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07 octubre 2014

La montaña del dolor


José Luis Martín Descalzo

     Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.
     Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido?

     Dar explicaciones a medias es contraproducente y sería preferible que, ante estos porqués, los cristianos empezásemos por confesar lo que decía Juan Pablo II en su encíclica sobre el dolor: El sentido del sufrimiento es un misterio, pues somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Algunas respuestas pueden aclarar algo el problema y debemos usarlas, pero sabiendo siempre que nunca explicaremos el dolor de los inocentes.

14 enero 2013

Dolor

Francisco Javier Bernad Morales

Hay días en los que sin motivo aparente sentimos el corazón oprimido por un dolor intenso. Sin saber por qué, se presentan ante nosotros las imágenes de todas las personas a las que hemos amado y que hemos perdido. Todos aquellos a quienes quizá no dijimos con la suficiente claridad lo que significaban para nosotros. Quizá incluso en algún momento los tratamos con displicencia. Puede que necesitaran una palabra nuestra, pero permanecimos en silencio. Pensábamos que habría tiempo para explicaciones, que los malentendidos podrían aclararse, y dejábamos discurrir días y días sin hablar de lo que realmente importaba. Transcurrieron así los meses y los años y demoramos solicitar su perdón. No hablo de grandes faltas, sino de pequeños gestos cotidianos, que quizá pasaron para todos, incluso para el ofendido, inadvertidos. Acaso no dejaran otra huella que esa herida interior que hoy vuelve a sangrar. Sabemos que en determinado momento fuimos crueles con alguien que nos quería y, aunque ahora nos arrepentimos, ya ha pasado el momento en que podíamos solicitar su perdón. Una palabra, un gesto, un silencio, dejan una marca dolorosa, una llaga que cuando menos lo esperamos torna a abrirse y nos causa un pesar que con nada se alivia. Son tantos los que ya no nos acompañan que apenas podemos evocarlos a la vez en la memoria.

            Lo que voy a contar es vulgar, tanto que dudo en calificarlo de historia, pues quizá, al igual que los fenómenos naturales, se haya repetido una y otra vez en mil formas solo superficialmente distintas. Un joven mira el mundo con la feroz audacia que le proporcionan sus poco más de veinte años. Ensoberbecido por la fuerza que cree descubrir en su voluntad, apenas puede disimular  el disgusto ante las palabras de su abuela. Habla esta de las pequeñas miserias de un tiempo pasado, pero lo que indigna al nieto es la conformidad con el destino que trasluce el relato de la anciana. No puede entender que alabe la humildad, y termina por recriminárselo. Se atreve a censurarla por no haber reaccionado con rebeldía. No hay más, la mujer se encierra en el silencio, quizá absorta en los remotos recuerdos de una juventud apenas disfrutada.

            Pasarán los años, y la vida terminará por abatir la arrogante suficiencia del nieto. El mundo, que en la juventud se le mostraba, como una pintura de Caravaggio, con nítidos contrastes entre áreas iluminadas y zonas de tinieblas, ha adquirido los variados matices de un cuadro de Millet. Por fin comprende que esa abuela, a la que tanto tiempo atrás menospreció,  comparte la serena dignidad de los campesinos que rezan el Ángelus y de las espigadoras. Pero ya es tarde. La anciana se fue sin ruido, igual que había vivido.

            Ahora el nieto, ya un hombre maduro, siente cada día el dolor causado por unas palabras que quizá tan solo a él le hicieron daño. Sabe que su abuela, esa mujer humilde, quedó viuda en Madrid con cuatro niños pequeños, un año antes de que comenzara la Guerra Civil, que trabajó incansable cosiendo día y noche para salir adelante, que un vecino miserable, cuando ya las tropas de Franco entraban en la ciudad, le arrebató los pocos objetos de valor que poseía y que el tifus la tuvo al borde de la muerte. Sin embargo, ella continuó inquebrantable y sus hijos crecieron, se hicieron adultos y formaron nuevas familias. Entiende al fin el nieto que su abuela no se resignó ante el destino, sino que lo afrontó decidida y valerosamente, pero ya no cabe manifestarle gratitud, ya nunca podrá decirle hasta qué extremo la admira. Por eso hoy le duele el corazón.

05 diciembre 2012

Donde ya no hay motivo por el que valga la pena morir, tampoco la vida vale la pena

Recogemos una reflexión de Benedicto XVI, en los tiempos en que aún era cardenal, sobre el sentido del dolor. El texto evoca de manera inmediata la figura de Juan Pablo II en sus últimos años, cuando su otrora vigoroso cuerpo se hallaba aquejado por multitud de achaques que él, lejos de ocultar, exhibía en unas apariciones públicas en las que nos recordaba, frente al adormecimiento producido por el ambiente hedonista en que nos desenvolvemos, la existencia del sufrimiento. Su mera presencia bastaba para mostrarnos esa verdad que jamás queremos oír. La que susurraba un esclavo al oído del general vencedor durante los desfiles triunfales de la antigua Roma: Memento mori (recuerda que has de morir). 

Una visión del mundo que no pueda dar un sentido al dolor, y hacerlo precioso, no sirve en absoluto. Ella fracasa precisamente allí donde aparece la cuestión decisiva de la existencia. Quienes acerca del dolor solo saben decir que hay que combatirlo, nos engañan. Ciertamente, es necesario hacer lo posible para aliviar el dolor de tantos inocentes y para limitar el sufrimiento. Pero una vida humana sin dolor no existe, y quien no es capaz de aceptar el dolor rechaza la única purificación que nos convierte en adultos. En la comunión con Cristo el dolor llega a adquirir su significado pleno, no solo para mí mismo, como proceso de la ablatio en el que Dios retira de mí las escorias que oscurecen su imagen, sino también más allá de mí mismo: él es útil para todo, de manera que todos podamos decir con San Pablo: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24). Thomas Becket, que […] nos ha guiado en la reflexión de estos días, nos alienta ahora a dar un último paso. La vida más allá de nuestra existencia biológica. Donde ya no hay motivo por el que valga la pena morir, tampoco la vida vale la pena. Donde la fe nos ha abierto la mirada y nos ha hecho el corazón más grande, he aquí que adquiere toda su fuerza de iluminación otra frase de San Pablo: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ya vivamos ya muramos, del Señor somos (Rm 14, 7-8). Cuanto más estemos radicados en la “compañía” con Jesucristo y con todos aquellos que pertenecen a Él, tanto más nuestra vida será sostenida por la confianza irradiante, a la que una vez más alude San Pablo: “Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Ro 8, 38-39). 

RATZINGER, Joseph, Ser cristiano en la era neopagana, Madrid, Encuentro, 1995, p. 27.