molay fue quemado vivo en París después de proclamar la inocencia de la orden. El papa falleció en abril, y Felipe le siguió en noviembre. Esta proximidad en las fechas originó la leyenda de que el gran maestre los había emplazado ante el tribunal de Dios.

Ya desde 1309, el papa se había establecido en Aviñón para escapar a los enfrentamientos entre las familias romanas de los Colonna y los Orsini y para seguir más de cerca los acontecimientos de Francia. Lo que se preveía como un cambio circunstancial de residencia, se convirtió, sin embargo, en una larga estancia, pues Aviñón permaneció como sede pontificia hasta que en 1378, Gregorio XI decidió el regreso a Roma.




[1] Pues pagad al emperador lo del emperador, y a Dios lo de Dios.
[2] Celestino V había sido papa durante cinco meses en 1294. Tras su renuncia,  el cónclave eligió para sucederle a Bonifacio VIII, quien al poco tiempo lo hizo encarcelar. Murió el 2 de mayo de 1296 y fue canonizado en 1313 durante el pontificado de Clemente V.