14 agosto 2013
13 agosto 2013
El rey David (2)
Francisco Javier Bernad Morales
La
victoria sobre Goliat, le granjea a David la amistad de Jonatán, el hijo de
Saúl, aunque también despierta los celos de este (1 Samuel, 18-19)). Durante algún tiempo los sentimientos del rey
parecen ambivalentes: si por un lado intenta asesinar a David, por otro le
ofrece en matrimonio a una de sus hijas. Primero a Merab y luego, tras entregar
esta a otro hombre, faltando a la palabra dada, a Mikal, aunque pone como
condición que aquel le entregue antes a modo de dote, los prepucios de cien
filisteos. El texto indica que es una argucia con la que pretende conducir a
David a la muerte. Sin embargo, el joven cumple sobradamente la exigencia y la
boda finalmente se celebra.
Esto no
impide que Saúl piense de nuevo en terminar con David, quien se salva gracias a
que Jonatán interviene a su favor, recodando al rey los grandes servicios
prestados por aquel y su lealtad sin mancha. El arrepentimiento de Saúl no
impide que más adelante, ante nuevas victorias de David, conciba de nuevo el
deseo de matarle, aunque de nuevo este se salva, ahora gracias a la advertencia
de Mikal.
Refugiado
en Ramah, junto al profeta Samuel, David escapa de nuevo de las asechanzas de
Saúl con la ayuda de Jonatán (1 Samuel,
20), quien se compromete a mantenerle informado de los planes de su padre. Se
establece en este momento un pacto formal entre ambos en el que asimismo David
se obliga a mantener una actitud benevolente hacia Jonatán y su casa, en el
momento en que Yahveh exija cuentas a sus enemigos.
Cuando
mucho después mueran Saúl y Jonatán en combate contra los filisteos en la
batalla de Gilboé, David mostrará su dolor en una hermosa elegía:
Hijas de Israel,
llorad a Saúl,
el que os revestía de grana con adornos delicados,
el que ornaba vuestros vestidos con paramentos de oro.
¡Cómo han caído los héroes
en medio del combate!
¡Jonatán entre tus collados herido de muerte!
Angustia siento por ti,
Jonatán hermano mío,
para mí tan grato.
Era tu amor para mí más preciado
que amor de mujeres.
¡Cómo han caído los héroes y han perecido las armas de guerra! (2 Samuel, 1, 24-27).
La prueba
de que no se trata de un sentimiento fingido, fruto de un cálculo político, la
hallamos más adelante cuando ya seguro en el trono de Israel, David se interesa
por los descendientes de su amigo y al descubrir que aún vive uno de ellos, de
nombre Mefiboset, en lugar de darle muerte para evitar que le dispute el poder,
lo agasaja y le entrega los bienes que habían pertenecido a Saúl (2 Samuel, 9).
12 agosto 2013
Himno copto: Oo nem nai
La Iglesia Ortodoxa Copta de Egipto, a la que ya nos hemos referido en artículos anteriores, es una de las más antiguas y, según la tradición fue fundada en el siglo I por el Apóstol San Marcos. Aunque faltan pruebas que corroboren esta creencia, sí las hay de que hacia el año 200 el cristianismo estaba ya ampliamente difundido en el país. Se trata de una iglesia monofisita que, por tanto, solo acepta los concilios anteriores al de Calcedonia. Además, mantiene un canon más amplio que el del la Católica, pues incluye el Salmo 151, la Oración de Manasés, y los libros III de Esdras y III de los Macabeos. Un rasgo curioso es que utiliza en la liturgia el idioma copto, evolución directa del hablado en el Egipto de los faraones. Es esta antigua lengua la que podemos escuchar en el himno que hemos seleccionado hoy.
Por motivos técnicos, no es posible insertar el vídeo por lo que para escucharlo es preciso abrir el enlace:
Recordamos, por último, los difíciles momentos actualmente por nuestros hermanos cristianos en Egipto y otros países del Próximo Oriente. Enviémosles nuestro apoyo con una oración.
Etiquetas:
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San Marcos
11 agosto 2013
Oración frente a activismo
Homilía del Papa Francisco pronunciada el pasado 7 de julio en la Jornada de los seminaristas, novicios, novicias y de todos
los que están en el camino vocacional
http://www.zenit.org
Queridos hermanos y hermanas:
http://www.zenit.org
Queridos hermanos y hermanas:
Ya ayer tuve la alegría de encontrarme
con ustedes, y hoy nuestra fiesta es todavía mayor porque nos reunimos de nuevo
para celebrar la Eucaristía, en el día del Señor. Ustedes son seminaristas,
novicios y novicias, jóvenes en el camino vocacional, provenientes de todas las
partes del mundo: ¡representan a la juventud de la Iglesia! Si la Iglesia es la
Esposa de Cristo, en cierto sentido ustedes constituyen el momento del noviazgo,
la primavera de la vocación, la estación del descubrimiento, de la prueba, de
la formación. Y es una etapa muy bonita, en la que se ponen las bases para el
futuro. ¡Gracias por haber venido!
Hoy la palabra de Dios nos habla de la
misión. ¿De dónde nace la misión? La respuesta es sencilla: nace de una llamada
que nos hace el Señor, y quien es llamado por Él lo es para ser enviado. Pero,
¿cuál debe ser el estilo del enviado? ¿Cuáles son los puntos de referencia de
la misión cristiana? Las lecturas que hemos escuchado nos sugieren tres: la
alegría de la consolación, la cruz y la oración.
El primer elemento: la alegría de la
consolación. El profeta Isaías se dirige a un pueblo que ha atravesado el
periodo oscuro del exilio, ha sufrido una prueba muy dura; pero ahora, para
Jerusalén, ha llegado el tiempo de la consolación; la tristeza y el miedo deben
dejar paso a la alegría: "Festejad… gozad… alegraos", dice el Profeta
(66,10). Es una gran invitación a la alegría. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo?
Porque el Señor hará derivar hacia la santa Ciudad y sus habitantes un
"torrente" de consolación, de ternura materna: "Llevarán en
brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a
quien su madre consuela, así os consolaré yo" (v. 12-13). Todo cristiano,
sobre todo nosotros, estamos llamados a ser portadores de este mensaje de
esperanza que da serenidad y alegría: la consolación de Dios, su ternura para
con todos. Pero sólo podremos ser portadores si nosotros experimentamos antes
la alegría de ser consolados por Él, de ser amados por Él. Esto es importante
para que nuestra misión sea fecunda: sentir la consolación de Dios y
transmitirla. La invitación de Isaías ha de resonar en nuestro corazón:
"Consolad, consolad a mi pueblo" (40,1), y convertirse en misión. La
gente de hoy tiene necesidad ciertamente de palabras, pero sobre todo tiene
necesidad de que demos testimonio de la misericordia, la ternura del Señor, que
enardece el corazón, despierta la esperanza, atrae hacia el bien. ¡La alegría de
llevar la consolación de Dios!
El segundo punto de referencia de la
misión es la cruz de Cristo. San Pablo, escribiendo a los Gálatas, dice:
"Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo" (6,14). Y habla de las "marcas", es decir, de las
llagas de Cristo Crucificado, como el cuño, la señal distintiva de su
existencia de Apóstol del Evangelio. En su ministerio, Pablo ha experimentado
el sufrimiento, la debilidad y la derrota, pero también la alegría y la
consolación. He aquí el misterio pascual de Jesús: misterio de muerte y
resurrección. Y precisamente haberse dejado conformar con la muerte de Jesús ha
hecho a San Pablo participar en su resurrección, en su victoria. En la hora de
la oscuridad y de la prueba está ya presente y activa el alba de la luz y de la
salvación. ¡El misterio pascual es el corazón palpitante de la misión de la
Iglesia! Y si permanecemos dentro de este misterio, estamos a salvo tanto de
una visión mundana y triunfalista de la misión, como del desánimo que puede
nacer ante las pruebas y los fracasos. La fecundidad del anuncio del Evangelio
no procede ni del éxito ni del fracaso según los criterios de valoración
humana, sino de conformarse con la lógica de la Cruz de Jesús, que es la lógica
del salir de sí mismos y darse, la lógica del amor. Es la Cruz –siempre la Cruz
con Cristo-, la que garantiza la fecundidad de nuestra misión. Y desde la Cruz,
acto supremo de misericordia y de amor, renacemos como "criatura
nueva" (Ga 6,15).ù
Finalmente, el tercer elemento: la
oración. En el Evangelio hemos escuchado: "Rogad, pues, al dueño de la
mies que mande obreros a su mies" (Lc 10,2). Los obreros para
la mies no son elegidos mediante campañas publicitarias o llamadas al servicio
y a la generosidad, sino que son "elegidos" y "mandados"
por Dios. Por eso es importante la oración. La Iglesia, nos ha repetido
Benedicto XVI, no es nuestra, sino de Dios; el campo a cultivar es suyo. Así
pues, la misión es sobre todo gracia. Y si el apóstol es fruto de la oración,
encontrará en ella la luz y la fuerza para su acción. En efecto, nuestra misión
pierde su fecundidad, e incluso se apaga, en el mismo momento en que se
interrumpe la conexión con la fuente, con el Señor.
Queridos seminaristas, queridas novicias
y queridos novicios, queridos jóvenes en el camino vocacional. "La
evangelización se hace de rodillas", me decía uno de ustedes el otro día.
¡Sean siempre hombres y mujeres de oración! Sin la relación constante con Dios
la misión se convierte en función. El riesgo del activismo, de confiar
demasiado en las estructuras, está siempre al acecho. Si miramos a Jesús, vemos
que la víspera de cada decisión y acontecimiento importante, se recogía en
oración intensa y prolongada. Cultivemos la dimensión contemplativa, incluso en
la vorágine de los compromisos más urgentes y acuciantes. Cuanto más les llame
la misión a ir a las periferias existenciales, más unido ha de estar su corazón
a Cristo, lleno de misericordia y de amor. ¡Aquí reside el secreto de la
fecundidad de un discípulo del Señor!
Jesús manda a los suyos sin
"talega, ni alforja, ni sandalias" (Lc 10,4). La difusión
del Evangelio no está asegurada ni por el número de personas, ni por el
prestigio de la institución, ni por la cantidad de recursos disponibles. Lo que
cuenta es estar imbuidos del amor de Cristo, dejarse conducir por el Espíritu
Santo, e injertar la propia vida en el árbol de la vida, que es la Cruz del
Señor.
Queridos amigos y amigas, con gran
confianza les pongo bajo la intercesión de María Santísima. Ella es la Madre
que nos ayuda a tomar las decisiones definitivas con libertad, sin miedo. Que
Ella les ayude a dar testimonio de la alegría de la consolación de Dios, a
conformarse con la lógica de amor de la Cruz, a crecer en una unión cada vez
más intensa con el Señor. ¡Así su vida será rica y fecunda! Amén.
10 agosto 2013
El rey David (1)
Francisco Javier Bernad Morales
Recientemente
un equipo de arqueólogos israelíes, dirigido por el profesor Yossi Garfinkel,
ha anunciado el descubrimiento en Khirbet Qeifaya, a unos treinta kilómetros de
Jerusalén, de los restos de una edificación palacial del siglo X a. C. Se trata
de un hallazgo de excepcional importancia, pues constituye la prueba
arqueológica de la presencia en la zona de un poderoso reino en los tiempos en
que, a partir del relato bíblico, se supone que vivió David.
Aunque
a grandes rasgos, los episodios principales de la vida de David, tal como
aparecen en la Biblia, son sobradamente familiares a cualquier lector
cristiano, no está de más recoger, siquiera sea brevemente, lo que de él se nos
ha transmitido. Se le menciona como autor de numerosos salmos y el libro 1 de
las Crónicas se ocupa de su reinado, pero es en el 1 y 2 de Samuel donde
encontramos una narración vívida de sus acciones antes y después de la subida
al trono. David se nos presenta aquí como un valeroso guerrero temeroso de
Dios, que tras una complicada serie de episodios, conquista el poder y lleva a
Israel a una dorada etapa de esplendor. Pero no son las victorias militares ni
el engrandecimiento del reino lo que nos seduce, sino el modo en que aparece
retratada su personalidad. El ungido por el Señor, cuyo reinado quedará para siempre como un
ideal difícilmente alcanzable, es también un amigo leal y un padre indulgente
hasta el extremo, incluso un hombre débil, que sucumbe a las pasiones y que
para satisfacerlas llega hasta el asesinato. Queda claro que para el narrador
es un héroe, pero ante todo un ser humano que, aunque dotado de grandes virtudes,
es capaz también de cometer graves pecados.
Su
primera aparición se produce en 1 Samuel
16, cuando el Señor, tras haber retirado su favor a Saúl, que ha incumplido
sus mandatos en lucha con los amalequitas, ordena al profeta que se dirija a
Belén, para ungir a uno de los hijos de Jesé. Contra lo que cabría esperar, el
elegido es el más pequeño, que en aquel momento se halla ausente cuidando del
rebaño. A partir de este momento se inicia un ascenso plagado de dificultades.
En un primer momento, el joven es llamado al servicio de Saúl, convertido en su
escudero, a la par que, mediante el tañido del arpa, alivia la melancolía de su
rey. El capítulo siguiente, donde se narra su victoria sobre el filisteo
Goliat, parece, sin embargo, proceder de una tradición distinta, pues en él
David se presenta todavía como un joven pastor que, por mandato de su padre,
visita el campamento israelita para llevar alimentos a sus hermanos. Solo antes
del enfrentamiento intercambia unas palabras con Saúl, quien le entrega su
armadura, de la que el joven se deshace por no estar acostumbrado a ella.
Después del combate, conducido de nuevo ante la presencia del rey, este le
pregunta por su filiación, lo que refuerza la idea de que no le conocía
anteriormente.
09 agosto 2013
Himno de la Anunciación
De nuevo presentamos un himno del músico ruso Pavel Chesnokov (1877-1944):
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Anunciación,
Chesnokov
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