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21 febrero 2015

Guíame, Señor, mi luz

Cardenal Newmann

Guíame, Señor, mi luz,
en las tinieblas que me rodean,
¡guíame hacia delante!
La noche es oscura y estoy lejos de casa:
¡Guíame tú!
¡Dirige Tú mis pasos!
No te pido ver claramente el horizonte lejano:
me basta con avanzar un poco...
No siempre he sido así,
no siempre Te pedí que me guiases Tú.
Me gustaba elegir yo mismo y organizar mi vida...
pero ahora, ¡guíame Tú!
Me gustaban las luces deslumbrantes
y, despreciando todo temor,
el orgullo guiaba mi voluntad:
Señor, no recuerdes los años pasados...
Durante mucho tiempo tu paciencia me ha esperado:
sin duda, Tú me guiarás por desiertos y pantanos,
por montes y torrentes
hasta que la noche dé paso al amanecer
y me sonría al alba el rostro de Dios:
¡tu Rostro, Señor!


27 febrero 2014

Dios te ama

Cardenal Newman

Dios te ama. Dios vela por ti. Te llama por tu nombre.
Te ve y te comprende tal como Él te hizo.
Sabe lo que hay en ti, todos tus sentimientos
Y pensamientos peculiares, tus inclinaciones y preferencias,
Tu fortaleza y tu debilidad.
Te ve en tu hora de regocijo
Y en tu hora de infortunio.
Se compadece de tus esperanzas
Y de tus tentaciones.
Se interesa por todas tus ansiedades y recuerdos,
Todos los altibajos de tu espíritu...
Te rodea y te sostiene con sus brazos.
Se da cuenta de tu semblante,
Tanto cuando ríes como cuando lloras...
Cuida de ti con cariño..
Oye tu voz, tu respiración y el latido de tu corazón.
Te ama más de lo que tú te amas a ti mismo
Evita infligirte dolor
Mucho más de lo que tú le rehúyes.
Y si llega a hacerlo,
Lo hace del mismo modo en que tú lo harías,

Si eres prudente, para conseguir algo mucho mejor.

23 diciembre 2012

John Henry Newman y el ecumenismo

Francisco Javier Bernad Morales

John Henry Newman publicó en julio de 1841, cuatro años antes de unirse a la Iglesia Católica, un breve ensayo titulado El juicio privado. En él reflexiona sobre la lectura de la Escritura y concluye que esta debe hacerse bajo la guía de un maestro. Al respecto aduce diversos ejemplos, como el del ministro etíope al que instruye el apóstol Felipe sobre la interpretación de Isaías. Pero su gran preocupación es la relación entre anglicanos y católicos. Vive un momento de incertidumbre y su mente se debate entre dudas. Ambas iglesias son muy similares y no ve razón para abandonar una y seguir otra. La disputa entre ambas no atañe a la doctrina, y Newman la compara a la que enfrentó a San Pablo con San Pedro en Antioquía. Las dos son depositarias de grandes virtudes, pero a su vez les acechan graves peligros: el cisma en el caso anglicano, la idolatría en el católico. Sin embargo, en el momento final se diría que censura con mayor dureza a los anglicanos, a quienes acusa de comportarse de manera arrogante con los seguidores de otras confesiones, en particular con los ortodoxos griegos y los católicos romanos[1]. El texto finaliza con un llamamiento a la unidad de los cristianos:

Todo el que desea la unidad y reza por ella, que busca aumentarla, da testimonio de ella y se comporta cristianamente con los miembros de las Iglesias distintas de la nuestra, que está en amistad con ellas (cumpliendo con su deber para con su propia comunión y para con la verdad), que intenta instruirlas mientras al mismo tiempo se instruye él y su gente, puede muy bien ser considerado -en lo que a él concierne- como alguien que rompe el muro de la división y renueva los antiguos lazos de unión y concordia mediante la fuerza de la caridad. La caridad lo puede todo por nosotros, es a la vez un espíritu de celo y de paz; por caridad protestaremos debidamente contra lo que nuestro juicio privado nos permite condenar en otros; y por caridad está en nuestras propias manos, por mucho que se opongan todos los hombres, restaurar en nuestro círculo la intercomunión de las iglesias.” (Ensayos críticos e históricos, Madrid, Encuentro, 2009, vol 2, p. 296)




[1] Newman, antes de su conversión, consideraba que la Iglesia Anglicana es católica al igual que la Romana

09 octubre 2012

A través de las tinieblas

Cardenal  Newman


A través de las tinieblas que me rodean
condúceme Tú, siempre más adelante.

La noche es oscura
y estoy lejos del hogar:
condúceme Tú, siempre  más adelante.

Guía mis pasos.
No puedo ver ya
lo que se dice ver allá abajo:
un solo paso cada vez
es bastante para mí.

Yo no he sido siempre así,
ni tampoco he rezado siempre
para  que Tú me condujeras.
Deseaba escoger y ver mi camino; pero ahora
condúceme Tú, siempre más adelante.
Ansiaba los días de gloria y, a pesar de los temores,
el orgullo dirigía mi querer.

¡Oh!, no te acuerdes de esos años que pasaron ya.
Tu poder me ha bendecido tan largamente
que aún sabrá conducirme siempre más adelante
por el llano y por los pantanos,
sobre la roca abrupta y el bramar del torrente,
hasta que la noche haya pasado
y me sonrían en la mañana
esas caras de ángeles,
que había amado hace tanto tiempo
y que durante una época perdí.

Condúceme Tú, siempre más adelante.

29 julio 2012

Jesús mío



John Henry Newman (Londres, 1801 – Birmingham, 1890) nació en el seno de una acomodada familia anglicana, cuya situación económica empeoró notablemente en el período de las guerras napoleónicas. Desde la niñez fue educado en el gusto por la lectura de la Biblia, pero no fue hasta  los quince años cuando experimentó una primera conversión bajo la influencia del ministro calvinista Walter Meyers, a quien califica como “excelente varón”, al evocar en 1864, ya sacerdote católico, aquellos años de formación (NEWMAN, J. H. Apologia pro vita sua, Madrid, Ciudadela, 2009, p. 37). Del calvinismo comenzó a separarlo poco después la admiración por Thomas Scott, en quien estimaba el celo por la búsqueda de la verdad. En  tanto, descubrió también a los Padres de la Iglesia y se interesó sobre todo por San Agustín y San Ambrosio. Al cumplir los veinte años de edad, estaba firmemente convencido de que el Papa era el anticristo de que hablan Daniel, San Pablo y San Juan (Apologia, p. 40). Es a partir de 1825 ya presbítero de la iglesia de Inglaterra y párroco en Oxford cuando, al descubrir el valor de la tradición y de la sucesión apostólica, comienza a aproximarse lentamente, durante mucho tiempo sin ser siquiera consciente de ello, al catolicismo.
Totalmente emancipado de la influencia calvinista, se adhiere al Movimiento de Oxford, un grupo ligado a la High Church[1], que pretendía una recuperación de las tradiciones eclesiásticas marginadas en un mundo progresivamente secularizado. La profundización en el estudio de los Padres de la Iglesia y de la tradición llevó finalmente a Newman hasta la iglesia Católica, de la que fue ordenado sacerdote en 1847, y en la que el papa León XIII le elevó a la dignidad cardenalicia (1879). Su ejemplo fue seguido por otros miembros del Movimiento de Oxford, entre ellos Henry Edward Manning, que también sería cardenal.
A continuación, insertamos una de sus oraciones.

Jesús mío, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que yo vaya, inunda mi alma con tu Espíritu y tu Vida; penetra en todo mi ser y toma posesión de tal manera, que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya.
Quédate en mi corazón con una unión tan íntima, que las almas que tengan contacto con la mía, puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme, olviden que yo existo y no piensen sino en Ti.
Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros.
Esa luz, oh Jesús, vendrá de Ti; ni uno solo de sus rayos será mío: yo te serviré apenas de instrumento para que Tú ilumines a las almas a través de mí.
Déjame alabarte en la forma que es más agradable, llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras en el camino de otras almas.
Déjame predicar tu Nombre con palabras o sin ellas... con mi ejemplo, con la fuerza de tu atracción, con la sobrenatural influencia evidentemente del amor que mi corazón siente por Ti.



[1] La iglesia de Inglaterra había surgido en el siglo XVI al negarse el rey Enrique VIII a reconocer la autoridad del Papa. En un principio se trató de un simple cisma en que se mantuvo la identidad de fe. Sin embargo, durante los reinados de Educardo VI y de Isabel I se admitieron ciertos principios calvinistas, lo que llevó a la aparición de dos tendencias: la Low Church, próxima al calvinismo, y la High Church, fiel a la ortodoxia católica.