06 febrero 2013

Campaña contra el Hambre 2013

Carmen Sáez Gutiérrez

En estos días, Manos Unidas, está presentando la LIV Campaña contra el Hambre, bajo el lema No hay justicia, sin igualdad, en relación al Objetivo nº3 de Desarrollo del Milenio que pretende promover la igualdad de género y la autonomía de la mujer , pues acabar con la desigualdad y favorecer que la mujer pueda tomar de forma autónoma las riendas de su propia vida, además de ser un fín en sí mismo por la dignidad que, en tanto ser humano, tiene, es un requisito para erradicar la pobreza, pues la mujer es uno de los principales agentes de desarrollo familiar y social, a la vez que un fuerte pilar económico. Acabar con la pobreza y el hambre, que afectan especialmente a las mujeres, el analfabetismo real y funcional, la falta de asistencia sanitaria, sobre todo en periodos de gestación, el abuso sexual y comercio con mujeres y niñas y el matrimonio de menores es un reto que Manos Unidas aborda en esta Campaña a través de diversos proyectos que solo serán efectivos a partir  de la sensibilización y solidaridad de todos, por medio de los donativos que hagan posible su financiación.
A continuación presentamos el vídeo En femenino que Manos Unidas ha elaborado para esta Campaña. Para más información, se puede consultar la página www.manosunidas.org

Marción

Francisco Javier Bernad Morales

En un par de ocasiones me he referido de pasada a Marción en este blog, pero caigo en la cuenta de que no he aclarado apenas nada sobre él, como si hubiera dado por supuesto que resultaba familiar a los lectores. Se trata de una omisión que intentaré remediar en las siguientes líneas.

En realidad, como a menudo ocurre con los personajes de la Antigüedad, las noticias que nos han llegado sobre él son fragmentarias e impiden reconstruir su biografía. En cuanto a su doctrina, podemos conocerla tan solo por los datos de quienes, como Tertuliano, escribieron para refutarla. Griego, nacido en Sínope, en la costa meridional del mar Negro, parece haber amasado una considerable fortuna como naviero. En el año 140, siendo emperador Antonino Pío, lo vemos en Roma, donde ingresa en la comunidad cristiana a la que hace un generoso donativo, pero antes de que transcurran cuatro años, esta lo expulsa devolviéndole el dinero[1].  Las razones del desencuentro están claras. Marción ha desarrollado una teología en la que diferencia entre el Dios supremo y el ser creador. Aunque a menudo esta idea es clasificada dentro del gnosticismo, no cabe considerarla propiamente tal, pues no se trata de una confrontación entre dos potencias opuestas, una del bien y otra del mal. Realmente, solo hay un Dios bueno, pero la creación no es obra suya, sino de un demiurgo malvado, esto es, de un ser imperfecto e inferior, al que propiamente no cabe considerar divino, el cual se habría manifestado en el Antiguo Testamento, el Tanaj judío. El verdadero Dios solo se muestra a los hombres, llevado de su bondad, en Cristo.

Marción piensa que entre ambas partes de la Biblia hay una contraposición radical, al estar la primera inspirada por el demiurgo y la segunda por Dios. En consecuencia, procede a expurgar del Nuevo Testamento todo aquello que considera falsificaciones, es decir, los elementos que establecen un nexo con el libro judío. De esta forma, solo admite en su canon el Evangelio de Lucas con mutilaciones, y diez epístolas de San Pablo. Dado que la creación es la despreciable obra del demiurgo, Marción exige a sus seguidores que se aparten en lo posible de ella, mediante la observancia de un riguroso ascetismo.

Tras su ruptura con la comunidad cristiana de Roma, Marción marchó a la parte oriental del Imperio, donde su predicación alcanzó cierto éxito, pues todavía a comienzos del siglo V, un obispo del norte de Siria menciona la existencia de aldeas marcionitas[2].




[1] MARKCHIES, Christoph, La gnosis, Barcelona, Herder, 2002, p. 125.
[2] Ibidem, p. 126.

04 febrero 2013

Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe

San Juan  de la Cruz


Qué bien sé yo la fonte que mane y corre, aunque es de noche.

1. Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

2. Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella tiene,
aunque es de noche.

3. Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.

4. Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

5. Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.

6. Sé ser tan caudalosos sus corrientes.
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.

7. El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.

8. El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

9. Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

10. Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras
porque es de noche.

11. Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.



03 febrero 2013

Encuentro interparroquial agustiniano (OSA)

Carmen Sáez Gutiérrez

El pasado sábado día 2 celebramos en la Iglesia el día de las Candelas, de la Luz. Con este espíritu de búsqueda de la verdad, abordamos el encuentro interprovincial de parroquias agustinas. Nos reunimos trece parroquias de las cuatro provincias que, desde un punto de vista administrativo y organizativo,  tiene actualmente la Orden de San Agustín: Matritense, España, Castilla y Filipinas. A esta última pertenece la nuestra.
El objetivo no era otro que compartir vivencias y experiencias parroquiales de evangelización y solidaridad ante la crisis que padecemos.
Iniciamos la jornada con un Eucaristía en la parroquia Sta. M.ª de la Esperanza, próxima al colegio Valdeluz, lugar donde se celebró el encuentro. Después de presentarnos, asistimos a la primera de las exposiciones, a cargo del P. Gabriel González del Estal (OSA), que nos habló de la parroquia agustiniana como comunidad de comunidades, en referencia a los equipos de catequistas, de Cáritas, de culto y liturgia, formación y reflexión cristiana que deben convivir en un clima de pluralidad.  Además destacó como señas de identidad   de la parroquia agustiniana, de un lado,  la comunidad de fe y de bienes, que no debe quedar restringida a los frailes, sino que debe extenderse a todos los fieles, y de otro,  la conjunción entre saber y creer, entre ciencia y fe.
La segunda conferencia la presentó D. Ignacio M.ª Fernández de Torres, consiliario diocesano de Justicia y Paz de Madrid. En ella, habló de cómo, a pesar de que desde finales de los años 90 se había pronosticado la crisis que iba a sobrevenir, los gobiernos miraron hacia otro lado y no tomaron medidas para contenerla, y también de la paradoja que se da actualmente, pues, en estos momentos dramáticos para la mayoría de la población mundial, un 1% en EEUU ha incrementado sus ingresos un 10%. También aludió a que un 1/3 del dinero mundial está en paraísos fiscales y si se pagara en impuestos lo correspondiente a esta cantidad de dinero, no habría crisis.  Además de referirse a la crisis de hambruna, crisis energética, financiera y política, incidió de manera especial en la crisis moral, pues actualmente estamos viviendo sin un imperativo categórico, en una profunda crisis de verdad y con una actitud egoísta de Sálvese quien pueda. Como cristianos no podemos estar ajenos a lo que ocurre a nuestro lado, el amor debe llevarnos a entregarnos a los demás y a desterrar de todos nuestros actos cotidianos cualquier resquicio de corrupción. No se trata solo de denunciarla sino también de eliminarla de nuestra vida en cualquier forma en que pueda aparecer.
Después de una comida comunitaria, en un ambiente agradable y distendido, reanudamos la jornada, trabajando por equipos. Finalmente se compartieron los distintos puntos de vista sobre las conferencias y se expusieron las iniciativas frente a la crisis. Las parroquias a menudo están  desbordadas por la fuerte demanda que llega a los equipos de Cáritas. En algunos lugares han establecido acuerdos con supermercados para que donen productos con fecha próxima de caducidad y en otros se están desarrollando iniciativas encaminadas a la creación de cooperativas de alimentos. En todos se desarrolla una amplia labor asistencial  gracias a las aportaciones de los fieles que, en estos tiempos difíciles, se han incrementado.
Fue una jornada larga y densa, pero, a todos nos dejó un buen sabor de boca por el clima de convivencia y el sentimiento de caminar en una misma dirección.



Carta de Santo Tomás Moro a su hija Margaret


Tomás Moro escribió esta carta a su hija Margaret, mientras permanecía encarcelado a la espera de juicio en la Torre de Londres. Acusado de alta traición por haberse negado a jurar el Acta de Supremacía, por la que Enrique VIII se proclamaba jefe de la iglesia de Inglaterra, murió decapitado el 6 de julio de 1535. En 1935 fue canonizado por la Iglesia Católica y en 1980, incluido en la lista de santos y héroes cristianos por la Iglesia Anglicana.

Aunque estoy bien convencido, mi querida Margaret, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.
Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a su divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento premio en el cielo.
No quiero, mi querida Margaret, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.
Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.
Finalmente, mi querida Margaret, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.
Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.

01 febrero 2013

La fe sin caridad no da fruto

Benedicto XVI

El Año de la fe será una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).
La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

De la Carta apostólica Porta fidei. Capítulo XIV

Pensar España

Francisco Javier Bernad Morales

GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Enrique, Pensar España con Julián Marías. Rialp, Madrid, 2012, 12 x 19, 203 pp.

Dedica este libro Enrique González a la exposición del pensamiento de Julián Marías acerca de España. Entiéndase, no intenta explicarlo ni esclarecerlo, sino, cediendo una y otra vez la palabra al gran filósofo, resumir las ideas que aquel manifestó en diversas obras, fundamentalmente en España inteligible. Realmente es a este libro al que hay que referir el comentario, pues, insisto, nos hallamos ante un compendio más que ante una obra original.

            Marías, sobra decirlo, no era historiador. Su pretensión era elevarse por encima de los acontecimientos para descubrir su argumento o su sentido profundo. Para ello utiliza, en la estela de Ortega, el evanescente método de la razón histórica. Gracias a esta puede descubrir que España es no solo la más antigua nación de Europa, lo que vale tanto como decir del mundo, sino que es la más europea de todas, pues surge de un proyecto decidido. Mientras que Francia, por ejemplo, es europea porque no pudo ser otra cosa, España lo es gracias a un esfuerzo de voluntad. No solo eso. Además es una nación integradora y transeuropea que manifiesta su íntima vocación en la unión de los diversos reinos de ambos hemisferios, y en la cristianización del orbe. Elevado el pensamiento a tan altas cumbres, resulta posible, borrada ya la percepción de detalles perturbadores, distinguir ese gran proyecto que culminó en lo que en su tiempo fue llamado Monarquía Católica, y al que Marías gusta referirse también como las Españas. El filósofo no puede detenerse en nimiedades tales como que la unión de las coronas de Castilla y Aragón fue fruto no solo del matrimonio de Isabel I y Fernando II, sino también de la prematura muerte de Juan, el hijo que el rey tuvo con su segunda esposa, Germana de Foix, quien, de haber sobrevivido hubiera heredado los estados de Aragón. En mi opinión, este hecho basta para demostrar que España no es fruto de un proyecto perseguido con determinación a lo largo de generaciones, sino que hay un vasto espacio en el que el azar se impone.

            Hay momentos en que la interpretación de la vocación católica de España, le lleva a posiciones que casi rozan el marcionismo. Así cuando achaca, con Ortega, el trato dado a los indios por los colonos ingleses a la influencia que sobre los protestantes ejerce la lectura del Antiguo Testamento. No se para, naturalmente, a analizar las circunstancias ecológicas, económicas y sociales en que se desarrollan los respectivos procesos de expansión. En las Trece Colonias, campesinos ansiosos de tierras ocupadas por pueblos que practican una agricultura de muy bajo rendimiento; en los virreinatos, aventureros deseosos de sustituir a unas elites indígenas que ya vivían de los excedentes producidos por una población acostumbrada al pago de tributos y a las prestaciones personales. Desde la luminosa esfera de la razón histórica no se perciben tan triviales detalles y queda tan solo el Antiguo Testamento, al parecer desconocido por los católicos, como fuerza que arrastra los arados de los colonos.

            Marías halla en la historia de España aquello que previamente ha dispuesto en ella: un argumento, un proyecto coherente de futuro. Al actuar así, procede como todos los nacionalistas, incluso como los que rechazan ese supuesto proyecto común para  alzar otro en su lugar. Hay un problema que no puede soslayar, el mismo que acecha a todos los que mantienen una concepción metafísica de la nación: las múltiples ocasiones en que ese proyecto parece haber sido abandonado. Para salvar el edificio se hace preciso recurrir a influencias extrañas, ajenas al pensar patrio y que, por desconocimiento e incluso envidia, han mostrado una imagen desfigurada del país, que ha llegado a seducir a no pocos españoles, apartándolos de su misión e introduciendo la duda y el desánimo: en suma, arrastrándolos a la traición.

            En vano buscaremos en el libro de González una argumentación que explique en  qué consiste y cómo se aplica esa razón histórica que conduce a tan deslumbrantes resultados. En su lugar, solo hallaremos glosa entusiasta y admiración rendida hacia la obra de su maestro. Algo quizá loable, pero poco sólido.