31 julio 2012

El Matrimonio

Benedicto XVI

 …La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada al igual que la Iglesia a ser imagen del Dios Único en Tres Personas. Al principio, en efecto, “creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: “Creced, multiplicaos” “. Dios creó al ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valorarán recíprocamente y realizarán una comunidad de amor y de vida. El amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de la Trinidad, imagen de Dios. Queridos esposos, viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar. Es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación….

 VII Encuentro Mundial de las Familias- Homilía Misa. Domingo 3, 6, 2012)

30 julio 2012

La salud, derecho de todos III

Con el fin de seguir llamando la atención sobre la campaña de este año de Manos Unidas que tiene como lema: La salud, derecho de todos, presentamos este vídeo hecho por las Escolapias de Carabanchel relativo al mismo tema.



29 julio 2012

Jesús mío



John Henry Newman (Londres, 1801 – Birmingham, 1890) nació en el seno de una acomodada familia anglicana, cuya situación económica empeoró notablemente en el período de las guerras napoleónicas. Desde la niñez fue educado en el gusto por la lectura de la Biblia, pero no fue hasta  los quince años cuando experimentó una primera conversión bajo la influencia del ministro calvinista Walter Meyers, a quien califica como “excelente varón”, al evocar en 1864, ya sacerdote católico, aquellos años de formación (NEWMAN, J. H. Apologia pro vita sua, Madrid, Ciudadela, 2009, p. 37). Del calvinismo comenzó a separarlo poco después la admiración por Thomas Scott, en quien estimaba el celo por la búsqueda de la verdad. En  tanto, descubrió también a los Padres de la Iglesia y se interesó sobre todo por San Agustín y San Ambrosio. Al cumplir los veinte años de edad, estaba firmemente convencido de que el Papa era el anticristo de que hablan Daniel, San Pablo y San Juan (Apologia, p. 40). Es a partir de 1825 ya presbítero de la iglesia de Inglaterra y párroco en Oxford cuando, al descubrir el valor de la tradición y de la sucesión apostólica, comienza a aproximarse lentamente, durante mucho tiempo sin ser siquiera consciente de ello, al catolicismo.
Totalmente emancipado de la influencia calvinista, se adhiere al Movimiento de Oxford, un grupo ligado a la High Church[1], que pretendía una recuperación de las tradiciones eclesiásticas marginadas en un mundo progresivamente secularizado. La profundización en el estudio de los Padres de la Iglesia y de la tradición llevó finalmente a Newman hasta la iglesia Católica, de la que fue ordenado sacerdote en 1847, y en la que el papa León XIII le elevó a la dignidad cardenalicia (1879). Su ejemplo fue seguido por otros miembros del Movimiento de Oxford, entre ellos Henry Edward Manning, que también sería cardenal.
A continuación, insertamos una de sus oraciones.

Jesús mío, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que yo vaya, inunda mi alma con tu Espíritu y tu Vida; penetra en todo mi ser y toma posesión de tal manera, que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya.
Quédate en mi corazón con una unión tan íntima, que las almas que tengan contacto con la mía, puedan sentir en mí tu presencia y que, al mirarme, olviden que yo existo y no piensen sino en Ti.
Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros.
Esa luz, oh Jesús, vendrá de Ti; ni uno solo de sus rayos será mío: yo te serviré apenas de instrumento para que Tú ilumines a las almas a través de mí.
Déjame alabarte en la forma que es más agradable, llevando mi lámpara encendida para disipar las sombras en el camino de otras almas.
Déjame predicar tu Nombre con palabras o sin ellas... con mi ejemplo, con la fuerza de tu atracción, con la sobrenatural influencia evidentemente del amor que mi corazón siente por Ti.



[1] La iglesia de Inglaterra había surgido en el siglo XVI al negarse el rey Enrique VIII a reconocer la autoridad del Papa. En un principio se trató de un simple cisma en que se mantuvo la identidad de fe. Sin embargo, durante los reinados de Educardo VI y de Isabel I se admitieron ciertos principios calvinistas, lo que llevó a la aparición de dos tendencias: la Low Church, próxima al calvinismo, y la High Church, fiel a la ortodoxia católica.


28 julio 2012

Criadas y Señoras


Carmen Sáez

Criadas y Señoras, cuyo título original es The Help, es una excelente producción cinematográfica del director Tate Taylor, basada en la obra homónima de Kathryn Stocket.
De no haber sido por la insistencia casi machacona de mi hija Laura, el hecho de ver la película hubiera sido solamente un proyecto deseado, pero irrealizado. Siempre hay tantas cosas que hacer… Pero, afortunadamente, seguí su consejo, con la plena convicción de que de los hijos se aprende mucho y, aprovechando este periodo estival, más descargado de ocupaciones, la he visto, ya en DVD, pues en las pantallas se proyectó este otoño-invierno.
La historia se sitúa en Mississipi, al sur de los Estados Unidos, en la década de los años 60. Una joven de veintitrés años que regresa a casa tras haber finalizado sus estudios universitarios, echa en falta a quien había sido su cuidadora durante su infancia, una criada negra, ya mayor, que había sido despedida por sus padres sin que ella hubiera tenido noticia de ello. A partir de ahí, a pesar de estar inmersa en la clase social acomodada que podía permitirse disponer del servicio de mujeres negras, se rebela contra la situación injusta y discriminatoria que vivían. Estas sirvientas veían como después de criar a los hijos de los blancos, estos volvían a reproducir los mismos patrones que sus padres y repetían las mismas discriminaciones e injusticias. Pero ella decide cambiar la historia y toma una iniciativa arriesgada y valiente: escribir las historias personales de las criadas, narradas por ellas mismas, para publicarlas posteriormente. En su empeño por reflejar la injusticia social que vivían estas mujeres encuentra varias dificultades, entre ellas, el miedo que tenían a hablar, a narrar los hechos.
En la película se dan muchas situaciones paradójicas. Sin duda, la más llamativa, a mi modo de ver, es la acción caritativa que realizaban las señoras, que consistía en recaudar fondos para los lejanos niños de África, mientras maltrataban psicosocialmente a sus más cercanas empleadas.
Es una película para ver. Cualquier intento de comentar sobre ella es una mera aproximación a la realidad cinematográfica. Además la interpretación es excelente, el ambiente está muy bien contextualizado y la dirección es decididamente acertada.

27 julio 2012

Paul Tillich


Paul Tillich (1886-1965) fue uno de los grandes teólogos del siglo XX. Ordenado ministro de la iglesia luterana en 1912, abandonó Alemania en 1933, después de que los nazis le expulsaran de la universidad de Frankfurt. Vivió desde entonces en los Estados Unidos, donde impartió clase en la Unión Teológica de Nueva York y en las universidades de Harvard y de Chicago. De su extensa obra, destaca especialmente la compleja y voluminosa Teología sistemática, en la que trabajó a lo largo de casi cuarenta años.
Se han escrito multitud de estudios sobre sus ideas, pero de entre ellos queremos destacar el que, con el titulo de La Iglesia en el pensamiento de Paul Tillich, le dedicó el que fuera durante años nuestro muy querido párroco, Alfonso Garrido, un hombre justo y sabio, cuyo recuerdo iluminará siempre nuestras vidas.
En el párrafo que reproducimos, Tillich nos llama enérgicamente la atención sobre la trascendencia divina:
Constituye un ultraje a la santidad divina tratar a Dios como un compañero con el que colaboramos o como un poder superior al que influimos con nuestros ritos o plegarias. La Santidad de Dios hace imposible su inserción en el contexto de las correlaciones yo-mundo y sujeto-objeto. Dios mismo es el fondo y el sentido de esta correlación, no un elemento suyo. La santidad de Dios requiere que, en relación con Él, abandonemos la totalidad de las relaciones finitas y entremos en una relación que, en el sentido categorial de la palabra, no es en modo alguno una relación. Podemos introducir todas nuestras relaciones en la esfera de lo santo; podemos consagrar lo finito, con todas sus relaciones internas y externas, a través de la experiencia de lo santo; pero, para hacerlo, hemos de trascender primero todas esas relaciones. La teología, que por su naturaleza está siempre en peligro de insertar a Dios en la relación cognoscitiva de la estructura sujeto-objeto del ser, cuando se juzga a sí misma debería acentuar vigorosamente la santidad de Dios y su índole inaccesible. (TILLICH, Paul, Teología sistemática, Salamanca, Sígueme, 2001, vol. 1, p. 348).

26 julio 2012

El “verdadero” significado de la Escritura


San Agustín

El núcleo de todo lo que hemos dicho desde que hemos empezado a tratar de las “cosas” divinas es esto: comprender que la plenitud y el fin de la ley y de todas las divinas Escrituras es el amor por aquello que se nos ordena de gozar y por aquello que junto a nosotros puede gozar del objeto que amamos; por lo que se refiere al amor a nosotros mismos, no hay necesidad de mandatos (…).
Por tanto, el que cree haber comprendido las divinas Escrituras, o una parte de ellas, si mediante tal comprensión no consigue levantar el edificio de este doble amor, de Dios y del prójimo, todavía no las ha comprendido”.


La doctrina cristiana I, 35

25 julio 2012

La Septuaginta


Francisco Javier Bernad Morales

La Septuaginta, también conocida como Biblia de los LXX, es la versión griega de la Sagrada Escritura realizada en Egipto en los siglos III y II a C. Un antiguo documento que ha llegado hasta nosotros y que ya fue ampliamente parafraseado por Flavio Josefo (Antigüedades judías, libro XII, cap. 2), la Carta de Aristeas, pretende que el propio rey Ptolomeo II Filadelfo, informado por Demetrio de Falero[1] del valor de los escritos judíos, habría solicitado del sumo sacerdote Eleazar el envío de un equipo de sabios con el fin de que los tradujeran y así disponer de una copia en la biblioteca de Alejandría.  Eleazar habría seleccionado a seis hombres de cada tribu, setenta y dos, pues, en total, virtuosos y versados tanto en las letras judías como en las griegas, los cuales, en el brevísimo plazo de setenta y dos días habrían concluido la tarea encomendada por el rey[2].
La carta parece ser una falsificación datable hacia el 200 a.C. escrita probablemente por un judío alejandrino helenizado que con ella pretendía dotar de prestigio a la traducción. Conviene recordar que Alejandría contaba en aquella época con una población judía muy numerosa, que utilizaba el griego en la vida diaria y una parte de la cual debía tener dificultades para entender el hebreo. Sería esta comunidad la autora y destinataria de la Septuaginta, aunque, naturalmente, también pudo quedar alguna copia en la biblioteca de Alejandría.
En cualquier caso, la traducción no tuvo trascendencia en el judaísmo posterior, que continuó utilizando la escritura en hebreo. Fue, sin embargo, de gran importancia desde los primeros tiempos del cristianismo, cuando este comenzó a extenderse entre los gentiles. Su destino es, en este sentido, similar al de otras expresiones del judaísmo helenizado, tales como la obra exegética de Filón de Alejandría.
La expansión del cristianismo en la parte occidental del Imperio, hizo necesaria la traducción de las Escrituras al latín, por lo que pronto comenzaron a circular versiones en esta lengua, que tomaban la Septuaginta como base para el Antiguo Testamento. Esta Biblia, poco rigurosa y carente de unidad, que hemos dado en llamar Vetus latina, se utilizó hasta que fue desplazada por la traducción de San Jerónimo, conocida como Vulgata.
La Septuaginta presenta algunas diferencias notables respecto del Tanaj[3], tales como la adición de cierto número de libros no incluidos en el canon judío. Son los que los católicos denominamos deuterocanónicos: Tobit, Judit,  algunos capítulos del libro de Ester, Sabiduría, Sirácida (Eclesiástico), Baruc, Carta de Jeremías, algunas adiciones al libro de Daniel, I y II de los Macabeos.  Estos textos se integraron en la Vulgata y forman parte del canon católico. No se incluyen, sin embargo, en el canon de las iglesias protestantes, que siguen el Tanaj y los consideran apócrifos.
Las iglesias ortodoxas añaden a los libros del canon católico el Salmo 151, la Oración de Manasés, III y IV de Esdras y III y IV de los Macabeos.  Por último, la iglesia Ortodoxa Etíope considera canónico, además de los anteriores, el libro de Enoc.


[1] Primer director de la Biblioteca de Alejandría.
[2] Una traducción precedida de una excelente introducción en PÒRTULAS, Jaume, “La carta de Aristeas”, Revista de Historia de la Traducción, 1, 2007. http://www.traduccionliteraria.org/1611/art/portulas.htm (disponible en Internet en julio de 2012).
[3] Biblia judía. Obviamente la denominación cristiana de Antiguo Testamento es radicalmente rechazada en el judaísmo.