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17 marzo 2014

Bartolomé de Carranza

Francisco Javier Bernad Morales

De manera insólita por tratarse del más alto dignatario de la iglesia española, durante la noche del 23 de agosto de 1559, oficiales de la Inquisición arrestaron en Torrelaguna al arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza. Era este un fraile dominico que ocupaba la sede hacía pocos meses. Anteriormente, había desempeñado un papel relevante en la primera fase del concilio de Trento y, como colaborador del cardenal Reginald Pole, en la restauración del catolicismo en Inglaterra durante el reinado de María Tudor. Pero ni su posición ni sus brillantes servicios bastaron para ponerla al abrigo de la persecución. Contaba Carranza con importantes enemigos, entre ellos el también dominico Melchor Cano, con quien había sostenido una rivalidad que arrancaba ya de los tiempos de estudiante. Más tarde, ya ambos como profesores en el colegio de San Gregorio de Valladolid, la enemistad se había enconado. Contaba asimismo con la animosidad del Inquisidor General, Fernando de Valdés, resentido porque sus esperanzas de ocupar el arzobispado de Toledo se habían visto defraudadas.

En estas circunstancias, Carranza había publicado unos Comentarios sobre el catecismo cristiano.  Aunque el arzobispo de Granada y los obispos de Almería y de León, a quienes el autor había pedido opinión sobre el contenido de la obra, no hallaron en ella censurable; antes al contrario, la consideraron provechosa, al igual que numerosos dominicos; Melchor Cano la sometió a un examen riguroso, del que concluyó que era un libro dañoso para los cristianos, por presentar en lengua vulgar cuestiones dificultosas y porque contiene disputas con los luteranos y proposiciones heréticas[1]. El primer reproche se dirige, pues, al hecho de haber difundido en castellano problemas teológicos complejos, que podían inducir a los fieles a plantearse preguntas a las que de otra manera hubieran permanecido ajenos. Algo similar ocurre con la referencia a los luteranos: hablar de sus doctrinas, opina Cano, implica darlas a conocer. Dado que sus libros están prohibidos y no circulan por el país, mejor sería silenciarlas por completo. Hay, por último, puntos en que las propias ideas de Carranza, en particular las relativas a la justificación, se aproximan a las de Lutero.

En el curso de las investigaciones, se analizarían también las palabras de consuelo dirigidas por Carranza a Carlos V en su lecho de muerte, en las que también los inquisidores apreciaron cercanía al luteranismo. El arzobispo fue trasladado a Valladolid, donde permaneció preso de la Inquisición. Se inició así un procedimiento enrevesado y largo, en que la estrategia de defensa de Carranza pasó por recusar al Inquisidor General Valdés, por enemistad manifiesta, lo que causó aún mayores dilaciones. En tanto, reanudadas en 1562 las sesiones del Concilio de Trento, este pidió al Papa Pío IV que la causa fuera remitida a Roma, algo a lo que Felipe II se negó rotundamente. Por su parte, el Concilio aprobó los Comentarios al catecismo rechazados por la Inquisición española.

En septiembre de 1563, el fiscal presentó una primera acusación, entre cuyos cargos figuraban el haber sostenido ideas luteranas sobre la justificación, haber afirmado que no debía rezarse a la Virgen y a los santos, haber menospreciado las ceremonias de la Iglesia y haber mantenido trato con herejes. Ya en 1566, el Papa San Pío V exigió que Carranza fuera enviado a Roma y que se apartara a Valdés del cargo de Inquisidor General. Como quiera que Felipe II no se mostrara muy dispuesto a acatar esas disposiciones, amenazó con excomulgarle y poner sus reinos en entredicho, esto es, prohibir que en ellos se administrasen los sacramentos y se diese sepultura cristiana. Dada la gravedad de la sanción, el rey no vio otra salida que ceder. Carranza llegó a Civita Vecchia el 25 de mayo de 1567.

Aunque los comentarios de Carranza se vendían libremente en Roma, el proceso siguió su curso en medio de dilaciones provocadas por los agentes de Felipe II. Aún no había concluido al fallecimiento del pontífice en mayo de 1572. Finalmente, su sucesor Gregorio XIII dictó sentencia el 14 de abril de 1576. En ella se consideraba al arzobispo de Toledo “vehementemente sospechoso de herejía” y se le condenaba a abjurar de algunas proposiciones y a permanecer cinco años en el convento dominico de Orvieto con una pensión mensual de 1.000 escudos de oro. El 2 de mayo fallecía Carranza, a los setenta y dos años de edad, tras haber pasado diecisiete en prisión. El propio Gregorio XIII redactó el epitafio puesto sobre su tumba:

Bartolomé Carranza, navarro, dominico, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, varón ilustre por su linaje, por su vida, por su doctrina, por su predicación y por sus limosnas; de ánimo modesto en los acontecimientos prósperos y ecuánime en los adversos[2]

Parece oportuno señalar que durante todo ese tiempo no se le había reemplazado en el arzobispado de Toledo, con lo que las rentas de la diócesis habían engrosado el erario real.




[1] MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino, Historia de los heterodoxos españoles, Madrid, BAC, 1956, vol. II, p. 26
[2] http://www.dominicos.org/grandes-figuras/personajes/bartolome-de-carranza

09 noviembre 2012

Religión y ética en Miguel de Cervantes (y 4)

Francisco Javier Bernad Morales

Parece, a menos que aparezcan documentos hasta ahora desconocidos, imposible establecer si Cervantes llegó a leer la obra de Erasmo, siquiera fuera en parte, o si la influencia de sus ideas le llegó de manera indirecta. El erasmismo había alcanzado una gran difusión en España en las primeras décadas del siglo XVI. Así, en la biblioteca de Fernando Colón, hijo del almirante, se han catalogado doscientas obras de Erasmo[1].  Alfonso de Valdés, secretario de cartas latinas de Carlos V, mantenía correspondencia con el humanista holandés y era uno de sus entusiastas seguidores. En el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, justifica el saqueo de la ciudad en 1527 por las tropas del emperador. Casi al azar, entresaco una pregunta dirigida por Lactancio, el personaje que encarna las opiniones de Valdés, al arcediano escandalizado por lo ocurrido:

¿No sabéis que en toda la cristiandad no hay tierras peor gobernadas que las de la Iglesia?[2]

En resumen, puede decirse que el papa ha recibido el justo castigo por entrometerse en los asuntos temporales. Quien escribe no es un personaje marginal, sino alguien muy próximo al círculo más íntimo del emperador, un protegido del gran canciller Mercurino Gattinara.

En los años siguientes, la situación cambiaría de manera radical. El fracaso de los intentos, auspiciados por los erasmistas, de una solución pactada del conflicto luterano, condujo a una radicalización de las posturas, lo que en España tuvo una de sus primeras manifestaciones en el proceso contra Juan de Vergara, un humanista de familia conversa que había trabajado en la edición de la Biblia Políglota Complutense y a la sazón ostentaba la cátedra de Filosofía en la universidad de Alcalá de Henares. Había tratado a Erasmo en Flandes y desde España había mantenido correspondencia con él, quien a su vez había alabado sus escritos. La primera denuncia, en la que se le acusaba de luteranismo, se produjo en 1530. No parece que se le diera en principio mucha importancia, pero muy poco después se le sumó otra, según la cual, habría criticado, lo cual era cierto, la traducción de la Biblia realizada por San Jerónimo, conocida como Vulgata, toda vez que mantenía algunas divergencias con los textos hebreos. Es más, se añade que daba más importancia al estudio de la Escritura que al rezo de las horas canónicas[3]. Ante la presión inquisitorial, Vergara abjura en 1535 de los escritos tenidos como heréticos y finalmente, en 1537, recupera la libertad.

Si me he entretenido en el proceso de Juan de Vergara es porque marca un punto de inflexión en la actitud espiritual de nuestro país. Unos veinte años más tarde (1559), la Inquisición se atreve a encarcelar incluso al arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, tenido igualmente por erasmista. Es un hecho insólito que provoca un grave conflicto entre la monarquía católica y el papado. Finalmente, tras varios años de encarcelamiento, Felipe II accede a que el caso sea juzgado en Roma. Una vez allí, el papa Pío V, quien asiste a varias sesiones del juicio, decide absolverlo, pero el temor a provocar un enfrentamiento con España, cuya protección militar le era necesaria, le lleva a dilatar la resolución hasta llegar a un acuerdo. Este se alcanzará ya en tiempos de su sucesor, Gregorio XIII, quien adopta una decisión un tanto confusa en que, pese a condenar como heréticas algunas proposiciones de Carranza, ordena su liberación (1576).

En los años centrales del siglo XVI, los libros de Erasmo quedan prohibidos en España. De ahí se suele deducir que fueron inaccesibles a Cervantes, y que su influencia le llegaría de manera indirecta a través de la enseñanza oral de su maestro Juan López de Hoyos, catedrático del Estudio de la Villa de Madrid y párroco de San Andrés. No obstante, estos libros continuaron circulando de manera clandestina, por lo que no podemos descartar un conocimiento directo, máxime si tenemos en cuenta que nuestro autor vivió algunos años en Italia, donde la censura, incluso en territorio papal, era menos rígida que en España.



[1] Así lo asegura José Luis Abellán en el prólogo a VALDÉS, Alfonso de, Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, Madrid,  Editora Nacional, 1975, p. 10.
[2] VALDÉS, Alfonso de, op. cit. p. 81
[3] BATAILLON, Marcel, Erasmo y España, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1983, p. 441.