07 febrero 2014

No a una economía de la exclusión

Papa Francisco

53. Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».
54. En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

Evangelii Gaudium. cap.II


05 febrero 2014

No a la nueva idolatría del dinero

Papa Francisco


55. Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, ya que aceptamos pacíficamente su predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial que afecta a las finanzas y a la economía pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.
56. Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de tener no conoce límites. En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta.

03 febrero 2014

Vasili Grossman

Francisco Javier Bernad Morales

Ha aparecido recientemente en nuestro país un volumen de relatos de Vasili Grossman, bajo el título de Eterno reposo y otras narraciones[1]. En él, al igual que en sus grandes novelas, se muestra el autor como un atento observador del alma humana, sin que la brevedad represente un obstáculo que le impida sondear los más tenebrosos abismos. Tiene Grossman una sorprendente capacidad para introducirse en la mente de sus personajes y mostrarnos de una manera creíble y, por tanto, estremecedora sus más íntimos deseos y pensamientos. Así, sin que nada suene a falso, puede conducirnos, como hizo en Vida y destino, al interior de una cámara de gas o, como ocurre en Abel, incluido en el volumen que nos ocupa, hacernos volar junto a los encargados de lanzar sobre una ciudad enemiga una bomba atómica. Su obra no está poblada de figurones, sino de seres humanos auténticos, complejos y, a menudo, contradictorios, forjados en el sufrimiento y en el contacto con la arbitrariedad del destino.

No hay en Grossman referencias religiosas. Sin embargo, al leerle sentimos que pocos como él han sido capaces de captar al prójimo como un ser humano provisto de rostro, por utilizar la plástica expresión de Emmanuel Levinas. No una abstracción, un epifenómeno de la humanidad o una mera manifestación de las ideas del autor, sino un hombre o una mujer concretos y, por ello, iguales a nosotros y a la vez irremediablemente distintos. Por eso, la lectura puede herirnos en lo más profundo. Se trata, sin duda, de un don, de una innata aptitud para la empatía, pero esta ha sido modulada por una experiencia vital tan rica como dolorosa, en que una y otra vez se ha hecho presente el horror.

Nacido en 1905 en la ciudad ucraniana de Berdichev, de una familia judía, Grossman será testigo de la terrible hambruna provocada por la campaña de deskulakización[2]  a comienzos de los años treinta, una experiencia que se refleja en Todo fluye. Luego, como corresponsal de guerra cubrió algunas de las más duras batallas, entre ellas Stalingrado, en la que se centra Vida y destino. Fue tras la liberación de Kiev, cuando al visitar Berdichev, con la esperanza de hallar a su madre, encontró que esta había sido asesinada junto a otros treinta y cinco mil judíos por los Einsatzgruppen[3]. Más adelante, acompañando al victorioso ejército soviético, será uno de los primeros en visitar los campos de exterminio e informar de lo ocurrido en ellos. Fue también testigo de los últimos combates en Berlín, sobre los que escribió un original relato, en que cuenta la caída de la ciudad a través de la figura de un anciano guardián del zoo[4].  Las vivencias de estos años quedan plasmadas no solo en las obras citadas, sino también en multitud de artículos y en el Libro negro que firma conjuntamente con Ilya Ehrenburg. Termina la guerra cubierto de condecoraciones, pero estas no impiden que pronto comiencen las dificultades. Su firme compromiso con la verdad y la justicia no encajan en las directrices marcadas desde el poder para la literatura, en tanto que su condición de judío lo convierte en doblemente sospechoso ante las autoridades. Son años en que en la URSS revive un antiguo antisemitismo. Morirá en 1964, convencido de que su gran obra Vida y destino jamás será publicada[5].

Grossman no es solo un gran escritor, sino también un hombre honrado. Ha visto el horror, incluso su madre ha caído asesinada, pero jamás culpa al pueblo alemán de manera colectiva por lo ocurrido. Incluso denuncia las atrocidades cometidas por el ejército soviético sobre la población civil durante la ofensiva y la ocupación. Y también en este caso su acusación dista de ser general. Se dirige contra ciertos oficiales, contra ciertos soldados. En definitiva, la culpa es de quien comete el crimen. Parece algo tan obvio que en principio nos sentimos inclinados a mostrar nuestro acuerdo. Y sin embargo no lo es. Uno destroza el cráneo de un niño con el fusil y otro viola a una adolescente, pero junto a ellos hay otros que no participan en la acción y que, sin embargo, por un falso sentido de la camaradería o por resentimiento, por miedo o timidez no defienden a las víctimas. Miran hacia otro lado y ahogan su conciencia en vanos razonamientos o en alcohol. Hay también unos mandos que cuando no alientan, al menos toleran ese tipo de conductas. Ni unos ni otros escapan a la escrutadora mirada de Grossman, quien denuncia a todos por igual. Sin embargo, eso no le hace olvidar que en uno y otro bando hay, sea cual sea su número, inocentes. Quizá ese viejo empleado del zoo de Berlín. Un pobre hombre si se quiere, pero en él se salva Alemania. Su existencia testimonia que incluso allí no todos son culpables.

Pero lo que quizá resulte más inquietante sea que Grossman señala también la frágil frontera que separa a los criminales de la gente decente. Quizá, viene a decirnos, si no hemos cometido una infamia, haya sido porque el tentador no nos ha tocado en nuestro punto débil. Víktor Pávlovich Shtrum, en Vida y destino, aguanta todo tipo de presiones. Físico entregado a investigaciones de vanguardia, su trabajo no es bien visto por el Partido[6]. Su fortaleza impresiona a sus ayudantes, pero un día suena el teléfono. Stalin al otro lado de la línea le felicita y le anima a continuar. A partir de ese momento todo cambia. Ya no es un marginado. Los compañeros que antes le rehuían, ahora lo buscan y lo alaban. Él, que lo ha resistido todo, cede ante la adulación y firma una carta colectiva en la que se denuncia a otros científicos a quienes sabe inocentes.

Sin embargo, el propio Grossman da testimonio con su vida de que la resistencia es posible. En 1955, el mariscal Klíment Voroshílov le pide que se afilie al Partido Comunista, y él se niega. Al contrario que su personaje, elige el ostracismo interior, la dolorosa posibilidad de convertirse en un escritor sin lectores.





[1] GROSSMAN, Vasili, Eterno reposo y otras narraciones. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013, 245 p.
[2] Campaña desarrollada entre 1929 y 1932 para eliminar a los kulaks (campesinos ricos) e imponer la colectivización en el campo.
[3] Escuadrones itinerantes de ejecución integrados en su mayor parte por miembros de las SS.
[4] Tiergarten. Incluido en el volumen Eterno descanso y otras narraciones.
[5] Vida y destino fue publicada en 1980 en Suiza, gracias a una operación llevada a cabo por una red de disidentes soviéticos, de la que formaba parte Andrei Sajarov, quien se había encargado de fotografiar un borrador. En la Unión Soviética apareció en 1988, ya en tiempos de Gorbachov.
[6] La Fisica moderna había sido condenada como idealista por Lenin en su obra Materialismo y empiriocriticismo (1908). Solo muy avanzada la II Guerra Mundial, cuando se hizo perceptible la ventaja de los Estados Unidos en la investigación armamentística, la Unión Soviética intentó recuperar el tiempo perdido. En este marco es en el que se inscribe el episodio de la marginación y rehabilitación de Shtrum.