21 enero 2013

Iconoclastas e iconódulos (I)

Francisco Javier Bernad Morales

En el año 726, el emperador bizantino León III  el Isáurico ordenó la retirada de la pintura de Cristo situada sobre la puerta de bronce del gran palacio, y su sustitución por una simple cruz. Tal decisión, que provocó un tumulto en que la multitud dio muerte a uno de los soldados encargados llevarla a cabo, constituye el inicio de un problema que desgarró a la Iglesia de Oriente durante más de un siglo, en tanto que el Imperio se debatía en un agónico enfrentamiento con árabes y búlgaros.  León, pese a su apelativo, no procedía de Isauria, sino de Siria, y siendo estratego[1] del thema de Anatolia, se había sublevado con el apoyo de su provincia y de Armenia contra Teodosio III, a su vez un usurpador, quien, ante el avance rebelde renunció a la corona y se retiró a un monasterio (717). Los primeros momentos del nuevo reinado fueron extremadamente difíciles. En ese mismo año el califa Solimán consiguió bloquear Constantinopla por mar y por tierra, pero tras doce meses de asedio, hubo de retirarse. En los años siguientes, aunque la guerra continuó, su suerte fue por lo general favorable a los bizantinos, y León  pudo llevar a cabo reformas administrativas, judiciales y financieras, que contribuyeron a la estabilización del Imperio.
El apoyo del ejército y la popularidad adquirida con la victoria, le animaron a poner en práctica sus ideas de reforma religiosa. En su opinión, las representaciones plásticas de la Sagrada Familia, de los Apóstoles y de los santos conducían al pueblo hacia la idolatría, por lo que decidió su destrucción. Se encontró, sin embargo, con la oposición del patriarca Germán, a quien ordenó en 730 que aprobara el edicto que prohibía el culto a los iconos. Al negarse este, el emperador convocó el consejo supremo de los funcionarios bizantinos, tanto laicos como eclesiásticos (Silention), quienes condenaron a Germán, que hubo de dimitir. Su puesto fue ocupado por el iconoclasta Anastasio, que fue excomulgado por el papa Gregorio II. Se agravaron de esta manera las ya antiguas tensiones entre Roma y Constantinopla, en un momento en que los papas se sentían amenazados por el avance de los lombardos. El conflicto con Bizancio hizo que se vieran obligados a recurrir a la protección de los francos, lo que tuvo inmensas consecuencias políticas en el futuro, entre ellas la creación de los Estados Pontificios y la coronación imperial de Carlomagno (800).
Frente a los iconoclastas, los iconódulos, entre los que descolló San Juan Damasceno, sostenían que era falsa la acusación de idolatría, pues, las imágenes no son adoradas, sino veneradas debido a aquello que evocan. Son los libros en los que quienes no saben leer pueden aprender las verdades de la religión.
Constantino V, hijo y sucesor de León III, continuó e incluso radicalizó la política religiosa de su padre. Hizo que las sedes episcopales vacantes fueran ocupadas por iconoclastas y creó otras nuevas. Cuando se sintió con suficiente fuerza convocó en el palacio de Hieria un concilio que pretendió ecuménico, pero al que solo asistieron obispos orientales fieles (754). En él se ordenó la destrucción de todas las imágenes y se anatematizó a los iconódulos más destacados, como Juan Damasceno y el expatriarca Germán.  La persecución se tornó violenta y conllevó diversas condenas a muerte. Finalmente, incluso se rechazaron como heréticas las oraciones a los santos. Por otra parte y al igual que su padre, Constantino fue un buen administrador y un brillante militar que supo mantener a raya a árabes y búlgaros.




[1] El estratego concentraba, desde las reformas del siglo VII, la autoridad política y militar de una provincia (thema).

20 enero 2013

Vive con sencillez y trabaja por un mundo más justo

Eva San Martín

Cáritas anuncia que vivir con sencillez puede ser la respuesta a muchas de nuestras insatisfacciones y vacíos, a nuestras soledades y hastíos. El consumo se ha convertido en el dios de todos, en una presencia que nos rodea y que dirige lo que hacemos, soñamos y buscamos. La falta de empleo se ha convertido en una gran pandemia en los países del norte, que se suma a la realidad que cientos de países empobrecidos viven desde hace más de treinta años, y amenaza nuestra capacidad de consumo y de relación, porque para relacionarnos también necesitamos consumir[…]
Una de las consecuencias más dramáticas de la crisis económica y moral que padecemos es la falta de empleo, y constituye la peor cara de la crisis porque las cifras y las estadísticas han adoptado rostro, nombre y apellidos, historia y vida. Hoy nos enfrentamos, como en muchos momentos de la historia y en muchos lugares del mundo, ante el problema de conseguir trabajo.
El problema del paro no es coyuntural, es estructural. No responde a una mala situación económica, sino al propio funcionamiento del sistema económico hegemónico en el mundo. Hemos vivido una ilusión durante los primeros años del presente siglo, fruto de la construcción sin control, con un nivel de especulación nunca visto, que ha permitido trabajar a muchas más personas pero durante un tiempo ficticio, al tiempo que se han generado unas ganancias económicas desorbitadas para algunos y un endeudamiento “fácil” para otros. Nos hemos olvidado de que la gente necesita el trabajo no sólo para pagar las cuentas, poner alimentos en la mesa y conservar sus hogares, sino también para expresar su dignidad humana y enriquecer y consolidar la comunidad. (Cfr. Gaudium el Spes, 34)

Rev. Cáritas nº 542, diciembre 012

18 enero 2013

No me llames extranjero

Ante la inmigración

Francisco Javier Bernad Morales

En épocas como la actual en que padecemos graves dificultades de orden económico, a menudo hallan eco voces que, apelando a un oscuro egoísmo identitario, denuncian al extranjero como usurpador de supuestos beneficios que, afirman, deberían reservarse a los nacionales.  El mensaje que transmiten es muy simple, pues se reduce a una apelación a la solidaridad del grupo frente a quienes por definición quedan excluidos de él: los forasteros, los extraños, aquellos que han venido de otro lugar… No aportan soluciones, pero señalan un culpable, alguien contra quien dirigir la frustración de quienes no encuentran trabajo, o simplemente de aquellos cuyas esperanzas de futuro se tornan inseguras. Frente a la tentación xenófoba, los cristianos debemos responder con la apelación a la profunda unidad del género humano, hemos, pues, de recordar que todos somos hermanos y que el inmigrante es nuestro prójimo. Así se proclama en el Levítico y se repite en el Deuteronomio

Como a uno de vuestros indígenas habéis de considerar al extranjero que con vosotros es huésped y le amarás como a ti mismo, pues extranjeros habéis sido en el país de Egipto (Levítico, 19, 3).

No abominarás del idumeo, pues es hermano tuyo. Tampoco abominarás del egipcio, porque fuiste extranjero en su país (Deuteronomio, 23, 8).

De la misma manera insiste el Concilio Vaticano II:

La justicia y la equidad exigen también que la movilidad, la cual es necesaria en una economía progresiva, se ordene de manera que se eviten la inseguridad y la estrechez de la vida del individuo y de su familia. Con respecto a los trabajadores que, procedentes de otros países o de otras regiones, cooperan en el crecimiento económico de una nación o de una provincia, se ha de evitar con sumo cuidado toda discriminación en materia de remuneración o de condiciones de trabajo. Además, la sociedad entera, en particular los poderes públicos, deben considerarlos como personas, no simplemente como meros instrumentos de producción, deben ayudarles para que traigan junto a sí a sus familias, se procuren un alojamiento decente favorecer su incorporación a la vida social del país o de la región que los acoge (Constitución Gaudium et spes, 66).

No ver en el extranjero a nuestro prójimo implica rechazar al Creador y, por tanto, a Cristo, pues quien lo hace, en lugar de amor, siembra odio.

17 enero 2013

La compasión como principio de acción

José Antonio Pagola


Lo que define a ese Dios que quiere reinar en el mundo no es el poder, sino la compasión. No viene a imponerse y dominar al ser humano. Se acerca para hacer nuestra vida más digna y dichosa. Esta es la experiencia que comunica Jesús en sus parábolas más conmovedoras y la que inspira toda su trayectoria al servicio del reino de Dios. Jesús no puede experimentar a Dios por encima o al margen del sufrimiento humano. La compasión es el modo de ser de Dios, su forma de mirar al mundo, lo que le mueve a hacerlo más humano y habitable.
Es precisamente esta compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento y a la humillación de las gentes. Lo que lo atrae hacia las víctimas inocentes: los maltratados por la vida o por las injusticias de los poderosos. Su pasión por este Dios del reino se traduce en compasión por el ser humano […]
Desde su experiencia radical de la compasión, Jesús introduce en la historia un principio decisivo de acción: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo” (Lc 6, 36). La compasión es la fuerza que puede mover la historia hacia un futuro más humano. La compasión activa y solidaria es la gran ley de la dinámica del reino. La que nos ha de hacer reaccionar ante el clamor de los que sufren y movilizarnos para construir un mundo más justo y fraterno. Esta es la gran herencia de Jesús que los cristianos hemos de recuperar hoy.

ALEIXANDRE, D., MARTÍN VELASCO, J., PAGOLA, J. A. Fijos los ojos en Jesús. En los umbrales de la fe. PPC, 2012, pp. 163-164

15 enero 2013

No llores si me amas


En el día de hoy celebramos, en la familia agustiniana, la Conmemoración de los familiares difuntos y lo hacemos desde la fe en Cristo Resucitado y con la esperanza del reencuentro en el Padre que nos ama. Es un día de acción de gracias por la vida compartida con quienes nos han precedido en el camino hacia el Padre y nos han dejado la huella de su testimonio mientras han vivido con nosotros y, también, de alegría, por la certeza de que, aunque la separación y el duelo resulten difíciles, la muerte no tiene la última palabra.

Reproducimos a continuación una bella oración agustiniana.

San Agustín

¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo!
¡Si supieras oir el cántico de los ángeles y verme en medio de ellos!
¡Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los campos eternos de los nuevos senderos que atravieso!
¡Si por un instante pudieras contemplar como yo, la Belleza ante la cual las demás bellezas palidecen!
¿Cómo?
Tú que me has visto y me has amado en el mundo, país de las sombras,
¿no te resignarás al verme ahora en el cielo, país de las inmutables realidades?
Créeme,
cuando la muerte venga a romper las ligaduras,
como ha roto las que a mí me encadenaban
y cuando llegue un día,
que Dios ha fijado y conoce,
y tu alma venga a este Cielo en que ha precedido la mía....
Ese día volverás a ver aquella que te amaba y te sigue amando
y encontrarás su corazón con todas sus ternuras purificadas.
Volverás a verme, pero transfigurada,
extática, feliz,
no ya esperando la muerte,
sino en senderos de LUZ y de la VIDA,
bebiendo con embriaguez a los pies de DIOS,
un néctar del cual nadie se saciará jamás.
Por eso, enjuga tu llanto y no llores, si me amas
.

J. S. Bach. Magnificat 01