22 enero 2014

El emperador

Miguel Ángel Cadenas
Manolo Berjón

La historia está repleta de ejemplos donde poder y religión van, o quieren ir, de la mano. Tiempos ha habido donde la religión quería controlar el poder, aunque no faltan vestigios actuales: el Irán de los ayatolas. Pero nos parece un régimen poco apetecible, y un tanto trasnochado. Lo más común al día de hoy es que sea el poder quien pretenda controlar a la religión. Un ejemplo local: en Iquitos. Un candidato al gobierno regional, presidente regional en funciones para más señas, ahora que ya estamos en plena campaña electoral, recoge pasajes de la Biblia para presentarse en público, cual nuevo emperador, como un nuevo Mesías. ¿No es una forma grotesca de utilizar la religión? Sus directores de campaña no solo carecen de escrúpulos, también de imaginación.

No es que nos sorprenda. Ya decía Qohelet que “no hay nada nuevo bajo el sol”. El cristianismo se ha tenido que enfrentar a esta situación desde sus mismos orígenes. La religión, si quiere ser religión verdadera, tiene que ser libre, y no se deja manipular por nadie, menos por el poder económico o político. Una religión que esté a la altura de tal definición de religión no solo tiene que hacer gala de ser libre, sino parecerlo y ejercerlo. En su seno corre sangre indómita, nada dócil con el poder. Vamos, lo que nos recuerda Francisco sobre la ‘mundanidad espiritual’.


Les proponemos un viaje hasta inicios de la era cristiana en el imperio romano. Un brevísimo paseo por la historia nos puede refrescar y ofrecer pistas de actuación. Pensaban los romanos que cuando un emperador ejercía un servicio extraordinario al mundo tal gobernante podía llegar a ser divino, divus, diva. De hecho eran deificados. Lo habitual era esperar la muerte del gobernante para deificarlo, pero hay excepciones. En el caso de Augusto la deificación llegó durante su vida. Y así se le levantan altares y confiesan su nombre como a un dios. Augusto era una deidad encarnada. El emperador Augusto era aclamado como divino, hijo de dios, dios, dios de dios, señor, redentor, liberador y salvador del mundo. Augusto fue deificado en vida. Una vez abierta la puerta, los siguientes emperadores no tuvieron ningún inconveniente para ser considerados hijos de dios, dios mismo. Nótese de pasada que esta religión romana promueve, sostiene y genera emperadores, no democracias.

Este era el discurso oficial, de cara a la galería. La propaganda gubernamental manejaba recursos públicos y el aparato estatal para extender estas creencias a través de una red de templos, estatuas, monedas… que propiciaba la religión romana. Sin duda una religión que estaba al servicio del statu quo, sosteniendo el aparato ideológico de un imperio que no tenía escrúpulos en imponer ‘la paz de los cementerios’. Pero no todo lo hace el dinero y el poder. Incluso dentro de la clase dirigente aparecen reservas y burlas. A Séneca se le atribuye una sátira donde se mofa del emperador Claudio porque ‘ha subido al cielo por comer setas venenosas’, ofrecidas por quien era su entenado y sucesor en el trono: Nerón. Sí, Claudio se ha convertido en un dios, ha subido al cielo, pero por comer setas venenosas, no por ser un dios.

Si este era el discurso público y privado de los que tenían el poder, de la clase acomodada, es conveniente que nos preguntemos por aquellos que tenían que obedecer, por los súbditos, por los subalternos. Y es aquí donde el genio del cristianismo se acrisola y ensaya algunas ideas que nos acompañarán por toda la historia cristiana. Cierto es que en Rom 13, 1-7 San Pablo nos pide que obedezcamos a las autoridades “porque la autoridad viene de Dios”. Nótese que en esta cita nunca se dice que la autoridad es dios, como pretendían los emperadores. Este texto suele utilizarlo el poder más vil para someter a sus súbditos. San Pablo llega a esta afirmación porque pensaba que en un tiempo de predicación y expansión del cristianismo es mejor estar a bien con el poder para ejercer su ministerio de evangelización sin ningún tipo de obstáculo o dificultad.

Sin embargo, quienes acuden a este texto anteriormente citado no tienen en cuenta que las comunidades cristianas del Apocalipsis consideran al emperador romano como una Bestia (Ap. 13). Pero no vayamos más allá. Quedémonos en la carta a los Romanos, una obra magistral de San Pablo. En Rom 1, 3-4 San Pablo nos dirá que Jesucristo es Hijo de Dios. ¿Se imaginan cómo les sonaría a los primeros cristianos esto de que Jesucristo es Hijo de Dios? Ellos eran conscientes, por la propaganda oficial del imperio, que hijo de dios y dios mismo es el emperador. Ahora los cristianos se atreven a cuestionar los fundamentos religiosos del imperio, a trastocar todos los valores, a cuestionar el modo de ejercer el poder.

Cuando leemos la Biblia los cristianos extraemos conclusiones para nuestro tiempo y con San Pablo continuamos diciendo que el Mesías, el Hijo de Dios, Dios mismo, es Jesucristo y ningún político de turno se puede arrogar dicha prerrogativa. Los cristianos no estamos de acuerdo, lo demás es pura idolatría. Cierto es que la campaña electoral hace que políticos inescrupulosos opinen que todo es posible para alcanzar el poder, “pero no ha de ser así entre ustedes, el que quiera ser el primero que sea el último”, que nos decía el Maestro.

Para terminar esta nota apresurada. Augusto, Tiberio, Claudio, Nerón son algunos nombres de emperadores que se consideraron dios, sus nombres han pasado a la historia como tales emperadores, nada más. Por cierto, todos ellos fueron asesinados en las luchas intestinas por el poder. Sin embargo Jesucristo, al menos para los cristianos, es el Hijo de Dios, Dios mismo. Quienes proclamamos que Jesucristo es Dios vemos como una gran falta de imaginación presentarse como el Mesías, además de un gran desacierto y poca, muy poca, imaginación. Como puede comprobar, sus “asesores espirituales” no han estudiado la Biblia. Un poco más de aplicación y rigurosidad con un texto normativo para los cristianos le llevaría a cometer menos excesos. Un mínimo de hermenéutica impide extraer de su contexto una frase bíblica para aplicarlo a la actualidad, como si no hubieran transcurrido 2000 años de historia de por medio. A esto se le llama fundamentalismo, y parece que nuestras autoridades tienden al fundamentalismo.

P. Miguel Ángel Cadenas
P. Manolo Berjón                                                          
Parroquia Santa Rita de Castilla                                               
Río Marañón                                                    

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