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27 enero 2014

Entendamos la gracia de Dios

Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas.

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.
Ello fue causa de que empezaran a sospechar que el apóstol Pablo, que les había predicado el Evangelio, quizá no estaba acorde en su doctrina con los demás apóstoles, ya que éstos obligaban a los gentiles a las prácticas judaicas. El apóstol Pedro había cedido ante el escándalo de aquellos hombres, hasta llegar a la simulación, como si él pensara también que en nada aprovechaba el Evangelio a los gentiles si no cumplían los preceptos de la ley; de esta simulación le hizo volver atrás el apóstol Pablo, como explica él mismo en esta carta.
La misma cuestión es tratada en la carta a los Romanos. No obstante, parece que hay alguna diferencia entre una y otra, ya que en la carta a los Romanos dirime la misma cuestión y pone fin a las diferencias que habían surgido entre los cristianos procedentes del judaísmo y los procedentes de la gentilidad; mientras que en esta carta a los Gálatas escribe a aquellos que ya estaban perturbados por la autoridad de los que procedían del judaísmo y que los obligaban a la observancia de la ley. Influenciados por ellos, empezaban a creer que la predicación del apóstol Pablo no era auténtica, porque no quería que se circuncidaran. Por esto, Pablo empieza con estas palabras: Me sorprende que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó a la gracia de Cristo, y os hayáis pasado a otro evangelio.

Con este exordio, insinúa, en breves palabras, el meollo de la cuestión. Aunque también lo hace en el mismo saludo inicial, cuando afirma de sí mismo que es enviado no de hombres nombrado apóstol no por un hombre, afirmación que no encontramos en ninguna otra de sus cartas. Con esto demuestra suficientemente que los que inducían a tales errores lo hacían no de parte de Dios, sino de parte de los hombres; y que, por lo que atañe a la autoridad de la predicación evangélica, ha de ser considerado igual que los demás apóstoles, ya que él tiene la certeza de que es apóstol no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y por Dios Padre.

10 abril 2013

En Gratuidad

Darío Molla Llacer, S.J.


“Tu fe te ha salvado, vete en paz”: esta frase que Jesús utiliza reiteradamente después de muchas de sus acciones y signos sanantes y liberadores, es una perfecta síntesis de la gratuidad que es el signo mayor, la característica más señalada de una acción social hecha al modo del evangelio. Las dos afirmaciones que componen esta frase apuntan dos rasgos básicos básicos de esta gratuidad: con respecto al propio Jesús, la no exigencia de ningún tipo de condición o compensación por su ayuda; con respecto a la persona sanada, la potenciación y puesta de relieve de sus posibilidades más hondas, la afirmación, en suma, de su dignidad.
Es importante que profundicemos también nosotros en las dimensiones de esa gratuidad que dignifica y que da a la acción social su auténtica categoría de humanidad.
En un primer sentido, el primero que pensamos al hablar de gratuidad, está el no cobrar, en compensación de nuestra ayuda, de aquel a quien ayudamos. Otra cosa es cobrar de nuestro trabajo de aquellos que nos contratan. Obviamente, y en acción social, no pensamos en cobrar nuestra ayuda en dinero, sino de otras formas menos “materiales”, pero no menos onerosas de gratificación y que tienen que ver, básicamente, con compensaciones de tipo afectivo. Se trata de no cobrar ni cuando las cosas salen bien (en forma de dependencias, fidelidades, adhesiones, silencios…), ni tampoco cuando las cosas salen mal (en este caso en forma de reproches, munusvaloraciones, descalificaciones, rencores o resentimientos…) Gratuidad significa que nuestra acción no está condicionada por la respuesta que recibimos, sino por la necesidad que detectamos.
Más allá de este sentido primero de no cobrar ni afectiva ni efectivamente, la gratuidad contiene perfiles de mayor finura. Consiste también en no buscar beneficios ni rendimientos personales de mi acción social en forma de prestigio, de imagen, de méritos que me adjudico; de no tratar nunca a las personas como “mi propiedad”: “mis pobres”, “mi gente”, “mi grupo”, adjudicándome “exclusivas” que nadie me ha dado y que incluso pueden llegar a impedir o boicotear otras acciones distintas _ y quién sabe si más beneficiosas_ a la mía…Se trata de no cambiar nunca dignidad por ayuda. La meta de una acción social limpia es ayudar sin menoscabar, sino más bien potenciando la dignidad de aquel que recibe ayuda; nada de lo que damos tiene valor, sino que más bien es perverso y dañino si lo damos a cambio de quitar dignidad.
Gratuidad es también además de tratar con la mayor dignidad posible, hacer un esfuerzo por subrayar todo lo que de bueno y positivo tienen las personas, por poco aparente que sea, y tratar siempre de partir de ello en nuestra acción. Gratuidad es subrayar posibilidades y abrir horizontes y favorecer en las personas, por indigentes que sean, todo lo que potencia su autonomía progresiva; gratuidad es dar protagonismo efectivo y aminorar al máximo las dependencias.
Gratuidad tiene que ver con libertad: la libertad que nosotros tenemos con respecto a nosotros mismos y la libertad que somos capaces de generar en quien se acerca a nosotros.

MOLLA LLACER, DARÍO. La espiritualidad en la acción social. Con Él. Suplemento Vida Nueva. Nº 7. Etapa II. Año 2013.