Hermosa interpretación de la hermana Marie Keyrouz.
15 febrero 2014
Ya Sayyida Hayati. ¡Oh! Señor de mi vida.
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Marie Keyrouz,
maronita
14 febrero 2014
Entrar en las Santas Escrituras
San Agustín
En vista de ello decidí aplicar mi ánimo a las
Santas Escrituras y ver qué tal eran. Mas he aquí que veo una cosa no hecha para
los soberbios ni clara para los pequeños, sino a la entrada baja y sublime en
su interior y velada de los misterios, y yo no era tal que pudiera entrar por
ella o agachar la cabeza a su ingreso. Sin embargo, al fijar la atención en
ellas, no pensé entonces lo que ahora digo, sino simplemente me parecieron
indignas de parangonarse con la majestad de los escritos de Tulio. Mi hinchazón
rechazaba su estilo y mi mente no penetraba su interior. Con todo, ellas eran
tales que habían de crecer con los pequeños; mas yo me negaba a ser pequeño e,
hinchado de soberbia, me creía grande.
Confesiones III, V, 9
12 febrero 2014
Entréme donde no supe
San Juan de la Cruz
Entréme
donde no supe
y quedéme no
sabiendo
toda ciencia
trascendiendo.
Yo no supe
dónde entraba
pero cuando
allí me vi
sin saber
dónde me estaba
grandes
cosas entendí
no diré lo
que sentí
que me quedé
no sabiendo
toda ciencia
trascendiendo.
De paz y de
piedad
era la
ciencia perfecta,
en profunda
soledad
entendida
vía recta
era cosa tan
secreta
que me quedé
balbuciendo
toda ciencia
trascendiendo.
Estaba tan
embebido
tan absorto
y ajenado
que se quedó
mi sentido
de todo
sentir privado
y el
espíritu dotado
de un
entender no entendiendo
toda ciencia
trascendiendo.
El que allí
llega de vero
de sí mismo
desfallece
cuanto sabía
primero
mucho bajo
le parece
y su ciencia
tanto crece
que se queda
no sabiendo,
toda ciencia
trascendiendo.
Cuanto más
alto se sube
tanto menos
se entendía
que es la
tenebrosa nube
que a la
noche esclarecía
por eso
quien la sabía
queda
siempre no sabiendo,
toda ciencia
trascendiendo.
Este saber
no sabiendo
es de tan
alto poder
que los
sabios arguyendo
jamás le
pueden vencer
que no llega
su saber
a no
entender entendiendo
toda ciencia
trascendiendo.
Y es de tan
alta excelencia
aqueste sumo
saber
que no hay
facultad ni ciencia
que le
puedan emprender
quien se
supiere vencer
con un no
saber sabiendo,
toda ciencia
trascendiendo.
Y si lo
queréis oír
consiste
esta suma ciencia
en un subido
sentir
de la
divinal esencia
es obra de
su clemencia
hacer quedar
no entendiendo
toda ciencia
trascendiendo.
11 febrero 2014
Fe y caridad: «También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16)
1. Con ocasión de la XXII Jornada Mundial del Enfermo, que
este año tiene como tema Fe y caridad: «También nosotros debemos dar la vida
por los hermanos» (1 Jn 3,16), me dirijo particularmente a las personas
enfermas y a todos los que les prestan asistencia y cuidado. Queridos enfermos,
la Iglesia reconoce en vosotros una presencia especial de Cristo que sufre. En
efecto, junto, o mejor aún, dentro de nuestro sufrimiento está el de Jesús, que
lleva a nuestro lado el peso y revela su sentido. Cuando el Hijo de Dios fue
crucificado, destruyó la soledad del sufrimiento e iluminó su oscuridad. De
este modo, estamos frente al misterio del amor de Dios por nosotros, que nos
infunde esperanza y valor: esperanza, porque en el plan de amor de Dios también
la noche del dolor se abre a la luz pascual; y valor para hacer frente a toda
adversidad en su compañía, unidos a él.
2. El Hijo de Dios
hecho hombre no ha eliminado de la experiencia humana la enfermedad y el
sufrimiento sino que, tomándolos sobre sí, los ha transformado y delimitado.
Delimitado, porque ya no tienen la última palabra que, por el contrario, es la
vida nueva en plenitud; transformado, porque en unión con Cristo, de
experiencias negativas, pueden llegar a ser positivas. Jesús es el camino, y
con su Espíritu podemos seguirle. Como el Padre ha entregado al Hijo por amor,
y el Hijo se entregó por el mismo amor, también nosotros podemos amar a los
demás como Dios nos ha amado, dando la vida por nuestros hermanos. La fe en el
Dios bueno se convierte en bondad, la fe en Cristo Crucificado se convierte en
fuerza para amar hasta el final y hasta a los enemigos. La prueba de la fe
auténtica en Cristo es el don de sí, el difundirse del amor por el prójimo,
especialmente por el que no lo merece, por el que sufre, por el que está
marginado.
3. En virtud del Bautismo y de la Confirmación estamos
llamados a configurarnos con Cristo, el Buen Samaritano de todos los que
sufren. «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por
nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16).
Cuando nos acercamos con ternura a los que necesitan atención, llevamos la
esperanza y la sonrisa de Dios en medio de las contradicciones del mundo.
Cuando la entrega generosa hacia los demás se vuelve el estilo de nuestras
acciones, damos espacio al Corazón de Cristo y el nuestro se inflama,
ofreciendo así nuestra aportación a la llegada del Reino de Dios.
4. Para crecer en la ternura, en la caridad respetuosa y
delicada, nosotros tenemos un modelo cristiano a quien dirigir con seguridad
nuestra mirada. Es la Madre de Jesús y Madre nuestra, atenta a la voz de Dios y
a las necesidades y dificultades de sus hijos. María, animada por la divina
misericordia, que en ella se hace carne, se olvida de sí misma y se encamina
rápidamente de Galilea a Judá para encontrar y ayudar a su prima Isabel;
intercede ante su Hijo en las bodas de Caná cuando ve que falta el vino para la
fiesta; a lo largo de su vida, lleva en su corazón las palabras del anciano
Simeón anunciando que una espada atravesará su alma, y permanece con fortaleza
a los pies de la cruz de Jesús. Ella sabe muy bien cómo se sigue este camino y
por eso es la Madre de todos los enfermos y de todos los que sufren. Podemos
recurrir confiados a ella con filial devoción, seguros de que nos asistirá, nos
sostendrá y no nos abandonará. Es la Madre del crucificado resucitado:
permanece al lado de nuestras cruces y nos acompaña en el camino hacia la
resurrección y la vida plena.
5. San Juan, el discípulo que estaba con María a los pies de
la Cruz, hace que nos remontemos a las fuentes de la fe y de la caridad, al
corazón de Dios que «es amor» (1 Jn 4,8.16), y nos recuerda que no podemos amar
a Dios si no amamos a los hermanos. El que está bajo la cruz con María, aprende
a amar como Jesús. La Cruz es «la
certeza del amor fiel de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en
nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para
sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos… La Cruz de
Cristo invita también a dejarnos contagiar por este amor, nos enseña así a
mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a
quien tiene necesidad de ayuda» (Via Crucis con los jóvenes, Río de Janeiro, 26
de julio de 2013).
Confío esta XXII Jornada Mundial del Enfermo a la
intercesión de María, para que ayude a las personas enfermas a vivir su propio
sufrimiento en comunión con Jesucristo, y sostenga a los que los cuidan. A
todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la
Bendición Apostólica.
Mensaje del Papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo 2014
10 febrero 2014
Pedro Valdo
Francisco Javier Bernad Morales
Amplios
períodos de la vida de Pedro Valdo permanecen en la oscuridad, debido a la
falta de documentación. Sabemos que era un rico mercader de Lyon, entre cuyos
negocios posiblemente figuraba la usura, y que en 1173 experimentó una crisis
espiritual, cuyas circunstancias exactas se desconocen. Una tradición afirma
que mientras hablaba con un amigo, este murió de repente lo que lo produjo una
grave conmoción. Fuera este u otro el desencadenante, lo cierto es que, tomando
al pie de la letra las palabras de Jesús en Mateo 19, 21, vendió todos sus bienes
y, tras entregar una parte a su esposa e hijas, repartió lo restante entre los
pobres. A partir de ese momento se dedicó a predicar el Evangelio y pronto lo
rodeó un numeroso grupo de seguidores.
Nada
insólito hay en ello. Incluso pudiéramos decir que la conversión de Valdo no es
muy distinta de la de Francisco de Asís, ocurrida unos treinta años después. Tampoco es extraño que este tipo de actividad
despertara los recelos del obispo, quien le prohibió la predicación. Ante eso,
Valdo marchó a Roma (1179), donde fue acogido benévolamente por el papa
Alejandro III, quien posiblemente vio en él a un reformador a quien podría
integrarse quizá como fundador de una nueva orden monástica. Es tan solo una
hipótesis, pues los acontecimientos se desarrollaron en una línea diferente,
que condujo a la ruptura de Valdo con la Iglesia Católica.
El
enfrentamiento con el obispo persistió y pronto Valdo comenzó a difundir ideas
que chocaban con la ortodoxia, tales como la inexistencia del Purgatorio y, por
tanto, la inutilidad de las indulgencias, el rechazo del culto a la Virgen y a
los santos o la veneración de las reliquias. También, como harían más tarde
todos los reformadores, defendió la necesidad de traducir la Biblia a lengua
vulgar para ponerla al alcance de los fieles. Sus seguidores, denominados en un
principio Pobres de Lyon y más tarde valdenses, propagaban estas doctrinas, que
encontraban un gran éxito entre los sectores más humildes de la sociedad, a
quienes probablemente seducía la figura del mercader acaudalado que
voluntariamente había abandonado todo, para compartir la suerte de los
menesterosos.
Condenados
finalmente como herejes en 1184 por el papa Lucio III, fueron obligados a
abandonar Lyon, lo que contribuyó a la difusión de sus doctrinas. Valdo marchó
hacia el este y al parecer encontró refugio en Bohemia. Es muy poco lo que se
sabe sobre su vida a partir de este momento, aunque pudiera haber muerto en
Polonia hacia 1217.
Pese la
persecución, se mantuvieron comunidades valdenses en diferentes lugares de
Europa, en especial en zonas montañosas de Francia y de Italia, y también en
Bohemia, donde se unirían más adelante al movimiento husita. Ya en el siglo
XVI, todos los grupos supervivientes se insertaron en el gran árbol de la
Reforma protestante. En la actualidad, sus continuadores ostentan el nombre de
Iglesias Evangélicas Valdenses y están presentes en diferentes países europeos
y latinoamericanos.
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09 febrero 2014
08 febrero 2014
Adoro te devote
Himno compuesto por Santo Tomás de Aquino, con motivo de la institución de la festividad del Corpus Christi en 1264.
- Te adoro con devoción, Dios escondido,
- oculto verdaderamente bajo estas apariencias.
- A Ti se somete mi corazón por completo,
- y se rinde totalmente al contemplarte.
- Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto;
- pero basta el oído para creer con firmeza;
- creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:
- nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
- En la Cruz se escondía sólo la Divinidad,
- pero aquí se esconde también la Humanidad;
- sin embargo, creo y confieso ambas cosas,
- y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.
- No veo las llagas como las vio Tomás
- pero confieso que eres mi Dios:
- haz que yo crea más y más en Ti,
- que en Ti espere y que te ame.
- ¡Memorial de la muerte del Señor!
- Pan vivo que das vida al hombre:
- concede a mi alma que de Ti viva
- y que siempre saboree tu dulzura.
- Señor Jesús, Pelícano bueno,
- límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre,
- de la que una sola gota puede liberar
- de todos los crímenes al mundo entero.
- Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego,
- que se cumpla lo que tanto ansío:
- que al mirar tu rostro cara a cara,
- sea yo feliz viendo tu gloria.
- Amén.
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