Amado Nervo
Señor, Señor,Tú antes, Tú después, Tú en la inmensa
hondura del vacío y en la hondura interior.
Tú en la aurora que canta y en la noche que piensa;
Tú en la flor de los cardos y en los cardos sin flor.
Tú en el cenit a un tiempo y en el nadir; Tú en todas
las transfiguraciones y en todo el padecer.
Tú en la capilla fúnebre, Tú en la noche de bodas;
¡Tú en el beso primero, Tú en el beso postrero!
Tú en los ojos azules y en los ojos oscuros;
Tú en la frivolidad quinceañera y también
en las grandes ternezas de los años maduros;
Tú en la más negra sima, Tú en el más alto edén.
Si la ciencia engreída no te ve, yo te veo;
si sus labios te niegan, yo te proclamaré.
Por cada hombre que duda, mi alma grita: "Yo creo"
¡y con cada fe muerta, se agiganta mi fe!
07 marzo 2013
06 marzo 2013
La fe ante el Holocausto
Jean
Améry (1912-1978), cuyo verdadero nombre era Hans Maier, nació en Austria de
padre judío y madre católica. Tras el Anschluss
(anexión de Austria por la Alemania nazi), escapó a Bélgica, donde fue arrestado
después de la capitulación. Consiguió fugarse, pero en julio de 1943 la Gestapo
lo detuvo de nuevo y, tras terribles torturas, lo identificó como judío, por lo
que lo envió a Auschwitz.
Es
autor de algunos de los más estremecedores testimonios sobre el Holocausto. Hoy
recogemos un texto en que, desde su condición de agnóstico, reflexiona sobre la
fe:
Nosotros, intelectuales escépticos y
humanistas, éramos objeto de desprecio por parte de ambos, cristianos y
marxista. Los primeros nos despreciaban con indulgencia, los segundos con
impaciencia y desabrimiento. Había momentos en el campo, en que me preguntaba si el desprecio no estaba justificado. No es que
en mi caso hubiera deseado o tan solo reputado posible la fe religiosa o política.
No quería saber nada de una gracia de la fe, que para mí no era tal, ni de una
ideología, cuyos errores y sofismas creía haber desvelado. No quería ingresar
en sus grupos de correligionarios, pero habría deseado ser como ellos,
imperturbables, serenos y recios. Lo que a la sazón creí comprender, todavía hoy
me parece una certeza: la persona creyente en un sentido amplio, ya nutra su fe
en fuentes metafísicas o inmanentistas, es capaz de superarse a sí misma. No es
reo de su propia individualidad, sino que participa de un continuo espiritual,
que jamás se interrumpe, ni siquiera en Auschwitz. Es al mismo tiempo más
extraño y más cercano a la realidad que el descreído. Más extraño puesto que su
actitud fundamental de corte finalista lo lleva a hacer caso omiso de los
contenidos de realidad existentes y a fijar su atención sobre un futuro más o
menos próximo; más cercano, sin embargo, porque justo por esa razón no se deja
dominar por las circunstancias envolventes y así puede influir sobre ellas más
eficazmente. Para el hombre desarraigado de la fe, la realidad es, en el peor
de los casos, una fuerza violenta ante la que se doblega, en el mejor de los
casos, un material para el análisis. Para el creyente es arcilla que modela,
misión que profesa.
AMÉRY,
Jean, Más allá de la culpa y la expiación,
Valencia, Pre-Textos, 2004, p. 70-71
05 marzo 2013
En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo
San Agustín
De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL
39, 766)
Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla?
Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los
confines de la tierra con el corazón abatido. Por lo tanto, se invoca desde los
confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque
Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único
hombre que clama desde los confines de la tierra? Los que invocan desde los
confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la
cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en
posesión, los confines de la tierra. De manera que quien clama desde los
confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única
Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros.
Y ¿qué es lo que pide? Lo que he dicho antes: Dios mío escucha mi clamor,
atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra. O sea: Esto
que pido, lo pido desde los confines de la tierra, es decir, desde todas
partes.
Pero, ¿por qué ha invocado así? Porque tenía el corazón abatido. Con ello da a
entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres
del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones.
Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin
tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la
tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado
si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de
enemigo y de tentaciones.
Éste que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se
encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, a su cuerpo, quiso
prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y
ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su
cabeza los precedió.
De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás.
Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo.
¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo! Pero en Cristo estabas siendo
tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de él procedía para ti la
salvación; de ti procedía la muerte para él, y de él para ti la vida; de ti
para él los ultrajes, y de él para ti los honores; en definitiva, de ti para él
la tentación, y de él para ti la victoria.
Si hemos sido tentados en él, también en él vencemos al diablo. Te fijas en que
Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado
en él, y reconócete también vencedor en él. Podía haber evitado al diablo;
pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria
cuando tú fueras tentado.
04 marzo 2013
Oración al Espíritu Santo por la Iglesia

Espíritu Santo que siempre has preparado
el camino al sucesor de Pedro,
te pedimos que guardes en tu amor
al papa Benedicto XVI
para que siga sirviendo de todo corazón
a la Santa Iglesia
con su oración y su enseñanza.
Ayúdanos en este tiempo de gracia,
a orar con fervor y acoger en el amor
a quien el Señor nos quiera dar.
Te pedimos especialmente
que derrames tu gracia, tu luz y tu amor
sobre todos los Cardenales que han de elegir
al nuevo Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro.
Que el nuevo Papa nos presida
en la unidad y en la caridad,
sirva con ardor, con gran celo por las almas
y con vigilante dedicación pastoral.
Unidos con María, Madre de la Iglesia,
colocamos bajo su maternal amparo,
el camino de quien guiará
a la comunidad cristiana
desde un nuevo Pontificado. Amén
Delegación de Pastoral Vocacional
Diócesis de Getafe
03 marzo 2013
Esencia del mal
Benedicto XVI
"... el mal no es una criatura nueva, algo espontáneo y real que exista en sí mismo, sino que es, por naturaleza, negación, una corrosión de la criatura. No es un ser -porque el ser solo puede proceder de la Fuente del ser-, sino una negación. Que la negación pueda ser tan poderosa tiene que conmocionarnos. Pero creo que es consolador saber que el mal no es una criatura, sino algo parecido a una planta parásita. vive de lo que arrebata a otros y al final se mata a sí mismo igual que lo hace la planta parásita cuando se apodera de su hospedante y lo mata.
El mal no es algo propio, existente, sino pura negación. Y si me entrego al mal, abandono el ámbito del despliegue positivo de la existencia en favor del estado parasitario, del autocarcomerse y de la negación de la existencia."
BENEDICTO XVI, Dios y el mundo. Una conversación con Peter Seewald. Barcelona, Mondadori, 2005, p. 120.
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02 marzo 2013
01 marzo 2013
Qué hermoso podría ser el mundo
Francisco Javier Bernad Morales
Viktor
Frankl (1905-1997) fue un destacado psiquiatra de origen judío. En el momento de la
anexión de Austria por la Alemania nazi ya había alcanzado el suficiente
relieve como para que los Estados Unidos se ofrecieran a acogerle. Las dudas,
sin embargo, le atenazaban. Si emigraba salvaría la vida, pero sus padres
quedarían abandonados a su suerte. Recorría las calles en busca de una
respuesta que no encontraba. En una ocasión, atraído por la música que sonaba
en el interior, entró en la catedral y permaneció allí largo rato. Se sintió
invadido por una sensación de paz que durante mucho tiempo no había
experimentado, pero eso no resolvió su problema. Al regresar a casa, vio sobre
la chimenea un fragmento de cornisa con una inscripción en hebreo.
-Han
quemado la sinagoga. Esto es lo único que se ha salvado- le explicó su padre.
-¿Qué
dice?-
preguntó Viktor, que no conocía el idioma.
-Honrarás
a tu padre y a tu madre.
En ese
momento decidió que debía permanecer en Viena. No pudo, sin embargo, evitar que
sus padres fueran asesinados en las cámaras de gas, pero al menos los acompañó
mientras le fue posible. Él mismo pudo morir en Auschwitz. Más adelante recogió
su experiencia en un pequeño libro. De él he tomado unas líneas:
Una tarde, ya de regreso en los barracones,
derrengados sobre el suelo, muertos de cansancio, con el cuenco de sopa entre
las manos, entró de repente uno de los internos para urgirnos a salir al patio
y contemplar una maravillosa puesta de sol. Allí, de pie, vimos hacia el oeste
unos nubarrones y el cielo entero plagado de nubes que continuamente variaban
de forma y de color, desde el azul acero al rojo bermellón. Esa luminosidad
menguante contrastaba de forma hiriente con el gris desolador de los
barracones, especialmente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el
resplandor de aquel cielo tan bello. Luego, tras unos minutos de silencio y
emoción, un prisionero le dijo a otro: “¡Qué hermoso podría ser el mundo…!.”
FRANKL, Viktor, El hombre en busca de sentido,
Barcelona, Herder, 2004, p. 67-68.
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