07 agosto 2013

Llamar a Cristo

San Agustín

Cuando salían de Jericó le seguía una gran multitud. Y he aquí que dos ciegos sentados a la vera del camino, al oír que pasaba Jesús se pusieron a gritar: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! La multitud les regañaba para que se callaran, pero ellos gritaban más fuerte diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! Jesús se paró los llamó y les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Le respondieron: Señor que se abran nuestros ojos. Jesús, compadecido, les tocó los ojos y al instante comenzaron a ver, y le siguieron (/Mt/20/29-34/Ag).
¿Qué es, hermanos, gritar a Cristo, sino adecuarse a la gracia del Señor con las buenas obras? Digo esto, hermanos, porque no sea que levantemos mucho la voz, mientras enmudecen nuestras costumbres. ¿Quién es el que gritaba a Cristo, para que expulsase su ceguera interior al pasar Él, es decir, al dispensarnos los sacramentos temporales, con los que se nos invita a adquirir los eternos? ¿Quién es el que grita a Cristo? Quien desprecia el mundo, llama a Cristo. Quien desdeña los placeres del siglo, clama a Cristo. Quien dice, no con la lengua, sino con la vida, el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo (Gal 6, 14), ése es el que grita a Cristo.
Llama a Cristo quien reparte y da a los pobres, para que su justicia permanezca por los siglos de los siglos (cfr. Sal 101, 9). Quien escucha y no se hace el sordo—vended vuestras bienes y dad limosna; haceos bolsas que no envejecen, un tesoro que no se agota en el Cielo (Lc 12, 33)— como si oyese el sonido de los pasos de Cristo que pasa, al igual que el ciego, clame por estas cosas, es decir, hágalas realidad. Su voz esté en sus hechos. Comience a despreciar el mundo, a distribuir sus posesiones al necesitado, a tener en nada lo que los hombres aman. Deteste las injurias, no apetezca la venganza, ponga la mejilla al que le hiere, ore por los enemigos; si alguien le quitare lo suyo, no lo exija; si, al contrario, hubiera quitado algo a alguien, devuélvale el cuádruplo.
Una vez que haya comenzado a obrar asé, todos sus parientes, afines y amigos se alborotarán. Quienes aman el mundo se le pondrán en contra: «¿Qué haces, loco? ¡No te excedas!: ¿acaso los demás no son cristianos? Eso es idiotez, locura». Cosas como ésta grita la turba para que los ciegos no clamen. La turba reprendía a los que clamaban, pero no tapaba sus clamores.
Comprendan cómo han de obrar quienes desean ser sanados. También ahora pasa Jesús: los que se hallan a la vera del camino, griten. Tales son los que le honran con los labios, pero su corazón está alejado de Dios (cfr. Is 29, 13). A la vera del camino están aquellos de corazón contrito a quienes dio órdenes el Señor. En efecto, siempre que se nos leen las obras transitorias del Señor, se nos muestra a Jesús que pasa. Porque hasta el fin de los siglos no faltarán ciegos sentados a la vera del camino. Es necesario que levanten su voz.
La muchedumbre que acompañaba al Señor reprendía el clamor de los que buscaban la salud. Hermanos, ¿os dais cuenta de lo que digo? No sé de que modo decirlo, pero tampoco cómo callar. Esto es lo que digo, y abiertamente. Temo a Jesús que pasa y se queda, y no puedo callarlo: los cristianos malos y tibios obstaculizan a los buenos cristianos, a los verdaderamente llenos de celo y deseosos de cumplir los mandamientos de Dios, escritos en el Evangelio. La misma turba que está con el Señor, calla a los que claman; es decir, obstaculiza a los que obran el bien, no sea que con su perseverancia sean curados.
Clamen ellos, no se cansen ni se dejen arrastrar por la autoridad de la masa; no imiten siquiera a los que, cristianos desde antiguo, viven mal y sienten envidia de las buenas obras. No digan: «¡Vivamos como la gran multitud!». ¿Y por qué no como ordena el Evangelio? ¿Por qué quieres vivir conforme a la reprensión de la turba que impide gritar, y no según las huellas de Cristo que pasa? Te insultarán, te vituperarán, te llamarán para que vuelvas atrás. Tú clama hasta que tu grito llegue a oídos de Jesús. Pues quienes perseveraren en obrar lo que ordenó Cristo, sin hacer caso de la muchedumbre que lo prohibe, y no se ensoberbecieren por el hecho de que parecen seguir a Cristo—esto es, por llamarse cristianos—, sino que tuvieren más amor a la luz que Cristo les ha de restituir que temor al estrépito de los que les prohiben; éstos en modo alguno se verán separados: Cristo se detendrá y los sanará (...).
En pocas palabras, para terminar este sermón, hermanos, en aquello que tanto nos toca y nos angustia, ved que es la muchedumbre la que reprende a los ciegos que gritan. Todos los que estáis en medio de la turba y queréis ser sanados, no os asustéis. Muchos son cristianos de nombre e impíos por las obras: que no os aparten de hacer el bien. Gritad en medio de la muchedumbre que os reprende, os llama para que volváis atrás, os insulta y vive perversamente.
Mirad que los malos cristianos no sólo oprimen a los buenos con las palabras, sino también con las malas obras. Un buen cristiano no quiere asistir a los espectáculos: por el mismo hecho de frenar su concupiscencia para no acudir al teatro, ya grita en pos de Cristo, ya clama que le sane: «Otros van —dirá—, pero serán paganos, o judíos». Si los cristianos no fueran a los teatros, habría tan poca gente, que los demás se retirarían llenos de vergüenza. Pero los cristianos corren también hacia allá, llevando su santo nombre a lo que es su perdición. Clama, pues, negándote a ir, reprimiendo en tu corazón la concupiscencia temporal, y manténte en ese clamor fuerte y perseverante ante los oídos del Salvador, para que se detenga y te cure. Clama aun en medio de la muchedumbre, no pierdas la confianza en los oídos del Señor. Aquellos ciegos no gritaron desde el lado en el que no estaba la muchedumbre, para ser oídos desde allí, sin el estorbo de quienes les prohibían. Clamaron en medio de la turba y, no obstante, el Señor les escuchó. Hacedlo así vosotros también, en medio de los pecadores y lujuriosos, en medio de los amantes de las vanidades mundanas. Clamad ahí para que os sane el Señor. No gritéis desde otra parte, no vayáis a los herejes para clamar desde allí. Considerad, hermanos, que en medio de aquella muchedumbre que impedía gritar, allí mismo fueron sanados los que clamaban.

(Sermón 88, 12-13, 17) 


05 agosto 2013

He recorrido hasta la meta, he mantenido la fe

No conocemos el año de nacimiento de Eusebio de Vercelli, aunque debe situarse en torno al 283. sí conocemos, en cambio, el de su fallecimiento, 371. Siendo obispo intervino en la querella contra los arrianos, favorecidos por Constancio II, hijo de Constantino el Grande. Está actitud desagradó al emperador que lo desterró a Escitópolis, actual Beit She'an en el norte de Israel. A la muerte de Constancio, pudo regresar a Italia, donde continuó la lucha contra el arrianismo e impulsó la vida monástica. Reproducimos una carta escrita durante el exilio.

San Eusebio de Vercelli

De las cartas de san Eusebio de Vercelli, obispo (Carta 2,1, 3-2, 3;10,1-11,1: CCL 9,104-105.109). Liturgia de las Horas, Lectio altera del 2 de agosto, San Eusebio de Vercelli, obispo.

He tenido noticias de vosotros, hermanos muy amados, y he sabido que estáis bien, como era mi deseo, y he tenido de pronto la sensación de que, atravesando la gran distancia que nos separa, me encontraba entre vosotros, igual como sucedió con Habacuc, que fue llevado por un ángel a la presencia de Daniel. Al recibir cada una de vuestras cartas y al leer en ellas vuestras santas disposiciones de ánimo y vuestro amor, las lágrimas se mezclaban con mi gozo y refrenaban mi avidez de leer; y era necesaria esta alternancia de sentimientos, ya que, en su mutuo afán de adelantarse el uno al otro, contribuían a una más plena manifestación de la intensidad de mi amor. Así, ocupado un día tras otro en esta lectura, me imaginaba que estaba hablando con vosotros y me olvidaba de los sufrimientos pasados; así, me sentía inundado de gozo al considerar vuestra fe, vuestro amor y los frutos que de ellos se derivan, a tal punto que, al sentirme tan feliz,era como si de repente no me hallara en el destierro, sino entre vosotros.
Por tanto, hermanos muy amados, me alegro de vuestra fe, me alegro de la salvación, que es consecuencia de esta fe, me alegro del fruto que producís, el cual redunda en provecho no sólo de los que están entre vosotros, sino también de los que viven lejos; y, así como el agricultor se dedica al cultivo del árbol que da fruto y que; por lo tanto, no está destinado a ser talado y echado al fuego, así también yo quiero y deseo emplearme, en cuerpo y alma, en vuestro servicio, con miras a vuestra salvación.
Por lo demás, esta carta he tenido que escribirla a duras penas y como he podido, rogando continuamente a Dios que sujetase por un tiempo a mis guardianes y me hiciese la merced de un diácono que, más que llevaros noticias de mis sufrimientos, os transmitiese mi carta de saludo, tal cual la he escrito. Por todo ello, os ruego encarecidamente que pongáis todo vuestro empeño en mantener la integridad de la fe, en guardar la concordia, en dedicaros a la oración, en acordaros constantemente de mí, para que el Señor se digne dar la libertad a su Iglesia, que en todo el mundo trabaja esforzadamente; y para que yo, que ahora estoy postergado, pueda, una vez liberado, alegrarme con vosotros.
También pido y os ruego, por la misericordia de Dios, que cada uno de vosotros quiera ver en esta carta un saludo personal, ya que las circunstancias me impiden escribiros a cada uno personalmente como solía; por ello, en esta carta, me dirijo a todos vosotros, hermanos y santas hermanas, hijos e hijas, de cualquier sexo y edad, rogándoos que os conforméis con este saludo y que me hagáis el favor de transmitirlo también a los que, aun estando ausentes, se dignan favorecerme con su afecto.

03 agosto 2013

01 agosto 2013

Tomad, Señor, y recibid

San Ignacio de Loyola

Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad;
todo mi haber y mi poseer.

Vos me disteis,
a Vos, Señor, lo torno.
Todo es Vuestro:
disponed de ello
según Vuestra Voluntad.

Dadme Vuestro Amor y Gracia,
que éstas me bastan.
Amén.