10 abril 2012

Himno Pascual

San Hipólito

¡Oh Pascua de Dios que desciendes del cielo sobre la tierra y desde la tierra vuelves a subir al cielo! ¡Oh alegría universal, honor, convite, delicia! ¡Las tinieblas de la muerte han desaparecido, la vida ha sido dada a todos, las puertas del cielo se han abierto!
Dios se ha hecho hombre y el hombre se ha hecho Dios. Ha roto la hegemonía del infierno y las barreras que detenían a Adán. El pueblo de los infiernos ha resucitado de entre los muertos, para decir a la tierra que las promesas se han cumplido. Y los cánticos volvieron a la tierra.
¡Oh Pascua de Dios! El Dios del cielo en su liberalidad se ha unido a nosotros en el Espíritu, la inmensa sala de bodas se ha llenado con los invitados. Todos llevan la vestidura nupcial y ninguno ha sido arrojado fuera por carecer de ella. ¡Oh Pascua! Luz de un nuevo resplandor, esplendor del cortejo de las vírgenes. Las lámparas de las almas ya no se apagan. En todas ellas el fuego de la gracia arde de forma divina en los cuerpos y en las almas, y lo que arde es el aceite de Cristo.
Así nosotros te pedimos, Dios soberano, Cristo rey en el espíritu y en la eternidad, que extiendas tus grandes manos sobre tu Iglesia sagrada y sobre tu pueblo santo que te pertenece por siempre, defiéndelo, vigílalo, consérvalo, combate y lucha por él, somete a todos sus enemigos bajo tu poder, hasta destrozar a las fuerzas invisibles que están ya vencidas. Alza ahora tu estandarte sobre nosotros y concédenos que podamos cantar con Moisés el cántico triunfal.
A ti la victoria y el poder en los siglos de los siglos. Amén.
                                               (San Hipólito, Homilía: La Pascua histórica)

08 abril 2012

Amamaka

Gracias a un amigo libanés he conocido esta hermosa canción maronita interpretada por Marie Keyrouz, hermana de la Congregación de San Basilio. Incluyo la traducción al castellano.

-Ante Ti, Cristo Crucificado,
sacrifico mi vida.
Cúbreme con el pan de la Eucaristía,
por Tu gran ternura,
porque soy pecador.
-Señor, nosotros somos tus llagas,
impregnadas de la sangre del Amor.
Ven y vive en mi corazón
y haz de mí un hombre a Tu imagen.
-Señor, ayúdame a vencer mi debilidad,
ilumíname con tu Luz eterna
y acuérdate de mí
en tu Paraíso Celestial

Plegaria "Gastar la vida"

 Lluís Espinal

Lluís Espinal, sacerdote jesuita y periodista de origen catalán, desarrolló su labor pastoral principalmente en Bolivia. Dos días antes de que, en 1980, Monseñor Romero fuera asesinado en El Salvador mientras oficiaba una Eucaristía, él también fue secuestrado y asesinado en Bolivia.
Poseía una especial sensibilidad artística, muestra de ello es la plegaria pascual que reproducimos.
Jesucristo ha dicho: “Quien quiera economizar su vida, la perderá;
y quien la gaste por Mi, la recobrará en el vida eterna”.
Pero a nosotros nos da miedo gastar la vida, entregarla sin reservas.
Un terrible instinto de conservación nos lleva hacia el egoísmo,
y nos atenaza cuando queremos jugarnos la vida.
Tenemos seguros por todas partes, para evitar los riesgos.
Y sobre todo está la cobardía...

Señor Jesucristo, nos da miedo gastar la vida.
Pero la vida Tú nos la has dado para gastarla;
no se la puede economizar en estéril egoísmo.
Gastar la vida es trabajar por los demás,
aunque no paguen; hacer un favor al que no va a devolver;
gastar la vida es lanzarse aún al fracaso, si hace falta, sin falsas prudencias;
es quemar las naves en bien del prójimo.
Somos antorchas que solo tenemos sentido cuando nos quemamos;
solamente entonces seremos luz.
Líbranos de la prudencia cobarde,
la que nos hace evitar el sacrificio, y buscar la seguridad.

Gastar la vida no se hace con gestos ampulosos, y falsa teatralidad.
La vida se da sencillamente, sin publicidad, como el agua de la vertiente,
como la madre da el pecho al niño, como el sudor humilde del sembrador.
Entrénanos, Señor, a lanzarnos a lo imposible, porque detrás de lo imposible
está tu gracia y tu presencia; no podemos caer en el vacío.
El futuro es un enigma, nuestro camino se interna en la niebla;
pero queremos seguir dándonos, porque Tú estás esperando
en la noche, con mil ojos llenos de lágrimas.

Con nuestros cuerpos aún en la brecha,
y con el alma rota,
te gritamos un primer “hurra”,
hasta que se desencadene la eternidad.
Tu dolor ya pasó;
tus enemigos han fracasado antes de nacer.
Tú eres el Rey de la sonrisa definitiva.(…)
Marchamos detrás de Ti,
por una calzada de eternidad.
Tú estás con nosotros
y eres nuestra inmortalidad.
Señor triunfador de los siglos,
quita todo rictus de tristeza
de nuestros rostros.
No estamos embarcados en un azar;
la última palabra ya es tuya.
Más allá del crujir de nuestros huesos,
ya ha empezado el “Aleluya” eterno.
que las mil gargantas de nuestras heridas
se sumen ya a tu salmodia triunfal.

07 abril 2012

Política y sociedad en La Ciudad de Dios (3. Los cristianos y el Estado)


Francisco Javier Bernad Morales

El Estado, la ciudad terrena, tiene afán de permanencia. Frente a la fugacidad de la vida individual se alza la voluntad de perduración a lo largo de las generaciones; así, el hombre mortal se forja la ilusión de una formación política eterna. En cuanto seres humanos, todos nacemos en la ciudad terrena y nos encontramos sujetos a sus leyes ¿Cuál debe ser entonces la actitud del cristiano ante esa ciudad terrena, consecuencia de la debilidad de la naturaleza humana a causa del pecado?[1]
Caben tres opciones. La primera consiste en construir un Estado cristiano, pero esto, indica Fernando J. Joven, es algo que jamás mencionó San Agustín. Aún más, se trata, dada la realidad pecadora del cristiano, de una contradicción en los términos, pues supondría un intento de edificar el paraíso sobre la tierra y, al convertir la fe en fuente de legislación positiva, llevaría a ejercer la fuerza para hacerla cumplir. Es obvio que los cristianos hemos caído en numerosas ocasiones en esta tentación, pero también lo es que cuando eso ha ocurrido, hemos pervertido la fe y hemos traído un enorme sufrimiento al mundo.
Otra posibilidad es la huida: constituir comunidades eremíticas o monásticas al margen del Estado[2]. Quizá se trate de algo válido y posible para unos pocos, pero está fuera del alcance de la mayoría.
Queda, por último, adoptar una actitud pragmática, como, según el autor, hace San Agustín. Aunque el cristiano tenga puesta la mirada en el destino futuro, no por ello debe despreciar los bienes presentes; antes, al contrario, debe usarlos, aunque sin tenerlos por absolutos. Los distintos modos de ordenamiento político o las diferentes leyes no pueden sernos indiferentes. Hemos de discernir cuales son preferibles y se aproximan más a la justicia, recordando siempre que lo hacemos desde un punto de vista humano, y actuar en consecuencia.

Pretender comparar el  derecho romano con las normas bárbaras, o cualquier aberración totalitaria con nuestras democracias liberales es un insulto a la razón. Sin embargo, nuestra civilización occidental no deja de ser una ciudad terrena con millones de ciudadanos que, movidos en la vida por la pasión de dominio, no buscan más allá de su bienestar personal.[3]

El cristiano debe, pues, tomar parte activa en la vida política, promoviendo o apoyando aquellas medidas que redunden en bien de la colectividad, pero sin perder nunca de vista cuál es su última aspiración, y entendiendo el carácter relativo y transitorio del ordenamiento que los seres humanos nos damos para vivir en la ciudad terrena.



[1] Recordemos con San Agustín, que Caín funda la primera ciudad tras el asesinato de Abel, Gn 4, 17
[2] En este grupo opino que se incluirían también las comunidades formadas por ciertos grupos anabaptistas, como los amish. Precisamente, junto a esta corriente pacífica del anabaptismo, hubo otra que pretendió erigir el reino de Dios sobre la tierra mediante la violencia.

[3] JOVEN, Fernando J. op. cit. 246.

05 abril 2012

El Cristo de Velázquez

Miguel de Unamuno

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno. Que eres, Cristo, el único
hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre muerto que no muere
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dio toda su sangre
por que las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. Noche cariñosa,
¡oh noche, madre de los blandos sueños,
madre de la esperanza, dulce Noche,
noche oscura del alma, eres nodriza
de la esperanza en Cristo salvador!

Jueves Santo

02 abril 2012

Política y sociedad en La Ciudad de Dios (2. Las dos ciudades)


Francisco Javier Bernad Morales

A San Agustín le es fácil mostrar que las divinidades paganas no habían impedido en el pasado la multitud de desastres que habían afligido a la ciudad, pero su empeño va mucho más allá de una simple defensa frente a los ataques exteriores. Como se ha señalado más arriba, se trata de erigir una visión del mundo, en realidad una filosofía o, quizá mejor, una teología de la historia. Con esta intención desarrolla la teoría, ya esbozada anteriormente en algunos sermones, de las dos ciudades, cada una surgida de un amor distinto: la ciudad terrena, cuyo origen es el amor a sí mismo hasta llegar al desprecio de Dios; y la celestial, edificada sobre el amor a Dios hasta el olvido de sí.
Roma es una obra humana, edificada sobre el amor de sí, y movida, por tanto, por el afán de dominación. Su tiempo, pues, pasará, como ocurrió con el de los persas y el de los asirios. Ni Roma ni ningún otro estado pueden representar la plenitud humana, pues la ciudad terrena es fruto del pecado y se ha hecho necesaria porque los hombres nos hemos separado de Dios. Por ese motivo nos hemos visto obligados a dotarnos de leyes y a crear la organización política, pero esta no puede ser la encarnación de la justicia ya que no cabe construir el cielo en la tierra.
Ahora bien, ¿quiénes integran cada una de las ciudades? Fernando Joven analiza varias posibilidades que rápidamente rechaza por superficiales e incorrectas. Así, en primer lugar, la que identifica como los buenos a los miembros de la ciudad celeste y como los malvados a los de la terrena. Nunca se pertenece, hasta el momento de la muerte, a una de estas categorías de una manera definitiva. Tampoco cabe marcar el límite en la distinción entre bautizados y no bautizados, pues del mismo modo que entre los paganos hay futuros cristianos, entre estos abundan quienes lo son falsamente. Es más: hay miembros de la Iglesia sin estar bautizados ni confesar a Cristo[1]. La auténtica división se establece entre los que se salvarán y los que se condenarán, pero solo Dios sabe quien pertenece a cada grupo.  Como señala el autor:

La ciudad de Dios, como tal entidad, solo existe fuera de la historia, nunca en este mundo. No la fundan los hombres, sino Cristo. A partir de esta referencia objetiva, adquiere un sentido figurado: los buenos cristianos que viven ahora y que un día la alcanzarán. En propiedad, serán tales ciudadanos de la Ciudad de Dios cuando lleguen al cielo, mientras tanto no pasan de aspirantes, de peregrinos[2].



[1] Fernando J. Joven apoya esta afirmación en dos pasajes de La ciudad de Dios (XIII, 7 y XVIII, 51). Pero pueden aducirse otros como  XVIII, 47: “Es verdad que el pueblo llamado propiamente pueblo de Dios fue este [Israel], pero no pueden negar que había en las demás naciones algunos hombres dignos de ser llamados verdaderos israelitas por ser ciudadanos de la patria celestial, unidos con vínculos no terrenos, sino  celestiales.”
[2] JOVEN, Fernando J. “Política y sociedad en La Ciudad de Dios”, en VV.AA Dos amores fundaron dos ciudades. Centro Teológico San Agustín. Madrid, 2012. p. 233