26 septiembre 2012
Escenas del Quijote
Francisco Javier Bernad Morales
Se aproxima la
noche. Unos humildes cabreros comparten su cena con Don Quijote y Sancho.
Tasajo de cabra, queso y bellotas, y,
para alegrar el ánimo, un cuerno de vino que sin tregua pasa de uno a otro.
El caballero es feliz. No lo fuera tanto si le agasajaran reyes o príncipes con
las viandas más escogidas. Saciado el apetito, habla con voz pausada y clara a
sus rústicos compañeros que no osan interrumpirle. El amable convite de los que
apenas nada tienen ha traído a su memoria viejas lecturas que ahora refiere en
obsequio de sus anfitriones. Hubo un tiempo en que no existían las dos palabras
de tuyo y mío, en que los hombres todo lo poseían en común y no habían de
preocuparse del mañana, pues la tierra generosa proveía a todas sus
necesidades. Reinaba entonces la inocencia y no existían agravios ni rencillas.
Pero aquellos felices siglos concluyeron y hoy por doquier imperan la ambición
y la malicia. Por eso fue necesario instituir la caballería andante: para
proteger a los débiles de las crueles asechanzas de los poderosos, para amparar
a viudas y doncellas amenazadas siempre por el engaño y la lascivia y, en fin,
para restablecer la justicia.
Embobados y suspensos escucharon la
arenga los cabreros. Quizá nunca antes oyeran hablar así, o quizá las palabras
del hidalgo les recodaran algún sermón en que el cura evocara la vida en el
Paraíso antes del pecado original. Es posible que en sus sencillos y generosos
corazones brotara una sincera simpatía por los anhelos de Don Quijote. Algo es
cierto. Les sonara el discurso extraño o familiar, muy lejos anduvieron de
escarnecer al autor; al contrario, uno de ellos entonó, acompañado por el
rabel, una canción para deleitarle. Así, durante unas horas al comienzo de la
noche, en unas míseras chozas perdidas en el monte volvió a existir la Edad de
Oro.
Ha pasado el tiempo y Don Quijote es
un caballero famoso más por sus locuras que por sus hazañas. Unos ociosos
duques le toman como bufón u hombre de placer, o, por mejor decir, como simple
hazmerreír. En una de sus burlas discurren hacer a Sancho gobernador de una
pretendida ínsula Barataria. A solas en su estancia, el caballero alecciona al
escudero sobre el modo de conducirse en su nueva posición. Nada hay de arrebatado
o de quimérico en sus palabras. Ninguna mención a la Edad de Oro o a la andante
caballería. Acomodado a las circunstancias, expone Don Quijote un breviario de
sabiduría práctica, unas reglas fáciles de entender, pero harto complicadas de
seguir, siempre con la justicia como norte y la modestia como báculo. No se
trata de que Sancho altere la vida o las instituciones de la ínsula, de que
introduzca nuevas leyes, sino de que en todo momento se comporte como un
gobernador honrado y digno, justo sin severidad, antes bien inclinado a la
misericordia. Y Sancho, consciente de las responsabilidades que va a contraer,
vacila y está a punto de renunciar. Su amo no le anima, no le pinta un camino
sencillo, sino que le hace ver sus limitaciones, eso sí, siempre en buen tono,
mostrándoselas como manchas cuya limpieza, si no fácil, es siempre posible. En
el momento más hermoso dice el escudero: “más me quiero ir Sancho al cielo, que
gobernador al infierno”. Don Quijote, emocionado, abandona toda reserva: “por solas
estas últimas razones que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil
ínsulas”.
Retorna Don Quijote a su aldea
derrotado por el caballero de la Blanca Luna. Un año de reposo le ha impuesto
el vencedor con la piadosa esperanza de que el descanso le alivie la mente de
desvaríos. Mas ya durante el camino, la fantasía de nuestro hidalgo esboza una
nueva locura. Apartado por fuerza del ejercicio de la caballería imagina crear
junto a sus vecinos y amigos una suerte de cofradía de pastores y pasar el
tiempo en componer y entonar endechas y canciones. Sueña de nuevo la Edad de
Oro no como mítico recuerdo de un tiempo perdido, sino como horizonte posible
de una Arcadia poética.
Edad de Oro, Arcadia, mitos clásicos
que fingen un tiempo en que los seres humanos fueron felices, en que no
tuvieron que preocuparse del sustento ni de emular a sus vecinos, en que cada
uno podía mirar confiado a todos los demás, sin temor a asechanzas o
traiciones. También el bíblico Jardín del Edén, el Paraíso del que irremisiblemente
nos sentimos expulsados, pero que siempre añoramos, que una y otra vez nos
esforzamos en construir sobre la tierra. Muere finalmente Don Quijote con la
razón recuperada. Consciente de su locura abomina de fantasías caballerescas y
pastoriles y así, reconciliado consigo mismo, entrega el alma envuelto en el
afecto de los suyos. Dichosa muerte que evoca la de otro caballero, la del
maestre Don Rodrigo. En el instante supremo, desechadas las vanas quimeras que
nublan el entendimiento, el hidalgo no está solo, le conforta el amor de sus
parientes y amigos.
Muchos otros antes y después de Don
Quijote han sentido la nostalgia de una perdida Edad de Oro y han fabulado
sobre la manera de recuperarla, pero a menudo les ha faltado ese fondo de
bondad que en nuestro héroe cautiva y enternece, también ese destello de buen
sentido que acota los extravíos de la locura.
Esa luz cuyo resplandor, en ocasiones oculto bajo el delirio
caballeresco, se muestra en toda su pureza cuando Don Quijote cree a Sancho
llamado a gobernar a otros seres humanos. El hidalgo puede tomar por gigantes a
los molinos de viento o entablar feroz combate con unos odres de vino, pero, al contrario que muchos cuerdos, sabe
que el mundo real está poblado por personas, por individuos de carne y hueso,
quizá en ocasiones egoístas o hasta depravados, pero también a menudo generosos
y compasivos. Don Quijote no cree en la Edad de Oro, por más que fantasee sobre
ella, pues aunque haya perdido la razón, su corazón es noble y le dice que
Utopía, por más que se nos pinte con colores seductores, se asemeja no al
Jardín del Edén, sino al lecho de Procusto.
No faltan, en cambio, quienes se han creído capacitados para diseñar la
sociedad perfecta. Algunos, muy pocos, lo han hecho con el genio literario y
filosófico de Platón o de Moro, otros, como Campanella, de forma más pesada o
más pedante; unos y otros han mutilado a los hombres y a las mujeres para
encajarlos en su comunidad ideal. Nada grave ocurre mientras el filósofo se
limita a plasmar sus ideas en libros más o menos voluminosos, más o menos
amenos. Unos estudiosos le rebaten y otros le apoyan, y al cabo del tiempo su
obra puede engendrar numerosa descendencia, pero los seres humanos, ajenos a
tales lucubraciones continúan viviendo y muriendo, amando y odiando en este
imperfecto mundo. Utopía solo revela su siniestra faz cuando alcanza el poder
un iluminado, no un loco inofensivo y en realidad apacible como Don Quijote,
sino un auténtico demente, un ser convencido de que cualquier sacrificio es válido si se encamina a edificar la
sociedad perfecta soñada por los filósofos. Cuando para nuestra desdicha ocurre
esto, Teseo suele estar ocupado o distraído y sólo acude cuando el hedor de los
cadáveres se le hace insoportable.
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25 septiembre 2012
24 septiembre 2012
Reencuentro con la fe
Carmen Sáez Gutiérrez
BORGHESE, ALESSANDRA. Con ojos nuevos. Un viaje a la fe. Ed. Rialp. Madrid 2006, 14,5x21,5, 172 pp.
BORGHESE, ALESSANDRA. Con ojos nuevos. Un viaje a la fe. Ed. Rialp. Madrid 2006, 14,5x21,5, 172 pp.
Alessandra Borghese pertenece a una de las más ilustres familias de la aristocracia romana y en este libro nos ofrece un valioso testimonio de vida: su conversión a la fe católica tras años separada de ella. En un primer momento, nos presenta una autobiografía en la que describe su infancia en el seno de una familia aristocrática, el primer trauma de su vida a los dieciséis años ─el suicidio de un amigo íntimo─, su marcha a Nueva York después de finalizar la carrera y su experiencia en el mundo financiero, su matrimonio y posterior divorcio de un rico armador griego, su regreso a Italia en el que lleva a cabo múltiples iniciativas artísticas y culturales y sobre todo la influencia de grandes amigos como Gloria von Thurn und Taxis o Leonardo Mondadori que son determinantes en su retorno a la fe. Posteriormente, expone con gran sinceridad el significado que ha tenido para ella el reencuentro con Dios y el deseo de comunicar esta nueva situación a quienes la rodean y al resto de la humanidad. Manifiesta su experiencia de fe y argumenta a favor de la moral católica, que lejos de reprimir considera como eje central la dignidad del hombre. Se trata de una obra escrita con razón y sentimiento que profundiza en los pilares básicos de la religión católica.
La lectura es amena y agradable a la vez que provoca la reflexión en muchos de los temas expuestos, lo que hace replantearse la propia vida a la luz de la fe, pues todos estamos en proceso permanente de conversión.
23 septiembre 2012
22 septiembre 2012
Un destino trágico
Francisco Javier Bernad Morales
A
menudo los occidentales parecemos olvidar que la deposición de Rómulo Augústulo
por Odoacro en el año 476, no marca el final del Imperio Romano, sino tan solo
de la pars occidentalis. Constantinopla,
la nueva Roma, se mantuvo aún a lo largo de casi mil años, hasta que a su vez
cayó ante el avance turco. Obviamente, en un tiempo tan dilatado fueron muchas
las transformaciones que experimentó. Entre ellas, una progresiva helenización,
que la alejó paulatinamente de unos orígenes que, sin embargo, nunca llegó a
olvidar. La incomprensión y desconfianza mutua entre el imperio Oriental, al
que conocemos como Bizantino, y los reinos surgidos en occidente para los que
Roma se erigió en centro espiritual, no hizo sino aumentar, produciendo entre
otras consecuencias la ruptura de la Iglesia. Constantinopla se convierte en el
núcleo de la rica Cristiandad Ortodoxa, desde donde parten las misiones que
evangelizarán a los rusos, a los búlgaros, a los serbios y a muchos otros pueblos.
En esta
larga historia no faltan, como es natural, los períodos de crisis en que todo
parece derrumbarse, pero con ellos
alternan, hasta el hundimiento final, otros de renovado vigor, en que el
Imperio adquiere nueva cohesión y se muestra capaz de reorganizarse para hacer
frente a sus enemigos. Uno de los momentos cruciales se produce en el siglo VII
durante el reinado del emperador Heraclio, quien tras frenar el caos y la
descomposición, hubo de ver como todo lo conseguido por medio de un ímprobo y
valeroso esfuerzo, parecía de nuevo venirse abajo.
Explicaremos
ahora brevemente las circunstancias que condujeron a Heraclio al poder y los
problemas a que hubo de enfrentarse.
En el
año 602, el ejército, descontento con la política rigurosa y austera del
emperador Mauricio, se sublevó bajo el mando de Focas, un oficial de no muy
alta graduación. Las tropas ocuparon la capital, apoyadas al parecer por la
facción verde del hipódromo[1], y Mauricio y sus cinco hijos fueron
asesinados. Comenzó así el reinado de Focas, caracterizado por actuaciones
brutales y por la incapacidad para afrontar los ataques exteriores. El
emperador sasánida Cosroes II se erigió en vengador de Mauricio y sus ejércitos
invadieron Asia Menor, llegando a tomar la ciudad de Calcedonia; en tanto que
por la desguarnecida frontera del Danubio se infiltraban tribus eslavas y, lo
que resultó mucho más peligroso, los ávaros, un pueblo de lengua turca
procedente de Asia Central.
Ante el
desmoronamiento generalizado, el exarca de Cartago se sublevó y envió a
Constantinopla una flota mandada por su hijo Heraclio, quien se apoderó de la
capital sin apenas oposición y fue coronado emperador (610). La situación era
desesperada, pues Cosroes se negó a reconocer a Heraclio y continuó la ofensiva
en tanto que los ávaros se aproximaban a Constantinopla. Sucesivamente cayeron en poder de los persas
Antioquía, Damasco, Tarso y, lo más doloroso, Jerusalén (614), donde estos se
apoderaron de la reliquia de la Vera Cruz, que trasladaron Ctesifonte, su
capital. No concluyeron aquí los reveses. En el 619, también Egipto fue
conquistado por Cosroes.
El
Imperio parecía abocado a un inminente final, pero Heraclio estaba decidido a
continuar la lucha. Contó para ello con la inestimable colaboración del
patriarca Sergio. En lugar de intentar recuperar el territorio perdido, inició
una marcha por las regiones montañosas de Armenia con intención de atacar el
corazón del imperio enemigo. En el 626, mientras el emperador intentaba
consolidar su posición en aquellas lejanas regiones, Constantinopla hubo de
sufrir el ataque conjunto de ávaros y sasánidas. Ante ello, Heraclio decidió
continuar su avance y delegar la defensa de la capital en el patriarca Sergio,
quien consiguió galvanizar a la población en un ambiente de gran exaltación
religiosa. Un año después, Heraclio alcanzó una victoria aplastante en
Mesopotamia, de resultas de la cual, Cosroes fue depuesto y ejecutado por su
propio hijo. Los sasánidas hubieron de devolver todas las provincias
conquistadas y reconocer la soberanía bizantina en Armenia, así como restituir
la Vera Cruz. Por su parte, los ávaros, rechazados ante Constantinopla, se
retiraron hacia la llanura de Panonia. En el 630, tras tan larga lucha Heraclio
retornaba triunfante a su capital.
El
emperador era consciente de que la desafección de los monofisitas había
facilitado las conquistas persas en Siria. Por tal motivo, de acuerdo con el
patriarca Sergio, intentó dar con una fórmula teológica de compromiso que
pudiera ser aceptada tanto por ellos como por los ortodoxos calcedonios. Surgió así el monotelismo, doctrina según la
cual en Cristo hay dos naturalezas, pero una sola voluntad divino-humana.
Contra lo esperado a nadie satisfizo la solución: los monofisitas la rechazaron
por insuficiente, en tanto que los calcedonios la consideraron herética. Por
otra parte, el desarrollo de los acontecimientos hizo pronto superfluo todo
intento de aproximación.
En
efecto, absortos en su enfrentamiento a muerte, ni bizantinos ni sasánidas
habían reparado en las profundas transformaciones que en tanto experimentaba Arabia,
un territorio considerado marginal. Desde el 630 comienzan a producirse
escaramuzas de escasa importancia entre los ejércitos imperiales y las
avanzadillas musulmanas en Siria y el Négev. Son solo el preludio de la gran
batalla de Yarmuk (634), en que los bizantinos caen completamente derrotados.
En muy poco tiempo, todos los territorios reconquistados por Heraclio a los
sasánidas se pierden, ahora de manera definitiva. Sus habitantes estaban
exhaustos tras tantos años de guerra y por los elevados impuestos exigidos para
financiarla. Tanto la población monofisita como los judíos, cuyo bautismo
forzoso había decretado el emperador, acogieron con alivio a los nuevos
dominadores. El Imperio Sasánida, también vencido, fue totalmente conquistado.
Bizancio
sobrevivió, pero reducido a los Balcanes y Asia Menor, más algunas posesiones
en Italia. La adopción por Heraclio del título helénico de basileus, en lugar de los romanos de augusto o césar, así como el
abandono del latín en la documentación oficial testimonian esta primera gran
transformación. A ella se une la reforma administrativa culminada por sus
sucesores, dirigida a unir en las provincias las autoridades civil y militar, y
a crear asentamientos de soldados-campesinos preparados para una lucha
defensiva.
En su
vida privada, Heraclio también hubo de hacer frente a graves conflictos. Tras
enviudar de Eudocia, su primera esposa, contrajo con su sobrina Martina un
matrimonio considerado incestuoso por gran número de monjes y al que se opuso
incluso el patriarca Sergio. A su muerte (640) dispuso que le sucedieran en el
trono, gobernando conjuntamente, su primogénito Constancio, nacido de Eudocia,
y Heracleonas, hijo de Martina. La pronta muerte del primero, hizo que corriera
el rumor de que Martina le había envenenado, lo que ocasionó una revuelta.
Heracleonas fue depuesto y sufrió la mutilación de la nariz, en tanto que a su
madre le cortaron la lengua.
[1] En Constantinopla existía una
gran afición a las carreras del hipódromo. Había en ellas dos equipos
principales conocidos como “azules” y “verdes”, por los colores con que vestían
sus aurigas. La rivalidad no era solo deportiva, pues mientras los seguidores
de los azules eran mayoritariamente ortodoxos, los verdes se identificaban con
los monofisitas. Los altercados entre unos y otros eran muy frecuentes y a
menudo sangrientos.
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21 septiembre 2012
Oración
Raoul Follereau
Señor,
enseñadnos a no amarnos a nosotros mismos,
a no
contentarnos con amar a los nuestros, con amar a los que amamos.
Señor,
enseñadnos a pensar sólo en los demás,
a amar,
primeramente, a los que no son amados.
Señor,
concédenos la gracia de descubrir
que a cada
minuto de nuestra existencia,
de nuestra
vida dichosa y por Vos protegida,
hay millones
de seres humanos, que son hijos vuestros,
que mueren
de hambre y no merecen morir de hambre;
que mueren
de frío y no merecen morir de frío…
Señor,
compadeceos de todos los pobres del mundo.
Compadeceos
de los leprosos, que tienden hacia vuestra
Misericordia
sus manos sin dedos, sus brazos sin manos…
Y
perdonadnos, por haberlos abandonado durante tanto tiempo
por un
tiempo vergonzoso.
Señor, no
permitáis mas que seamos felices a solas.
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