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25 noviembre 2012

Simón el Mago

Francisco Javier Bernad Morales

Este personaje aparece mencionado brevemente en los Hechos de los Apóstoles (8, 9-24). Se trata de un samaritano bautizado por Felipe, que pretendió comprar a Pedro y Juan  el poder de imponer el Espíritu Santo. Pedro, indignado le contestó:

¡Que tu dinero  se vaya contigo a la perdición, porque creíste comprar con dinero el don de Dios! (Hch. 8, 9-20).

A partir de su nombre se acuñó la palabra simonía, con la que se significa la venta de los cargos eclesiásticos, pero no es este el aspecto que ahora quiero señalar. Simón, nos dice el texto, practicaba la magia en la ciudad de Samaria, cuyos habitantes estaban deslumbrados por sus portentos. No faltan en la literatura judía curaciones milagrosas, como las atribuidas a Rabí Janina ben Dosa, quien habría sanado al hijo de Rabán Gamaliel y al de Rabí Yohanán ben Zakkai[1]. No obstante, la referencia a la magia nos pone sobre aviso de que la acción de Simón era muy diferente de la de Janina, pues este se limitaba a orar por los enfermos. Más bien parece aproximarse a la de filósofos taumaturgos del mundo griego, como Apolonio de Tiana. Es en un contexto fuertemente helenizado donde mejor se entiende el comportamiento de Simón. Recordemos que existía una tradición religiosa y filosófica, presente tanto en los misterios de Eleusis, como en el pitagorismo y el platonismo, según la cual determinados conocimientos, los denominados esotéricos, se transmitían oralmente solo a un círculo restringido de iniciados, que quedaban obligados por juramento a no difundirlos. Simón, tras el bautismo, se hace inseparable de Felipe, asombrado al ver las señales y prodigios que realiza (Hch. 8,13). Muy probablemente, de este modo, intenta introducirse en la intimidad del Apóstol para ganar su confianza y acceder así a lo que imagina enseñanzas secretas ocultas al común de los fieles. Obviamente, si esas eran sus expectativas, hubo de sentirse defraudado. En ese caso, la llegada de Pedro y de Juan pudo reavivar sus esperanzas. De ahí que les ofreciera dinero como si se tratara de vulgares sofistas. Simón no entiende que el mensaje de Jesús de Nazaret se dirige íntegramente a todos los seres humanos, sin hacer distinción entre ellos, y que no contiene, por tanto, arcanos que otorguen a quien los posee el dominio sobre la naturaleza. No son los Apóstoles quienes realizan milagros, sino que es el Señor quien se manifiesta por su intermedio.  La respuesta airada de Pedro, que no excluye la posibilidad de perdón, se explica no solo por el hecho de que Simón le ofreciera dinero, sino porque al hacerlo mostraba  que, pese al bautismo, su espíritu permanecía ajeno al Evangelio:

No tienes tú porción ni parte en este punto, pues tu corazón no es recto ante Dios. Así que, arrepiéntete de esa malicia tuya y pídele a Dios a ver si acaso se te perdona esa quimera de tu corazón, pues veo que estás envenenado con hiel y maniatado por la iniquidad (Hch. 8, 22,23)



[1] La curación del hijo de Gamaliel se recoge tanto en el Talmud de Babilonia como en el de Jerusalén, en tanto que la del hijo de Zakkai solo aparece en el de Babilonia. En ambos casos, Rabí Janina los sana a distancia al rezar por ellos. (Tratado de Berajot, V. Utilizo la edición del Talmud de Babilonia de Alef-Jojmá, Edaf, Madrid, 2004).

17 agosto 2012

Judeocristianismo: ebionitas y nazoreos


Francisco Javier Bernad Morales

A menudo, cuando utilizamos el término Jesucristo no somos conscientes de que no se trata simplemente de un nombre propio, sino de que en él se unen dos términos, referido el primero a Jesús de Nazaret y el segundo al Cristo. Es una proclamación de Jesús como Mesías, pues eso significa el término Cristo, que a menudo se hace de una forma tan rutinaria e inconsciente que casi ha perdido su significado originario[1]. Pero, al decir Jesucristo o Cristo, no nos limitamos a afirmar el carácter mesiánico de Jesús. En el judaísmo no han faltado personajes, entre ellos Simón Bar Kochba o Sabbatai Zevi, que han sido tomados por algunos por el Mesías esperado. Ningún judío, sin embargo, entre quienes los aclamaban, habría sostenido que eran la encarnación del Señor. Simplemente la idea les habría parecido sacrílega. Conceptos tales como la Trinidad y la preexistencia del Hijo son ajenos a la religiosidad judía, que no puede ver en ellos más que proclamas blasfemas e idolátricas.
Pero el cristianismo no surge ya formado de la predicación de Jesús de Nazaret. Durante mucho tiempo sus seguidores no constituyen una nueva religión, sino una tendencia o secta más dentro del judaísmo, del que solo se separarán lentamente. En Galilea, la región en que Jesús de Nazaret inició su misión y donde reclutó a sus primeros seguidores, persistió durante mucho tiempo un grupo, al que las fuentes cristianas denominan ebionita, que lo reconocía como Mesías, pero no le atribuía una naturaleza divina. Por lo demás, mantenían la circuncisión, guardaban el Sabbat y, en definitva, seguían las prescripciones de la Torá[2]. Mostraban, por otra parte, una fuerte hostilidad hacia Pablo de Tarso y rechazaban la virginidad de María. En este sentido, interpretaban Isaías 7, 14 como: “He aquí que la joven concebirá y dará a luz un hijo”[3].
En el siglo IV, Epifanio de Salamina menciona la existencia de otro grupo, el de los nazoreos, quienes, si bien mantienen una cristología ortodoxa, se aferran a la observancia de la Torá. Respecto a ellos, mantuvieron una controversia epistolar Jerónimo de Estridón y Agustín de Hipona[4]. Mientras que el primero rechazaba sus prácticas judías, el segundo no consideraba grave que las mantuvieran y, aunque pensaba que estaban destinadas a la desaparición, no le parecía adecuado prohibirlas.
Ya en el siglo V, dejamos de tener información sobre estos grupos, que parecen haber desaparecido. En su contra actuaron dos factores principales. De un lado la clarificación cristológica del cristianismo ortodoxo, que los dejó fuera de la Gran Iglesia, y de otro, la reestructuración del judaísmo iniciada tras la destrucción del Templo. La duodécima bendición de la Amidá introducida por el rabino Gamaliel II, en realidad una maldición contra los sectarios, se dirige, entre otros, contra ellos. Entre un cristianismo que precisa con nitidez sus concepciones cristológicas, y un judaísmo renovado entregado a la recopilación de la ley oral, no queda sitio para los judeocristianos, que se ven excluidos de ambas religiones.


[1] Por esta razón, Paul Tillich prefiere utilizar la expresión Jesús el Cristo.
[2] LÉMONON, Jean-Pierre, “Los judeocristianos: testigos olvidados”, Cuadernos Bíblicos, 135, Estella, Verbo Divino, 2007.
[3] Estas noticias proceden de Ireneo de Lyon. LÉMONON (2007) p. 20. Casi todo lo que sabemos sobre los ebionitas ha llegado a nosotros a través de los autores ortodoxos que combatían sus doctrinas.
[4] LÉMONON (2007) p. 38.