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26 mayo 2014
15 noviembre 2013
Comentario al Evangelio de san Lucas
San Alberto Magno
Haced esto en
conmemoración mía. Dos cosas hay
destacar en estas palabras. La primera es el mandato de celebrar este
sacramento, mandato expresado en las palabras: Haced esto. La segunda es que se trata del
memorial de la muerte que sufrió el Señor por nosotros.
Dice, pues: Haced esto. No podríamos imaginarnos un
mandato más provechoso, más dulce, más saludable, más amable, más parecido a la
vida eterna. Esto es lo que vamos a demostrar punto por punto.
Lo más provechoso
en nuestra vida es lo que nos sirve para el perdón de los pecados y la plenitud
de la gracia. Él, el Padre de los espíritus, nos instruye en lo que es
provechoso para recibir su santificación. Su santificación consiste en su
sacrificio, esto es, en su ofrecimiento sacramental, cuando se ofrece al Padre
por nosotros y se ofrece a nosotros para nuestro provecho. Por ellos me consagro yo. Cristo,
que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin
mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al
culto del Dios vivo.
Es también lo más
dulce que podemos hacer. ¿Qué puede haber más dulce que aquello en que Dios nos
muestra toda su dulzura? A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles, proporcionándole
gratuitamente, desde el cielo, pan a punto, de mil sabores, a gusto de todos;
este sustento tuyo demostraba a tus hijos tu dulzura, pues servía al deseo de
quien lo tomaba y se convertía en lo que uno quería.
Es lo más saludable
que se nos podía mandar. Este sacramento es el fruto del árbol de la vida, y el
que lo come con la devoción de una fe sincera no gustará jamás la muerte. Es árbol de vida para los que la
cogen, son dichosos los que la retienen. El que me come vivirá por mí. Es lo más amable que se nos podía
mandar. Este sacramento, en efecto, es causa de amor y de unión. La máxima
prueba de amor es darse uno mismo como alimento. Los hombres de mi campamento
dijeron: «¡Ojalá nos dejen saciarnos de su carne!»; que es como si dijera: «Tanto los
amo yo a ellos y ellos a mí, que yo deseo estar en sus entrañas y ellos desean
comerme, para, incorporados a mí, convertirse en miembros de mi cuerpo. Era
imposible un modo de unión más íntimo y verdadero entre ellos y yo».
Y es lo más
parecido a la vida eterna que se nos podía mandar. La vida eterna viene a ser
una continuación de este sacramento, en cuanto que Dios penetra con su dulzura
en los que gozan de la vida bienaventurada.
05 mayo 2012
Estamos de fiesta con Jesús
Carmen Sáez Gutiérrez
Estamos de fiesta
con Jesús no
solo es una canción, es una realidad en nuestra parroquia, pues hoy comienzan
las celebraciones de la Primera Comunión para todos los niños que, desde hace tres años, vienen preparándose para
recibir el Sacramento de la Eucaristía.
El P. José María Salado, responsable no solo de la Pastoral de Iniciación Cristiana, sino también de la formación de catequistas, ha presidido la celebración. Con un tono distendido y cercano, como es habitual en él, ha explicado en la homilía el significado de la Comunión como signo, como Sacramento que nos hace participar de la vida de Jesús, al ser el mismo Cristo quien se nos ofrece como alimento.
La ceremonia ha sido sencilla, pero elegante, cargada de significado. Lejos de toda ostentación, ha contado con la participación tanto de los niños, que han elevado sus oraciones de petición y acción de gracias, como de sus padres que, por medio de un representante, han dado lectura a un manifiesto en el que se comprometen a continuar con la educación cristiana que, tiempo atrás, iniciaron con sus hijos, motivo por el que los han traído a recibir el Sacramento.
Desde el coro, el P. Antonio que, domingo tras domingo, celebra de la manera más pedagógica posible, la misa de los niños, les ha querido acompañar con las canciones que les han enseñado durante este tiempo sus catequistas.
Desde aquí queremos unirnos a la felicitación que ya ha lanzado el P. José María desde el altar tanto a los niños como a los padres por esta opción de vida, pues como él bien decía, después de recibir la Comunión, es preciso llevar a Jesús a casa, al colegio, al parque, al partido de fútbol… mediante nuestras obras y nuestro testimonio.
El P. José María Salado, responsable no solo de la Pastoral de Iniciación Cristiana, sino también de la formación de catequistas, ha presidido la celebración. Con un tono distendido y cercano, como es habitual en él, ha explicado en la homilía el significado de la Comunión como signo, como Sacramento que nos hace participar de la vida de Jesús, al ser el mismo Cristo quien se nos ofrece como alimento.
La ceremonia ha sido sencilla, pero elegante, cargada de significado. Lejos de toda ostentación, ha contado con la participación tanto de los niños, que han elevado sus oraciones de petición y acción de gracias, como de sus padres que, por medio de un representante, han dado lectura a un manifiesto en el que se comprometen a continuar con la educación cristiana que, tiempo atrás, iniciaron con sus hijos, motivo por el que los han traído a recibir el Sacramento.
Desde el coro, el P. Antonio que, domingo tras domingo, celebra de la manera más pedagógica posible, la misa de los niños, les ha querido acompañar con las canciones que les han enseñado durante este tiempo sus catequistas.
Desde aquí queremos unirnos a la felicitación que ya ha lanzado el P. José María desde el altar tanto a los niños como a los padres por esta opción de vida, pues como él bien decía, después de recibir la Comunión, es preciso llevar a Jesús a casa, al colegio, al parque, al partido de fútbol… mediante nuestras obras y nuestro testimonio.
14 abril 2012
La nueva creación en Cristo
San Agustín
En este II Domingo de Pascua recordamos este sermón de San Agustín.
Sermón en la octava de Pascua 8, 1,4
Me dirijo a vosotros, niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada, flor de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y mi corona, todos los que perseveráis firmes en el Señor.
Me dirijo a vosotros con las palabras del Apóstol: vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos, para que os revistáis de la vida que se os ha comunicado en el sacramento. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús.
En esto consiste la fuerza del sacramento: en que es el sacramento de la vida nueva, que empieza ahora con la remisión de todos los pecados pasados y que llegara a su plenitud con la resurrección de los muertos. Por el bautismo fuisteis sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos, así también andéis vosotros en una vida nueva. Pues ahora, mientras vivís en vuestro cuerpo mortal, desterrados lejos del Señor, camináis por la fe; pero tenéis un camino seguro que es Cristo Jesús en cuanto hombre, el cual es al mismo tiempo el término al que tendéis, quien por nosotros ha querido hacerse hombre. Él ha reservado una inmensa dulzura para los que le temen y la manifestará y dará con toda plenitud a los que esperan en él, una vez que hayamos recibido la realidad de lo que ahora poseemos sólo en esperanza.
Hoy se cumplen los ocho días de vuestro renacimiento: y hoy se completa en vosotros el sello de la fe, que entre los antiguos padres se llevaba a cabo en la circuncisión de la carne a los ocho días del nacimiento carnal.
Por eso mismo, el Señor al despojarse con su resurrección de la carne mortal y hacer surgir un cuerpo, no ciertamente distinto, pero sí inmortal, consagró con su resurrección el domingo, que es el tercer día después de su pasión y el octavo contado a partir del sábado; y, al mismo tiempo, el primero.
Por esto, también vosotros, ya que habéis resucitado con Cristo –aunque todavía no de hecho, pero sí ya esperanza cierta, porque habéis recibido el sacramento de ello y las arras del Espíritu–, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él, en gloria.
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