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27 enero 2024

Reflexión sobre el Holocausto

Francisco Javier Bernad Morales

Con motivo de la celebración del Día de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto, quiero compartir con ustedes una breve reflexión sobre aquel acontecimiento.

El nazismo, como toda ideología racista, se fundamenta en la convicción de que la especie humana se divide en razas dotadas por naturaleza de capacidades y aptitudes diferentes, lo que permite jerarquizarlas. Según esta visión, ampliamente compartida por los europeos y los eurodescendientes, a los blancos puros les correspondería el grado más alto de desarrollo racional y moral, en tanto que el resto de los pueblos se hallarían más próximos a la animalidad, sujetos a impulsos y pasiones que difícilmente alcanzan a controlar. De esta manera se justificaban las pretensiones de dominio sobre los territorios eslavos, cuyas poblaciones se suponían mezcladas con elementos asiáticos. Sin embargo, la visión nacionalsocialista de los judíos va más allá de lo que podríamos denominar racismo clásico. Para Hitler los judíos, según expone en Mein Kampf, no constituyen meramente una raza inferior, sino que, en una concepción totalmente maniquea, son el reverso del ario. Mientras que este encarna las fuerzas luminosas y creativas, el judío es el elemento oscuro y destructor, que se enfrenta con el primero en un combate escatológico que solo puede concluir con la destrucción de uno de ellos. El judío, por su propia naturaleza, sin que en ello intervenga su voluntad, segregaría, del mismo modo que los microorganismos producen toxinas, los elementos disgregadores de la sociedad. La lista de estos es amplia y contradictoria. Incluye el igualitarismo, la compasión, el feminismo, la democracia, la pornografía, la prostitución, la homosexualidad, el capitalismo financiero, el socialismo, y también, aunque eso a menudo se ocultara de cara al exterior, el cristianismo. Todos ellos serían fruto de la naturaleza del judío como la peste lo es de la bacteria Yersinia pestis. Por eso el trato dado a los judíos es distinto. Mientras que el Generalplan Ost contempla, mediante la muerte y la deportación, una drástica reducción del número de eslavos y la ocupación de sus tierras por colonos arios; para los judíos no se prevé otra cosa que la aniquilación total. La derrota de Alemania fue vivida por el núcleo nazi más ideologizado como el triunfo del mal. Así lo sintieron el ministro de Propaganda Joseph Goebbels y su esposa Magda, hasta el extremo de que envenenaron a sus seis hijos antes de suicidarse. Como ella había escrito pocos días antes del crimen: «Nuestra magnífica idea se hunde, y con ella todo lo hermoso, admirable, noble y bueno que he conocido en mi vida. Vivir en el mundo que viene después del Führer y del nacionalsocialismo ya no vale la pena» (Carta de Magda Goebbels a Harald Quandt, 28 de abril de 1945).

23 enero 2024

Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto

El próximo sábado recordamos a las víctimas del Holocausto, el intento de exterminio del pueblo judío llevado a cabo por el régimen nacionalsocialista alemán. Rogamos a todos que las tengan presentes en sus oraciones y pidan al Señor que nos ilumine para que nunca más los seres humanos permitamos que algo así llegue a suceder





27 enero 2023

Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto

Desde 2005, el 27 de enero se celebra, por iniciativa de la Asamblea General de la ONU, el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto. Queremos así mantener vivo el recuerdo de todos los que cayeron víctimas del intento de exterminio del pueblo judío perpetrado por el régimen nazi. Su asesinato fue la consecuencia de la llegada al poder de un partido, el Partido Nacionalsocialista Alemán, cuya ideología se nutría de racismo y desprecio por los débiles. Desde la aprobación en 1935 de las Leyes de Núremberg, se consideró judío a todo aquel cuyos abuelos hubieran profesado la religión judía, aunque él personalmente pudiera ser cristiano, agnóstico o ateo. No se le acusaba de nada que él hubiera hecho o dicho, sino que, en virtud de algo que fueron sus abuelos, nacía condenado primero a la marginación y, tras la Conferencia de Wansee en enero de 1942, a muerte. Muchos otros colectivos sufrieron la persecución: gitanos, eslavos, testigos de Jehová, enfermos mentales, ciertos grupos de enfermos crónicos, niños con problemas graves de desarrollo, opositores políticos, republicanos españoles, homosexuales... A todos ellos debemos tenerlos presentes, porque solo el conocimiento de lo ocurrido nos ayudará a impedir que el infierno vuelva a desatarse. Basta una mirada al mundo para comprender que lo que pasó puede suceder de nuevo y que aquella tragedia, de repetirse, no lo hará como farsa. En nuestras manos está, con la ayuda del Señor, que el odio no tenga la última palabra.

Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto

01 marzo 2015

El primer hereje (I)

Francisco Javier Bernad Morales

Aunque ya he tratado sobre Marción (ca 100 d.C.- ca 165) en este blog, me ocupo nuevamente de él tras la lectura del excelente estudio que le dedica el teólogo alemán Sebastian Moll[1]. Combate este, de manera muy documentada, la tradicional interpretación de Adolf von Harnack, según la cual, el famoso hereje vendría a ser un precursor de la Reforma. A juicio de Moll, lo que hace Harnack no es otra cosa que proyectar hacia el pasado su propio rechazo de las raíces judías del cristianismo y, para conseguirlo, pasa por alto importantes aspectos de la doctrina marcionita.

Marción, puntualiza Moll, no rechaza el Tanaj, nuestro Antiguo Testamento, sino que lo erige en la piedra de toque con la que esclarecer lo que hay de auténtico en el Nuevo. Marción hace una lectura literal de aquel y lo acepta como verdadero. Es la revelación del Dios malvado que ha creado el mundo. No cabe, por tanto, pensar que en Cristo, el Mesías enviado por el Dios bueno, se cumplan sus profecías. Al contrario, para hallar el genuino mensaje cristiano, se hace preciso expurgar el Evangelio de todos los añadidos judaizantes introducidos por Pedro, Juan y Santiago. Para ello hay que examinarlo en relación con el Antiguo Testamento y rechazar todo aquello en que concuerde. Elabora con este método un canon extremadamente reducido compuesto por el Evangelio de Lucas y determinadas epístolas de Pablo: Gálatas, Primera y Segunda a los corintios, Romanos, Primera y Segunda a los tesalonicenses, Efesios, Colosenses, Filipenses y Filemón. Pero ni siquiera admite estos textos en su integridad, ya que suprime en ellos todo lo que le suena a interpolación judía. Así, por poner algunos ejemplos, los dos últimos capítulos de Romanos o, en el Evangelio de Lucas, todo lo concerniente al nacimiento e infancia de Cristo, al Bautista, la genealogía de Cristo, sus tentaciones, algunos episodios de la predicación en Galilea, las referencias al Dios Creador y al juicio y, en fin, muchas otras cuya enumeración sobrecargaría en extremo este artículo.

Indica Moll que Marción detesta de modo radical la Creación y odia ferozmente a su autor. En consecuencia, predica la abstención de todo lo mundano, pero no al modo de los ascetas, en tanto que procedimiento de purificación, sino como expresión de resentimiento y como modo de lucha contra el Creador. Es significativo que en su interpretación del milagro de la hemorroísa, no achaque la curación a la compasión de Jesús por la enferma, sino a su deseo de quebrantar la ley que prohíbe el contacto con una mujer impura. Llegamos así a la paradoja de que quien denuncia la inhumanidad de la ley de Moisés, en su opinión fruto de una mente malvada que impone a los humanos preceptos imposibles de cumplir, exija a sus seguidores que se abstengan absolutamente de las relaciones sexuales, para así desobedecer el mandato de “Creced y multiplicaos”. Asimismo, la amplia presencia de los sacrificios animales en el Antiguo Testamento, le llevará, en otro acto consciente de rebeldía, a una total prohibición de la carne.



[1] MOLL, Sebatian, Marción, el primer hereje, Salamanca, Sígueme, 2014. Primera edición en alemán Tübingen 2010.

03 febrero 2014

Vasili Grossman

Francisco Javier Bernad Morales

Ha aparecido recientemente en nuestro país un volumen de relatos de Vasili Grossman, bajo el título de Eterno reposo y otras narraciones[1]. En él, al igual que en sus grandes novelas, se muestra el autor como un atento observador del alma humana, sin que la brevedad represente un obstáculo que le impida sondear los más tenebrosos abismos. Tiene Grossman una sorprendente capacidad para introducirse en la mente de sus personajes y mostrarnos de una manera creíble y, por tanto, estremecedora sus más íntimos deseos y pensamientos. Así, sin que nada suene a falso, puede conducirnos, como hizo en Vida y destino, al interior de una cámara de gas o, como ocurre en Abel, incluido en el volumen que nos ocupa, hacernos volar junto a los encargados de lanzar sobre una ciudad enemiga una bomba atómica. Su obra no está poblada de figurones, sino de seres humanos auténticos, complejos y, a menudo, contradictorios, forjados en el sufrimiento y en el contacto con la arbitrariedad del destino.

No hay en Grossman referencias religiosas. Sin embargo, al leerle sentimos que pocos como él han sido capaces de captar al prójimo como un ser humano provisto de rostro, por utilizar la plástica expresión de Emmanuel Levinas. No una abstracción, un epifenómeno de la humanidad o una mera manifestación de las ideas del autor, sino un hombre o una mujer concretos y, por ello, iguales a nosotros y a la vez irremediablemente distintos. Por eso, la lectura puede herirnos en lo más profundo. Se trata, sin duda, de un don, de una innata aptitud para la empatía, pero esta ha sido modulada por una experiencia vital tan rica como dolorosa, en que una y otra vez se ha hecho presente el horror.

Nacido en 1905 en la ciudad ucraniana de Berdichev, de una familia judía, Grossman será testigo de la terrible hambruna provocada por la campaña de deskulakización[2]  a comienzos de los años treinta, una experiencia que se refleja en Todo fluye. Luego, como corresponsal de guerra cubrió algunas de las más duras batallas, entre ellas Stalingrado, en la que se centra Vida y destino. Fue tras la liberación de Kiev, cuando al visitar Berdichev, con la esperanza de hallar a su madre, encontró que esta había sido asesinada junto a otros treinta y cinco mil judíos por los Einsatzgruppen[3]. Más adelante, acompañando al victorioso ejército soviético, será uno de los primeros en visitar los campos de exterminio e informar de lo ocurrido en ellos. Fue también testigo de los últimos combates en Berlín, sobre los que escribió un original relato, en que cuenta la caída de la ciudad a través de la figura de un anciano guardián del zoo[4].  Las vivencias de estos años quedan plasmadas no solo en las obras citadas, sino también en multitud de artículos y en el Libro negro que firma conjuntamente con Ilya Ehrenburg. Termina la guerra cubierto de condecoraciones, pero estas no impiden que pronto comiencen las dificultades. Su firme compromiso con la verdad y la justicia no encajan en las directrices marcadas desde el poder para la literatura, en tanto que su condición de judío lo convierte en doblemente sospechoso ante las autoridades. Son años en que en la URSS revive un antiguo antisemitismo. Morirá en 1964, convencido de que su gran obra Vida y destino jamás será publicada[5].

Grossman no es solo un gran escritor, sino también un hombre honrado. Ha visto el horror, incluso su madre ha caído asesinada, pero jamás culpa al pueblo alemán de manera colectiva por lo ocurrido. Incluso denuncia las atrocidades cometidas por el ejército soviético sobre la población civil durante la ofensiva y la ocupación. Y también en este caso su acusación dista de ser general. Se dirige contra ciertos oficiales, contra ciertos soldados. En definitiva, la culpa es de quien comete el crimen. Parece algo tan obvio que en principio nos sentimos inclinados a mostrar nuestro acuerdo. Y sin embargo no lo es. Uno destroza el cráneo de un niño con el fusil y otro viola a una adolescente, pero junto a ellos hay otros que no participan en la acción y que, sin embargo, por un falso sentido de la camaradería o por resentimiento, por miedo o timidez no defienden a las víctimas. Miran hacia otro lado y ahogan su conciencia en vanos razonamientos o en alcohol. Hay también unos mandos que cuando no alientan, al menos toleran ese tipo de conductas. Ni unos ni otros escapan a la escrutadora mirada de Grossman, quien denuncia a todos por igual. Sin embargo, eso no le hace olvidar que en uno y otro bando hay, sea cual sea su número, inocentes. Quizá ese viejo empleado del zoo de Berlín. Un pobre hombre si se quiere, pero en él se salva Alemania. Su existencia testimonia que incluso allí no todos son culpables.

Pero lo que quizá resulte más inquietante sea que Grossman señala también la frágil frontera que separa a los criminales de la gente decente. Quizá, viene a decirnos, si no hemos cometido una infamia, haya sido porque el tentador no nos ha tocado en nuestro punto débil. Víktor Pávlovich Shtrum, en Vida y destino, aguanta todo tipo de presiones. Físico entregado a investigaciones de vanguardia, su trabajo no es bien visto por el Partido[6]. Su fortaleza impresiona a sus ayudantes, pero un día suena el teléfono. Stalin al otro lado de la línea le felicita y le anima a continuar. A partir de ese momento todo cambia. Ya no es un marginado. Los compañeros que antes le rehuían, ahora lo buscan y lo alaban. Él, que lo ha resistido todo, cede ante la adulación y firma una carta colectiva en la que se denuncia a otros científicos a quienes sabe inocentes.

Sin embargo, el propio Grossman da testimonio con su vida de que la resistencia es posible. En 1955, el mariscal Klíment Voroshílov le pide que se afilie al Partido Comunista, y él se niega. Al contrario que su personaje, elige el ostracismo interior, la dolorosa posibilidad de convertirse en un escritor sin lectores.





[1] GROSSMAN, Vasili, Eterno reposo y otras narraciones. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013, 245 p.
[2] Campaña desarrollada entre 1929 y 1932 para eliminar a los kulaks (campesinos ricos) e imponer la colectivización en el campo.
[3] Escuadrones itinerantes de ejecución integrados en su mayor parte por miembros de las SS.
[4] Tiergarten. Incluido en el volumen Eterno descanso y otras narraciones.
[5] Vida y destino fue publicada en 1980 en Suiza, gracias a una operación llevada a cabo por una red de disidentes soviéticos, de la que formaba parte Andrei Sajarov, quien se había encargado de fotografiar un borrador. En la Unión Soviética apareció en 1988, ya en tiempos de Gorbachov.
[6] La Fisica moderna había sido condenada como idealista por Lenin en su obra Materialismo y empiriocriticismo (1908). Solo muy avanzada la II Guerra Mundial, cuando se hizo perceptible la ventaja de los Estados Unidos en la investigación armamentística, la Unión Soviética intentó recuperar el tiempo perdido. En este marco es en el que se inscribe el episodio de la marginación y rehabilitación de Shtrum.

13 septiembre 2013

Carta del Papa Francisco a Eugenio Scalfari

Reproducimos la carta enviada por el Papa Francisco a Eugenio Scalfari, director de La Reppublica, que, a nuestro modo de ver, constituye un modelo de cómo debe abordarse un diálogo serio con los no creyentes. Pese a su extensión, hemos considerado necesario no extractarla a fin de conservar toda la riqueza de su contenido. Tampoco nos ha parecido oportuno dividirla en sucesivas entregas, pues eso habría dificultado una adecuada comprensión. 

Apreciado doctor Scalfari: Es con profunda cordialidad que al menos a grandes líneas quisiera tratar de responder a la carta en que, desde las páginas de La Repubblica, se ha querido dirigir a mí el 7 de julio con una serie de reflexiones personales, que luego ha enriquecido en las páginas del mismo diario el 7 de agosto. Le agradezco, en primer lugar, la atención con la que leyó la encíclica Lumen Fidei.

La cual en la intención de mi amado predecesor, Benedicto XVI, que la concibió y escribió en gran parte, y que con gratitud, heredé, se dirige no solo a confirmar en la fe en Jesucristo a aquellos que en aquella ya se reconocen, sino también para despertar un diálogo sincero y riguroso con quien, como usted, se define "un no creyente por muchos años, interesado y fascinado por la predicación de Jesús de Nazaret".

Por lo tanto, creo que es muy positivo, no solo para nosotros individualmente, sino también para la sociedad en la que vivimos, detenernos para dialogar de algo tan importante como es la fe, que se refiere a la predicación y a la figura de Jesús. Creo que hay, en particular, dos circunstancias que hacen que este diálogo sea hoy sea un deber y algo valioso.

Como se sabe, uno de los principales objetivos del Concilio Vaticano II, querido por el papa Juan XXIII y por el ministerio de los papas, es la sensibilidad y contribución que cada uno desde entonces hasta ahora ha dado según el patrón establecido por el Concilio. La primera de las circunstancias --como se recuerda en las páginas iniciales de la Encíclica-- deriva del hecho que a lo largo de los siglos de la modernidad, se produjo una paradoja: la fe cristiana, cuya novedad e incidencia sobre la vida del hombre desde el principio han sido expresados precisamente a través del símbolo de la luz, a menudo ha sido calificada como la oscuridad de la superstición que se opone a la luz de la razón. Así entre la Iglesia y la cultura de inspiración cristiana, por una parte, y la cultura moderna de carácter ilustrado, por la otra, se ha llegado a la incomunicación. Ahora ha llegado el momento, y el Vaticano II ha inaugurado justamente la estación, de un diálogo abierto y sin prejuicios que vuelva a abrir las puertas para un serio y fructífero encuentro.

La segunda circunstancia, para quien busca ser fiel al don de seguir a Jesús en la luz de la fe, viene del hecho de que este diálogo no es un accesorio secundario de la existencia del creyente: es en cambio una expresión íntima e indispensable. Permítame citarle una afirmación en mi opinión muy importante de la Encíclica: visto que la verdad testimoniada por la fe es aquella del amor -subraya-- «está claro que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; por el contrario, la verdad lo hace humilde, consciente de que, más que poseerla nosotros, es ella la que nos abraza y nos posee. Lejos de ponernos rígidos, la seguridad de la fe nos pone en camino, y hace posible el testimonio y el diálogo con todos» ( n. 34 ). Este es el espíritu que anima las palabras que le escribo.

La fe, para mí, nace de un encuentro con Jesús. Un encuentro personal, que ha tocado mi corazón y ha dado una dirección y un nuevo sentido a mi existencia. Pero al mismo tiempo es un encuentro que fue posible gracias a la comunidad de fe en la que viví y gracias a la cual encontré el acceso a la sabiduría de la Sagrada Escritura, a la vida nueva que como agua brota de Jesús a través de los sacramentos, de la fraternidad con todos y del servicio a los pobres, imagen verdadera del Señor.

Sin la Iglesia -créame--, no habría sido capaz de encontrar a Jesús , mismo siendo consciente de que el inmenso don que es la fe se conserva en las frágiles odres de barro de nuestra humanidad. Y es aquí precisamente, a partir de esta experiencia personal de fe vivida en la Iglesia, que me siento cómodo al escuchar sus preguntas y en buscar, junto con usted, el camino a través del cual podamos, quizás, comenzar a hacer una parte del camino juntos.

Perdóneme si no sigo paso a paso los argumentos propuestos por usted en el editorial del 7 de julio. A mí me parece más fructífero -o por lo menos es más agradable para mí- ir de una determinada manera al corazón de sus consideraciones. No entro ni siquiera en el modo de exposición seguida por la encíclica, en la que usted advierte la falta de una sección dedicada específicamente a la experiencia histórica de Jesús de Nazaret.

Observo únicamente, para empezar, que un análisis de este tipo no es secundario. Se trata de hecho, siguiendo después la lógica que guía el desarrollo de la encíclica, de centrar la atención sobre el significado de lo que Jesús dijo e hizo, y así, en última instancia, de lo que Jesús fue y es para nosotros. Las cartas de Pablo y el evangelio de Juan, a los que se hace especial referencia en la Encíclica, se construyen, de hecho, en el sólido fundamento del ministerio mesiánico de Jesús de Nazaret, que llegan a su auge resolutivo en la pascua de muerte y resurrección. Así es que, es necesario confrontarse con Jesús, diría yo, en la realidad y la rudeza de su historia, así como se nos relata sobre todo en el Evangelio más antiguo, el de Marcos.

Observamos entonces que el «escándalo» que la palabra y la práctica de Jesús causan alrededor de él, derivan de su extraordinaria «autoridad»: una palabra, esta, atestiguada desde el Evangelio de Marcos, pero que no es fácil reportar bien en italiano. La palabra griega es «exousia», que literalmente se refiere a lo que «viene del ser», de lo que es. No se trata de algo externo o forzado, sino de algo que emana de su interior y que se impone por sí mismo. Jesús realmente golpea, confunde, innova --como él mismo dice-- a partir de su relación con Dios, llamado familiarmente Abbà, lo que le da a esta «autoridad» para que él la emplee a favor de los hombres.

Así, Jesús predica «como quien tiene autoridad», cura, llama a sus discípulos a seguirle, perdona... cosas todas que en el Antiguo Testamento, son de Dios y solo de Dios. La pregunta que más retorna en el Evangelio de Marcos es: «¿Quién es este que ...?» , y que tiene que ver con la identidad de Jesús, nace de la constatación de una autoridad diferente a la del mundo, una autoridad que no tiene la intención de ejercer el poder sobre los demás, sino para servir , para darles la libertad y la plenitud de la vida. Y esto al punto de jugarse la propia vida, hasta experimentar la incomprensión, la traición, el rechazo; hasta ser condenado a muerte, hasta caer en el estado de abandono sobre la cruz.

Pero Jesús se mantuvo fiel a Dios hasta el final. Y es precisamente entonces --como exclama el centurión romano al pie de la cruz, en el Evangelio de Marcos--, cuando Jesús se muestra, paradójicamente, ¡como el Hijo de Dios! Hijo de un Dios que es amor y que quiere, con todo su ser, que el hombre, cada hombre, se descubra y viva también él como su verdadero hijo. Esto, para la fe cristiana, está certificado por el hecho de que Jesús ha resucitado: no para demostrar el triunfo sobre aquellos que lo han rechazado, sino para dar fe de que el amor de Dios es más fuerte que la muerte, que el perdón de Dios es más fuerte que todo pecado, y que vale la pena emplear la propia vida, hasta el final, para dar testimonio de este gran regalo.

La fe cristiana cree que esto: que Jesús es el Hijo de Dios que vino a dar su vida para abrir a todos el camino del amor. Por lo tanto tiene razón, querido doctor Scalfari, cuando ve en la encarnación del Hijo de Dios la piedra angular de la fe cristiana. Tertuliano escribía: «caro cardo salutis», la carne (de Cristo) es la base de la salvación. Porque la Encarnación, es decir, el hecho de que el Hijo de Dios haya venido en nuestra carne y haya compartido alegrías y tristezas, triunfos y derrotas de nuestra existencia, hasta el grito de la cruz, experimentando todo en el amor y en la fidelidad al Abbà, testimonia el increíble amor que Dios tiene respecto a cada hombre, el valor inestimable que le reconoce. Cada uno de nosotros, por lo tanto, está llamado a hacer suya la mirada y la elección del amor de Jesús, para entrar en su manera de ser, de pensar y de actuar. Esta es la fe, con todas las expresiones que se describen puntualmente en la encíclica.

Siempre en el editorial del 7 de julio, usted me pregunta también cómo entender la originalidad de la fe cristiana, ya que esta se basa precisamente en la Encarnación del Hijo de Dios, en comparación con otras creencias que giran en torno a la absoluta trascendencia de Dios. La originalidad, diría yo, radica en el hecho de que la fe nos hace partícipes, en Jesús, en la relación que Él tiene con Dios, que es Abbà y, de este modo, en la relación que Él tiene con todos los demás hombres, incluidos los enemigos, en signo del amor.

En otras palabras, la filiación de Jesús, como ella se presenta a la fe cristiana, no se reveló para marcar una separación insuperable entre Jesús y todos los demás: sino para decirnos que, en Él, todos estamos llamados a ser hijos del único Padre y hermanos entre nosotros. La singularidad de Jesús es para la comunicación, y no para la exclusión. Por cierto, de aquello se deduce también -y no es poca cosa-, aquella distinción entre la esfera religiosa y la esfera política, que está consagrado en el «dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César», afirmada claramente por Jesús y en la que, con gran trabajo, se ha construido la historia de Occidente.

La Iglesia, por lo tanto, está llamada a diseminar la levadura y la sal del Evangelio, y por lo tanto, el amor y la misericordia de Dios que llega a todos los hombres, apuntando a la meta ultraterrena y definitiva de nuestro destino, mientras que a la sociedad civil y política le toca la difícil tarea de articular y encarnar en la justicia y en la solidaridad, en el derecho y en la paz, una vida cada vez más humana. Para los que viven la fe cristiana, eso no significa escapar del mundo o de la investigación de cualquier hegemonía, pero al servicio de la humanidad, a todo el hombre y a todos los hombres, a partir de la periferia de la historia y suscitando el sentido de la esperanza que impulsa a hacer el bien a pesar de todo y mirando siempre más allá.

Usted me pregunta también, al término de su primer artículo, qué debemos decirle a nuestros hermanos judíos sobre la promesa hecha a ellos por Dios: ¿acaso quedó en el vacío? Es esta-créame- una pregunta que nos desafía radicalmente, como cristianos, ya que con la ayuda de Dios, especialmente a partir del Concilio Vaticano II, hemos descubierto que el pueblo judío sigue siendo para nosotros, la raíz santa de la que germinó Jesús. También yo, en la amistad que he cultivado a lo largo de todos estos años con nuestros hermanos judíos, en Argentina, muchas veces me cuestioné ante Dios en la oración, sobre todo cuando la mente se iba al recuerdo de la terrible experiencia de la Shoá. Lo que puedo decirle, con el apóstol Pablo, es que nunca ha fallado la fidelidad de Dios a su alianza con Israel y que, a través de las pruebas terribles de estos siglos, los judíos han conservado su fe en Dios. Y por esto, con ellos nunca seremos lo suficientemente agradecidos como Iglesia, sino también como humanidad. Ellos justamente perseverando en la fe en el Dios de la Alianza los invitan a todos, también a nosotros cristianos, al estar siempre a la espera, como los peregrinos, del regreso del Señor y que por lo tanto, siempre debemos estar abiertos a Él y nunca cerrarnos ante lo que ya hemos alcanzado.

Llego así a las tres preguntas que me pone en el artículo del 7 de agosto. Me parece que, en los dos primeros, lo que su corazón quiere es entender la actitud de la Iglesia hacia los que no comparten la fe de Jesús.

En primer lugar, me pregunta si el Dios de los cristianos perdona a los que no creen y no buscan la fe. Teniendo en cuenta que -y es la clave- la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a Él con un corazón sincero y contrito, la cuestión para quienes no creen en Dios es la de obedecer a su propia conciencia. El pecado, aún para los que no tienen fe, existe cuando se va contra la conciencia. Escuchar y obedecerla significa de hecho, decidir ante lo que se percibe como bueno o como malo. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestras acciones.

En segundo lugar, usted me pregunta si el pensamiento según el cual no existe ningún absoluto, y por lo tanto ninguna verdad absoluta, sino solo una serie de verdades relativas y subjetivas, se trata de un error o de un pecado. Para empezar, yo no hablaría, ni siquiera para quien cree, de una verdad «absoluta», en el sentido de que absoluto es aquello que está desatado, es decir, que sin ningún tipo de relación. Ahora, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Cristo Jesús. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación! A tal punto que cada uno de nosotros la toma, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc. Esto no quiere decir que la verdad es subjetiva y variable, ni mucho menos. Pero sí significa que se nos da siempre y únicamente como un camino y una vida. ¿No lo dijo acaso el mismo Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»? En otras palabras, la verdad es en definitiva todo un uno con el amor, requiere la humildad y la apertura para ser encontrada, acogida y expresada. Por lo tanto, hay que entender bien las condiciones y, quizás, para salir de los confines de una contraposición absoluta, replantear en profundidad el tema. Creo que esto es hoy una necesidad imperiosa para entablar aquel diálogo pacífico y constructivo que deseaba desde el comienzo de esta mi opinión.

En la última pregunta me interroga si, con la desaparición del hombre sobre la tierra, desaparecerá también el pensamiento capaz de pensar en Dios. Es verdad, la grandeza del hombre está en ser capaz de pensar en Dios. Y por lo tanto, en el poder vivir una relación consciente y responsable con Él.

Pero la relación es entre dos realidades. Dios -este es mi pensamiento y esta es mi experiencia, ¡y cuántos, ayer y hoy lo comparten!-, no es una idea, aunque sea un alto fruto del resultado del pensamiento del hombre. Dios es una realidad con la «R» mayúscula. Jesús lo revela -y tiene una relación viva con Él-, como un Padre de infinita bondad y misericordia. Dios no depende, por lo tanto, de nuestra forma de pensar. Y de otro lado, mismo cuanto terminará la vida del hombre sobre la tierra -y para la fe cristiana de todos modos, este mundo así como lo conocemos está destinado a tener un fin- el hombre no acabará de existir, y en una manera que nosotros no conocemos, tampoco el universo que fue creado con él. La Escritura habla de «cielos nuevos y tierra nueva» y afirma que, al final, en el dónde y en el cuándo, que está más allá de nosotros, pero hacia el cual, en la fe tendemos con deseo y espera, Dios será «todo en todos».
Estimado doctor Scalfari, concluyo así mis reflexiones, suscitadas por lo que ha querido decirme y preguntarme. Acójalas como una respuesta tentativa y provisional, pero sincera y confiada, con la invitación que le hice de andar una parte del camino juntos. La Iglesia, créame, a pesar de todos los retrasos, infidelidades, errores y pecados que haya cometido y todavía pueda cometer en los que la componen, no tiene otro sentido ni propósito que no sea vivir y dar testimonio de Jesús: Él que fue enviado por el Abbà «para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc. 4, 18-19).

Con fraternal cercanía,

Francesco

09 julio 2013

Oración de Juan Pablo II en el Muro Occidental

El 26 de marzo de 2000, durante una visita a Israel, el papa Juan Pablo II, cuya canonización se anuncia próxima, en un gesto tan emotivo como elocuente, depositó esta oración en el Kotel, el Muro Occidental del Templo. Desde aquí nos unimos a ella y expresamos nuestro deseo de fraternidad con el pueblo de la Alianza.

Dios de nuestros padres, tú has elegido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre fuera dado a conocer a las naciones: nos duele profundamente el comportamiento de cuantos, en el curso de la historia, han hecho sufrir a estos tus hijos; y, a la vez que te pedimos perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la Alianza. Por Cristo Nuestro Señor:

Joannes Paulus II


09 junio 2013

El paganismo en el Imperio Romano (VI)

Francisco Javier Bernad Morales

El asesinato de Cómodo (192), víctima de un conspiración en que participó su amante Marcia[1], sumió al Imperio en una compleja  guerra civil que en muchos aspectos recuerda la experimentada en el año 69. La similitud entre ambas situaciones  aumenta, si consideramos que en el año anterior un gran incendio, como ya ocurriera bajo Nerón, había destruido parte de Roma, incluidos importantes templos. En pocos meses ocuparon el poder Pertinax, Didio Juliano, Clodio Albino, Pescenio Niger y, finalmente, Septimio Severo. La sucesión de rebeliones militares, no solo convirtió a Roma de nuevo en escenario de combates, sino que el pueblo hubo incluso de asistir atónito a la vergonzosa subasta del trono por la guardia pretoriana.  Tenemos, por otra parte constancia de un amplio descontento campesino que había estallado ya en el año 172 en sublevaciones abiertas en Egipto y Mauritania[2]. El restablecimiento del orden, por supuesto, no implicó un retorno al pasado. Aunque Septimio Severo y sus inmediatos sucesores se presentan en la propaganda como Dominus benéficos hondamente preocupados por los humildes e invocan a la Providencia divina, de la que se consideran un reflejo; movimientos místicos y nuevas religiones procedentes de Oriente, experimentan un avance imparable. Vario Avito Bassiano antes de acceder al Imperio (218) había sido en Emesa (actual Homs en Siria) sacerdote de la divinidad local El-Gabal (de ahí que se le conozca como Heliogábalo). Una vez en el poder intentó que el culto de este dios, cuyo nombre latinizó como Sol Invictus, reemplazara al de Júpiter. Él mismo, según la Historia Augusta, se hizo circuncidar y se casó con una vestal en la creencia de que de tal unión nacerían hijos semejantes a dioses[3]. Si estas informaciones son fiables, nos encontraríamos ante un caso complejo de sincretismo religioso. Si bien su comportamiento extravagante lo enemistó con el Senado y con los pretorianos, quienes, instigados al parecer por su propia abuela Julia Mesa, terminaron por asesinarlo, el nuevo dios le sobrevivió y, a menudo identificado con Mitra, terminó por convertirse en uno de los preferidos por el ejército.

No fue este el único culto oriental de amplia difusión. Junto a él es preciso recordar el de Isis, la diosa egipcia que con artes mágicas habría resucitado a su hermano y esposo Osiris, y también el de la frigia Cibeles, cuyos sacerdotes se castraban siguiendo el ejemplo de Atis, quien de esta forma había asegurado su renacer cada primavera[4].

Estas religiones, si bien en ocasiones se enfrentaban entre sí, tenían en común la aceptación del resto de los dioses, pues participaban del carácter inmanentista del paganismo a que me he referido en anteriores ocasiones. Sus dioses no estaban separados de la naturaleza, sino que formaban parte de ella y, por tanto, no se excluían los unos a los otros, sino que podían identificarse o jerarquizarse con arreglo a diferentes sistemas. En suma, todo lo existente participaba de la divinidad. No era este, en cambio, el caso del judaísmo y del cristianismo, ambos fuertemente impregnados del sentimiento de la trascendencia divina, por más que en esta época ya se hubieran separado claramente el uno del otro y se dirigieran a un abierto enfrentamiento. El judaísmo, tras las derrotas militares frente a Roma, parece en estos tiempos entregado a la introspección, centrado en la recopilación de la Misná y de la Guemará[5], y alejado de todo intento de proselitismo; por el contrario, el cristianismo se lanza con fuerza a disputar a las nuevas formas del paganismo la conciencia de los gentiles.




[1] Tradicionalmente, Marcia ha sido considerada cristiana. Una buena discusión de las fuentes sobre Marcia y en general sobre los cristianos en el entorno de Cómodo, en ESPINOSA, Urbano, “Cómodo y los cristianos: lectura política de las fuentes”, Gerión, 13, 1995, p. 127-140. Universidad Complutense de Madrid.
[2] RÉMONDON, Roger, La crisis del Imperio Romano de Marco Aurelio a Anastasio, Barcelona, Labor, 1979, p. 20. Las provincias romanas de Mauritania Tingitana y Mauritania Cesariana correspondían al norte Marruecos y noroeste de Argelia.
[3] Las vestales eran sacerdotisas de Vesta obligadas a mantener la virginidad.
[4] Orígenes (185-254), uno de los grandes teólogos de los primeros tiempos del cristianismo, muerto a consecuencia de los tormentos sufridos durante la persecución de Decio, se había autoemasculado en un arrebato religioso durante la juventud.
[5] La Misná, recopilación de la ley oral, y la Guemará, comentarios y discusiones de los sabios, constituyen unidos el Talmud. En realidad no hay un Talmud, sino dos: el de Jerusalén y el de Babilonia. Ambos coinciden en la Misná, pero difieren en la Guemará.

05 junio 2013

El paganismo en el Imperio Romano (V)

Francisco Javier Bernad Morales

Tras la dura prueba del año 69, se inicia, sin embargo, un largo período de estabilidad apenas turbado por el asesinato de Domiciano (96), posiblemente consecuencia de sus malas relaciones con el Senado, a muchos de cuyos miembros, según Suetonio, había hecho ejecutar[1]. Bajo Trajano se reanudó incluso la expansión exterior, con la conquista de Dacia y la anexión del reino Nabateo, convertido en la provincia de Arabia Pétrea. Con todo, lo que podía haber sido su mayor logro, la ocupación de Mesopotamia, se reveló un triunfo efímero, ya que este territorio, cuya defensa hubiera resultado extremadamente costosa, fue abandonado tras su muerte. Le sucedió su sobrino Adriano, un hombre profundamente imbuido de la filosofía estoica, amigo de Epicteto, quien intentó, como en otro tiempo Antíoco IV Epífanes, la helenización forzosa de los judíos, con lo que desencadenó la sublevación encabezada por Bar Kochba (132-135), quien fue reconocido como mesías por Rabí Akiva[2]. La guerra terminó, como ya señalé en una entrega anterior, con una nueva derrota judía y con la reorganización de Judea, Samaria y Galilea en una nueva provincia a la que se dio el nombre de Palestina, evocador de los antiguos filisteos. Se pretendía así, y con la conversión de Jerusalén en la ciudad romana de Aelia Capitolina, borrar incluso el recuerdo de la presencia judía. La victoria romana había sido, sin embargo, extraordinariamente difícil, pues había obligado a desplazar legiones desde puntos tan alejados como la frontera danubiana e incluso Britania[3]. Habría contado además, según Dión Casio, con el apoyo no solo de los judíos de la diáspora, sino de numerosos gentiles[4]. Ignoramos a quiénes puede referirse esta última afirmación, ¿conversos al monoteísmo o simples víctimas del orden impuesto por Roma: clases inferiores, pueblos sometidos? 

Tenemos otros datos que permiten intuir la extensión del monoteísmo, en este caso en su vertiente cristiana, en las ciudades, y el rechazo que suscitaba entre quienes se mantenían fieles al paganismo. Así, bajo Marco Aurelio, emperador desde el  161 hasta el 180, se sucedieron ataques populares contra las comunidades cristianas de Asia Menor y en Roma sufrió martirio San Justino. Es posiblemente exagerado calificar, como hacía la hagiografía tradicional, estos hechos como una persecución, dado que no parece existir tras ellos una firme determinación oficial de erradicar el cristianismo. Más bien se trataría de movimientos locales poco coordinados. En cualquier caso, la negativa de cristianos y judíos a adorar al emperador, no podía sino suscitar hostilidad entre sus vecinos paganos. Máxime en un momento en que los peligros se multiplicaban: presión de los partos en oriente y de los germanos en el Danubio, epidemias de peste, empobrecimiento de los campesinos que, desposeídos de sus tierras emigran a las ciudades, disminución de la producción agrícola y problemas de abastecimiento, aumento de los impuestos… Marco Aurelio, el emperador filósofo que aprovechaba momentos robados al descanso para escribir unas Meditaciones que constituyen una de las cumbres de la filosofía estoica, se vio obligado a pasar gran parte de su vida alejado de Roma, en los campamentos de las legiones, mientras que el Imperio se enfrentaba a dificultades que por momentos podían parecer insuperables. En esas circunstancias, la religión política hubo de sufrir asimismo una profunda crisis. Si el monoteísmo se alzaba como una alternativa escatológica de paz y de salvación, que cada día atraía a más prosélitos; para quienes continuaban fieles al paganismo, las catástrofes eran el fruto del creciente abandono de los dioses que habían traído la grandeza a Roma. Era fácil que el descontento y la incertidumbre ante el futuro estallaran en cualquier momento y bajo cualquier pretexto contra esas minorías impías calificadas invariablemente de ateas, y a quienes se atribuían toda clase de ritos macabros y repugnantes, incluidos el sacrificio de niños y el canibalismo. También es comprensible que las autoridades, si bien no siempre incitaban estos movimientos de cólera popular, raramente se oponían a ellos.

Un próximo futuro reservaba tiempos peores.





[1] SUETONIO, Los doce césares, Tito Flavio Domiciano, X.
[2] Bar Kochba (en arameo, Hijo de la Estrella) no es un nombre, sino un título mesiánico. Está tomado de la profecía de Balaam: “Lo veo, mas no ahora / lo diviso, pero no de cerca: / ha salido una estrella de Jacob, / y ha surgido un gobernante de Israel” (Números, 24, 17).
[3] JOHNSON, Paul, Historia de los judíos, Barcelona, Zeta, 2010. p. 209.
[4] DIÓN CASIO, Historia romana, libro LXIX

30 mayo 2013

El paganismo en el Imperio Romano (IV)

Francisco Javier Bernad Morales

La radical incompatibilidad entre un paganismo inmanentista y un monoteísmo trascendente queda con lo anterior suficientemente expuesta. Sin embargo, nada se ha dicho acerca de las razones que pudieron impulsar a tantas personas a abandonar los dioses de sus antepasados para adherirse a una nueva religión. Nos asalta de inmediato una primera consideración señalada en repetidas ocasiones: el paganismo, al contrario del monoteísmo judío o cristiano, no ofrece ninguna esperanza escatológica. Sus ritos fortalecen la cohesión de la comunidad y tienen un carácter propiciatorio, pues con ellos se pretende conseguir que las fuerzas de la naturaleza actúen de manera favorable, asegurando la fertilidad tanto de los seres humanos, como de la tierra, y la estabilidad política que haga posible la prosperidad. El individuo queda totalmente subsumido dentro de la comunidad, ya sea esta la familia, la polis o el imperio; que es la única que se relaciona realmente con la divinidad. Por el contrario, el monoteísmo, sin desechar los rasgos comunitarios, ya que el culto solo tiene sentido dentro de la sinagoga o de la iglesia, es decir, de la asamblea, llama a una relación personal con un Dios que asimismo es persona y que, al revelarse de manera gratuita, ofrece una salvación que no consiste simplemente en la perpetuación del cuerpo político, sino que se dirige también a cada uno de los fieles. Todo esto es cierto, pero no parece suficiente, para explicar la desafección a la religión naturalista. Si tenemos en cuenta que esta persistió con fuerza durante siglos en las zonas rurales de las que solo muy lentamente fue desarraigada, e incluso que algunos de sus elementos informan múltiples supersticiones que aún forman parte de la religiosidad popular; no parece descabellado afirmar que el punto más débil del paganismo se encontró en la fragilidad de la construcción ideológica edificada sobre la religión política.

Hemos de considerar que la pax romana, esto es, la estabilidad traída por la conquista y sobre la que se alzó el culto imperial, encubría una situación de dominación de la que se beneficiaba no solo Roma, sino también las diversas élites locales aliadas con aquella; y que justificaba una profunda injusticia social, de la que la esclavitud es el aspecto más popularmente conocido, aunque no el único [1]. De hecho, jamás existió esa paz universal que permitía cerrar el templo de Jano. Las zonas con importante población judía, sobre todo Judea y Galilea, vivieron en una situación de permanente inestabilidad en que, pese al colaboracionismo de las autoridades saduceas, se sucedían actos de resistencia que, si hubiéramos de calificarlos con arreglo a las categorías de nuestra época, habríamos de considerar lucha de guerrillas, por más que en los textos antiguos  prorromanos sean tachados invariablemente de bandolerismo [2]. Eso, cuando no se llegaba a situaciones de guerra abierta como las señaladas en entregas anteriores.

El hecho de que sean las más conocidas, no significa que las revueltas judías fueran las únicas. Entre otras, podemos recordar la encabezada por Julio Civil en Germania en el año 69 d. C. Era este un bátavo que había combatido en las tropas auxiliares romanas y que aprovechó la inestabilidad subsiguiente a las sublevaciones contra Nerón para intentar liberar los territorios situados en la margen izquierda del Rin. Este año marca un punto crítico en el desarrollo de la ideología imperial. Ya en el 68 se inicia la fracasada sublevación de Vindex, seguida de manera inmediata por la triunfante de Galba, quien, tras entrar en Roma a la cabeza de sus legiones, cae poco después asesinado por los partidarios de Otón, que a su vez es derrotado por los de Vitelio. Pero el poder de este último será efímero, ya que pronto las tropas de Vespasiano controlan la situación. No se trata ya de combates periféricos desarrollados en tierras fronterizas, sino de que los ejércitos romanos se enfrentan entre sí en Italia e incluso en el interior de la ciudad, reviviendo una situación a la que Augusto parecía haber puesto fin. ¿Dónde queda el ser divino garante de la paz y de la estabilidad, bajo cuyo benévolo mandato ha renacido la Edad de Oro? La inseguridad no amenaza tan solo a los pueblos sometidos o a la plebe romana. Uno tras otro, los momentáneos vencedores depuran el Senado en un vano intento de desarticular toda oposición. Nadie, ni siquiera los más poderosos (ya Calígula y Nerón, entre otros, habían condenado a muerte y confiscado las propiedades de senadores poco adictos), puede estar tranquilo. Obviamente, la pax no es más que un deseo, una imploración a unos dioses que parecen desentenderse del destino de los mortales.





[1] ÁLVAREZ CINEIRA, David, Pablo y el Imperio Romano, Sígueme, Salamanca, 2009, p. 26.
[2] Recordemos que Barrabás (en arameo Hijo del Padre) ostenta un título mesiánico, por lo que no hemos considerarlo como un simple delincuente, sino como un zelote, esto es, un opositor violento a la dominación romana.

23 mayo 2013

El paganismo en el Imperio Romano (3)

Francisco Javier Bernad Morales

Paganismo y monoteísmo constituyen dos cosmovisiones inconciliables. En nuestros oídos aún resuenan las severas advertencias de los profetas de Israel contra la religión naturalista cananea, y el enfrentamiento de Elías con los sacerdotes de Baal. Más adelante, cuando bajo los seléucidas se hizo notar la presencia griega, el conflicto se hizo inevitable y culminó con la liberación del país por los hijos de Matatías. Sin embargo, el triunfo político no detuvo el proceso de helenización, ante el que intentaron mantener un difícil equilibrio, en definitiva fracasado, los monarcas asmoneos y herodianos. Las repetidas rebeliones contra el poder romano no son más que una manifestación de la profunda hostilidad entre judíos y gentiles, entre monoteístas y paganos. Hubo, claro está, judíos helenizantes que intentaban asimilar los logros de la cultura griega sin renunciar por ello a su religión, del mismo modo que tampoco faltaron gentiles atraídos por la superioridad religiosa y ética del judaísmo[1]; pero en ningún modo fue esa la actitud dominante. Es significativo que los dos mayores enfrentamientos, los que desembocaron en la destrucción del Templo y en la transformación de Jerusalén en la ciudad helénica de Aelia Capitolina, se produjeran durante el mandato de dos de los emperadores más profundamente helenizados: Nerón y Adriano.

Frente a lo que una visión simplista induce a pensar, el enfrentamiento no se produjo tan solo en la tierra de Israel, sino también en ciudades griegas con una notable población judía.  La embajada de Filón ante Calígula tuvo como objeto solicitar la protección del emperador, tras un pogromo en Alejandría (38 d. C.).  Hemos de recordar, asimismo, que poco después los judíos fueron expulsados de Roma por el emperador Claudio[2].  Por otro lado, autores como Apión y Tácito manifiestan hacia el judaísmo una incomprensión henchida de desprecio.

Tanto para los judíos como para los cristianos la apoteosis del emperador, esto es, su equiparación a los seres divinos y el culto que se le prestaba eran inaceptables. El judaísmo no se oponía a que en el Templo se ofrecieran sacrificios por el emperador, al modo en que los cristianos oramos a menudo para que el Señor ilumine a los gobernantes. Eso en nada contradice la concepción monoteísta de la trascendencia divina; pero otra cosa es que se les erija un altar o que su estatua presida el Templo. Ahí entramos de lleno en lo que siempre hemos considerado idolatría. Imaginemos que en nuestras iglesias, el crucifijo fuera sustituido por la efigie del jefe del Estado, o que simplemente compartiera con ella su lugar y que en el momento de la Consagración el sacerdote invocara su nombre. De aceptarlo, incurriríamos en un execrable sacrilegio y dejaríamos de merecer el apelativo de cristianos. Por la misma razón, los judíos no podían tolerar sacrificios que no fueran dirigidos al único Señor.




[1] Entre los primeros es preciso mencionar a Filón de Alejandría y a Flavio Josefo; entre los segundos, a los temerosos de Dios o conversos de puerta.
[2] “Hizo expulsar de Roma a los judíos, que, excitados por un tal Cresto, provocaban turbulencias.” SUETONIO, Los doce césares, Tiberio Claudio Druso, XXV. A menudo se ha identificado a Cresto con Cristo y de ahí se ha deducido que la causa de la expulsión fueron los enfrentamientos entre judíos y cristianos, pero, salvo la similitud del nombre, ninguna prueba respalda esa hipótesis.

23 abril 2013

Judíos y gentiles en tiempos de Jesús

Francisco Javier Bernad Morales

En los artículos anteriores dedicados a las dinastías asmonea y herodiana he tenido ocasión de señalar los continuos conflictos en que se vieron implicados los territorios históricos de Israel, cuya identidad judía se veía amenazada por una creciente presencia helénica. La situación llegó a ser realmente explosiva y desembocó en dos sangrientas guerras. La primera (66-73) llevó a la destrucción del Templo y condujo a una reconstitución del judaísmo en torno a la tradición farisea, toda vez que la caída arrastró tras de sí a los saduceos, ligados al sacerdocio y proclives a la colaboración con Roma. La segunda (132-135), bajo el emperador Adriano, concluyó con la ruina de Jerusalén, reedificada a continuación con el nombre de Aelia Capitolina como ciudad griega en la que los judíos tenían prohibida la residencia. Se quiso incluso borrar el recuerdo de Israel y de Judá, al reorganizar el territorio en la nueva provincia de Siria Palestina. Son estos tan solo los episodios de mayor envergadura en una historia plagada de motines y sublevaciones, expresión de un conflicto cultural entre judíos y griegos[1].

Los intelectuales de formación helenística, independientemente de que escribieran en latín, muestran incomprensión y rechazo ante la religión y las costumbres judías. Apión, cuya obra conocemos a través de la refutación de Flavio Josefo[2], alentó la hostilidad antisemita de los griegos de Alejandría al difundir historias en que se acusaba a los judíos de practicar sacrificios humanos, en lo que viene a ser un anticipo de los libelos de sangre medievales[3]. Tácito no llega a estos extremos, pero se hace eco de una visión del éxodo que arranca del sacerdote egipcio Manetón y que repite Apión, según la cual, los judíos habían sido expulsados de Egipto debido a que padecían una enfermedad repugnante; a la par que muestra una actitud de radical rechazo hacia ellos:

A fin de asegurarse la fidelidad de su pueblo en lo sucesivo, Moisés le impuso una religión nueva y contrapuesta a las del resto de la humanidad; es allí sacrílego cuanto nosotros tenemos por sagrado y, a la inversa, tienen ellos permitido cuanto para nosotros es inmoral[4].

No faltaron, empero, en el ámbito judío los helenistas que intentaron armonizar su religión con la filosofía griega. En este campo podemos contar a Flavio Josefo, cuya obra consiste fundamentalmente, aparte de lo que tiene de justificación de una acción personal poco clara[5], en un intento de dar a conocer el judaísmo en el ámbito gentil; y sobre todo a Filón de Alejandría, autor de una monumental interpretación alegórica de la Torá en la que aplica a esta categorías tomadas del platonismo.

Del mismo modo, también hubo griegos que, atraídos por la superioridad ética y religiosa del judaísmo comenzaron a frecuentar las sinagogas, son los conversos de puerta o temerosos de Dio:  personas que, sin dar el difícil paso de la conversión, se alejan del paganismo y adoran al Dios único; gentes como el centurión Cornelio “que hacía muchas limosnas al pueblo y oraba a Dios continuamente” (Hch 10, 1), o como el otro centurión que imploró a Jesús la curación de su criado (Mt 8, 5-13).

En resumen, aunque las relaciones entre judíos y griegos fueron claramente hostiles, no faltaron quienes intentaron encontrar un terreno intermedio entre ambos mundos. Como intentaré mostrar más adelante, entre ellos germinó el mensaje de Jesús de Nazaret.




[1] JOHNSON, Paul, La historia de los judíos, Barcelona, Zeta, 2010, p. 198.
[2] JOSEFO, Flavio, Sobre la antigüedad de los judíos. Contra Apión, Madrid, Alianza Editorial, 1987.
[3] Ibidem, VIII, 95. Según Josefo, Apión afirmaba que los judíos, tras secuestrar a un griego, lo sacrificaban, comían sus vísceras y juraban continuar siendo enemigos de los griegos.
[4] TÁCITO, Historias, V, 4.
[5] Ya me he referido en este blog a su extraño comportamiento, si no abierta traición, durante la Primera Guerra Judía.