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22 junio 2015

En Ávila con Santa Teresa de Jesús

Francisco Javier Bernad Morales

El pasado 13 de junio, los colaboradores habituales de la parroquia realizamos la excursión de fin de curso, junto al padre José María. Nos dirigimos, difícilmente en este año del centenario de su nacimiento hubiéramos pensado elegir otro lugar, a Ávila, la ciudad en que Santa Teresa vino al mundo y vivió durante largos años, y aquella en que realizó su primera fundación. El viaje, huelga decirlo, fue alegre y placentero, como corresponde a hermanos en la fe, que comparten un mismo objetivo, pero también resultó profundamente instructivo, ya que nos permitió seguir las huellas de la santa y aproximarnos a su vida y su obra.
En primer lugar, visitamos el convento de la Encarnación, donde profesó el 3 de noviembre de 1534, cuando contaba diecinueve años de edad. Allí, paulatinamente y durante largo tiempo, maduraron sus ideas de reforma, en medio de grandes padecimientos, ya que, por un lado, su salud era delicada y, por otro, sus radicales exhortaciones a la austeridad no agradaban a gran parte de sus compañeras.
De allí, nos dirigimos al convento de San José, popularmente conocido como Las Madres. Este, el primero que fundó gracias a una bula de Pío IV, abrió sus puertas en 1562, bajo una regla extremadamente rigurosa. En él se conservan diversas reliquias, así como cuadros e imágenes de gran calidad. La iglesia actual, cuya fachada, diseñada por Francisco de Mora, sirvió de modelo a muchas otras, entre ellas, la del madrileño monasterio de la Encarnación, construida por el carmelita Fray Alberto de la Madre de Dios, no es la primitiva, sino que fue edificada a principios del siglo XVII, tiempo después de la muerte de Santa Teresa.
Tras una agradable y abundante comida, nos encaminamos al convento de Santa Teresa, La Santa, edificado sobre su casa natal, de la cual se conserva la estancia en la que se supone hubo de nacer, y el huerto en el que de niña jugaba a construir ermitas y soñaba junto a su hermano Rodrigo con marchar a tierra de infieles.
Visitamos luego la residencia Santa Teresa Jornet de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, donde el padre José María nos había advertido que encontraríamos una sorpresa que no podíamos imaginar.  Así fue, la hermana Carmen, tras su trabajo atendiendo la cocina, hurtando tiempo al descanso, ha construido una gran cantidad de maquetas, que se exponen en dos ambientes. En uno, la vida de Santa Teresa en Ávila y, en el otro, la infancia de Jesús. Es realmente una obra magnífica que maravilla tanto por la perfección y extremo detalle y número de construcciones y figuras, como por la maestría y complejidad con que unas y otras se disponen para configurar distintos espacios narrativos.
Como despedida, ya al abandonar Ávila, una parada en los Cuatro Postes, el lugar donde un familiar encontró a Teresa y a Rodrigo cuando, aún niños, escaparon de la casa paterna y marcharon en busca de infieles a los que evangelizar. Allí pudimos rememorar esta travesura infantil, en tanto contemplábamos una de las más hermosas vistas de la ciudad.
Durante el regreso, no dejé de pensar en las dificultades que hubo de vencer la santa a lo largo de su vida: enfermedades, incomprensión, recelos y hostilidad. Mujer, de origen converso, mística y reformadora religiosa, tenía todas las bazas para que la Inquisición la vigilara estrechamente. En un tiempo en que el teólogo Melchor Cano llegó a abogar porque se prohibiera a las mujeres la lectura de la Sagrada Escritura[1], la obra de Santa Teresa es un prodigio de energía, determinación y fe.




[1] CANO, Melchor, Censura del catecismo de Bartolomé Carranza, citado por Otger Steggink, en el prólogo a Santa Teresa, Libro de la vida, Madrid, Castalia, 1986, p. 23.

03 abril 2015

El camino para el cielo

Santa Teresa de Jesús

“En la cruz está la vida y el consuelo
y ella sola es el camino para el cielo.
En la cruz está el Señor de cielo y tierra
y el gozar da mucha paz, aunque haya guerra.
Todos los males destierra de este suelo
y ella sola es el camino para el cielo.
Es una oliva preciosa la santa cruz,
que con su aceite nos unta y nos da luz.
Alma mía, toma la cruz con gran consuelo.
Que ella sola es el camino para el cielo”.


15 octubre 2012

Nada te turbe, nada te espante. Santa Teresa de Jesús (1515-1582)


Recordamos hoy a Santa Teresa de Jesús con uno de sus más bellos poemas interpretado en su adaptación musical por uno de los coros de la JMJ, celebrada en Madrid en agosto de 2011. Las palabras escritas siglos atrás cobran plena actualidad en la voz de los jóvenes. También transcribimos la poesía a fin de que el lector pueda reflexionar detenidamente sobre su contenido.



Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta.
Eleva el pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
nada te turbe.
A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo
es gloria vana;
nada tiene de estable,
todo se pasa.
Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.
Ámala cual merece
bondad inmensa;
pero no hay amor fino
sin la paciencia.
Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
todo lo alcanza.
Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
quien a Dios tiene.
Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
nada le falta.
Id, pues, bienes del mundo;
id, dichas vanas;
aunque todo lo pierda,
sólo Dios basta.

14 septiembre 2012

En la cruz está la vida

Santa Teresa de Jesús

En la cruz está la vida 
y el consuelo, 
y ella sola es el camino 
para el cielo. 

En la cruz está "el Señor 
de cielo y tierra", 
y el gozar de mucha paz, 
aunque haya guerra. 
Todos los males destierra 
en este suelo, 
y ella sola es el camino 
para el cielo. 

De la cruz dice la Esposa 
a su Querido 
que es una "palma preciosa" 
donde ha subido, 
y su fruto le ha sabido 
a Dios del cielo, 
y ella sola es el camino 
para el cielo. 

Es una "oliva preciosa" 
la santa cruz 
que con su aceite nos unta 
y nos da luz. 
Alma mía, toma la cruz 
con gran consuelo, 
que ella sola es el camino 
para el cielo. 

Es la cruz el "árbol verde 
y deseado" 
de la Esposa, que a su sombra 
se ha sentado 
para gozar de su Amado, 
el Rey del cielo, 
y ella sola es el camino 
para el cielo. 

El alma que a Dios está 
toda rendida, 
y muy de veras del mundo 
desasida, 
la cruz le es "árbol de vida" 
y de consuelo, 
y un camino deleitoso 
para el cielo. 

Después que se puso en cruz 
el Salvador, 
en la cruz está "la gloria 
y el honor", 
y en el padecer dolor 
vida y consuelo, 
y el camino más seguro 
para el cielo.


12 diciembre 2011

San Juan de la Cruz

Juan de Yepes Álvarez (1542-1591), a quien hoy todos conocemos como San Juan de la Cruz, nació en el pueblo abulense de Fontiveros.  Desde muy pronto, huérfano de padre, su infancia estuvo llena de penurias. Con veintiún años, ingresó en la orden de los Carmelitas, pero la experiencia no le satisfizo, por lo que, cuando en 1567 conoció a Teresa de Ahumada, la futura Santa Teresa de Jesús, se unió a ella en la reforma de la orden. No fue una tarea fácil, pues los conflictos entre carmelitas calzados y descalzos, alcanzaron tal grado que los primeros llegaron a recluirle en una prisión conventual, en la que permaneció ocho meses hasta que consiguió fugarse. Tras este episodio, se trasladó a Andalucía, donde permaneció, no sin nuevos sinsabores, casi todo el tiempo que le restaba de vida, hasta que la muerte le alcanzó en la ciudad jienense de Úbeda. La iglesia Católica le recuerda el 14 de diciembre

Sus humildes orígenes y su ajetreada vida, no le impidieron ser una de las cumbres de la poesía  mística española.  Como ejemplo de su obra literaria hemos recogido un fragmento de Subida del monte Carmelo, una obra que, el autor explica así:

Trata de cómo podrá una alma disponerse para llegar en breve a la Divina unión. Da avisos y doctrina, así a los principiantes como a los aprovechados, muy provechosa para los que sepan desembarazarse de todo lo temporal y no embarazarse con lo espiritual y quedar en la suma desnudez y libertad de espíritu, cual se requiere para la Divina unión.

Veamos ahora los versos:

En una noche obscura,
con ansias en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada:

A escuras y segura
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!
a escuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada;

En la noche dichosa,
en secreto que naide me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me espereba
quien yo bien me sabía
en parte donde naide parecía.

¡Oh noche que guiaste!,
¡oh noche amable más que la alborada!,
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada.

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire del almena
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;

cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

San Juan de la Cruz. Vida y obras. Madrid, BAC, 1954, p. 363.